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collado de Itzandorre se queda atrás. El camino, cuesta abajo al
pie del Mendichipi, sin apartarse del trazado invariable, se interna en
la umbría del hayedo del monte Changoa. Las raíces, descarnadas,
crean retorcidas figuras que se abrazan a otras próximas. La nieve
que se acumula en la ladera más fría ha hecho que las hayas
nazcan torcidas, curvadas en su base, esforzándose conforme crecen
por enderezarse hasta recuperar la verticalidad natural. Changoa es un
alargado monte axial (1.471) que bien merece una ascensión por
la calidad del paisaje hacia Valcarlos y Francia y por las siete redondeadas
cumbres, a cada cual más alta, que lo caracterizan. Cuando las
nieblas vienen empujadas con ímpetu por la hondonada, consiguen
trepar enredadas entre las hayas hasta muy cerca de la cima, cuyo lomo
es un pastizal concurrido por las ovejas lachas, que llegada su hora acuden
solícitas a los sesteadores cimeros, donde pasan horas arremolinadas,
disfrutando de las suaves brisas en verano. Llaman la atención
algunos peñascos con trazas de haber sido dólmenes, cromlechs
y oneztarris (piedrarrayos), esas afiladas rocas que asoman en algunos
parajes y que según las leyendas de Barandiarán eran rayos
de las tormentas caídos en los montes, que penetraron profundamente
en la tierra, emergiendo petrificados al cabo de un tiempo. El descenso
por suave ladera a Bentartea impide tener que retroceder hasta el collado
Elizarra, desde el cual se accede fácilmente. Ahí arranca
el tramo más largo que recorre un camino jacobeo en España
entre hayedos, esos bosques encantados. Se conserva en buen estado, salvo
algunos trechos erosionados por el paso de vehículos todoterreno,
que desentierran esquistos y desvían los cauces de las diminutas
regatas que se forman por la ladera, que acaban formando encharcamientos
en el camino sobre los que escarban una y otra vez las ruedas al perder
adherencia. Muy distinta era la erosión de los últimos carros
de arrieros camino de Bayona, cuyas roderas formaron uniformes surcos
paralelos. Eran los destrozones carros chilladores de que hablaba Florencio
Idoate, "los de las ruedas cortantes o de cuchillo de que se servían
comúnmente en nuestra Montaña y que solamente estaban autorizados
para andar fuera de los caminos reales" (5).
Ya en el corazón del bosque, la sensación de aislamiento
se acentúa. Roncesvalles queda tras los montes, Valcarlos es inaccesible
y los pueblecitos franceses son metas todavía muy lejanas. El pico
Auza se eleva sobre los montes de la divisoria de los valles de Baigorry
y Baztán. Los "bizcars", los brazos montuosos que se
desprenden hacia los barrancos forman un intrincado espacio para ser asimilado
desde la perspectiva del camino. Entre claro y claro aparecen retazos
de la estrecha carretera que sube a los puertos desde Arnéguy,
un acceso casi desconocido para la mayoría. El entorno vuelve a
recrear el eterno mito del Pirineo, y las hayas, que por momentos parecen
cobrar vida, claman por la dendrolatría de que hablaba Caro Baroja,
inculcada por los celtas entre los pueblos del norte peninsular; el culto
a los bosques de frondosas, "los más apropiados para que la
mentalidad de los que en él nazcan sea dada a inventar o exagerar
mitos extraños y misteriosos"(1). Por ellos se llegó
tiempo ha a las figuras temibles de los "basajaunes", aquellos
gigantones que unas veces atemorizaban a los pastores y otras se esforzaban
por prevenirlos de la llegada del lobo. Pierre Narbaitz (2), que no abandonaba
su afán por descubrir el escenario de la emboscada carolingia,
pensó en el "tupido bosque de hayas que bordea la vía
al sur de Bentarte a lo largo de Changoa". La subverticalidad del
barranco Arbantaro y su manifiesta peligrosidad ante cualquier roca que
rodase desde la cima, lo arrastraron a conclusiones falsas, porque malamente
se habría podido acabar con la gente de Roldán, que pasaría
muy distanciada por lo holgado del espacio, con grandes posibilidades
de copar a los atacantes en un Changoa aislado. No podían ser ese
paraje el "valle tenebroso" del desastre, pero no por las razones
esgrimidas por Jimeno Jurío acerca de la alta travesía de
la montaña: "Porque no existen valles profundos y oscuros,
ni pasos estrechos ni terribles, ni mucho menos corrientes impetuosas
de agua, sino amplitud de horizontes, panoramas excelsos y luminosidad
de alturas" (3).
Un claro de luz reconforta al atribulado caminante, que empieza a añorar
la luz. Es Elizarra o Elizachar, un minúsculo collado axial que
separa el Mendichipi del Changoa, y que el camino romano bordea por la
vertiente valcarlina. Un rústico redil, un abrevadero que desborda
el agua heladora que vierte de un caño y una diminuta vivienda
de pastor, es todo lo que hay. Contaba Caro Baroja que cuando el apogeo
del pastoreo, las viviendas en el monte eran consideradas chozas, y por
esa razón no gozaban del privilegio de tener tejado, que solía
ser signo de propiedad: "Se decía que no había derecho
a estimar propia a la cabaña, puesto que ni se podía vender
ni cerrar con llave"(4). A sólo unos pasos, a la vera del
camino, un montón de piedras musgosas delatan cierta disposición
cuadrangular, la de alguna antigua borda, en torno a la que no faltó
el empeño de algunas guías jacobeas por considerarla ruinas
de una capilla medieval de advocación desconocida, perteneciente
a la parroquia de Valcarlos. Se basan en el topónimo "Elizarra",
que escrito así significa "iglesia vieja", referencia
muy frecuente en Navarra, que desvela la existencia de antiguas parroquias
de pueblos desaparecidos, pero no es verosímil en una travesía
tan inhóspita como era la del "Port de Cise" durante
los siglos X y XI, que existiesen fábricas religiosas o asistenciales,
cuando ni siquiera Ibañeta conocía ninguna, salvo referencias
legendarias. Con menos razón desde el siglo XII en adelante abierta
a las peregrinaciones la ruta valcarlina. A veces las cosas resultan más
sencillas si se admite, en este caso, que "Elizarra" puede ser
corrupción de "lizarra" o fresno, fitónomo frecuente
que pasó a la toponimia rural por la asiduidad con que el ganado
visitaba los parajes en que abundaba ese árbol de apreciadas hojas
en su alimentación, de ahí que en las inmediaciones de los
"lizarragas" (fresnedas) se asentasen bordas y en no pocos casos,
poblaciones.

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