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XIX
Rueda la hoja,
la brisa la hiere,
en el verde se pierde
y en mundano camino se muere.
Carlomagno

La cautivante caminata por
el hayedo del Changoa

"A los puertos de España ha pasado Roldán
sobre Veillantif, su buen y veloz caballo".
-Historia de Turpín-

 

               l collado de Itzandorre se queda atrás. El camino, cuesta abajo al pie del Mendichipi, sin apartarse del trazado invariable, se interna en la umbría del hayedo del monte Changoa. Las raíces, descarnadas, crean retorcidas figuras que se abrazan a otras próximas. La nieve que se acumula en la ladera más fría ha hecho que las hayas nazcan torcidas, curvadas en su base, esforzándose conforme crecen por enderezarse hasta recuperar la verticalidad natural. Changoa es un alargado monte axial (1.471) que bien merece una ascensión por la calidad del paisaje hacia Valcarlos y Francia y por las siete redondeadas cumbres, a cada cual más alta, que lo caracterizan. Cuando las nieblas vienen empujadas con ímpetu por la hondonada, consiguen trepar enredadas entre las hayas hasta muy cerca de la cima, cuyo lomo es un pastizal concurrido por las ovejas lachas, que llegada su hora acuden solícitas a los sesteadores cimeros, donde pasan horas arremolinadas, disfrutando de las suaves brisas en verano. Llaman la atención algunos peñascos con trazas de haber sido dólmenes, cromlechs y oneztarris (piedrarrayos), esas afiladas rocas que asoman en algunos parajes y que según las leyendas de Barandiarán eran rayos de las tormentas caídos en los montes, que penetraron profundamente en la tierra, emergiendo petrificados al cabo de un tiempo. El descenso por suave ladera a Bentartea impide tener que retroceder hasta el collado Elizarra, desde el cual se accede fácilmente. Ahí arranca el tramo más largo que recorre un camino jacobeo en España entre hayedos, esos bosques encantados. Se conserva en buen estado, salvo algunos trechos erosionados por el paso de vehículos todoterreno, que desentierran esquistos y desvían los cauces de las diminutas regatas que se forman por la ladera, que acaban formando encharcamientos en el camino sobre los que escarban una y otra vez las ruedas al perder adherencia. Muy distinta era la erosión de los últimos carros de arrieros camino de Bayona, cuyas roderas formaron uniformes surcos paralelos. Eran los destrozones carros chilladores de que hablaba Florencio Idoate, "los de las ruedas cortantes o de cuchillo de que se servían comúnmente en nuestra Montaña y que solamente estaban autorizados para andar fuera de los caminos reales" (5).

Vía romana a su paso por ChangoaYa en el corazón del bosque, la sensación de aislamiento se acentúa. Roncesvalles queda tras los montes, Valcarlos es inaccesible y los pueblecitos franceses son metas todavía muy lejanas. El pico Auza se eleva sobre los montes de la divisoria de los valles de Baigorry y Baztán. Los "bizcars", los brazos montuosos que se desprenden hacia los barrancos forman un intrincado espacio para ser asimilado desde la perspectiva del camino. Entre claro y claro aparecen retazos de la estrecha carretera que sube a los puertos desde Arnéguy, un acceso casi desconocido para la mayoría. El entorno vuelve a recrear el eterno mito del Pirineo, y las hayas, que por momentos parecen cobrar vida, claman por la dendrolatría de que hablaba Caro Baroja, inculcada por los celtas entre los pueblos del norte peninsular; el culto a los bosques de frondosas, "los más apropiados para que la mentalidad de los que en él nazcan sea dada a inventar o exagerar mitos extraños y misteriosos"(1). Por ellos se llegó tiempo ha a las figuras temibles de los "basajaunes", aquellos gigantones que unas veces atemorizaban a los pastores y otras se esforzaban por prevenirlos de la llegada del lobo. Pierre Narbaitz (2), que no abandonaba su afán por descubrir el escenario de la emboscada carolingia, pensó en el "tupido bosque de hayas que bordea la vía al sur de Bentarte a lo largo de Changoa". La subverticalidad del barranco Arbantaro y su manifiesta peligrosidad ante cualquier roca que rodase desde la cima, lo arrastraron a conclusiones falsas, porque malamente se habría podido acabar con la gente de Roldán, que pasaría muy distanciada por lo holgado del espacio, con grandes posibilidades de copar a los atacantes en un Changoa aislado. No podían ser ese paraje el "valle tenebroso" del desastre, pero no por las razones esgrimidas por Jimeno Jurío acerca de la alta travesía de la montaña: "Porque no existen valles profundos y oscuros, ni pasos estrechos ni terribles, ni mucho menos corrientes impetuosas de agua, sino amplitud de horizontes, panoramas excelsos y luminosidad de alturas" (3).

Un claro de luz reconforta al atribulado caminante, que empieza a añorar la luz. Es Elizarra o Elizachar, un minúsculo collado axial que separa el Mendichipi del Changoa, y que el camino romano bordea por la vertiente valcarlina. Un rústico redil, un abrevadero que desborda el agua heladora que vierte de un caño y una diminuta vivienda de pastor, es todo lo que hay. Contaba Caro Baroja que cuando el apogeo del pastoreo, las viviendas en el monte eran consideradas chozas, y por esa razón no gozaban del privilegio de tener tejado, que solía ser signo de propiedad: "Se decía que no había derecho a estimar propia a la cabaña, puesto que ni se podía vender ni cerrar con llave"(4). A sólo unos pasos, a la vera del camino, un montón de piedras musgosas delatan cierta disposición cuadrangular, la de alguna antigua borda, en torno a la que no faltó el empeño de algunas guías jacobeas por considerarla ruinas de una capilla medieval de advocación desconocida, perteneciente a la parroquia de Valcarlos. Se basan en el topónimo "Elizarra", que escrito así significa "iglesia vieja", referencia muy frecuente en Navarra, que desvela la existencia de antiguas parroquias de pueblos desaparecidos, pero no es verosímil en una travesía tan inhóspita como era la del "Port de Cise" durante los siglos X y XI, que existiesen fábricas religiosas o asistenciales, cuando ni siquiera Ibañeta conocía ninguna, salvo referencias legendarias. Con menos razón desde el siglo XII en adelante abierta a las peregrinaciones la ruta valcarlina. A veces las cosas resultan más sencillas si se admite, en este caso, que "Elizarra" puede ser corrupción de "lizarra" o fresno, fitónomo frecuente que pasó a la toponimia rural por la asiduidad con que el ganado visitaba los parajes en que abundaba ese árbol de apreciadas hojas en su alimentación, de ahí que en las inmediaciones de los "lizarragas" (fresnedas) se asentasen bordas y en no pocos casos, poblaciones.

Vía romana hacia Bentartea

 

 
(1) Caro Baroja, Julio. De la vida rural vasca. San Sebastián, 1986. Pag. 324.
(2) Narbaitz, Pierre. Orria. Pamplona, 1979. Pag. 209.
(3) Jimeno Jurío, José María. O.c. Pag. 78.
(4) Caro Baroja, Julio. Los Vascos. Madrid, 1986. Pag. 164.
(5) Idoate, Florencio. Rincones de la historia de Navarra. Pamplona, 1979. Pag.683.
 
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