| Capítulo XXI | ||
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XX
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| Sonatas brindan las fuentes, suspiros tejen las áuras, y el bosque apacible finge bisbiseos de beata. |
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El collado Bentartea, "Antes de abandonar la cima de los Pirineos, |
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El caminante que viene de Roncesvalles llega a Bentartea al cabo de la travesía del hayedo del Changoa, aliviado porque acaba de dejar atrás la aflicción que emana de los bosques. El camino, anchuroso, espléndido, avanza cuesta arriba hasta Bentartea. Un tramo empedrado de losas gruesas y toscas concitan el interés ante la creencia de que se trata de la calzada romana genuina. No hubo tal entre Aquitania e Hispania. No se llevaron a cabo vías empedradas, caras y laboriosas en travesías de montaña, casi innecesarias por lo demás con el paso ágil y rápido de las legiones. El tramo corresponde exactamente a los trabajos de explanación del espolón rocoso que se desprende del monte hacia la hondonada, y que es lo que ha permitido el paso de la vía. No hay que descartar ampliaciones posteriores, acordes con los requerimientos de ejércitos, tal vez delDuque de Alba o del mariscal Soult. También llaman la atención unas ruinas rudimentarias que sugieren a primera vista una antigua borda de pastores, aunque no hay que descartar que pertenezcan a la venta que debió de existir en el collado, como parece sugerir el topónimo euskérico. Venta cuyo cometido sería atender a los arrieros que llevaban sus mercancías al puerto cantábrico de Bayona, provenientes de los valles orientales de Navarra y también de Pamplona por Roncesvalles.
El sendero, ya definitivamente francés, avanza entre la juntura del Pic Leizar-Atheka y la alambrada fronteriza, rústica balaustrada de postes recubiertos de líquenes secos. El paraje es inmejorable para contemplar el Changoa arropado entre hayas y los lejanos Astobizcar y Guirizu sobre Roncesvalles. Una langa o escala de traviesas de madera permite acceder al “bizcar” o lomo que separa las depresiones Arbantaro y Gorricho. Todos estos terrenos se mueven constantemente al borde de las cabeceras de barrancos casi vírgenes por inaccesibles, aun para los animales. El lugar, de nuevo español, es a la vez pastizal y sesteador de rebaños, que buscan en él el alivio de las rachas de viento que originan las turbulencias de las depresiones. En un extremo hay un cerro rocoso, un balcón desde el que admirar lo que sin duda es insólito paisaje geológico, el eje hundido del macizo herciniano primigenio que deformó o sepultó la orogenia alpina, uno de cuyos brazos parece desprenderse del Pic Lauriñak, el monte que separa Valcarlos de Baigorry, que desde esa perspectiva lejana constata su peculiar morfología de “gorramendi” o monte de piedra roja. La reincorporación al camino se efectúa por el “mugarri” número 198 en medio del “pasaje negro”, un potente afloramiento de pizarras en placas, en el que se ceba la erosión al tratarse de materiales blandos, lo que convierten el camino en intransitable. En ese punto es preciso prestar atención a la cabecera del barranco Gorricho, que porque ha ido retrocediendo al cabo del tiempo provocó el hundimiento del terreno, llevándose al fondo una veintena de metros de camino genuino. No es probable que afectase a las legiones romanas, ni siquiera al ejército árabe de Al-Gafiqi que pasó en el año 732, pero sí en 1512 al Duque de Alba, cuyas crónicas de campaña dieron cuenta de indecibles dificultades durante la travesía a St-Jean-Pied-de-Port. "Envió delante muchos gastadores y gente de a pie con picos, azadones y otros hierros y aparejos necesarios para abrir camino", escribió Luis Correa.
La vía, que acaba de enfilar hacia el norte, recupera el esplendor de lo auténtico. Herbosa, ancha y de piso firme, enmarcada entre las hayas que lo cubren y sorteando los enormes peñascos desprendidos del monte, sale cuesta arriba a otro de esos escenarios naturales que siempre generan emoción, un portillo que aunque modesto se sitúa en la cota 1.309, umbral de alta montaña desde la perspectiva francesa. Hoy aparece innominado en mapas y guías, pero en otro tiempo debió de llamarse “Leizar-Atheka”, un nombre que acabó trasladándose al monte que se alza sobre él. Su significado, "portillo del fresno", lo delata, alusivo sin duda a una fresneda de las inmediaciones, próxima a las bordas pastoriles. "Leizar" deriva de "lizarra" (fresno) y "atheka" significa portezuela, pasillo, brecha o paso estrecho. Se conocen ejemplos del término en el Arrataka del vallecito que avanza hacia Francia al oriente del Úrculu, es decir, "portillo de piedra o entre piedras", y en el estrechamiento del Arrataqua medieval del valle de Arnéguy. El portillo tiene la excepcionalidad de ser el collado no axial más sobresaliente de la cordillera pirenaica. Hubo un tiempo en que representó uno de los escalones de la travesía, uno de esos parajes impuestos por la naturaleza como divisorios de tierras y destinos, siempre respetados por los hombres. Cruzarlo les hacía creer erróneamente que se hallaban al cabo de la península ibérica, lo que no alcanzarían hasta tanto no se asomaban al Lepoeder. Más que errores eran impresiones falsas en un Pirineo que se conocía mal. La gente ni sabía en que reino se hallaba ni si había entrado en suelo peninsular. Aquel desconocimiento perduró, aunque en grado mucho menor, hasta tiempos recientes, finales de siglo XIX. Bravo Lozano, último de los traductores y anotadores del "Liber Peregrinationis" daba por hecho “la claridad con que Aymeric Picaud percibía geográficamente la diferencia entre Francia y España, tomando como referencia los Pirineos" (1). Pero poco o casi nada podía tener en claro aquel clérigo peregrino en el siglo XII, que era capaz de concebir cumbres en el ámbito de Roncesvalles que rozaban el cielo, víctima como todos de mitos y leyendas mal asimilados.No deja de sorprender que hasta un erudito como José María Jimeno Jurío llegase a decir que la alta cima a la que aludía el poitevino podía estar en el Leizar-Atheka. “Esa magnífica atalaya de relativamente fácil y cómodo ascenso desde el camino que lo bordea por el poniente…" (2).Lo único claro de un caminante medieval que venía hacia Navarra por el intrapirineo era la dificultad del ascenso de una ladera, en este caso la septentrional, y el alivio de la otra, o meridional, realidad primaria. No se puede concluir la visita del collado Bentartea y de su entorno sin prestar atención a la morfología del portillo. Lo primero que se observa es su poca anchura, unos diez metros, pero es todo lo que en su día se pudo hacer para horadar la serrezuela rocosa que desciende del monte. La obra tiene que corresponder al tiempo de la vía romana, al igual que se hizo en el tramo de entrada del Bentartea. De no haber sido así habría sido preciso desviarla varios kilómetros hacia el E., por donde discurre la carretera al collado Arnosteguy, con lo cual los constructores romanos nunca hubiesen escogido esta parte del Pirineo para el trazado entre Aquitania e Hispania. El camino del portillo tiene trazas de ser reciente, no en cambio el que aparece obstruido con las piedras amontonadas del escarpe, que tiene que ser el milenario. La explicación pudo ser el intento desesperado por frenar la entrada de algún ejército invasor, tal vez el de la Convención Francesa, o incluso impedir el paso de la artillería de Soult. Los arrieros que vinieron luego debieron ser los causantes del camino actual que siguen los peregrinos.
La ladera herbosa del Leizar-Atheka (1.409) invita a su ascensión, fácil y cómoda. Hay entornos que requieren su contemplación desde otras perspectivas. La cima es un afilado espinazo en el que se amontonan las rocas, que parecen depositadas una a una, pacientemente. El paisaje encara el norte. Es extenso y variado, confuso y caótico, tratándose de un macizo paleozoico. Valcarlos sigue siendo omnipresente, enmarcado por las cumbres de perfiles conocidos. Los pastizales se pierden por las pronunciadas quebradas, salpicadas con "cabanes" y rediles a los que se accede por caminos que se desprenden de la carretera, la nueva arteria que discurre entre un rosario de redondeados picos que se pueden recorrer como un camino más. La ladera norte del monte parece alargarse indefinidamente entre lascárcavas del Oillascoa, el gran barranco. Los peñascos desprendidos, aplanados y ennegrecidos, semejan lápidas de un cementerio que acabó desmoronándose del espinazo cimero, que parece obra de un paciente apilamiento.A lo lejos, las figuras multicolores de un grupo de jóvenes peregrinos de Santiago traen vida a la ruta olvidada de Picaud. Al pie del monte consultan sus mapas. El tener que abandonar el asfalto en ese punto siembra dudas. Una bandada de buitres sobrevuela en amplios círculos los rebaños de ovejas. Esperan pacientemente a que alguna rezagada pierda contacto con las demás con la pretensión de asustarla y conseguir que acabe despeñándose entre las cárcavas. Luego sólo tendrán que despedazarla. Las rachas del viento se encargarán de esparcir las guedejas de lana en un amplio radio, enredándose entre arbustos y alambradas, mientras los huesos, blanqueados por el sol, pasarán por piedras calizas que refulgen entre el verde de los campos. |
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| (1) Bravo Lozano, Millán "Guía
del Peregrino Medieval". Sahagún, 1991, nota 78. Pag. 113. (2) Jimeno Jurío, José María. O.c. Pag.154. |
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