| Capítulo XV | ||
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XIV
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| La campana rural es la voz aldeana que avisa al campesino del hoy o del mañana. |
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El Port de Cise "El camino de Santiago pasa por un |
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¿Conocía Carlomagno el camino de Lepoeder? No parece factible. Los cronistas nada refirieron de marchas por las alturas; la "Canción de Roldán" tampoco, salvo vagas alusiones a unos "Porz de Aspre" tildados negativamente como "puertos ásperos", que según Jimeno Jurío deben de corresponder a la subida de Ibañeta a Lepoeder: "Aspre debió provocar en el poeta la aplicación del adjetivo 'asper' (esp.: áspero, fr.: apre, ita.: apro), como topónimo de las montañas (1). En la "Gran Enciclopedia Larousse" (2) figura también un "Aspres" en la comarca del Rosellón con que aludir a "unas colinas pedregosas, áridas, en particular entre el Tet y Tec" y un "Aspromonte", cantar de gesta francés, vinculado con el macizo italiano del mismo nombre, en el que "se narran algunas de las hazañas de Roldán en sus mocedades".
A unos pasos de un búnker aledaño a la estela de la Virgen arranca el camino de Lepoeder, todavía con vestigios de ruedas de carros de los últimos arrieros en utilizar esa vía de comunicación con Francia. Otros senderos menores, apenas distinguibles entre helechales, parecen dirigirse a Quinto Real y a los barrancos de Roncesvalles y Valcarlos. Es sorprendente como en determinadas encrucijadas naturales se pone de manifiesto el afán del hombre por abrir caminos, unas veces por alcorzar sólo unos metros, otras para rebajar la pendiente para algún tipo de cargamento. Pero el genuino que emprende la subida al puerto pronto es engullido por el asfalto, salvándose únicamente el modesto sendero G.R., que despreocupado de pendientes, curvas y hondonadas, cumple su propósito de remontar los lomos de la divisoria axial. A menos de un kilómetro, donde la primera de las cerradas curvas del recorrido, hay ocasión de contemplar paisaje histórico y legendario, Ibañeta y Roncesvalles por primera y única vez desde un apacible prado, un calvero entre el hayedo, que preside un búnker revestido de tupido musgo, que semeja la figura antropomórfica de uno de aquellos pastores de antaño que cubrían cabeza y hombros con kapusais, rudimentarias capas de pelo de cabra tan apropiadas para el frío y la lluvia.
Monte arriba, a la vera de la carretera, entre "matas de plantas aromáticas y humildes florecillas de camamila, de acónito y de digital", las bellas dedaleras que constató Iturralde y Suit en su apasionada ascensión al Astobizcar a primeros de siglo XX, en un tiempo en que los intelectuales navarros empezaban a descubrir el paisaje navarro, dos nuevos búnkers surgen vigilantes, estratégicamente ubicados. ¿Tantos eran los peligros que se temían de Francia? Pascual Madoz, mucho antes de que se construyesen, había recomendado "aumentar obstáculos estables, que hiciesen intransitable el paso de los Pirineos". Cercano a los mismos otro solitario prado concita la atención por dos anchurosos caminos que parten en direcciones opuestas; uno, con trazas de reciente, lo hace entre tojales hacia alguna majada del vallecito Arrañosin; el otro, de unos cien metros a lo sumo, marcha paralelo al asfalto entre haces de juncos, y aunque muy deteriorado por las aguas de lluvia, tiene la impronta de ser camino viejo, vía romana que vuelve a interrumpir bruscamente otra cerrada curva que circunda un roquedo grisáceo muy cuarteado, espléndido balcón del alto Valcarlos y del monte Guirizu, uno de esos parajes que coinciden con la ubicación que reservó Moret para los vascones acechantes: "Dexáronle pasar los nabarros y empeñarse bien adentro de la quebrada, donde dificultosamente podría revolver (el rey) para socorrer a su retaguardia acometida". La canción de gesta no cesa de aludir a puntos sobresalientes a los que acuden varios personajes, primero el caballero Walter del Hum con la misión de vigilar con mil hombres -"milie Frans de France"- el tránsito de Carlomagno por el desfiladero, hasta que de pronto alguien anuncia: "¡Los paganos cabalgan por los inmensos valles!". Oliveros decide comprobarlo por sí mismo desde un alto desde el que se veía la llanada, y convencido del peligro que se cernía, deja el paraje y se va al encuentro de Roldán, al que sugiere: "Haced sonar vuestro olifante". La escena se completa en el relato de Turpín, que desvela que el héroe, no dando crédito a lo que le comunican, "subió a un monte, y viendo que eran muchos, volvió atrás por el camino de Roncesvalles, por donde iban los que deseaban atravesar el puerto", pero no llamó al rey todavía, sino que decidido se lanza a la lucha.
Próximo al peñón espera otro trecho del camino antiguo, que se interna por un hayedo de descarnadas raíces, muy estropeado e invadido por piedras desprendidas de la construcción de la carretera, pero herboso y firme cuando sale a la luz en los aledaños del "collado de la subida", Igalepo, antiguo asentamiento de bordas pastoriles, axial, medianero entre el barranco de Arrañosin y el Undarzano, uno de los más inaccesibles de Valcarlos, por donde sube con fuerza el viento "encajonado desde el fondo de la cordillera", apuntó Iturralde, culpable de que árboles y arbustos crezcan deformados, y de que en los crudos días de norte el caminante apure el paso en busca de la protección de la ladera meridional de Astobizcar, alcorzando por otro ramal intacto del camino viejo, hasta incorporarse decididamente a la carretera. Atrás queda la cota 1.300, umbral de la alta montaña, techo biológico para las hayas, "la línea que la naturaleza ha marcado para otra vegetación más fuerte", precisó Madoz, y por delante, un trecho de moderada cuesta de casi dos kilómetros hasta doblar Lepoeder, circundando el barranco Otezulo del que sube el estruendo "suavísimo, vago, casi imperceptible" (Iturralde) del arroyo que discurre por Roncesvalles, corredor de collado a collado al que hay que prestarle la debida atención porque varios eruditos, hace ya algún tiempo, se mostraron convencidos de que ahí se perpetró la emboscada contra Roldán, habiendo acomodado la topografía bélica de los cronistas del siglo IX, ceñida a la hondonada valcarlina, a los altos parajes de la ladera del Astobizcar, todo a raíz de las aventuradas impresiones de José de Moret en el siglo XVII, primero en mezclar a tan emblemática montaña en los hechos del 15 de agosto, que por hallarse en "lugar superior y muy ventajoso" los vascones esperaron en ella a los francos, tanto si partían por Valcarlos como si lo hacían subiendo a Lepoeder.
En parecidos términos se expresó Menéndez Pidal, partidario de que "Carlomagno no se pudo retirar por las angosturas extremas de Valcarlos, que no fue jamás una calzada romana, sino por el camino que va por las cumbres, la verdadera calzada" (8). Nunca hubo tal calzada en sentido literal; no se ha sabido de ningún tramo empedrado por esos montes; sólo explanación y ensanchamiento de senderos neolíticos que cruzaban de una vertiente a la otra. José María Lacarra, por su parte, impulsado por el influyente autor de "La España del Cid", no dudó en emplazar en la ruta del alto puerto el escenario bélico: "Si la primera columna, a cuyo frente iba a Carlos, había remontado el collado de Lepoeder y la vertiente sur de Altobiscar e iniciado el descenso, nada podía saber de la suerte que estaba reservada a la columna de la retaguardia, que más tarde había de iniciar el ascenso" (9). Aparte de contradecir a Bedier, que se atrevió a despeñar al ejército al barranco Otezulo, no aclara dónde sitúa la escena de Roldán tocando el olifante. ¿Bajo la mole de la montaña en cuestión? ¿En la cima del puerto? De haber podido alcanzar Lepoeder, más le hubiese valido lanzarse a caballo por la vía romana o llamarlo desde alguna cumbre sobre el valle de Arneguy, donde se supone que acampaba. |
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| (1) Jimeno Jurío, José María.
O.c., pag. 159. (2) Gran Enciclopedia Larousse. Tomo I. pag. 766. (3) Iturralde y Suit, Juan. Obras. I, Pamplona, 1990, pp. 291 y ss. (4, 5 y 6) Joseph Bedier. Les legendes epiques. París,1912. Louis Colas. La voie romaine. Biarritz,1913. Paris, Gaston. Roncevaux. París, 1912. (Citados por Pierre Narbaitz. Orria o la batalla de Roncesvalles. Pamplona,1979. Pags., 103-105). (7) Narbaitz, Pierre. O.c., pag.103 (8) Menéndez Pidal, Ramón. La Chanson de Roland y el neotradicionalismo. Madrid,1959. (Citado por José María Jimeno Jurío. O.c., pag.21) (9) Lacarra, José María. Investigación de historia navarra. O.c., Pamplona,1983. Pag. 62. |
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