| Capítulo XIV | ||
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XIII
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| Puentes breves, altos puentes, amantes del río, jaulas de la sombra, piedra que dobla ante el verdor del agua. |
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Por Valcarlos partió de "Dexáronle passar los navarros y empeñarse |
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I
Pero Valcarlos no sólo ha de recordarse por el escenario del descalabro del ejército de Carlomagno que describieron anales y crónicas del siglo IX, o por las referencias de la “Chanson de Roland”. También por otros hechos de trascendencia histórica, como la entrada de los Bárbaros a principios del siglo V -vándalos, suevos y alanos-, que habrían de asolar la península ibérica. Imparables se encaminaron hacia el sur continental tras haber cruzado el Rin congelado en el 407. Primero fue la Galia y luego la península, pero no podían imaginar que tuviesen que esperar casi dos años para lograrlo, incapaces de romper la férrea defensa que en varios puntos de Valcarlos mantenían las gentes de Pamplona, los hermanos Dídimo y Veriniano al frente de sus siervos. Pudieron hacerlo finalmente, pero porque tropas romanas usurpadoras al mando de Constancio, que habían accedido al Pirineo de Roncesvalles desde el interior de Hispania, los sorprendieron por la espalda, lo que ponía de manifiesto claramente que la vertiente entre Ibañeta y el enclave de Roncesvalles no admitía defensa alguna. Nunca pudo ser tampoco lugar de la emboscada contra la retaguardia carolingia, ni tampoco la del año 824 que tendieron vascones y musulmanes del Ebro al ejército enviado a Pamplona por Ludovico Pío. Los escenarios eran los mismos de Valcarlos por inconcebible que resulte que aquella gente no hubiese aprendido de lo acaecido unos años antes. Pero también Valcarlos se reveló contra los propios navarros, aunque fuese indirectamente. A punto estuvo de perder el reino de Pamplona Sancho Garcés II Abarca (s. X), cuando hallándose a la sazón en tierras norpirenaicas una inesperada nevada complicó la ascensión del puerto de Ibañeta. "El tiempo y calidad del año parecía haber conspirado con el designio de los moros, arrojando una desmedida y muy extraordinaria copia de nieve de que miraban cubiertas todas las montañas que a no mucha distancia en torno la coronan…, cayendo muchos en los profundos barrancos disimulados", refirió José de Moret. Valcarlos protagonista, Valcarlos causante de emboscadas, pero envuelto en oscuridad durante gran parte de la Edad Media. Las referencias literarias o documentales unas veces parecían aclarar su identidad y otras envolverlo en la confusión más flagrante. Los designios de unos no coincidían con los de otros. Se repetía la misma falta de concreción con las fábricas asistenciales de Roncesvalles. La impresión es que no se hablaba de territorios, sino de ámbitos indeterminados que se disputaban monasterios y diócesis y que aparecían dibujados entre pinceladas legendaristas. Las bulas pontificias, lejanas y distantes, disponían a su antojo demarcaciones y jurisdicciones, chocando a menudo con los dueños y señores de las comarcas, que parecía que no existían. La oscuridad medieval no acababa de despejarse. Los peregrinos, que a duras penas cruzaban el Pirineo, dudaban por qué caminos proseguir la marcha navarra a Santiago. Los territorios además no se ceñían a unos límites concretos. Había veces en que la documentación mencionaba que la “Tierra de Cisa” francesa concluía donde la parroquia de San Juan de Irauzqueta -célula de la villa de Valcarlos- y otras en la “Crux Caroli” de Ibañeta en que se convirtió la más famosa de las cruces diocesanas.
Valcarlos hasta mediados del siglo XIV era tierra desolada, sin pueblos ni gentes. “Salen de los puertos de Sizer y de la tierra yerma. Atraviesan las montañas y las rocas tan altas que rodean los profundos y estrechos pasajes”, decían los versos de la “Chanson de Roland”. He ahí la exacta definición de lo que era el espacio de Valcarlos entonces hasta que se tiene noticia de una primera comunidad vecinal, Irauzqueta, tardía sin duda, pero porque nada podía haberse establecido en medio de parajes inseguros que cruzaban periódicamente pueblos y ejércitos, cuyos desmanes perduraron hasta finales del siglo XVIII con la entrada de las tropas de la Convención Francesa. “Los habitantes de Valcarlos vivían en un estadio económico primitivo, dedicados a la ganadería y cosechando frutos naturales hasta principios del siglo XIV”, anotó Jimeno Jurío. La primera obligación fue pagar los diezmos del ganado a la recién fundada parroquia. Luego, cuando llegaron los cultivos, hubieron de pagarlos por “las tierras recién roturadas y por otros predios sitos en el valle, que de poco tiempo acá han sido puestos en cultivo”, acredita un documento de 1333. Y si no había gentes, no había topónimos. Valcarlos, perdido entre montañas y bosques, seguía siendo considerado parte del genérico y ambiguo saltus vascón. Los romanos no le prestaron ninguna atención en el siglo I a.d.C., cuando determinan que la ruta para cruzar el Pirineo las legiones habría de trazarse por los montes del macizo que preside Orzanzurieta. Anales y crónicas del siglo IX no aportaban más que el asalto a la retaguardia carolingia había acontecido en el “Pirineo de los Vascones”, que obviamente hay que ceñir a Valcarlos. Incluso en el siglo XI seguía sin aparecer ningún topónimo representativo, aun teniéndose constancia de que el territorio formaba parte de los dominios del conde Sancho Sánchez de Erro, cuyos límites septentrionales se habían fijado en Mocossalia, en el valle de Arnéguy, y que aún perduraban en el mismo sitio en un documento de 1406 del rey Carlos III: “Hasta el Portiello de Mont Conseill que se clama Arrataqua", entonces pórtico del Pays de Cise, uno de los siete de la que fue “Tierra de Ultrapuertos" de Navarra que el rey de España Carlos I abandonó a su suerte alegando no poder defenderla. Mocossalia tenía la particularidad de haber podido ser seguramente el lugar elegido por el rey para esperar a la retaguardia que nunca llegó: “Carlomagno permanecía con su ejército mientras morían sus guerreros en Roncesvalles”, aclaraba el Pseudo Turpín, que situaba a una distancia de ”ocho millas hacia Gascuña", la distancia desde la que pudo oírse el olifante de Roldán merced a la intercesión milagrosa. "La llamada llegó conducida por los ángeles hasta oídos de Carlos".
No podían considerarse topónimos los que aparecían en poemas épicos y demás cronicones del siglo XI en adelante, en tanto que meras traslaciones originarias de la comarca francesa. Ni Sizera en la “Nota Emilianense”, ni luego Sizer en la “Chanson de Roland”, ni finalmente Ciserei en la “Crónica Turpini”. El primero y definitivo surgió en un magno relato alemán del siglo XII, la “Kaiserchronik”, escrito “Karlestal” (Valle de Carlos), que habría de pasar al latín como “Vallis Caroli” en la “Crónica de Turpín”. Topónimo que en todo caso el espacio que acotaba no era exactamente el de la depresión que se forma al pie del collado de Ibañeta ni tampoco el que el del desfiladero de La Reclusa, sino el espacio entre la embocadura septentrional y los verdes campos de La Nive de Arnéguy. En 1406 se menciona un “Baill Karles” en documentos del rey Carlos III. Los eruditos canónigos bayonenses Dubarat y Daranatz eran del parecer que “el nombre de Vallis Caroli le fue dado al valle porque conducía a la Croix de Charles” de Ibañeta, deducción que rechazó con razón Jimeno Jurío alegando que “el nombre provenía de la tradición constante que sostenía el paso histórico de Carlomagno por el valle”. No. El topónimo parece obvio que es de origen alemán, lo que no impide que fuesen los peregrinos los introductores en Navarra, como creía el romanista Joseph Bedier, y que posteriormente lo recogiesen los monjes de Roncesvalles, supuso Arturo Campión, que fue más allá al sostener que aunque “el nombre de Valcarlos no suene hasta el siglo XII, el silencio nada prueba de su existencia anterior. Valcarlos se difundió a lo lejos en alas de la fama poética, pero comenzó siendo un nombre local muy humilde”. No es factible su existencia anterior, ni parece tampoco que lo sea otro de raíz euskérica, Luzaide, hoy instituido cooficial del municipio. “Valcarlos no se llama Valcarlos, sino Luzaide. Los valcarlinos con quienes he consultado el caso me dicen que cerca de la villa existe un monte que lleva el nombre de Luzaide.” Como Luçayde data desde 1313. Su significado real tiene que estar relacionado con el fenómeno característico de los desfiladeros, las fuertes turbulencias del aire que se forman. Ni montes ni poblaciones pueden ser artífices de esa clase de topónimos, pero si caben las transposiciones, tan frecuentes en Navarra. Parece indiscutible que el Luzaide euskérico es lo mismo que “aire angosto o viento de angosturas”; es decir, las “ateas” que José María Iribarren definió como "gargantas o estrechuras de un valle", y es sabido además que “los nombres de lugar en vasco aludían casi siempre a caracteres o rasgos físicos naturales, que eran sobre todo descriptivos”, recalcó en más de una ocasión Julio Caro Baroja. Si ese topónimo lo hicieron extensible los vecinos a todo el territorio, antes era preciso que estuviese habitado, y cuando lo estuvo el primigenio parece indiscutible que fue Irauzqueta, es decir, "lugar de vecinos del pueblo” o “sitio de reunión vecinal". Comunidad originada a mediados del siglo XIII con los moradores de los primeros caseríos desperdigados por los montes, único modo de mantenerse alejados de los riesgos que entrañaba la proximidad a una ruta tan transitada desde la antigüedad. El aislamiento perduraría hasta que la gente iba disipando los temores viendo el tránsito creciente de los peregrinos jacobeos en ambos sentidos, lo que habría de determinar que hombres y mujeres acordasen reunirse a la vera del camino de Santiago. Así surgió Irauzqueta, que pronto se constituyó en parroquia de San Juan de Irauzqueta, cuya advocación pasó luego a la del Santiago Apóstol. No tardaron otros en sumarse, provenientes de las comarcas francesas, que se instalaron en una nueva barriada, en Elizalde, que significa “al lado de la iglesia” y que hoy constituye el núcleo central de la villa-capital de Valcarlos. Caro Baroja apuntaba: “La antigua villa rústica o urbana, con la anexión de la iglesia, adquiere un rasgo distintivo que le hace ya parecerse mucho en su estructura a la más moderna aldea.”
II Carlomagno y Roldán descendieron de Ibañeta hacia Valcarlos siguiendo el camino antiguo, cuyo estado apenas podía permitir el paso a un ejército de la magnitud del carolingio. Los relatos dejaron constancia de ello. “El rey, con la ayuda de Cristo, consiguió abrirse paso” (Crónica Turpini). “Abrió el camino con hachas, piquetas, azadas y otras herramientas cuando al frente de sus ejércitos se dirigía a España” (Aymeric Picaud). ¿Qué camino tomaron vanguardia y retaguardia? Desde finales del siglo XIX, el acceso a Valcarlos desde Ibañeta es por carretera, por la NA-135, cuyo trazado circundaba por la derecha el cerro del monolito de Roldán. Hoy lo hace por el opuesto, dejando a la derecha la capilla de San Salvador. El camino genuino en el siglo VIII atravesaba el collado por el solar en el que se alza la moderna capilla, y ya se sabe que el emplazamiento actual de la fábrica no coincidía con el antiguo o antiguos. Vestigios del trazado quedan en el arranque de la vertiente de Valcarlos, aunque sea en forma de surco excavado por las aguas de escorrentía. No es el único que se interna en el alto Valcarlos. Otro ancho y bien formado avanza por la parte oriental, adosado a la ladera del Astobiscar. No es camino histórico, ni tampoco pudo ser utilizado por los carolingios. Aunque poco visitado, desde él se contemplan las mejores perspectivas de Ibañeta y del monte Guirizu. El camino concluye al cabo de un kilómetro al borde del Undarzano, el barranco más espeluznante de los que penetran en Valcarlos, aun hoy intransitable, cuyo alejamiento le reserva escaso papel en los hechos del 778. El camino que siguieron las tropas carolingias, y luego los peregrinos, desciende describiendo un arco por la ladera del Guirizu, al borde del "subjecta vallem" de anales y crónicas. Atrás se dibuja la silueta de la capilla de San Salvador enmarcada entre hayas aisladas. La piedra en homenaje a Roldán aparece solitaria en lo alto del cerro. En el camino, las señales amarillas, pintadas a un lado y a otro, marcan el recorrido jacobeo. Hay tramos muy deteriorados por las aguas de las lluvia y la nieve. Como negar que no empezaron siendo rodelas de llantas de carros de arrieros. La ladera subvertical del Guirizu se muestra desafiante con su peligrosidad manifiesta. Los días de viento encalmado trae a las mientes el silencio secular, que sólo rompe el estruendo sordo de los arroyos que empiezan a formar el río Valcarlos. Herboso, térreo, acarcavado o desdibujado por la hojarasca, ancho como para un carro de antaño, el camino tiene que ser el mismo que descubrió Aymeric Picaud desde Ibañeta: “Por ese camino pasan muchos peregrinos que no quieren cruzar el monte”, y “el monte” era el alto itinerario de la vía romana. El trazado genuino concluye en el Guardiano, el caserío que se sitúa a la misma altitud que Roncesvalles. Es el último caserío de Valcarlos, solitario y aislado sobre un altozano que se asoma a la hondonada y que aún conserva su antiguo nombre relacionado con la actividad de quien cuidaba el monte. Su magnífica ubicación permite ser divisado desde las montañas cual mancha blanca que resalta entre el verdinegro del paisaje, razón de que las guías jacobeas lo hayan elegido como punto de referencia. Es muy probable que en su solar o en las inmediaciones estuviese el último de los ocho hospitales de peregrinos que conoció Valcarlos. "Cierta casa u hospital situada y puesta en el lugar llamado Gorosgaray", que los monjes de Roncesvalles compraron a los de Leyre en 1279. Camino viejo y carretera se encuentran en el caserío, y en él también se separan, pero mientras el asfalto prosigue el descenso hacia Francia por parajes más accesibles a base de curvas a derecha e izquierda, el jacobeo se interna directamente hacia el corazón de Valcarlos entre los hayedos, en medio de una fuerte pendiente que hace agotadora la ascensión. Los días de lluvia se hace intransitable por falta de la cobertera vegetal que impide la umbría del bosque. El sabor de la ruta genuina se pierde, pero aumenta el sobrecogimiento del entorno de silencio. Las depresiones se abren a los lados. El caminante precisa en todo momento la ayuda de las marcas en los árboles para no correr los riesgos de extravíos por la proliferación de senderos forestales, que ya admitía Arturo Campión en su visita de 1880: "Yo recorrí Valcarlos antes de la construcción de la carretera, y había varias sendas que serpenteaban por el desfiladero, atestiguando ser ése paraje de mucho tránsito".
El camino jacobeo prosigue en dirección hacia lo más hondo del valle. Lo hace entre tramos con visos de antiguo y reciente. Los afloramientos ordovícicos son constantes. La senda gana la luz en otro claro del bosque, un recoleto prado rodeado de castaños perdidos entre las hayas. Es uno de los principales parajes de Valcarlos. Dos arroyos confluyen con estrépito. Uno desciende del barranco Undarzano y el otro de Ibañeta. El lugar se conoce por Zabaleta, es decir, “lugar ancho”, un rellano entre montes que cautiva por su sabor pastoril. Asoma una vieja casona de piedra, hoy convertida en borda pero con trazas de haber sido otra su misión. Tal vez se trate del ilocalizable hospital del "Caballo Blanco". Zabaleta es la antesala del gran desfiladero, cuya cercanía se presiente. Los arroyos y los caminos van juntándose; también la carretera, obligada a mantener su anchura abriendo un tajo en el roquedo que se desmorona sin cesar. Las laderas caen a pico hasta casi tocarse en el agua. Las hayas a duras penas logran mantenerse enhiestas. Las más viejas, tronchadas y carcomidas, crean fantasmagóricas figuras zoomorfas. Fauces, cuellos y cuerpos corpulentos. El entorno se amolda magníficamente a los versos de la "Canción de Roldán", que parecen pensados para Casticharra, un espectacular despeñadero de afiladas rocas enhiestas a punto de desmoronarse. Desde la carretera se observa que ese podía ser también emplazamiento idóneo para que los vascones cortasen el paso a los soldados de la retaguardia que querían cruzar al llano de Francia. "Altas son las cimas. El valle es tenebroso. Grises las rocas. Estrechos los pasajes. Altas son las cimas y los árboles. El valle es profundo, estrecho y angustioso". El lugar coincide con el km. 57, que el caminante que baja de Ibañeta ahora está obligado a tomar. Ha de cruzar un puente de un solo ojo, con baranda de hierro, por el que pasa el arroyo Zubibeltz, que enseguida se une al que proviene de Zabaleta. O antes se ha estudiado bien la disposición topográfica en un mapa o es imposible comprender el entorno. El río Valcarlos empieza a formarse. En la embocadura de la foz se halla una central eléctrica. Es la casona Chirrisquin que asoma entre los árboles cual gigantesca roca. Se oye el amenazador ruido de las turbinas eléctricas, que mueve el agua que cae desde lo alto del monte por las gruesas tuberías de presión. Valcarlos ya no es bosque, sino angosta foz que se esfuerzan por cruzar río y carretera. En medio, en la ladera, a unos metros del arroyo, se halla la borda Olaberri con su redil que acoge a los rebaños de ovejas lachas. Es el km. 59. Más adelante concluye el desfiladero y aparece la casona de La Reclusa, la más histórica del valle, también antiguo hospital, cuya fama se reconocía en el siglo XIV por el rey Carlos II, “por prestar ayuda y socorro a los peregrinos y viandantes que por aquel yermo van y vienen.” Al pie, en lo más hondo, a la vera del agua, se hallan las casas de Gañecoleta, acurrucadas bajo los roquedos rojizos ya franceses, otro promontorio desde el que desencadenar una emboscada. El paraje se llama Chapitel. En él desemboca otro arroyo que baja del circo del Lauriñak. Es el km. 60. La carretera salva las pendientes por un puente de factura reciente; el viejo, de hierro, aparece cubierto por peñascos desprendidos. Ya se distinguen las casas de la villa de Valcarlos, pero no hay paisaje en lontananza hacia Francia. La N-135 se hace calle principal. A los lados se alinean casas y tiendas, que venden productos típicos en lugares fronterizos, aperos de labranza, botas de vino, hachas, cencerros…
Desde la casa-ayuntamiento a altitud más baja (325 m) se distingue el “Hameau d’Ondarolle, el caserío de Ondarolle, un “quartier” o “foubourg” dependiente de la “commune” de Arnéguy, que se halla a muy corta distancia siguiendo la “départamentale” número 12, que asciende espectacularmente hasta los pastizales de Elhursaro, donde la batalla del Château-Pignon. Cuando la ocupación de Francia por las tropas hitlerianas, Ondarolle quedó en zona libre por su unión histórica a Valcarlos. Sus habitantes dependen eclesiásticamente de la diócesis de Pamplona y asisten a misa a la iglesia de Valcarlos. También el cementerio, aunque francés, ha de regirse desde la villa-capital. Valcarlos concluye al cabo de la última casa de Pecocheta (245 m. de altitud), a la vera del río La Nive, al otro lado del cual empieza Arnéguy, pueblecito de 286 habitantes perteneciente al cantón de St-Jean Pied de Port. Arnéguy es nombre que alude a algún afamado coto truchero. Su iglesia es de mediados del siglo XVII, cuando se constituyó en parroquia tras independizarse de la de Valcarlos. Sus casas son mucho más recientes y su única calle coincide con la “départamentale 933” (D.933), que se dirige hacia la capital de Basse-Navarre entre praderas de forraje cercadas por alambradas y setos y caminos que parten por las laderas en busca de caseríos y bordas. El valle de Arnéguy era realmente el "Vallis Karoli" mencionado por el Pseudo Turpín y Aimeric Picaud, en el que había acampado Carlomagno cuando le llegó la noticia de que sus “guerreros morían en Roncesvalles". Hasta ese lugar llegaron las 56.000 doncellas que habían acudido en ayuda del rey, que después de clavar sus lanzas en los campos, amanecieron floridas. Lo había señalado la “Kaiserchronik”. El valle lo recorre el Nive, nombre singular de la comarca francesa para referirse a los cursos de aguas rápidas, los torrentes, que acaban fundiéndose en uno, en el “Grand Nive”, en un paraje llamado “Les Trois Eaux”, las tres aguas, que finalmente van a parar al Adour. |
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