| Capítulo XIII | ||
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XII
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| Remansos grandes, remansos de quietas y mudas aguas, en donde vierten las nubes sus colores y sus lágrimas. |
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La hondonada del "Los vascones tendieron su emboscada en lo |
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I
Lo que reflejaron los autores del círculo carolingio se ceñía a un entorno entre montes, el único propicio para la emboscada que tramaban vascones y navarros. Valcarlos era el sitio en el que podían albergar esperanzas de una victoria sobre fuerzas muy superiores. Los relatos se limitaban a reflejar los datos provenientes de los testimonios de los supervivientes o de las gentes que les oyeron contar las historias. Nada decían de ejércitos sarracenos ni de batallas. Sólo del asalto emboscado en parajes abruptos que conceptuaron como “Pirineo de los Vascones”. A Roldán lo menciona uno de los cronistas, Eghinard, pero no para ensalzar sus dotes de mando o los gestos heroicos, sino por tratarse de uno de los personajes fallecidos. Se cita también al senescal del reino, Ekkehart, cuyo epitafio habría de proporcionar el valioso dato de la fecha de la matanza. Hallado en un manuscrito de la Biblioteca Nacional de París, primero constata que "la muerte insaciable lo raptó con su hierro para las sombras” y seguidamente, la fecha, el 18 de las calendas de septiembre -Qui obiit die XVIII Kalendas septembris-, que “según la numeración romana corresponde al 18 día antes del 1 de septiembre”, había anotado el vascólogo francés Pierres Narbaitz. El cantar de gesta daba a entender que el rey había partido al amanecer del collado de Ibañeta. La retaguardia, entretanto, habría de permanecer en el lugar unas horas, pues antes de que concluyera el día 15, la matanza ya se había consumado. El poema épico sigue un lógico orden secuencial literario en el desenvolvimiento de los hechos, pero es de suponer que tanto estos como los desplazamientos de la gente se hubiesen desarrollado entre márgenes de tiempo más distanciados. Carlomagno pudo haber partido hacia Francia días antes del fatídico 15 y quedar esa fecha oficialmente para la emboscada. Difícil es imaginar que el rey y su vanguardia pudiesen acampar en el extremo septentrional del valle de Arnéguy antes de la puesta del sol. Lo es más que una vez que tienen noticia del descalabro fuesen capaces de regresar en una jornada al escenario del descalabro. Las cosas entonces tenían que discurrir muy despacio, sin desdeñar las dificultades de las vías de comunicación, amén de la influencia adversa de los fenómenos meteorológicos o de la propia altura de los puertos de montaña. Los cronistas carolingios no hablaban de una fuerza de retaguardia, sino de la cola del ejército que acababa de internarse en la hondonada y que hubo de verse afectada inmediatamente por el ataque. Nada malo debían de esperar los francos en los pasos de Roncesvalles sin la amenaza de ejércitos hostiles. El tránsito tuvo que ser lento y pesado. Hombres, caballos y carretas emprenderían el descenso en estirada columna, hasta dividirse en dos en la travesía del desfiladero que sale a las inmediaciones de la villa de Valcarlos. El número de hombres y animales tuvo que determinar aún más la separación. Los cálculos de Menéndez Pidal los comentó Lacarra: “Los cuatro mil caballeros de la vanguardia y grueso del ejército, en fila de tres o de dos de frente con sus peones, ocuparían unos siete kilómetros de camino. La retaguardia, con sus mil caballeros y los mulos y carros de la impedimenta, ocuparían de dos a tres kilómetros”. Cifras verosímiles que se amoldan perfectamente al camino en descenso entre el collado de Ibañeta y el promontorio en el que se alza el caserío Guardiano, que discurre por la ladera del Guirizu al borde del precipicio y que hay que considerar el más peligroso. El jesuita José de Moret fue realista al admitir que el grueso del ataque ocurrió en el alto Valcarlos. No lo fue en cambio al suponer que también se había llevado a cabo desde las primeras rampas de la vertiente que sube de Roncesvalles. “Los navarros los dejaron empeñarse bien adentro de la quebrada, donde dificultosamente podría revolver (el rey) para socorrer a su retaguardia acometida”, anotó. José María Lacarra, muy dubitativo en lo que atañe a los escenarios, se mostró consecuente al determinar que “en la vanguardia iría el ejército mandado por Carlomagno, formado por las tropas más selectas”, pero no en que “la retaguardia, de composición heterogénea, es de pensar que fuese menor la compenetración entre los diversos jefes a quienes el rey había encargado la dirección de cada unidad”, dando a entender que ésa y no otra fue la principal razón de que los vascones se abalanzasen sobre lo que veían más vulnerable. No parece factible que los atacantes fuesen conscientes en algún momento de la composición de las fuerzas carolingias. Se decidieron cuando pudieron, haciéndolo sobre la columna que se había quedado rezagada debido a la estrechez de los pasos y conscientes sobre todo de que la vanguardia, porque se hallaba muy alejada, no podría regresar a tiempo. La idea de la partición del ejército por orden expresa del rey debe de arrancar de la confusa apreciación que hizo en el siglo X uno de los cronistas carolingios, el llamado Poeta Sajón, el único que resumió los datos que se conocían de lo acaecido en Roncesvalles. El punto de vista expresado pudo haber calado en el autor de la “Chanson de Roland” y en el tipo de lucha que tenía que concebir. Ni lo uno ni lo otro fueron razones suficientes para los eruditos y estudiosos que se negaron a admitir Valcarlos como escenario de la partida y de la emboscada de los francos. Pierres Narbaitz (1910-1984) se mostraba de acuerdo en que “el estrecho valle de Valcarlos era el lugar ideal para la degollina de un ejército como el de Carlomagno”, pero no concebía en cambio “que un jefe militar de la talla de Carlomagno hubiese podido pensar en que ese camino le sería favorable.”
II Anales y crónicas mencionaron "lugares angostos" (angustus locus) entre "tupidos bosques" (opacitas silvarum) por los que pasaba el "estrecho camino" (angustiae viae). El camino que siguieron las tropas carolingias entre el llano de Roncesvalles e Ibañeta se desconoce absolutamente. También el que atravesaba el collado hacia Valcarlos. Hay que situarse frente al ábside de la capilla de San Salvador y prestar atención al surco que han ido excavando las aguas de escorrentía hacia la vertiente de Valcarlos, porque ése tiene que ser el camino genuino, que hoy interrumpe la capilla, de ubicación distinta a las medievales. Monte abajo es fácil identificarlo. La configuración topográfica no permite otros desvíos. Tampoco antiguamente. Adosado al Guirizu, a ratos herboso, térreo, acarcavado o desdibujado por la hojarasca, el camino va descendiendo. Ancho como para un carro y bien señalizado con flechas amarillas jacobeas, concluye dos kilómetros más abajo entre hayas y pinos. El asfalto lo ha absorbido. El ataque consistió en rocas desprendidas, en lanzamiento de dardos y piedras propulsadas con gran fuerza, probablemente con cestas. No pudo haber contacto personal entre unos y otros. Los emboscados, escondidos en los bosques, se situaron estratégicamente en el "summi montis vertice", es decir, en el collado de Ibañeta y sus inmediaciones. Se desencadena la acción y enseguida surge el pánico. La gente cae despeñada al "subjecta vallis", el barranco por el que corre el arroyo que no se deja ver hasta el fondo del valle. Hay otros espacios tenebrosos en Valcarlos, pero el que baja al Guardiano es el más peligroso. La pronunciada ladera del Guiziru no deja lugar a dudas. Una mirada hacia lo alto desde el camino evidencia las consecuencias de un peñasco rodando. Ninguna desde el lado opuesto, desde el imponente Astobizcar, que se halla muy apartado para que una roca aplastase a ningún hombre. Las suposiciones de Moret acerca del papel de esta montaña llevaron a confusión a mucha gente.
Los cronistas propiamente dichos arrancan con la figura principal de Eghinardo, el biógrafo de Carlomagno, cuyo relato “Vita Karoli Magni”, realizado 50 años después, es el más preciso y documentado: “Marchó a Hispania con todas las fuerzas disponibles, y salvados los montes Pirineos, logró la sumisión de todas las fortalezas y castillos que encontró. Al regreso, en la misma cima de los Pirineos, tuvo que experimentar la perfidia de los vascones cuando el ejército desfilaba en larga columna, como lo exigían las angosturas del lugar. Los vascones emboscados en el vértice de la montaña, descolgándose de lo alto, empujaron al barranco a la columna que escoltaba la impedimenta que cerraba la marcha, provocando que los hombres se precipitasen al valle situado más abajo, y trabando la lucha los mataron hasta el último. Después de lo cual, apoderándose del botín, protegidos por la noche que caía, se dispersaron con gran rapidez. Ayudó a los vascones no sólo la ligereza de su armamento, sino también la configuración del lugar en que la suerte se decidía. A los francos, tanto la pesadez de su armamento como el estar en un lugar más bajo, les hizo inferiores en todo momento. Entre otros muchos perecieron el senescal Egiardo, el conde de palacio Anselmo y Roldán, prefecto de la Marca de Bretaña. Este fracaso no pudo ser vengado, porque los enemigos se dispersaron de tal manera que ni siquiera quedó rastro del lugar donde podían hallarse.” El llamado Astrónomo Lemosín, biógrafo de Ludovico Pío, se alejó un poco más, 60 años. Fue impreciso con los motivos de la expedición a Zaragoza, pero exacto con los escenarios de la hondonada a su entrada en España. “Decidió atravesar los escarpados Pirineos, y con la ayuda de Cristo socorrer a la Iglesia que cruel yugo sarraceno. Había una montaña muy alta que casi toca el cielo; una montaña de escarpadas peñas, sombría por los tupidos bosques, tenebrosos y oscuros, y con estrechos senderos que entorpecen el paso tanto de un gran ejército como de un pequeño grupo. Carlomagno consiguió franquearla con la ayuda del cielo." El retorno tenía obviamente otros tintes bien distintos en el Astrónomo: “La gloria de la feliz hazaña fue gravemente mancillada por la fortuna pérfida. Terminados los asuntos que le habían llevado a España, después de la feliz marcha de retorno, surgió un contratiempo. Los hombres de la retaguardia fueron degollados en la montaña.” El llamado Poeta Sajón es el que más se alejó de los hechos, un siglo, limitándose a dar un resumen de lo que se conocía, y aunque excepcionalmente reveló lo que nadie había hecho, que el rey iba por delante y que había pasado los puertos cuando se produjo el asalto, hay que convenir que se trata de una referencia personal. "Habiendo penetrado (el rey) a su regreso en la profunda hondonada del Pirineo, cuando el ejército cansado atravesaba por los estrechos senderos, los vascones osaron poner asechanzas bajo el sumo vértice del monte. “Una abominable muchedumbre de ladrones victoriosos que arrebatan el inmenso botín, matando a varios ministros palatinos encargados de custodiar las riquezas. Enriquecidos por los óptimos despojos, los ladrones huyen por senderos inabordables en medio de los bosques del profundo valle que sólo ellos conocían. Se ponen a salvo gracias a la huida y a la noche que se echaba encima. No dejaron rastro y no hubo posibilidad de represalias.”
III El tiempo transcurrió y un pesado manto de silencio se cernió sobre el Pirineo. Llega el siglo XII y los monasterios, ávidos de historias que ensalzasen hazañas y gestas de monarcas en un tiempo que empezaba a salir de los oscuros siglos medievales, se las ingeniaron para crear canciones de gesta. La más conocida la urdió el monje normando Turoldus. Conocía anales y crónicas, pero además de ello es muy probable que hubiese estado en Roncesvalles y que diese cuenta de la historia que estaba urdiendo a los monjes riojanos de San Millán de la Cogolla. Allí debió de dejar el sucinto resumen de la “Nota Emilianense”. La concepción general de la obra experimentó notables diferencias y novedades. La más notoria es el traslado de los escenarios de Valcarlos al llano de Roncesvalles, reservando Ibañeta para la muerte heroica de Roldán. Menéndez Pidal sostenía que "el poeta tardío, los poetas que formaron la versión hoy conocida, no pudiendo concebir la batalla sino dentro de los patrones de la chanson de geste, no podían hacer morir a Roldán luchando en las angosturas de un camino y barranco montañero, sino en terreno abierto.” La partida de Carlomagno hacia Francia la ciñe el cantar de gesta a la mañana del 15 de agosto. El rey se pone en marcha. Poco antes había ordenado que permanecieran un tiempo en Roncesvalles, Roldán y los Pares –Li Quens Rollant y Li.XII.Per-: Gaifer, Genier, Gerín, Balduino, Anselmo, Ogier, Yvorio, Engelier, Yvón, Otón, Berengier, Reinaldos, Gautier del Hum, Olivier, Arzobispo Turpín, Salomón, Naimo, Hoel, Astor…, personajes reales unos, muertos efectivamente en aquella fecha, y ficticios otros, convertidos en héroes de otras canciones de gesta y cronicones. Turpín, por ejemplo, oscuro personaje del que se sabe que había sido monje de Saint Denis, llamado para ocupar la sede episcopal de Reims hacia el 753. Monje privilegiado que en el 774 consiguió favores de manos de Carlomagno. Se cree que murió hacia el 800, año de la coronación del emperador en Roma, pero no hay que descartar que muriese en Roncesvalles al frente de sus propias tropas. Su personalidad la usurpó el llamado Pseudo obispo Turpín, un clérigo que se ocultó tras su nombre para prestigiar uno de los cinco libros del "Codex Calixtinus", falsamente atribuido al Papa Calixto II. Otro de los personajes centrales, aunque ficticio, fue Olivier u Oliveros, el hombre prudente y juicioso que aconsejaba siempre a su buen amigo Roldán. Real fue el conde Roldán, aunque no faltaron quienes lo negaban o le concedían escasa relevancia en la órbita carolingia, pero es histórico que ocupó un cargo de alto prestigio sólo reservado a unos pocos, ser Prefecto de la Marca de Bretaña -Brittannici limitis praefectus, con el cometido de contener a los bretones que luchaban por su independencia frente al poder de los francos. Amanece en Ibañeta. Llega el momento solemne de la despedida. El autor sabe que la tragedia sobrevino en la hondonada, pero lo calla. El rey exclama: "Señores barones. He ahí los puertos y los estrechos pasajes". Roldán le responde: “Permanecerán conmigo 20.000 animosos franceses. Cruzad vos los puertos con toda seguridad”. El relato prosigue: “Han quedado en España los Doce Pares, y con ellos 20.000 franceses que no conocen el miedo. El emperador retorna a Francia.” Roldán espera, y ya cuando la vanguardia había alcanzado los campos de St-Jean Pied de Port, el conde ordena a los suyos ponerse en marcha. El poema silencia la verdad de anales y crónicas, y opta por otra realidad. Alguien indica que por los campos de Roncesvalles cabalga el ejército sarraceno de Marsil. El paso a Francia queda interrumpido. Hay que combatir en campo abierto. La emboscada se troca en batalla y los vascones en sarracenos. La derrota es estrepitosa. Roldán, herido de muerte, se encarama a Ibañeta y suena el olifante para que lo oiga el rey. Lo consigue. El rey ordena tocar también sus olifantes. La vanguardia se dispone a retornar a Roncesvalles. Es todo lo que Turoldus es capaz de respetar de anales y crónicas. “Los franceses se arman con sus cotas, sus yelmos y sus espadas recamadas de oro. Tienen escudos bien labrados, largas y fuertes picas y gonfalones blancos, rojos y azules. Todos los barones del ejército cabalgan en sus corceles y clavan espuelas durante el paso de los desfiladeros.” El cantar vuelve a citar el duro paisaje de Valcarlos en los conocidos versos: “Altos son los montes y tenebrosas las quebradas. Sombrías las rocas y siniestras las gargantas. Los franceses las cruzan con grandes fatigas. Altas y tenebrosas son las cumbres, los valles profundos y torrenciales las aguas. Resuenan los clarines por todas partes. Responden juntos al olifante. El emperador cabalga irritado, y los franceses, pesarosos e iracundos. Ni uno solo deja de llorar y lamentarse. Ruegan a Dios que preserve a Roldán hasta que lleguen al campo de batalla todos juntos. Cabalga el rey Carlos lleno de enojo. Todos los barones de Francia clavan con fuerza las espuelas. Resuenan sesenta mil clarines, y tan alto que retumban las cumbres y responden las hondonadas. Carlos cabalga a la cabeza de su gran ejército.” La “Nota Emilianense” decía lo mismo: “At ubi exercitus portum de Sicera transiret, in Rozaballes a gentibus Sarrazenorum fut Rodlane occiso”. -Mientras el ejército atravesaba el puerto de Sicera, en Rozaballes los sarracenos acababan con Roldán-
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