| Capítulo XXII | ||
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XXI
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| Ya se acerca el otoño con sus áureas suaves; su dulzura infinita y sus hojas errantes. |
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Dólmenes y cromlechs "Esas tierras son feroces, y la tierra |
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Desde el collado Bentartea existen accesos cortos, fáciles y cómodos a ese entorno, pero no por ello hay que menospreciar inconvenientes como la formación de nieblas repentinas en la vertiente norte o el transcurrir del tiempo, siempre corto en caminatas lentas y con atardeceres que se adelantan en los hayedos, los barrancos y tras los montes. Roncesvalles queda a cuatro horas de distancia, a dos el barrio de La Fábrica y la aldea francesa de Beherobie es meta descartada. Una manera cómoda es salir a la carretera francesa por el portillo del Leizar-Atheka; más rápida es incorporándose al sendero de los G.R. 11 y 12, pero mayor encanto tiene aprovechar la ocasión que brinda la fácil subida al Pic Bentarte (1.385), que apenas se levanta unos cincuenta metros sobre el collado, desde donde se accede por cualquier punto de la herbosa ladera que surcan los diminutos senderos, paralelos y escalonados, trazados por las ovejas en su monótono apacentamiento diario. Extraña cumbre ésa la de este primer monte francés en la que proliferan esquistos sueltos de todos los tamaños, que intentan enmascarar viejas trincheras, parapetos murados y fosos circulares que ocuparon las tropas españolas que intentaban contener a las francesas de la Convención en 1793. El lugar es además un magnífico balcón, monxoi perfecto desde el que experimentar viejas emociones a la vista de las primeras tierras continentales: los pastizales de montaña del País de Cise, la gigantesca finca forestal que ocupa 17.000 hectáreas, tres veces lo que Quinto Real. Barrancos y más barrancos que se entrelazan entre sí y por los que trepan con esfuerzo las hayas, y redondeadas cimas en un paisaje caótico a primera vista, que de cuando en cuando deja ver las humeantes chimeneas de las "cabanes" pastoriles, unidas a la carretera por estrechos caminos térreos blanquecinos que se pierden entre curva y curva. Dos unidades físicas resumen ese paisaje: la depresión del Oillaskoa, en la que se forma el Nive de Beherobie, y el macizo calizo axial del Úrculu, primero del Cretáceo que linda con el paleozoico a través de Arnosteguy. Hacia ese solitario collado desciende el camino por suave pendiente, entre puestos de caza palomeros y la destartalada alambrada internacional.
Arnosteguy (1.236), cuya entrada señala el mugarri 205, es collado axial y trifinio del término municipal de Orbaiceta con los franceses de Arnéguy y St-Michel. El incansable montañero y etnólogo guipuzcoano Peña Santiago señaló que el topónimo primigenio del lugar no era ése, sino Iruburieta, es decir, "lugar de tres cabezas", pero ese significado es evidente que no parece concordar con un collado, sino con el perfil de las tres cimas que únicamente se avistan desde la perspectiva de la vía romana, que representan la más clara barrera natural con Navarra. Arnosteguy de pie de Úrculu es paraje que debió de tener poco peso en la vida pastoril primigenia. El trazado de la carretera que une el collado con la vieja vía, amplio arco de tres kilómetros que bordea el barranco Oillascoa, no parece probable que preexistiese siquiera como sendero o camino, ni tampoco en la dirección opuesta, circunvalando el Úrculu en dirección a la aldea de Beherobie. No faltó tampoco en esta ocasión la extravagancia de Pierre Narbaitz sugiriendo el paso de Carlomagno valle de Aézcoa arriba hasta doblar el collado: "No ignoro que en estos últimos tiempos hay quien prefiere el puerto de Arnosteguy al clásico desfiladero de Bentarte. Más al E., la magia de Úrculu seduce al parecer a observadores particularmente cualificados" (1). En Arnosteguy hay un alargado abrevadero siempre rebosante de agua en el que disfrutar de unos momentos de respiro. No encontrará el caminante otra fuente tan fácilmente; de siempre estos montes carecieron de agua, lo que también debió pesar en el tránsito de pueblos y ejércitos. Los espesos hayedos que descienden por el angosto valle hasta Orbaiceta y las moles del Changoa, Orzanzurieta y Úrculu que se interponen, crean un espacio cerrado sin paisaje en lontananza. La desorientación es evidente, por lo que se duda en qué momento se pisa un país u otro. Pero lo más llamativo a quien ha llegado a Arnosteguy es ver en todo lo alto del escarpe de Úrculu lo que queda en pie de un torreón de tiempo impreciso, cuya visita acucia. No muy lejos, a algo más de un kilómetro, se distingue el espino albar solitario que señala la estación dolménica de Soroluze. El sol brilla con fuerza, el aire está encalmado y el camino de los G.R., aunque acarcavado por las aguas de escorrentía y a ratos oculto entre helechales, tojales y hayas, invita a encauzar los pasos por él. Soroluze (1.222) no es un collado propiamente dicho, sino un herboso brazo combado que se desgaja del Úrculu hacia el barranco aezcoano, cuya forma parece amoldarse perfectamente al topónimo, que significa "pastizal estrecho o alargado", pero por sus reducidas dimensiones todo hace indicar que se trata de una transposición toponímica del vallecito que se abre al E., que responde a un genuino "soroluze". Restos de viejas bordas de piedra pueden verse en un extremo; también hondos círculos excavados sobre el terreno, trincheras, no en vano el valle ciego se consideró militarmente una de las puertas falsas del Pirineo, y de hecho por él penetraron las tropas de la Convención Francesa, dispuestas a asaltar la fábrica de bombas del alto Aézcoa. A sólo unos pasos del sendero G.R., entre hierba y matorrales, se descubre el humilde dolmen que forman tres peñascos calizos semiderruidos, bien por hundirse el terreno o bien por la ignorancia de quienes antaño buscaban tesoros escondidos en "idinarrus" (pellejos de buey), como recordaba Barandiarán. Vano empeño que lo único que hizo fue entorpecer la labor investigadora del insigne cura de Ataun y de otros ilustres personajes, como Iturralde y Suit, Aranzadi, Eguren, Elósegui, Ansoleaga, etc., que recorrieron Navarra por tortuosos caminos, sin apenas medios de transporte ni carreteras. Qué ufanos y orgullosos posaron en rancias fotografías al lado de aquellas tumbas reservadas para unos pocos pastores que recibían honores a la hora de la muerte y que la imaginación popular convertiría en "marietxes" (casas de mairis), seres que transportaban "enormes peñas de la montaña de Arradoy hasta los lugares donde se construían castillos y dólmenes", como el de Mendive al noreste de Úrculu, "construido con piedras que llevó una mairi sobre su cabeza mientras hilaba con sus manos"; en "sorguinetxes" (casas de sorguiñas), antecesoras de las brujas que persiguió la Inquisición, "capaces de traer las piedras en las puntas de las ruecas durante la noche" o "bloques de piedra de grandes dimensiones sobre las cuales se peinaban las lamiñas que vivían en las aguas de un riachuelo cercano" (2).
A unos treinta pasos del dolmen o "trikuarri", a la sombra del espino albar que lo protege de las tormentas -esa era su función en la cultura popular-, se localiza un cromlech o "jentilbaratz" (huerto de gentiles) que mide tres metros de diámetro y al que le faltan algunas piezas para completar el círculo de las 18 que pudo tener. En los 13 círculos de piedras hallados en el valle de Baztán, los diámetros oscilan entre los 2 y los 10 metros, y las piezas iban de 14 a 21. Aquellas construcciones funerarias se ubicaban por lo general en "parajes abiertos, collados despejados y azotados por todos los vientos", constató Peña Santiago (3) respecto al cercano monte Occabé, otra notable necrópolis neolítica pirenaica. No tiene sentido, como se ha pensado, que los emplazamientos estaban relacionados con las mayores altitudes, cuando lo cierto es que los collados en que se desarrollaba la vida pastoril neolítica eran tan elevados conforme se veían al paso, y al paso no hay perspectiva, como demuestra que este modesto Soroluze de pie de Úrculu supere en altitud al gigante rocoso del Balerdi, en los escarpes de las Malloas de Aralar. Pero la influencia de la cultura neolítica queda patente en mayor medida en la cabecera del valle de Aézcoa, que corresponde al alargado corredor que empieza en las bordas de Azpegui (1.050) y que concluye tres kilómetros más adelante en Orgambide (988), un paraje que preside un dolmen sobre el que se ha colocado el mojón número 212, que constituye trifinio internacional de los términos de Aézcoa, St-Michel y Esterençuby. Azpegui es una majada de rústicos rediles y "askas" de viejas piedras, en la que raro es el día del verano que no esté rodeada de caballos, vacas u ovejas. El nombre, traducido literalmente por "lugar bajo la roca" es una referencia clara al espectacular escarpe oriental del Úrculu, que se yergue en lo más alto y que, desmoronándose al paso del tiempo, fue perdiendo las pesadas rocas que se ven desperdigadas por la ladera, y que a buen seguro algunas aprovecharon los pastores para alzar sus monumentos funerarios. Más antiguo que ése topónimo debe de ser el de Alzatea (puerta alta) que reflejó Madoz en su diccionario, pues ya se ha dicho que antaño por esos parajes pasaba una vieja ruta de arrieros que iba a fundirse con la romana por Bentartea.
El estrecho corredor comunica directamente con los altos valles bajanonavarros; su disposición pudo ser tenida en cuenta en algún momento para el primer trazado de la vía romana, aunque sería desechado finalmente por la actual ruta más al O.. Pesa sobre estos parajes el enigma lejano y difuso de un muy antiguo camino de ligures, los probablemente primeros invasores de la península ibérica, que accederían por ahí. El vallecito ciego avanza hacia el norte perpendicular al eje pirenaico, que hay que cruzar por una franja de unos 500 metros de ancha entre la cota 1.000 mediterránea y la 1.000 cantábrica, que hace que durante un trecho de cerca de un kilómetro, Aézcoa se convierte en insólito valle que vierte aguas al Cantábrico. Los terrenos, dedicados al pastoreo desde antiguo, siguen respetando el régimen de facerías medievales, costumbres absolutamente arraigadas que no han cesado de marcar estrechos lazos entre las gentes de ambas vertientes, que comparten no sólo pastos y aguas, sino la paz y el descanso eterno de los muertos de la necrópolis que forman varios cromlechs y dólmenes repartidos a un lado y al otro de la depresión, siguiendo una extraña línea zig-zag. |
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| (1) Narbaitz, Pierre. Orria. Pamplona, 1979.
Pag.209. (2) Barandiarán, José Miguel. Diccionario de mitología vasca. San Sebastián, 1984. Pags. 197-198. (3) Peña Santiago, Luis Pedro. Diario Vasco. Ruta 7. Paseos desde Guipúzcoa. Pag. 8. |
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