| Capítulo XVII | ||
|
XVI
|
||
| El aire forma en el espejo
del agua inquietud de cristales; y el paraje que tiembla en el río, se abre. |
||
![]() |
Astobizcar y Orzanzurieta, "Al amanecer del día siguiente, los francos |
|
|
Las peregrinaciones habían empezado, pero no será hasta el siglo XII cuando adquieren cierta notoriedad entre los extranjeros. Los habitantes de los reinos peninsulares ni siquiera imaginaban imitar a los caminantes foráneos. Aquel trasiego, aquel afán por postrarse algún día a los pies de la tumba del Apóstol, tenía que parecerles insólito. Lo era entre quienes sentían como necesidad primordial encomendarse a él en los momentos más acuciantes de la lucha contra el islamismo. No es factible entre los peninsulares que peregrinase nadie desde Roncesvalles a Santiago. Sorprendentemente, no debió de hacerse hasta mediados del siglo XX. No corresponde aquí juzgar las razones que mueve a los peregrinos de hoy a emprender caminata tan larga hasta Santiago, pero sí llamar la atención acerca del poco interés que suscita el sentido profundo de la travesía pirenaica, que parece tomarse como mera etapa inaugural apasionante. Lo es ciertamente, pero el Pirineo encierra mucho más. Los senderistas y montañeros que lo recorren en todas direcciones –como nunca antes se hizo- se muestran convencidos de que no hay secretos. Sigue habiéndolos, y si no se descubren es porque las sensaciones destinadas a establecer el puente con lo antiguo, se han perdido. No basta con una exhaustiva documentación; con conocer al detalle altitudes y distancias, o tiempos empleados entre un punto y otro. Los xacobeos o años santos que surgieron en 1993 desde tierras gallegas llegaron a tiempo de salvar las peregrinaciones de una muerte segura, perdidos irremisiblemente los caminos y sin apenas gentes que los recorrieran. Las razones que mueven a los de hoy han de ser distintas forzosamente. La cuestión no tendría tanta importancia si los peregrinos españoles emprendiesen la larga caminata desde Roncesvalles de espaldas al Pirineo, pero la situación es muy distinta con una mayoría creciente que se pone en marcha desde más atrás, desde la villa de St-Jean-Pied-de-Port, en Francia, e incluso desde la aldea de Ostabat, en cuyas inmediaciones se fundían tres de las cuatro vías santiaguistas. Unos optan por acceder por Valcarlos siguiendo la carretera o los intrincados caminos que culminan en el puerto de Ibañeta. Otros prefieren la ascensión por los montes, los Ports de Cize, como Aymeric Picaud. El Pirineo, al cabo de la larga marcha, no alcanza la honda impresión que deja en los espíritus la travesía de Castilla y León o verse a las puertas de Santiago en el “Monte do Gozo”. No parece que nada surja del paso por el Pirineo. El vacío cultural deja en el aire el temor ancestral que se profesaba a las montañas que a punto estuvieron de hacer inviables las peregrinaciones, o el peso de la vía romana de Burdeos a León por Briviesca, sin cuya existencia no habría sido posible acometer el tránsito del Pirineo, o finalmente la atracción legendarista de Valcarlos como entorno de la muerte del conde Roldán, insepulto en él al cabo de doce siglos. Nada tampoco de expresiones como “la inmensa pesadumbre y fragosidad del Pirineo”, “la aspereza y fragosidad de los montes”, “las cerraduras y claustros del Pirineo”, a que se refería José de Moret.
Los pastores trashumantes neolíticos, los genuinos descubridores de estas montañas, no dejaron relatos, obviamente, pero sí muestras evidentes de que los terrenos próximos al eje de la cordillera guardaban para ellos consideración especial. Dólmenes y cromlechs, a juicio del ilustre etnólogo José Miguel de Barandiarán, solían distribuirse en los aledaños, salvo en los pasos que salvaban la divisoria, los collados por los que fueron trazadas algunas de las rutas más antiguas. Casi todos se concentraban o en los bosques de Quinto Real o en el puerto de Aizpegui bajo la montaña Úrculu. No hubo orónimos durante un largo periodo de tiempo. El primero llegó en el siglo IX como “Pyrenaeum Montem”. Desde el siglo XII fueron algo más precisos en las canciones de gesta y en los cronicones, que distinguían en la vertiente septentrional los “Porz de Sizer” (Sízera, Sizarae y Sizaru) -identificados con Valcarlos- y en la meridional los “Porz d’Espaigne”, el barranco entre hayas que concluye en el enclave de Roncesvalles. Las dos vertientes principales confluían en el “Summi Montis Vertice”, “Pyrinei Iugo” o “Iuga Pirinei Montis” (Ibañeta), en el “Mons qui dicitur Ronsasvals”, transposición del topónimo de la llanada cispirenaica en que se asientan las poblaciones de Roncesvalles, Burguete y Espinal. Nada más fue nombrado. El Pirineo quedaba inmerso en un mundo ignoto, hasta el siglo XVII en que el jesuita pamplonés José de Moret, autor de los “Anales del Reino de Navarra”, describe por primera vez el Astobizcar como el monte que mejor representa al macizo paleozoico de Roncesvalles que arrasó la erosión geológica, el macizo hercínico exhumado por la orogenia alpina, ese Pirineo que guarda el pálpito de un mito ancestral que puede aflorar a la conciencia en sensaciones casi indefinibles que van más allá de los conceptos modernos de grandiosidad, espectacularidad o belleza paisajística. *** Astobizcar o Altobizcar (1.506 metros) es montaña axial. La grandeza del paisaje que se divisa en todas direcciones justifica una ascensión. Moret, impresionado con la rota carolingia, acudió a Roncesvalles, visitó los escenarios principales y se atrevió a subir a la cima de la montaña, un gesto de lo más insólito en aquella época. “Llámanle los naturales Altabizcar, y de su eminencia se registra hacia Francia una inmensa llanura en que se desvanece la vista sin tropiezo alguno, si no es que lo sean los montes de Auvernia, equivocados con las nubes por la distancia, y hacia el interior de España, una erizada espesura de picachos y puntas de montaña.” La visión meridional de picos y serrezuelas hasta más allá de Pamplona, es consecuente con la realidad. No lo es distinguir los montes de Auvernia del Macizo Central francés, que separa de los Alpes el “Surco del Ródano”, situados a cientos de kilómetros. Moret no sólo se limitó a dejarse impresionar por el paisaje; también pensó en el escenario de la rota carolingia, y por ahí llegó naturalmente al Astobizcar. Ubicó en él a los asaltantes en las horas o en los días previos, vigilantes de los movimientos de las tropas francas, lo que entra dentro de lo posible: “Este puesto de la montaña de Altabizcar ocupó el ejército de los navarros, ganando a Carlomagno la marcha, así por los atajos mejor sabidos de ellos, como por la agilidad propia de los vascones… El consejo de ocupar Altabizcar fue muy prudente porque, fuera de la comodidad de registrar de muy lejos la forma y marcha del ejército enemigo, si los francos querían hacer paso por la eminencia de él, que también lo hay, les salían al encuentro desde lugar superior y muy ventajoso; y si por la montaña más baja de Ibañeta a la canal que corre a Valcarlos, podían embestirlos de costado derecho en la llanura de ella.” Parece obvio que nadie en aquellas circunstancias podía tener la certeza de la ruta que iban a tomar las tropas carolingias: si Valcarlos o la vía romana que sube a Lepoeder por la ladera meridional del Astobiscar. Fue finalmente la del desfiladero, lo que nadie puso nunca en duda, salvo en tiempos recientes. Parece claro que el protagonismo que Moret quería otorgarle a la montaña que tanto le había impresionado, provocó en parte el acomodo de los escenarios. Admitió lo ya sabido, pero que ignoraron hasta el último momento los vascones: que la vanguardia de Carlomagno partiese para Francia mientras dejaba en Roncesvalles a la retaguardia con Roldán y los Pares. “Dejáronle pasar los navarros y empeñarse bien adentro en la quebrada, donde dificultosamente podría revolver para socorrer a su retaguardia acometida”. Las fuerzas de Roldán se adentraron en Valcarlos y fueron atacadas. No pudo haber otros escenarios, pero Moret concibe otro para darle protagonismo al Altobiscar. Sitúa a hombres, caballos y carretas en plena subida del barranco de Roncesvalles al collado de Ibañeta, momento en el que determina que vascones y navarros “se arrojaron con gran ímpetu por el recuesto debajo de Altabizcar, y clamando con gran tropel de vocería que aquella era la ocasión, cerraron con grandísimo coraje por el costado derecho de los francos.”
“Llámanle los naturales Altabizcar”. Moret era el primero en desvelar el orónimo genuino, que posteriormente acabó convirtiéndose en “Astobizcar”. Aislado el primer elemento es fácil determinar que se trata de “asno”. El segundo es claro y rotundo en oronimia en tanto que “bizcar”, de siempre traducido por “estribo de monte” o “cima”. También es “caballete de tejado” y “lomo de animal”, de donde cabe interpretar un posible “lomo de asno”, que en este caso implicaría tener que admitir una apreciación zoomorfa desde las cimas circundantes. Pero lo más seguro es que la grafía que presenta Moret tiene que provenir de “Alchoubizcar”, de donde pasó a “Altobizcar”, con lo cual se obtendría “lomo elevado” o “alta cumbre”, coincidiendo de ese modo con otra construcción similar de origen francés que hace referencia a los “alchoubideak” (caminos altos), es decir, las viejas cañadas por las que subían rebaños y pastores de los valles bajonavarros y suletinos a los puertos de la divisoria, los "bortuak", clara adaptación latina al euskera. No ha faltado la extravagancia francesa de denominar al monte, "Napoleón", y con él la travesía en su conjunto, en memoria del paso de la artillería del mariscal Soult, ni ha faltado tampoco la ingenuidad de creer, como creía el escritor pamplonés Arturo Campión a comienzos de siglo XX, que lo que no se mencionaba en Roncesvalles por su nombre era por la incapacidad de los cronistas extranjeros para escribir la grafía euskérica: “Ni Orreaga ni Ibañeta ni Astobizcar ni Luzaide sonarían eufónicamente en sus oídos germánicos”. El ascenso a Astobizcar se acomete por la ladera que arranca de Lepoeder, el pastizal que suelen frecuentar los esquivos rebaños de ovejas lachas de cabeza y patas negras y los caballos que deambulan durante casi todo el invierno, indiferentes a la presencia de senderistas y peregrinos. También se accede desde los collados Igalepo e Itzandorre con algo más de esfuerzo, sin perder el trazado axial, siempre emocionante, y sin tener que caer en aquella ascensión inverosímil por imaginaria que emprendió a finales del siglo XIX el intelectual pamplonés Juan Iturralde y Suit. Era la víspera del desastre carolingio, un 14 de agosto. “La ascensión a la cumbre de Aztobizkar, oculta en las nubes plateadas, era por senda áspera, abierta en la roca viva o empedrada de cantos, entre los que asomaban los helechos, los bojes y los acebos. Subíamos entre peñascos y troncos de árboles derribados por la pesadumbre de los años o por la fuerzas de las tormentas pirenaicas. Mientras, nos entreteníamos en ver rodar al fondo de los barrancos los pedruscos sobre los que nos acabábamos de apoyar…” Las piedras han de ser las mismas de los isleos rocosos esquistosos que se asoman peligrosamente. Sueltas, desperdigadas se dejan ver otras rocas blanquecinas; las cuarcitas silurianas, los ejemplares más antiguos de la cordillera pirenaica, que emergieron del fondo marino del que se formó el Pirineo por la acción de la orogenia hercínica. La ladera que encara el camino de descenso hacia Francia aporta abundantes masas derrubiadas. La altura alcanzada en Astobizcar permite la visión de la hondonada de Valcarlos, el primer paisaje que se contempla con ansia, esa perspectiva imponente desde las inmediaciones del Undarzano, el mayor de los “bizcar”, brazos o caballones de la montaña, figura antropomorfa que semeja el puño de una mano cerrada. Ahora interesa detenerse ante la cara sur del monte por ser la escogida por eruditos y estudiosos como escenario principal de la emboscada contra Roldán. La ladera, de fuerte pendiente, tapizada en verano de arbustos embravecidos de vivos colores amarillo y fucsia, rezagados algo más abajo los hayedos, como dudar de su peligrosidad si se dejasen rodar los peñascos. Como dudar del daño para una apretada columna de hombres y caballos, pero nunca para un ejército de la magnitud del carolingio. Lo angosto de la travesía haría que mientras la cabeza doblase la cima del Lepoeder, la cola ni siquiera se hubiese movido de los campos de Burguete y Espinal. Lo aislado de la montaña motivaría además que los asaltantes acabasen cercados fácilmente. El razonamiento de Moret prevaleció no obstante. “Este puesto de la montaña de Altabiscar lo ocupó el ejército de los navarros”. Otros lo siguieron. El romanista francés Joseph Bedier dedujo que los vascones “se defendieron con peñascos desde Aztobizcar” y Arturo Campión, que “se escondieron en los bosques de Altobiscar”.
La cumbre, redondeada, achatada y despejada, conserva vestigios de trincheras de cuando la guerra de la Convención. Llama la atención una cuadrilonga, parcialmente taponada por esquistos sueltos, que encierra otra menor. La soledad, el silencio y el aislamiento la hace misteriosa. El viento arrecia; se esfuerza en doblegar una cruz de palo que sostienen unas piedras. Siempre hay motivos para hincar una cruz, y siempre una cruz en las cimas obliga a pensar en la legendaria Crux Caroli. A esas altitudes los caminos intravertientes quedan a trasmano, y sin el calor de ellos, sin monumentos ni fábricas, las alturas se convierten en lugares extraviados al margen de la historia. El paisaje se acoge a la definición de Moret, acertada y comedida: “La inmensa pesadumbre y fragosidad del Pirineo”. Las lejanías motivan momentos de ensoñación viéndose el montañero dueño y señor de los pasos. Arturo Campión, asomado a alguna cima de Roncesvalles, sintió necesidad de hablar de lobos que aullaban en mitad de la noche sin luna y sin estrellas, de vascones que afilaban sus hachas en las rocas y de francos que dormían confiados en el llano de Burguete. Al pie, unos 500 metros por debajo, se distingue el collado de Ibañeta con su capilla de San Salvador. Hacia el norte, la mancha dispersa de caseríos encaramados por las laderas de Valcarlos, blancos entre verde, unidos entre sí por caminos forestales. Lejos, los pueblecitos franceses tocándose unos con otros, fundiéndose con la villa de St-Jean-Pied-de-Port. “Cuando la gran cordillera de los Pirineos llega a la montaña elevada de Altoviscar, se desprende un ramal que forma el alto de Orzanzurieta y baja hasta las fábricas de Orbaiceta", escribió erróneamente Pascual Madoz a mediados de siglo XIX, creyendo que la montaña era la más elevada del macizo. Ya Moret solía conceptuar “las caídas hacia Francia o hacia España” como “ramas del Pirineo” desgajadas de Astobizcar.
De Lepoeder al Orzanzurieta hay 2 kms. que se recorren por la estrecha carretera que parte de Lepoeder, cuesta abajo por el cerro Burriaguera, hasta salir a otro collado axial que separa los grandes barrancos Echasakese y Pacharamberro, ambos mediterráneos. La ascensión a la cima pasa ante el Mendimotz (1.499), que se identifica por sus laderas de cuarcitas silurianas. La altitud hace que el viento empiece a arreciar. La intensidad de las ventiscas en el invierno consigue doblegar incluso a los caballos, que buscan la protección de las laderas meridionales. Orzanzurieta, con sus 1.567 metros, es el pico más elevado. Vértice geodésico de primera categoría y mojón oriental del término de Roncesvalles, se aleja de la historia, de los acontecimientos y de la mirada de los peregrinos, pero abre el misterio del Pirineo ancestral a la luz de ese orónimo que encabeza el radical “ortz”, nombre de una divinidad celeste que Barandiarán y Caro Baroja relacionaron con el primigenio nombre que los vascones protohistóricos atribuían a Dios, y que Picaud citó por primera vez en su “Liber Peregrinationis”: “Deum vocant Urcia.” Si “ortz” es cielo, firmamento, y “orzantz”, “estruendo del cielo”, o lo que es lo mismo, estampido de los truenos, Orzanzurieta podría traducirse como “paraje de voces blancas y luminosas del cielo”, que es una expresión acorde con la mitología popular que atribuía a las montañas más elevadas y aisladas el origen de las tormentas que tanto se temían, es decir, “los truenos que parecen desquiciar los cimientos de las montañas" de que hablaba Madoz.
La cima es un raso herboso, despejado, anchuroso, ligeramente vencido, en el que se aprecian vestigios de una gran trinchera cuadrada de unos cincuenta metros por cada lado, cual la cimentación de un fuerte. Quedan a la vista vestigios de búnkers de hormigón, dispuestos para la defensa del Pirineo por el régimen del general Franco. No hay constancia de edificaciones antiguas, salvo los muros recientes de una torre de comunicaciones. En un extremo se distingue una columna geodésica como la que encontró Campión: “Yo, el año mil ochocientos ochenta y tantos, antes de que la columna se arruinase, estuve sentado durante largo tiempo en los escalones de piedra, almorzando y contemplando el admirable panorama que desde allí se descubre”. La columna desapareció y años después el erudito francés Louis Colas, ansioso por descubrir cualquier atisbo del paso de Carlomagno por la vía romana, no dudó en anunciar que había localizado en Orzanzurieta la Crux Caroli. El paisaje sobrecoge esos amaneceres en que los picos orientales de la cordillera permiten escudriñar la visión insólita de ambas vertientes pirenaicas. Las dos caras del Ory, la norte y la sur, se distinguen claramente. Hacia los valles franceses se distinguen las humeantes chimeneas de los caseríos en las frías mañanas. Se oyen ladridos lejanos, relinchos y órdenes de los pastores. La vida en la montaña despierta un día más. La significación del Pirineo aflora a cada instante. Ese es el paisaje que plasmó Campión en su relato “Gastón de Belzunze”: “Esta mañana subí por fin a la cima de un monte... Ante mi vista, las sierras se apretaban. En sus laderas dormían numerosos pueblecillos medio ocultos entre espesos bosques.” Roncesvalles aparece empequeñecido, y Burguete se ve como una mancha blanca en medio de la llanada. |
||
|
|
||
| (1, 2 y 3) Campión, Arturo. O.c. Pags. 311, 138 y 178. | ||
| Capítulo XVII | ||
|
Copyright©
2002
Todos los derechos reservados. |
||