| Capítulo XVI | ||
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XV
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| Que feliz es ese arroyo
solitario, que así solo va corriendo y va cantando; y que triste cuando muere, allá en su río. ¡Qué desecho, que callado! |
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Lepoeder, el alto puerto "Altos son los montes y tenebrosos los valles. |
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Desde Lepoeder, Aimeric Picaud divisó la Plana de Roncesvalles, paisaje desolado en el que proliferaban los arbustos embravecidos -espinos o enebros-, en un tiempo en el que se decidía la fundación de la primera población de la llanada, la actual villa de Burguete. Nada había todavía al cabo del vallecito de Arrañosin, cuyo arroyo refulge con los rayos del atardecer; faltaba la familiar visión del enclave arremolinado al pie de los montes. A ese entorno se asomaron los peregrinos de los siglos X y XI, y Picaud en el XII, pero difícil es comprender por qué no utilizó la recién abierta ruta de St-Jean-Pied-de-Port por Valcarlos. Acaso por las malintencionadas recomendaciones de los "bascli" del País de Cise, que tanto odiaba y que asimismo tanto debían de odiarlo a él, pues Picaud es probable que conociese con anterioridad las comarcas aledañas a la vertiente norte pirenaica, de donde arrancarían todos sus prejuicios. Tal vez fue la apremiante necesidad de descubrir el ancestral mito del Pirineo, siempre presente entre los moradores de Aquitania, transmitido de generación en generación, hasta hoy en que todavía emite pálidos reflejos. En cualquier caso, el grado de conocimiento que tenía aquel personaje de la barrera pirenaica era muy precario, no en vano por entonces seguían arrastrándose falsas perspectivas que dieron pie a puntos de vista confusos, contradictorios y ambigüos, aderezados de visiones legendaristas que llevaron al poitevino a hablar de "un monte tan alto que casi tocaba el cielo", bien porque así lo viese desde un puerto como Lepoeder, bien desde la cercana cima del Astobizcar, o sencillamente porque se limitase a repetir lo que tres siglos atrás había escrito el Astrónomo Lemosín, y que él renovó con el más universal de sus asertos: "En territorio todavía de los vascos, el camino de Santiago pasa por un monte muy alto denominado Port de Cize, bien por ser la puerta de España, o porque por ese monte se transportan las mercancías de un país a otro. Tiene ocho millas de subida y otras ocho de bajada. Su altura es tanta que parece que toca el cielo. A quien lo sube le parece que puede palpar el cielo con su propia mano. Desde su cumbre puede verse el mar Británico y Occidental, así como los confines de tres reinos, Castilla, Aragón y Francia. En la cima de este monte hay un lugar llamado la Cruz de Carlomagno..." (No menciona Navarra porque entonces estaba incluida en el reino aragonés de Alfonso I el Batallador, 1076-1134, periodo que coincide con el paso del clérigo).
Relatar la peregrinación de aquel modo tuvo que suscitar el interés de eruditos y estudiosos por tan fantástico entorno que creyeron localizar, sin percatarse que lo buscaban con la perspectiva topográfica de hoy, fijadas altitudes y curvas de nivel, y conociendo en detalle la morfología del Pirineo, longitudinal y transversalmente, lo que le faltaba al poitevino. Desdeñaban, además, los motivos reales que promovieron aquella guía, que no eran otros que estimular a los peregrinos franceses a que rompieran el miedo a emprender el largo camino a Santiago. No comprendió, por ejemplo, Arturo Campión que las "ocho millas de subida y otras ocho de bajada", que tanto Picaud como el Pseudo Turpín fijaron para la anchura del Pirineo, constituían una referencia mitológica, razón de que ingenuamente albergase esperanzas de hallar aquel monte tan alto que casi tocaba el cielo donde la confluencia de vertientes, es decir, el vértice del "Port de Cise": "Si fuera razonable suponer que el pormenor de las ocho millas es exacto, merecería el nombre de precioso para saber cual es ese monte" (1).
Hay lugares, sitios, enclaves, que en un tiempo tuvieron un significado, una trascendencia, y que en otro las circunstancias históricas hicieron cambiar de sino. El esplendor de la Colegiata y del hospital de peregrinos hizo enmudecer el collado en el que se gestó el Roncesvalles universal, Ibañeta, y éste a su vez acabó sepultando a Lepoeder, convertido desde el siglo XII en uno de los pasos de montaña más solitarios, exento siquiera de vestigios de monumentos o fábricas religiosas, salvo búnkers de hormigón medio enterrados. Lepoeder aparece en guías y relatos actuales traducido por "collado hermoso", y en verdad nunca nada hubo en ese paraje digno de ese calificativo. Lo es ciertamente el paisaje en la lontananza, pero los peregrinos primigenios eran incapaces de contemplar el mundo desde la perspectiva poético-lírica de un romántico, o desde la nacionalista exacerbada de un Campión o Iturralde y Suit, o desde la histórica-épica de un Sánchez Albornoz o Menéndez Pidal. Ignoraban incluso que en Roncesvalles hubiese acaecido una emboscada en la que pereció Roldán. Asomarse al balcón de Lepoeder era para ellos verse a la salida de lo más arduo del Pirineo, porque éste se consideraba que no concluía hasta las cuencas prepirenaicas de Pamplona y Aoiz-Lumbier, donde ciertamente los contrafuertes separadores de valles se deshacen por entre extensos campos de trigales.
Siempre es arriesgado aventurar significados acerca de términos descriptivos en vascuence antiguo, perdidos conceptos y modos de expresión populares y pasado el esplendor del pastoreo al que tanto deben los distintos elementos de un entorno, pero considerar el topónimo Lepoeder equivalente a "collado hermoso" es ignorar que "lepo" (cuello o collado) no se combina aquí con "eder", sino propiamente con "adar", que alude a arco, cuerno e incluso "bulto", asimilándolo de esta manera al cerro que se alza en el collado al lado de la vía romana, el Burriaguera que corona un búnker, en otro tiempo posible única referencia reseñable para los pastores que contemplaban la silueta del collado desde parajes distantes de la vertiente norte. En el valle de la Améscoa Baja hay un río, el Urederra, que suele traducirse impropiamente por "agua hermosa", cuando lo que se pretende dar a entender es el lugar de su nacedero, un entrante rocoso de la sierra de Urbasa conocido por "Balcón de Pilatos", magnificente arco desde la perspectiva del valle. En cualquier caso no hay que conceder tanta importancia a éste y a otros topónimos, que pueden ser mucho más recientes de lo que se piensa, y si no véase el diccionario decimonónico de Madoz, que pone de manifiesto como gran parte de la toponimia de entonces fue modificada radicalmente.
Lepoeder, no hay que dudarlo, simbolizó el primer "monxoi" de las tierras peninsulares. Ibañeta fue también "monte de la alegría" pese a carecer de paisaje hacia la vertiente roncesvaliana. Esa carencia la suplía con la emoción por culminar la ascensión de Valcarlos, arrodillarse entre plegarias en la capilla de San Salvador y clavar una sencilla cruz. La fuerza y trascendencia de estos "monxois" roncesvalianos pudo ser igual o superior a la experimentada en el histórico y universal "Mons Gaudii", "Montjoie" o "Monte do Gozo" compostelano, localizado en la cima del San Marcos, desde la cual aquella gente, al cabo de miles de kilómetros de caminata, distinguía ya las torres de la catedral de Santiago. ¿Perduran esas sensaciones en Lepoeder como primer balcón sobre tierras españolas que fue? Parece que si; no hay más que desplazarse hasta él y comprobar cómo en cualquier momento aparecen franceses bajonavarros que acuden a contemplar el paisaje de la llanada de Roncesvalles tras recorrer los cinco kilómetros que los separa de la raya internacional que pasa por el collado Bentartea, confín de Navarra, donde han dejado sus vehículos. Nadie que se sepa recurre hoy al monte San Marcos para contemplar las torres de la catedral de Santiago, ni nadie viene de Pamplona con intención de caminar esos cinco kilómetros desde Lepoeder a Bentartea con el fin de asomarse a otro paisaje con trascendencia: los altos pastizales del País de Cise, que representan las tierras de Aquitania, de Gascuña, de Francia, o del continente, en suma, con todo lo que entrañaba de mundo inaccesible para los pueblos moradores de la península ibérica durante siglos.
¿Estaba en Lepoeder la Crux Caroli? Los partidarios de la marcha de Carlomagno por las cumbres pensaron que el "lugar llamado la Cruz de Carlomagno", mencionado por Picaud, estaba en algún punto de la travesía. Tras ubicarla en un primer momento en la cima del Astobizcar, Menéndez Pidal se decidió luego por el paso de Lepoeder. Louis Colas, buscando excelsitudes legendarias en las mayores alturas pirenaicas, la llevó hasta el Orzanzurieta, el gigante de la comarca, mientras que Joseph Bedier, al collado Bentartea, y Henry Ritcher y Gaston Paris, a los picos ya franceses Leizar-Atheka y Château-Pignon. Pero esas localizaciones de la cruz carolingia no son más que pálidos reflejos del amojonamiento pirenaico que entre los siglos XII y XVI señalizaba la divisoria de la antigua diócesis de Bayona, "tenido en cuenta aquel por la Iglesia al establecer los límites", escribió Julio Caro Baroja, vigentes hasta 1566 en que el rey Felipe II los rompe para restituir para la diócesis de Pamplona las comarcas usurpadas por la francesa, cuya influencia podría explicar, a juicio del ilustre etnólogo la presencia en el norte de Navarra de personajes populares de procedencia francesa, como el Olentzero de Lesaca y los zampanzar de Ituren y Zubieta. En Ibañeta hubo cruz diocesana, una más, pero por tratarse de lugar tan especial acabó convertida en principal candidata a "Crux Caroli", y debió de haberla también en Lepoeder, probablemente sobre el cerro Burriaguera, y así en otros picos y collados de la travesía, hasta el llano, pues en las inmediaciones de Arnéguy aún figuraba en el siglo XVIII cierto paraje con el sonoro nombre "Curutchegorry" (cruz roja), que se ha querido identificar con el hospital "Capeyron Roge" en el que permaneció un tiempo el ilustre viajero Nompar, señor de Caumont, en el siglo XV. La cruz de Lepoeder en realidad fue más importante que la de Ibañeta, por el hecho de cerrar por oriente el alto trazado diocesano, coincidiendo con el de la vía romana, vía que hasta el final de la Edad Media era tomada como postrer sendero cristianizado, más allá del cual todo era tierra ignota hasta las mugas de las lejanas diócesis de Jaca, que llegaba hasta el valle de Roncal, y de Aqs en la vertiente norpirenaica, en el confín de Cise y Soule localizado en un solitario lugar pirenaico en el que se encuentra la Chapelle St-Sauveaur, objeto de tantos relatos populares recogidos por Barandiarán. Ésas y no otras son las razones de por qué la cruz que se atribuye al rey de los francos en las ubicaciones pensadas pueden ser ecos de tradiciones perdidas que aún parpadean y que han podido llegar de diferentes modos a oídos de los eruditos. Ecos no de una cruz, y menos de una cruz carolingia, sino de múltiples cruces que desde el siglo XII serían aprovechadas por los peregrinos de la montaña como oportunos mojones por los que guiarse, en ámbitos que se prestan al extravío. Fácil es imaginarse una de aquellas "burdincurutzes" (cruces de hierro) o "gurutzgorris" (cruces rojas) sobre cualquiera de esos montes. De hierro por la facilidad que entrañaba su forja y traslado a los parajes elevados y apartados, y no de piedra con motivos alegóricos de la Crucifixión, que aparte de pesadas requerían el trabajo de duchos y pacientes canteros, no siempre disponibles. Rojas precisamente por ser de hierro, metal que atacado por la intemperie enseguida adquiere el color rojizo de la herrumbre con que se quedó la gente de los pueblos.
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| (1) Jimeno Jurío, José María. O.c. Pag. 156. | ||
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