|
l entorno montañoso que el peregrino Aymeric Picaud definió como "Port de Cize en la vertiente de Gascuña" arrancaba de St-Michel, la encantadora aldea al pie del Pirineo. El primer gran escalón de la ascensión culminaba en el collado de la Vierge d'Orisson –ya sobre la cota mil-, el segundo en el paso por el Leizar-Atheka y el tercero y último en Lepoeder a la vista de la llanada de Roncesvalles y de los monteshasta más allá de Pamplona. Desde St-Michel trazó el clérigo poitevino sus trece jornadas camineras a Santiago. La primera, al margen de las dificultades y riesgos que entrañaba la travesía transpirenaica, la consideró "etapa pequeña" aun con un recorrido de 35 kilómetros, que arbitrariamente hizo concluir en el pueblo navarro de Viscarret, en el valle de Erro, saltándose el ámbito de Roncesvalles. Desde la perspectiva de quien viene de Roncesvalles, el descenso hasta las tierras llanas francesas por los pastizales del viejo Pays de Cise comienza en el portillo del Leizar-Atheka y concluye, no en St-Michel, sino en St-Jean-Pied-de-Port al cabo de un recorrido de 17 kilómetros por la D-428, la estrecha carretera construida en su mayor parte sobre la vía romana, que permite acceder a parajes inimaginables para los transeúntes medievales. La ruta, aunque dejó de ser jacobea desde el siglo XII, una vez abierta definitivamente la de Valcarlos a Ibañeta, conoció el paso de ejércitos, y entre los siglos XVIII y XX, de “arrieros que venían de Bayona por la venta de Orison, Castel Pignon… y falda meridional de Altaviscar" (Madoz). Los primeros 5 kms. hasta el collado de la Vierge d’Orisson forman la unidad central de la travesía, los altos pastizales frecuentados desde el neolítico, el gran “estribo” de que hablaba Madoz, en definitiva, el brazo montañoso que se desprende hacia el norte del macizo del Orzanzurieta y en el que confluyen los términos municipales de Arnéguy y St-Michel y la divisoria de aguas cantábricas de las depresiones de Valcarlos y Esterençuby.

El ilustre etnólogo Julio Caro Baroja había escrito que los senderos antiguos se distinguen de los que no lo son "porque se aprecia que van a un nivel más bajo que el resto del campo por donde pasan, sobre todo si hay cuesta" (1), horadados no por lo que puede pensarse, las pisadas de la gente, sino por las aguas de lluvia, que terminan abriendo hondos surcos en ellos. El camino del portillo parece coincidir con esa definición. Ancho y herboso, la fuerte pendiente del comienzo requirió el trazado de una curva a derecha e izquierda para facilitar el tránsito de los carros. Su longitud es de unos 500 metros hasta su conclusión brusca en la carretera y con todas las trazas de ser camino genuino por imperativo topográfico en un espacio que apenas deja margen para el menor desvío. Varias son las etapas que se van superando en la alta travesía, pero donde camino viejo y carretera confluyen, el caminante de Roncesvalles tiene la sensación cierta de hallarse por primera vez en la otra vertiente del Pirineo. No cambia el paisaje, no cambia la vida de la montaña, cambian las perspectivas y con ellas las impresiones al margen de las barreras que establecen los estados entre sus territorios. Los montes y collados axiales ahora se ven al sur de Francia y no al norte de España. La naturaleza se impone a los hombres y establece las verdaderas fronteras que se respetaban desde la antigüedad. Desde esa perspectiva, el paisaje en derredor se muestra caótico y dislocado, engañoso y confuso, lo propio de terrenos paleozoicos atacados por la erosión geológica. La cara norte del Leizar-Atheka aparece sembrada de peñascos esparcidos que acabaron deteniéndose en su rodar en las posiciones más dispares, mientras otros fueron precipitándose por el gran barranco Oillascoa, principal colector de aguas de esta parte del Pirineo. En la otra dirección, sobre un terreno que se inclina hacia el barranco Gorricho, se hallan las bordas de Urdanarré, acogedor rincón pastoril cercano a la carretera desde el que admirar espléndidas vistas de Valcarlos. No se ve a nadie en derredor. Es octubre y los rebaños ya fueron trasladados a los pastos de invierno, al abrigo de los valles. El lugar lo forman la casa del pastor y un viejo cobertizo que aún conserva la techumbre de tablillas de madera, las "etxolak". Un abrevadero rebosa el agua de un caño que no cesa, que en verano, cuando el calor aprieta, suelen acudir a él los peregrinos aun a costa de perder unos metros de esa altitud que tanto cuesta recuperar cuando ya se lleva encima mucho esfuerzo en la subida desde el llano de Francia. Un estrecho pasillo entre estacas y alambres de espino oxidados, remendados con cuerdas, de los que penden jirones de lana de oveja, revelan labores de trasquila. El silencio es absoluto.
Nada parece ofrecer confusión o duda, y sin embargo se presenta entre los que van hacia Roncesvalles, que tienden a proseguir la marcha por el asfalto en dirección al collado Arnosteguy, desviándose unos 3 kms. Dónde queda España, preguntan entonces algunos caminantes a la vista del Leizar-Atheka y la escarpada serrezuela que lo prolonga. Habría que responderles como Azorín: “¿No está allá arriba pasadas unas duras montañas, lejos de los paisajes suaves, románticos y de los mares azules?”. El paso a Navarra no se distingue y la sensación es que el camino concluye unos cientos de metros más arriba. Las últimas horas de marcha por la carretera ofrecen tranquilidad y seguridad, y el abandono repentino de la misma es lo que hace dudar. No es extraña la exagerada concentración de señales amarillas pintarrajeadas en el suelo y en las rocas más sobresalientes. No hace tanto había un madero sostenido entre esquistos apilados, con una tabla en punta que señalaba el desvío y que alguien tuvo la paciencia de decorar con conchas jacobeas labradas a fuego. Fue sustituido en el Xacobeo 93 por una cruz de piedra arenisca que colocaron las gentes de la aldea de Arnéguy, en cuyo podio figuran dos inscripciones: "Makila eta gogoa" y "Je suis le chemin", alusivas al buen espíritu que ha de acompañar siempre la caminata de los peregrinos, y dos símbolos muy antiguos, el "lauburu", la milenaria esvástica de cuatro cabezas, reminiscencia universal de ritos solares, y la concha venera santiaguista, la popular vieira.
La carretera interrumpe el camino que baja del portillo y la ruta oficial xacobea se acopla al asfalto, al otro lado del cual puede apreciarse el mejor conservado de los tramos de la vía romana. Otro momento para las arrobadoras ensoñaciones, a esa hora de la tarde en que la luz de octubre se torna en penumbra en la vertiente francesa, más fría y umbría que la vertiente de Roncesvalles, donde aún luce ese sol que enrojece hayedos, pastizales y sembrados. Se respira placidez, silencio y quietud del aire entre el recuerdo lejano y mudo de las gentes que por ahí cruzaron desde la prehistoria. Tener la certeza de caminar por un pedazo de vía genuina supone una fuerte carga de emoción y de nostalgia. Apenas desdibujados los contornos por el paso de siglos, aguas y vientos, su longitud ronda los 300 metros, al cabo de los cuales el asfalto lo interrumpe de nuevo con un tajo inmisericorde que deja a la intemperie los esquistos oxidados. El paraje se localiza al pie del Pic Urdanarré (1.240), mera colina que se asoma a la hondonada de laderas acarcavadas del Larrondo, en el que abundan isleos cuárcicos silurianos, las rocas más antiguas que pueden verse en el Pirineo. La ladera del Bentarte cae como un manto verde que rasga el arco de la carretera de Arnosteguy. El macizo del Úrculu se agiganta con la ladera que se pierde por el Oillascoa. La carretera de Beherobie aparece como minúscula raya blanca que sube zigzagueante hasta perderse por una curva que se asoma al precipicio. La Cabane de Nabahandy, acurrucada en una arruga de la montaña, apenas es una pequeña mancha. La distancia impide distinguir los restos del torreón de la cima, y porque no se apreciaría tampoco cuando conservaba toda su altura, malamente podía ser una torre-trofeo romana, aun con tanto como se repite sin el menor asomo de análisis.

Hacia el norte, la D-428 se dirige a St-Jean entre colinas que son altos picos por encima de los mil metros de altitud. Pero nadie camina en esa dirección. Es en la dirección de Roncesvalles. Los peregrinos de los xacobeos no regresan a sus pueblos como hacían los medievales. Ahora las peregrinaciones son sólo de ida y se inician donde mejor convenga. Se aproxima el Urdanasburu (1.233), un"rocher" que parece emerger entre los pastizales. El peñón tiene una amplia gruta en la que suelen cobijarse caballos y ovejas los días de tormenta. En él sestean en las horas más calurosas del verano, esos días de aire encalmado, detenido, en que no sopla una brizna. El silencio apenas se interrumpe con el monótono murmullo que baja por la ladera, que percibe el caminante y que se asemeja a un grupo de personas rezando. Son los rebaños en la quietud de esas horas. La carretera se arquea para salvar la cabecera de un barranco que vierte a Valcarlos, pero no lo hizo la vía romana, que cruza de parte el terreno hundido, colgada como cuerda destensada. Parece evidente que se trata de un nuevo caso de retroceso del terreno, uniforme en este caso, posterior sin duda a la construcción del viejo camino, que vuelve a ser absorbido por el asfalto por los rasos de Elhursaro. Hacia Navarra se divisan el Changoa y el Astobizcar, que desde la perspectiva lejana parecen fundirse cual muralla que no deja resquicio para los caminos. Un ramal asfaltado, que se aparta por las inmediaciones del Pic Beillurti (1.144), corresponde a la carretera D-128, que emprende el descenso de siete kilómetros en dirección a las localidades de Ondarolle y Arnéguy. Vertiginosa bajada entre curvas, pendientes y precipicios, que pondrá a prueba la pericia de los conductores más osados. No se puede abandonar ese entorno sin prestar atención a los campos de Elhursaro -“suelo nevado”-, salpicados aquí y allá de dolinas e isleos rocosos, que a buen seguro fueron refugio y parapeto de las tropas españolas que se enfrentaban con las francesas. Era junio de 1793 cuando las fuerzas del general Ventura Caro libraban una cruenta batalla con las de la Convención Francesa al mando del general Moncey, que sufrió 4.000 bajas entre muertos y heridos. No hubo matanza general porque pudieron parapetarse en la cercana colina del Château-Pignon (1.166), un antiguo reducto militar atribuido al Duque de Alba del que quedan en pie sillares desperdigados y amontonados, que cabe imaginar de sólidos muros con troneras.
Aquella invasión francesa de 1793 sembró muerte y desolación por el norte de Navarra, y a punto estuvo de extenderse a la Cuenca de Pamplona. Una orden desde Francia impidió seguir adelante. En Roncesvalles protagonizaron absurdos e irracionales actos de desagravio por los hechos acaecidos en el siglo VIII. “Destruyeron la Cruz de Roldán y comunican a su gobierno que han vengado una afrenta hecha antaño a la nación francesa”, había anotado Jaime del Burgo (3). Todo había empezado a desquiciarse en el Pirineo cuatro años antes, en 1789, cuando triunfa la Revolución Francesa y los poderes del estado en Madrid y Pamplona deciden poner en marcha un “cordón militar en las fronteras por si llegaba la ocasión de intervenir”, señaló Florencio Idoate. Aquel plan preventivo consistió en abrir trincheras y caminos, cuando no clausurar otros. La vía romana tuvo que resentirse seriamente. Tan peregrina forma de contener las ideas revolucionarias se tradujo, por ejemplo, en el atrincheramiento de las cimas desde el Lindux al Bentartea, pasando por Orzanzurieta y Astobizcar. “Los pasos normales para toda ofensiva procedente de Francia” (Idoate). Y llegó el día en que la amenaza se hizo realidad. 20.000 españoles cerraron el Pirineo navarro. Otros tanto lo hicieron por Aragón y Cataluña. En Roncesvalles cerca de mil se distribuyeron por los montes, pero en vano pudo contenerse la invasión, que eludió los peligrosos pasos de Valcarlos. Las tropas españolas no siguieron adelante porque al parecer se negaron rotundamente los voluntarios navarros, según señaló el propio Idoate. Nunca se sabrá la razón. Pudo obedecer al respeto ancestral de los navarros a no cruzar el Pirineo o pudo obedecer al presentimiento de que nunca habrían podido volver a pasar los puertos con vida. “El general Ventura Caro, después de ganar la batalla de Bentartea con la toma de Château-Pignon, debió de haber ocupado lógicamente San Juan de Pie de Puerto, pero no lo hizo". (2). Que hubiesen obtenido victorias en tierras bajonavarras nadie lo duda, pero el regreso por el agreste entorno de las casas de Huntto, la última barriada de la "comune" de St-Michel, a media ladera de la vertiente norte pirenaica, habría sido el lugar idóneo para el golpe mortal que el general baigorrano Harispe, famoso posteriormente en las campañas napoleónicas en España, a buen seguro les tendría preparados.

Cercano al cerro acastillado se halla el Pic Hostateguy (1.142), otra herbosa colina desde la que contemplar la imponente planta del Úrculu, el arco del collado Arnosteguy y las cimas del Bentarte y Leizar-Atheka, que constituyen la perfecta barrera pirenaica respetada por las gentes desde muy antiguo. El observador atento no tarda en localizar, próximo al asfalto, un nuevo tramo romano, muy desdibujado por la incidencia de las aguas de escorrentía en pleno descenso al último de los collados de la travesía, el Biakorre (1.095), que separa aguas de dos profundos barrancos, el Arloté que arranca del Beillurti y el Harchury que lo hace del Château-Pignon. Harchury o “piedra blanca” es la singular transposición toponímica del cerro calizo sobre el que alza la efigie de la Virgen con el Niño en brazos. Es la "Vierge d'Orisson", vuelta de cara a Santiago, siempre rodeada de flores que depositan pastores y peregrinos y que tanto impresiona verla cercada por la niebla que sube por la hondonada hasta detenerse a sus pies. Es una escena tan insólita como toparse un amanecer de invierno en Ibañeta con las cruces escarchadas de los peregrinos. El collado de la Virgen representa el final de los altos pastizales del antiguo Pays de Cise frecuentados desde el neolítico. Lo que viene es el sinuoso descenso hasta el Nive de Béhérobie, entre caseríos, manzanales, praderas de forraje y cuidadas huertas. Un primer paso está en Huntto, magnífico mirador de la cara norte del Pirineo. La legendaria aldea de St-Michel, los caseríos desperdigados por las tierras llanas y el valle que desciende de Esterençuby, encajonado entre los contrafuertes, los “bizcars”, que se desprenden del eje. El descenso concluye en las inmediaciones de la villa de St-Jean, donde la D-428 se funde con la carretera que se dirige a St-Michel. Un indicador de direcciones señala el camino de la montaña en un sucinto resumen de lo más relevante de su historia: "Chemin de Saint Jacques de Compostelle. Route des Ports de Cize. Summus Pyreneus de la Voie Romaine. Route du Marechal Harispe". No era ese el trazado genuino romano, que se desviaba unos cientos de metros más arriba por el paraje Echebestea en dirección a St-Michel (365 m.), en euskera, Eiheralarre, un lugar que requiere ser admirado en uno de esos amaneceres neblinosos con los rayos del sol reflejándose en el Nive, el río torrencial de las amargas quejas de Picaud, víctima de portazgueros y barqueros: "En las proximidades del Port de Cize, en los pueblos de Ostabat, Saint Jean y Saint Michel Pie de Port los recaudadores del portazgo son tan malvados que merecen la más absoluta condena, porque armados con garrotes salen al paso a los peregrinos, arrancándoles por la fuerza los tributos".
Desde St-Michel el trazado antiguo se dirigía a la mansión militar del "Imus Pyreneus" o Pirineo bajo, aledaña a St-Jean d'Urrutia, pueblo que desde finales del siglo XII pasó a llamarse St-Jean-Le Vieux, fácilmente adaptado al euskera como Donazaharre. La ruta prosigue -hoy a trechos por la D-933- en dirección al Apat-Ospitale, hito santiaguista restaurado, de donde pasa a Lacarre, lugar de enterramiento del mariscal Harispe, y seguidamente a Mongelos, por donde discurría la línea confinante de las países de Cise y Ostabarret y de las antiguas diócesis de Bayona y Aqs. En medio de un paisaje de gran calidad, se accede a Larcevau, en cuyas inmediaciones se halla el desvío (D-508) al enclave jacobeo por excelencia de Francia, Ostabat, situado a 20 kms. de St-Jean-Pied-de-Port. La aldea es uno de esos lugares sustanciales de la vieja cultura europea en el que es difícil sustraerse a la arrobadora ensoñación de pensar en los miles de peregrinos que en él permanecían dos o tres días descansando y armándose de valor para el salto a Roncesvalles. Era el momento en que tenía que intervenir un personaje como Aymeric Picaud con las estimulantes historias de santos y mártires que por no doblegar su fe llegaron al martirio y a la muerte. Citaba a San Leonard de Limoges, "que llevó vida solitaria e indecibles trabajos"; a Santa Fe de Conques, mártir, que "coros de ángeles trasladaron su alma al cielo como si fuese una paloma"; a San Saturnino de Toulouse, muerto despedazado tras ser atado "a unos fieros toros sin domar que lo arrastraron entre las piedras", etc. Recurrió incluso a la leyenda, refiriendo que Roldán había sido enterrado en un lugar de la Vía Turonensis: "Su sagrado cuerpo lo enterraron en la iglesia de Saint Romain de Blaye", en la cripta de la antigua basílica. El Pseudo Turpín se había decidido por Belien, en las Landas de Burdeos.

Ostabat era lugar de encuentro de las personas, pero no donde se fundían las tres vías jacobeas que recorrían Francia de norte a sur en dirección a Roncesvalles, a saber, la Turonensis, la más larga con un recorrido de 915 kms., que iba desde París a Ostabat y que fue famosa por haber recurrido a ella el rey Carlomagno y el poitevino, naturalmente. La Lemovicensis, que cubría 820 desde Vezelay, y la Podiensis, la más concurrida de las tres, con un trazado de 750 kms. entre Le Puy-en-Velay y Ostabat, hoy catalogada como sendero G.R. 65, que se mantiene fiel a la travesía pirenaica a Navarra por el "Port de Cize". La cuarta vía, muy apartada de éstas, era la Tolosana o Arletensis, catalogada como sendero G.R. 653, con 525 kms. de recorrido entre Arles y el Somport oscense. Las tres vías se juntaban kilómetros antes en un cerro que parece presidir el paisaje verde y que corona la "Stele de Gibraltar", lugar al que se accede por la D-302 desde Uhart-Mixe en la general a St-Palais. Unidas las tres vías pasaban el Pirineo para reunirse en la villa navarra de Obanos (Valdizarbe) con la que entraba por Somport. Pero el itinerario del "Port de Cise" de St-Michel a Lepoeder iba a clausurarse al poco de haber pasado Picaud, que coincidió con la apertura en el siglo XII de la ruta que habría que consagrarse hasta hoy por Valcarlos e Ibañeta, que trajo consigo la fundación de la villa de casas de piedra roja, St-Jean-Pied-de-Port o Donibane Garazi, situada a 160 m. de altitud, seis veces por debajo del collado de Ibañeta, del que dista 26 kms.; 74 de Pamplona, 814 de Santiago y 800 de París, villa que hasta 1589 no pasó definitivamente a manos de Francia. Las enormes dificultades de los pasos de la montaña y la imposibilidad de erigir hospitales y capillas en ese espacio fueron razones primordiales para desecharlo. No es factible que San Eulogio de Córdoba, en el siglo IX, porque cruzase el Pirineo “por diversas regiones y por caminos ignorados y trabajosos”, como indicaba José de Moret, esa ruta correspondiese a la de los altos pastizales de Cise y que en ella se hallase además el monasterio de San Zacarías que regía el abad Odoario que le dio acogida, y no obstante así lo sospechó Arturo Campión: “En estos montes de Cise sospecho yo que habrían de buscarse las ruinas del famoso monasterio de San Zacarías. Asó lo pide a voces el epíteto de Cisariense con que San Eulogio distinguió al abad Odoario de dicho monasterio.” (4). |