Capítulo XVII
  Capítulo XIX
XVIII
Que la lluvia milagrosa no se filtre
por entre plañideras monotonías;
que sea virtud y belleza en el paisaje y riegue
los campos hoscos bajo el sol del escepticismo.

Primer descenso pirenaico
de Lepoeder al collado axial
de Itzandorre

"Roldán llegó solo por el bosque hasta
el pie del puerto de Cize, y allí bajo un
árbol junto a un peñasco de mármol
que se alza en un prado sobre Roncesvalles,
descendió del caballo".
-Historia de Turpín, s. XII-

 

               uchas son las personas que suben en coche desde Roncesvalles hasta Lepoeder, pero muy pocas las que se animan a andar los 5 kms. hasta la raya de Francia en el portillo Leizar. Ninguna que se interese por descender los 20 kms. de monte hasta St-Michel, la aldea en la que Picaud empezó a contar sus trece famosas etapas a Santiago, sin embargo gracias los Xacobeos son cada vez más los jóvenes que se atreven a empezar la larga caminata a Santiago desde ése y otros puntos del sur de Francia. De Lepoeder hacia el norte el tiempo apremia, las distancias son largas, el cansancio lentifica el paso y las horas diurnas se agotan antes de lo esperado, y por eso las marchas hay que planificarlas y calcularlas debidamente, pues en la montaña las tardes llegan pronto a la noche, esas horas de incertidumbre en que todo se vuelve confuso, lejano y apartado; cuando los ancestrales temores surgen inmisericordes para afligir el debilitado ánimo del caminante que siempre teme…, pero porque no sabe exactamente en qué consisten, entran en él bajo el manto de las impresiones numinosas. El aire frío va intensificándose. Apenas quedan rebaños por los montes; sólo algunas manadas de caballos, últimos en abandonar los altos pastizales por los bucólicos prados de Burguete. El invierno no tardará en echarse encima con las primeras nevadas de noviembre, sumiendo el paisaje en tristeza y soledad y desdibujando los caminos. Blanca la senda romana, sin peregrinos que vengan a Roncesvalles, el crudo invierno pirenaico, temido por comitivas reales y ejércitos, surge con fuerza por diciembre cuando la declinación del sol es máxima y los amaneceres en Lepoeder aún se muestran arcaicos y paganos. Escribió Barandiarán que "en los pueblos de la montaña de Navarra hay la creencia de que el sol sale bailando en la mañana de San Juan" (1). Por enero y febrero la nieve, rizada por el viento, cubre el collado con suaves ondulaciones que resaltan con los rayos sesgados del sol. De las ramas peladas de las hayas penden hojas de cristal que brillan y que van desprendiéndose, tintineando, conforme aumenta la temperatura. De cuando en cuando se oyen caer los esquistos más diminutos, que se desprenden de los tajos que la obra de la carretera dio a la ladera. Un rudimentario poste de direcciones montañeras en forma de cruz, que señala la dirección a Arnosteguy, al solitario collado al pie del Úrculu y a la villa de Burguete, amanece helado por el viento norte, convirtiéndose en la melena rizosa de una mujer peregrina que camina en dirección a Roncesvalles... El silencio realza el paisaje cáotico, desordenado y desorientador de los montes palezoicos, cuyas formas atacadas por la erosión recuerdan lomos de gigantescos animales mastodónticos dormidos, cual el Changoa que recorre longitudinalmente el sendero romano por su cara norte. El caminante percibe por momentos que vuelve a la vida primigenia de lo pastoril, cuna de casi todos los mitos, "anonadado, vigilado y perseguido por el espíritu desconocido que intuye en cada sensación extraña", escribió el etnólogo José María Satrústegui (2).

El camino romano, de tierra, ancho y con piso firme, parte de Lepoeder por la desarbolada ladera norte del Astobizcar entre cuarcitas y esquistos derrubiados por doquier. Hayas y serbales de los cazadores de vistosos frutos rojos en otoño se esfuerzan por dejar atrás las hondonadas y encaramarse a las alturas, pero el camino los contiene. Dos búnkers semienterrados vigilan al otro lado de una alambrada de espino, la primera que se ve por esta parte de la montaña, que donde da un acusado quiebro forma irumuga o trifinio de los términos de Roncesvalles, Aézcoa y de un insólito pedazo de Valcarlos que vierte aguas al Mediterráneo. Una caudalosa regata, hoy canalizada, que se precipita con estrépito por el barranco que va hasta Orbaiceta, aparece seca en verano, dejando al descubierto el lecho de desgastados cantos que se amontonan unos sobre otros. El camino, anormalmente anchuroso en algunos puntos, cambia tierra apisonada por pedregal descarnado que escarban aguas de lluvia y de nieve. Cuán diferente es caminar por él blanco en invierno, inmaculado sin pisadas. A los lados, el piso de hierba, poco a poco, se esfuerza por ganarle terreno y devolverlo a su aspecto genuino. Dos nuevos búnkers emplazados en alto, en la ladera, concitan la atención por semejarse a dólmenes. Lepoeder se pierde de vista entre un brazo del hayedo que desaparece por la hondura, envuelto en misterio y oscuridad. Orzanzurieta, el gigante del entorno, impone la majestuosa planta que acrecienta el Echasakese, el gran barranco aezcoano que abre la visión a los lejanos picachos del Ory, Petrechema y Anie.

Aún falta por ver el último búnker pirenaico a la entrada de Itzandorre, el solitario collado axial de 1.300 m., que separa aguas del Echasakese y del Arbantaro varcarlino. La bajada desde Lepoeder supone 2 kms. La apertura de pistas forestales a un lado y a otro del lugar, además de acelerar la degradación ha originado una encrucijada que no había, razón de que proliferen señales amarillas y rojiblancas pintarrajeadas en cualquier peñasco. A todo recurren los anónimos trazadores de sendas, esos personajes que cargan con pintura y brochas y que nadie nunca encuentra, con tal de evitar extravíos e infundir confianza entre quienes dudan de su sentido de la orientación y se sienten abrumados al paso por la montaña. Un pionero de estas tareas fue el padre Elías Valiña, que se esmeró entre la incomprensión de muchos por rehacer lo que había casi muerto. En Itzandorre, los peregrinos antiguos habían de afrontar la última subida del "Port de Cise" hasta su culminación en Lepoeder. Agotador esfuerzo al cabo de una interminable jornada caminera que se iniciaba con las primeras luces del día y que aunque no concluía en el fastigio del puerto, ofrecía éste la visión esperanzadora de la llanada de Roncesvalles. Tampoco Ibañeta por los siglos X y XI podía ofrecer nada, ni al cabo del descenso del barranco al llano de Arrañosin; sólo en Burguete se topaban con la primera ayuda, y en Viscarret con la segunda.

Itzandorre es una angustiosa hoya que cierran las moles de Astobizcar, Orzanzurieta y Changoa, puro paisaje intrapirenaico que cabe admirar desde esa magnífica plataforma que es el achatado y herboso Mendichipi o Mendittipi (1.381), que se alza junto al collado y por el cual discurre la línea axial pirenaica. Desde esa perspectiva se entrevé la cara meridional del Changoa, que araña un pedregoso sendero que trepa en dirección al collado Bentartea entre restos de lo que pudo ser un poblado de pastores protohistóricos, esforzados en mantenerse alejados de los peligros que venían por el camino. Hacia el sur, en todo lo alto, cuelga el arco destensado de Lepoeder sobre el que destaca el cerro Burriaguera, que visto desde esa perspectiva justifica la etimología del topónimo, y de que modo se asemeja la visión del puerto con la que experimentaban los peregrinos desde Valcarlos viendo Ibañeta. Mendichipi es literalmente "monte pequeño", algo que se aprecia enseguida, pero para Barandiarán la expresión equivalía a ciertos montes que albergaron túmulos neolíticos. Dos peñascos que asoman por la cima, que parecen dólmenes desde el camino, incitan a una ascensión, cómoda y rápida por cualquier punto de la ladera. Los relatos del ilustre cura de Atáun suscitan el interés por la etnografía al paso por determinados sitios. Ya en la cima puede verse que no son monumentos funerarios, pero otras muestras en Mendichipi introducen al caminante en retazos de la ancestral cultura litológica de Navarra. No hay más que cruzar la alambrada de espino, rota y destartalada que parte el monte por la mitad para observar lo que la mitología popular conocía por "arriagas" (sitios de piedras) -un afloramiento de rocas cuarcíferas en este caso-, que se atribuían a la intervención de "ciertos agentes naturales que principalmente se manifiestan en las selvas y en las sierras", según Barandiarán (3), o lo que es lo mismo, a la presencia de seres poderosos y malvados, como lamiñas y maides, que acudían a los montes pirenaicos en busca de las mejores piedras con las que construir dólmenes, puentes y fortalezas… Como queriendo confirmarlo, a unos pasos, entre crecidos helechales, se distinguen unos enormes monolitos cuadrilongos de cuarcita cual si hubiesen sido tallados a golpe de mazo, que parecen abandonados por quienes pretendían arrastrarlos para erigir un dolmen. El hombre primitivo mostró especial interés por alzar megalitos relacionados con la muerte en los parajes aledaños al eje pirenaico, apartados de los caminos más transitados, pero cómo entender en cambio que en el paraje más recóndito del monte, perdido entre enmarañadas hayas, pudiese alzarse un búnker de hormigón sobre una gruta (una "arpea" natural) con la que se comunica por el interior.

 

 
(1 y 3) Barandiarán, José Miguel. El mundo en la mente popular vasca. San Sebastián, 1961. Pag. 79.
(2) Satrústegui, José María. Mitos y creencias. Pamplona, 1987. Pag. 140.
 
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