| Capítulo XXIII | ||
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XXII
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| "El cielo ataviado
de azul, plata y oro; las nubes orladas de brillante lumbre. El monte, el prado, el valle, la cumbre y el río sonoro." |
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El Úrculu y el enigmático "Altos son los montes y tenebrosos los valles. |
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El monumento no encuentra explicación oficial, y a pesar de ello la teoría prevaleciente en Navarra es que se trata de un "oppidum" romano; una torre-trofeo a caballo de Hispania y la Galia en conmemoración de la conquista de Aquitania o del sometimiento de la península ibérica una vez aplastados los pueblos insumisos del Norte. Pero no parece verosímil siendo el Úrculu monte tan aislado y apartado de la vía romana; los tres kilómetros que lo separan es distancia suficiente para no distinguir siquiera el torreón. Algo más realista es pensar que la torre tuviese un cometido más local, con fines limitados, como ser una obra de francos para intimidar o vigilar a los inquietos pueblos vascones de la montaña que durante el siglo VII asolaron en repetidas ocasiones las tierras aquitanas. Es histórico que en un angosto valle de la vertiente norte, "Subola", hoy Soule o Zuberoa, muy cerca del Úrculu, aquellas gentes atacaron y dieron muerte a todo un ejército de francos (año 636), y es histórico también que un rey, Dagoberto, haciendo acopio de fuerzas, los acorraló, obligándolos a retroceder a sus montañas. "Viendo los vascones que iban a ser vencidos, se metieron por los desfiladeros de los valles, refugiándose en lugares asegurados por las rocas de los montes. Aplastados y completamente derrotados, pidiendo perdón, prometieron que se presentarían ante la gloria de Dagoberto y que se someterían a su dominio ejecutando todas su órdenes", había constatado la crónica de Fredegario. No hay que descartar tampoco que se tratase de una torre-trofeo carolingia, no como afrenta a los vascones que acabaron con Roldán, sino para conmemorar la creación del reino de Aquitania que gobernaba Ludovico Pío. Pudo ser, por qué no, un capricho de algún monarca, duque o general megalómano, que eligió precisamente Úrculu como único monte de las inmediaciones que disponía de canteras calizas de superficie, rocas que en cualquier caso eran mucho más consistentes que los quebradizos esquistos de los macizos paleozoicos de Roncesvalles, Quinto Real y las Cinco Villas de la Montaña.
El acceso a la cima del Úrculu está vedado para los coches, pero se acercan mucho tomando una empinada carretera que se interna en la montaña, la cual arranca de la que cruza por el collado Arnosteguy en dirección a la aldea de Beherobie, en pleno descenso a la villa de St-Michel y a la propia capital de Basse Navarre, amén de acceder a los parajes más intrincados del Pirineo francés. Es la D-428. Los automovilistas que salgan por Valcarlos, una vez que crucen el fronterizo río Nive d'Arnéguy pueden tomar la más sinuosa y estrecha de las carreteras de la vertiente norte, que tras siete kilómetros de fuertes pendientes sale a los pastizales neolíticos de Elursaro, desde donde es fácil presentarse en Arnosteguy. Algo más suave, e histórico, es el itinerario por St-Jean-Pied-de-Port que remonta el Port de Cise que siguió Aimeric Picaud. Acceder a la cima de Úrculu desde Arnosteguy, caminando por el asfalto, no tiene más inconveniente que lo que supone de largo desvío, y el tiempo no siempre sobra en sitios tan apartados. El modo más rápido es encaramarse directamente desde el collado a las inmediaciones del torreón, lo que implica poco más de media hora, aunque a costa de un esfuerzo que supera todas las previsiones. Sin caminos trazados, el ascenso se inicia por el suave y herboso glacis, sorteando voluminosos peñascos desprendidos del cuarteado escarpe, algunos con trazas de haber formado parte de cromlechs de gran diámetro. La dura subida viene a mitad de ladera, y algo de alivio se halla en los oportunos peldaños que representan las paceduras de los rebaños ovejeros. El primer respiro llega al alcanzar unos enormes peñascos firmemente anclados en la ladera, como los que el intrépido Julio Altadill reconoció en el Pirineo en sus itinerarios por Navarra a comienzos del siglo XX: "Moles inconmensurables de las más variadas y caprichosas formas". Desde esa perspectiva se percibe bien lo agrietado del espolón que sostiene el torreón, cuyos sillares se ven desperdigados en derredor. La montaña amenaza con desprendimientos de rocas que apenas se sostienen sobre cornisas, por lo que resulta peligroso situarse debajo. No cabe duda que algunos de esos monolitos calizos fueron aprovechados por los constructores de dólmenes y cromlechs, que arrastraron con gran esfuerzo hasta lejanos parajes, aunque desde la perspectiva de Barandiarán no se desprendían por efecto de la erosión y la gravedad, sino por la descolocación intencionada de poderosos seres como maides y mairis, afanados por hacerse con las mejores piezas para erigir sus monumentos en cualquier parte, un dolmen, un puente, una morada La ascensión concluye en un potente lenar o lapiaz cárstico, fenómeno erosivo que provocan las aguas de lluvias y nieves al perforar el manto rocoso calizo, lo que acaba originando profundas y estrechas grietas que temen caballos y ovejas. De haber morado en la protohistoria algún pueblo en este monte, como es muy probable, no habría enemigo que osase atacar desde Arnosteguy. Viene a continuación un suave pastizal que desemboca en un espacio cerrado y hundido al abrigo de los vientos, instalado en una dolina de grandes proporciones, colmatada por materiales derrubiados de los escarpes circundantes, principales suministradores de materiales de construcción del torreón. En el centro pueden verse las ruinas de una borda que debió de ser de considerables dimensiones, la cual aún conserva firmes sus cuatro sillares maestros o "esquiarris", que fácil es deducir que formaron parte de la torre, un motivo más que añadir al paulatino arrasamiento de los agentes atmosféricos y de los imaginables intentos de demolición de pueblos invasores. El torreón, lo que podría conceptuarse como un "etxeburo", es un tosco cono truncado y macizo ubicado hoy en terreno navarro, que recuerda mucho la forma de los talayotes y nuragas de las islas mediterráneas. Tiene un diámetro de 18,50 m. en la base y 3,50 de altura, que aunque se desconoce cuanto medía originariamente no debió de superar los 10 metros. Los bastos sillares, el hecho de estar calzados, el diámetro y los fuertes vientos que asolan la cima, no permitirían más altura. Carece de aspilleras y puerta de acceso, pero pudo tenerlas en la parte que se ha perdido, aunque no hay que descartar que fuese maciza, rellena con piedras y tierra prensada, con el fin de darle la consistencia que requería una obra de esas características en semejante emplazamiento, sometido a fuertes vendavales. La torre se halla cercada por otro lenar, que a su vez da paso a un potente afloramiento de redondeadas y aplanadas calizas entreveradas de hierba y matas, que revelan caprichosos y extraños dibujos zoomórficos, así como vestigios de lo que pudo ser un taller al aire libre de la edad de los metales. Lo ponen de manifiesto ciertas hendiduras a modo de moldes de fundición y vertido, y rocas en plano inclinado empleadas probablemente en labores de pulimentado de armas o herramientas.
Úrculu, la cima del monte, culmina en un anchuroso raso que preside el mojón internacional número 206, aislado y solitario. Ligeramente vencido hacia el lado de Francia es cruzado de parte a parte por un alineamiento rocoso que semeja una vía empedrada a los ojos de la imaginación. Lo que queda de torre deja de verse. Hacia oriente se distingue con claridad la recortada línea axial pirenaica. Llama la atención como la avanzada latitud del Úrculu sobre los demás macizos permite contemplar, por ejemplo, la cara septentrional del gigante Ory, completamente blanca en invierno. Hacia Navarra, las moles de Changoa y Orzanzurieta interrumpen el paisaje, y hacia el norte apenas un hueco entre barrancos permite vislumbrar el llano de Francia. El corazón de la montaña invita a adentrarse, y ladera abajo marcha el caminante por suave pastizal de ladera. Una gigantesca dolina en forma de cono invertido, que sume las aguas de lluvias y nieves del entorno para acabar emergiendo por el barranco Oillaskoa al otro lado de la montaña, impresiona siempre por lo que advertía Barandiarán de los pozos sin fin Casi todas suelen estar taponadas en el vértice, pero las hay que no y disimulan peligrosas simas para el ganado. Abundan en las sierras de Urbasa, Andía y Aralar. Un dispositivo de hormigón, enterrado, que apenas deja asomar una gruesa escotilla de hierro, se asemeja a un búnker, pero se trata de un depósito de agua, un "reservoir". Al lado concitan el interés del observador atento cinco peñascos desperdigados en un radio de varios metros, con trazas evidentes de haber sido piezas de un magnífico ejemplar de dolmen. La soledad y el silencio se acrecienta sin paisaje en lontananza, y sólo el avistamiento de las "Cabanes d'Úrculu" levantan el ánimo. La casa del pastor se halla al amparo de un murallón calizo; cerca está el cobertizo para guarecer al rebaño y una borda antigua que todavía conserva la techumbre de tablillas de haya. Hasta la majada llega el tramo asfaltado antes mencionado, que desciende serpenteando entre dolinas, prados y rocas de sugerentes perfiles que parecen revelar la huella humana. Aparece la D-428 al borde del Oillascoa. Lejano se divisa el rojizo monte Arradoy sobre la comarca de St-Jean-Pied-de-Port; más cercano, el rosario de redondeadas cumbres que flanquean la vía romana. Arnosteguy espera, y tras él, Bentartea, en el camino invariable a Roncesvalles. |
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| Capítulo XXIII | ||
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2002
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