Capítulo X
 
Capítulo XII
XI
Arroyuelos saltarines
sin fontanas, sin molinos.
Caminantes entre prados
buscando el amor del río.

Los montes por los que
huyeron los vascones tras
atacar a los carolingios

"Esas gentes son feroces, y la tierra en
que moran es feroz, montaraz y bárbara.
Sus rostros son feroces como la propia
ferocidad de su bárbara lengua".
-Aymeric Picaud, 1140-

 
               

a "Canción de Roldán" no reconoció en ninguno de sus miles de versos asalto a los carolingios desde posiciones encumbradas. Sólo mencionó el cuerpo a cuerpo en la llanada de Roncesvalles, y no precisamente con vascones de las montañas, sino con un ejército sarraceno. Escenarios y hombres no concuerdan con la realidad de lo que pasó en agosto del 778, en que sólo hubo emboscada tendida por vascones, a lo único que podía aspirar aquella gente en absoluta y total inferioridad de condiciones ante las fuerzas más selectas del continente que acompañaban a Carlomagno. Habría que convenir que entra en lo factible que los hechos bélicos de aquella primera emboscada acabasen interfiriéndose con los de la segunda del 824, y que confusos y entremezclados llegasen a oídos de juglares y monjes copistas. En cambio, en la celada del 824, en los mismos escenarios roncesvalianos, contra los condes Eblo y Aznar, enviados al mando de un gran ejército a Pamplona por orden del emperador Ludovico Pío, junto a vascones pelearon guerreros de la estirpe de musulmanes del Ebro, los legendarios Banu Qasi, los hijos del conde Casius, poderoso conde godo convertido al Islam en el 714, al paso por tierras ribereñas de los conquistadores de la península ibérica, Muza y Tariq. Pero también en aquella ocasión fue imprescindible recurrir al ataque emboscado, aprovechando el éxito alcanzado unos años antes contra la retaguardia de Roldán. Fue la naturaleza agreste entre el collado de Ibañeta, la hondonada de Valcarlos y el desfiladero de La Reclusa, unida a la destreza y al factor sorpresa, lo que terminó en contundente victoria vascona. Ramón Menéndez Pidal llegó a escribir que era "inverosímil, rayano en lo imposible que los vascones solos pudiesen aniquilar la retaguardia del magno ejército de Carlos, y es lo más natural que buscasen ayuda contra el invasor extranjero." (1). Otro historiador de peso que se ocupó de la historia de los hechos de Roncesvalles, Ramón Abadal, era partidario en cambio de asalto de vascones, pero procedentes de las comarcas norpirenaicas. "Lo que está claro es que los atacantes no fueron navarros, pues se hace muy precisa la distinción entre unos y otros; mientras el puerto del Pirineo se encuentra en regionen wasconum, Pamplona es el primer navarrorum oppidum". (2) José María Lacarra dirá que "tanto la iniciativa como la preparación de la sorpresa sería cosa de vascones de la vertiente española". (3) Más frívolo en sus comentarios se mostró Ángel J. Martín Duque: "La expedición de Carlomagno representó, en suma, un mero alarde militar de los meses estivales dirigido hasta los muros de Zaragoza y salpicado en su marcha de retorno por el episódico revés sufrido por las unidades de retaguardia al entrar en Aquitania a través del Pirineo navarro." (4)

Cima de Guirizu

El cantar de gesta, no admitió ataques desde las cimas, pero parece que los presagiaba a tenor de la orden que dio el propio Carlomagno la mañana fatídica del 15 en que se disponía a partir para Francia. A Roldán y a los Pares es sabido que les pidió que aguardasen en el "Monte Roncesvalles", en el collado de Ibañeta, y a otros mil hombres, que vigilasen el tránsito desde un monte, un otero aledaño "desde el que se divisaba el reino de España", probablemente algún cerro de los varios que hay en el camino romano de subida a Lepoeder, desde los cuales se divisan a un tiempo ambas vertientes pirenaicas. El rey se pone en marcha por Valcarlos, se aleja y al cabo de unas horas alguien da la mala noticia: los sarracenos cabalgaban por la llanura en medio de una nube de polvo en dirección al puerto. Oliveros, uno de los personajes centrales del poema épico, decide entonces encaramarse a ese cerro en que se hallaban los mil hombres vigilantes. Jimeno Jurío era de la idea de que ese lugar correspondía a la cima del monte Guirizu, "verdadera atalaya de toda la llanura de Roncesvalles y sus inmediaciones" (5), lo que no parece factible tan aislado entonces como hoy, sin accesos reconocidos y apartado de las tradicionales sendas pastoriles a Quinto Real. El papel del axial Guirizu (1.280), en tanto que monte estratégicamente situado sobre Ibañeta y encarado a la hondonada de Valcarlos, tuvo que ser otro muy distinto en el ataque, teniendo en cuenta su peligrosidad por la cara norte, desde cuyas boscosas laderas intermedias próximas al collado los vascones pudieron permanecer escondidos, al acecho, mientras se iba adentrando confiada la retaguardia, pendiente del precipicio que bordeaban.

Al oeste de la capilla de San Salvador arrancan las primeras rampas de Guirizu, por donde sube hacia la cumbre la línea axial pirenaica que viene del cerro de Roldán, que parece señalar un rosario de doce rudimentarios parapetos de caza alineados, que semejan peldaños para los pies de un gigante. Un ramal transversal asfaltado cercano al kilómetro permite acceder a un rellano que ocupa una torre metálica de comunicaciones, un paraje idóneo desde el que admirar la mejor perspectiva que cabe de Ibañeta, insólita por tratarse de una visión vedada a los peregrinos medievales, incapaces de apartarse de los caminos, cuanto más de aventurarse a escalar las cimas para contemplar paisajes. Sin embargo, a esa perspectiva hay que añadir el sentimiento tremendamente desmitificador que ofrecen alturas y distancias, lo que se traduce a los ojos del observador atento en que Ibañeta pierda de golpe su clara condición de sumomonte, la excelsitud que se le otorgó por todos los que venían por Valcarlos arriba… El ascenso a la cima de Guirizu se presiente cercana, aunque el esfuerzo no ha de faltar por terreno pedregoso, cubierto de embravecida maleza de oteas. No hay caminos, pero facilitan el paso las paceduras de los rebaños, esos diminutos senderos, paralelos y escalonados, que circundan algunos montes y que trazan pacientemente las ovejas lachas en sus diarios recorridos. Por la ladera pueden verse vestigios de viejas trincheras que semejan fosas abiertas, rellenas en parte de esquistos sueltos, que deben de corresponder a los parajes en que instalaron "los ingleses sus campamentos en 1813", según refería Madoz; es decir, la brigada WIND que perseguía al derrotado mariscal napoleónico Soult. El viento arrecia con fuerza en el último tercio; es el efecto de compresión del desfiladero, que provoca el resecamiento de la escasa vegetación de la cumbre, anchuroso y aplanado calvero de suaves lomas. Un grupo de hayas abatidas por los rayos crea un entorno desolado de troncos enhiestos, secos, muertos y carcomidos, algunos tumbados entre arbustos. "Árboles derribados por la pesadumbre de los años o por la fuerza de las tormentas pirenaicas" (6), expresó Juan Iturralde y Suit en su romántica y apasionada visita a los montes roncesvalianos a finales del siglo XIX. Otros árboles, en cambio, han acabado rehaciéndose, transformándose en sugerentes figuras que reconstruye la imaginación de quien las contempla un tiempo. He ahí la de una mujer con la melena que ondea al viento y que de rodillas, en actitud suplicante, permanece vuelta de cara a la mole del Astobizcar, por cuyos lomos trepa la estrecha carretera de Lepoeder; entonces vía romana y primigenio camino jacobeo por donde entraron el obispo Gotescalco, primer peregrino que se conoce, y el clérigo Aymeric Picaud. No se divisa ni Ibañeta ni Roncesvalles, pero un peñasco que rodase por la ladera se estrellaría con seguridad contra las casas del recinto monumental. Todo en derredor parece paisaje pensado para una emboscada, acaso por la sensación de dominio que siempre infunden las cimas de los montes. El paisaje empieza a ser grandioso en todas direcciones. Lejano, hacia el norte, se distingue el rojizo Arradoy, "gorramendi" que preside la comarca de St-Jean-Pied-de-Port. Más cercano se ve el espolón de formas redondas que se desprende del eje pirenaico por Lindux y que corona el Lauriñak, una de las tenazas del desfiladero valcarlino de La Reclusa.

Hayas de Guirizu

               De regreso a Ibañeta, también a unos cuantos pasos de la capilla de San Salvador, al otro lado de la carretera, arranca un intrigante como anchuroso camino, el "Gabarbide", más conocido por "Palomeras", cuyo uso ha de remontarse a la trashumancia neolítica que enlazaba los altos pastizales del valle de Aézcoa con los de Alduides o Quinto Real, compartidos desde la Edad Media por las comunidades campesinas de una y otra vertiente. El camino, sin apenas altibajos, penetra entre hayas revestidas de un espeso manto de musgo, en medio de un ámbito propicio para toparse con perfiles zoomorfos de extraños animales en las más insólitas posturas y con inquietantes peñascos casi sepultados, que bien pudieron ser el esfuerzo vano del hombre primitivo por desplazarlos al lugar escogido para un dolmen, o bien las piezas de alguno erigido en la cima que acabó derrumbándose al ceder los reblandecidos terrenos. Cómo dejar de lado que pudieron ser peñascos arrojados por los vascones contra las tropas carolingias. Los cronistas hablaron repetidas veces de caída de rocas que sembraron el pánico entre los hombres, precipitándolos a lo más hondo del barranco subyacente. Los días lluviosos el camino se convierte en lodazal merced a las diminutas regatas que se deslizan sinuosas por la ladera, ya definitivamente cantábricas. Los negros limacos que se arrastran imponen una nota desagradable en el bosque, que contrasta con el vuelo nervioso de pequeñas bandadas de pájaros que cruzan raudos de una vertiente a la otra. Todo el año hay aves que van y vienen; Roncesvalles está lleno de vida en silencio. El sol de la mañana que ha rebasado el gigante Astobizcar se desliza entre los árboles siluetados, difuminados por la fina capa de neblina que levanta el rocío de la noche. En lo más crudo del invierno, escarchadas las cruces de palo depositadas por los peregrinos junto a la capilla del collado, el camino de Lindux amanece blanco, refulgente con el sol, crujientes las pisadas. Nadie pasa. El ámbito jacobeo empieza a difuminarse poco a poco para entrar en el de dólmenes y cromlechs. El silencio reinante del bosque se interrumpe por el estrépito de un arroyo que se precipita en cascada. Las hayas dejan paso a los alerces japoneses, esos pinos de hoja caduca que por otoño adquieren tonalidades doradas casi rojizas, no exentas de una belleza que no desmerece del entorno.

Pic Lindux

¿Caminarían presurosos por ese camino los vascones tras consumar la matanza de francos? Posiblemente, tratándose del más seguro por dirigirse al intrincado Quinto Real, cuyos montes siguen alejados de las rutas usuales de paso del continente a la península. Haberlo hecho monte arriba a la cumbre del Guirizu nada habría solucionado, aislado y sin salidas entre barrancos permanentemente enfangados, como tampoco habría sido aconsejable remontar el camino de Lepoeder, que lo penoso de la subida habría ralentizado la celeridad que se requería en aquellas circunstancias con un Carlomagno colérico que no tardaría en acudir en socorro de su gente. El sendero no tarda en desembocar en el Trona, despejado collado axial que vigilan desde los extremos cuatro búnkers casi ocultos entre crecidos helechos, juncos y zarzamoras. El lugar constituye una irumuga o trifinio de los términos municipales de Burguete, Roncesvalles y Valcarlos, cuyas iniciales aparecen grabadas en un tosco mugarri prismático a la vera del camino. Fama tuvo en otro tiempo como "usateguieta" (palomera), paraje al que acudían por octubre los cazadores de Burguete siguiendo el "Rosariobidea", el camino del rosario, el que rezaban al despuntar el día, dispuestos a tender las redes de árbol a árbol para encauzar el vuelo de las aves que venían de Francia. Todo consistía en una demostración de destreza lanzando paletas de madera al aire desde dos puestos avanzados; se pintaban de blanco con el fin de que las infelices bandadas picasen el vuelo, creyendo que así podían burlar al temible gavilán o halcón que confundían con las paletas (7). Viejo sistema presente aún en Echalar, en la comarca norpirenaica de las Cinco Villas de la Montaña, que en estos montes roncesvalianos ha sido sustituido por potentes escopetas que disparan los cazadores desde elevadas "trepas", esos puestos camuflados entre las copas de las hayas más altas. Tras Trona viene una empinada cuesta que conduce al Lindux, collado también axial cuya importancia en el pastoreo neolítico fue notoria, y que hoy comparten a partes iguales España y Francia, y en concreto, los municipios de Burguete, Valcarlos y el francés de Banca, nuevo trifinio que se forma en el mugarri o borne internacional número155. A un lado arranca la suave ladera del monte Trona (1.166), en cuya despejada y alomada cima pueden verse trincheras circulares. Al otro, se ve la que asciende al Pic Lindux (1.221), axial, trifinio de los términos de Burguete, Quinto Real y Banca, un paraje solitario que deja entrever el misterio que siempre lo caracterizó. Hay vestigios de cimentaciones cuadrilongas que sugieren alguna fortaleza rudimentaria y también hondas trincheras en círculo, excavadas cuando las últimas guerras con Francia, que a su vez pudieron ser reexcavadas sobre las medievales que dispusieron los pastores para esconderse en ellas con los rebaños cuando veían merodear a los ladrones de ganado. Por el Lindux pasaba la vieja demarcación de la diócesis de Bayona, como pone de relieve el topónimo "Burdincurutze" (cruz de hierro). No faltó tampoco en Lindux la excentricidad de un autor francés, Henry Richter -contaba Jimeno Jurío-, que sostenía "que la región de Lindux fue frontera, límite de la Aquitania romana y de un país extranjero, imaginando la existencia de mugas monumentales en estas crestas" (8).

Pic Lauriñak

De vuelta al mojón 155, la excursión caminera toma otra dirección, hacia el norte, siguiendo el espectacular espolón que flanquean los valles de Baigorry y Valcarlos, gemelo del que formándose en el Sayoa de Velate llega hasta los pueblos de la basaburúa de Baztán. El sendero enseguida se adentra en terreno francés, cruzando un curioso artilugio, ingenio de pesos y contrapesos formado por una rampa con cuadrículas metálicas, dispuestas de tal modo que impiden que el ganado pase, lo que no debe volver a ocurrir a tenor de las antiguas disputas por los pastos. A unos cien metros del descenso, profundamente horadado por vehículos de cazadores, el camino se bifurca; un ramal se interna por el "Foret d'Hayra", uno de los barrancos más salvajes de Baigorry, hasta salir a la aldea de Banca, que coincide con una antigua ruta de peregrinos baztandeses a Roncesvalles; el otro prosigue por el espolón entre puestos de caza, acompañando a la alambrada internacional, subiendo y bajando los suaves collados que se suceden uno tras otro. Algunos mapas constatan la presencia de cromlechs, siempre difíciles de distinguir por la maleza y la falta de perspectiva. Primero hay que rebasar el Pic Achistoy (1.230) que corona el borne 157. A un lado y otro de la alambrada suelen sestear los rebaños, disfrutando del aire fresco que corre por las cimas. La presencia de dolinas invadidas por juncos, que pudieron ser trincheras alguna vez o nacederos de regatas que se secaron, esconden en algún caso simas peligrosas. Cercano se ve ya el prominente Lauriñak o Laurigna (1.292), el más alto de la zona, del que Pascual Madoz había dicho que "sus cúspides están peladas y sus faldas pobladas de robles, castaños, cerezos y hayas". A él se asciende por un diminuto sendero trazado entre pedregales descarnados al borde de los precipicios por los que se encaraman las hayas de Valcarlos. Hay peñascos apenas sostenidos a punto de caer; algunos parecen haber sido apalancados. Todo en derredor tiene algo de extraño. El mugarri 161 corona la angosta cima que comparten ambos países; desde ella se capta el espléndido paisaje de Basse Navarre con los pueblecitos que parecen apiñarse en torno a la villa de St-Jean-Pied-de-Port. Un vigía ahí apostado podía avisar con suficiente antelación a otro apostado en Guiziru, y este a su vez a otro en el camino de Pamplona. La ladera norte, desarbolada, herbosa, desciende en busca de otros collados y alturas, que siguen dividiendo Baigorry y Valcarlos. Los múltiples senderos que se abren en todas direcciones permiten descender a los solitarios caseríos, y desde ellos a los núcleos de población, pero las distancias y los laberintos que se originan lo desaconsejan. Las horas diurnas no dan para tanto; mejor es regresar a Ibañeta.

 

 
(1) Menéndez Pidal, Ramón. La Chanson de Roland. Pags. 193-194.
(2) Abadal, Ramón. La expedición. Pags. 59-60.
(3) Lacarra, José María. Investigación de historia navarra. Pag. 74.
(4) Martín Duque, Ángel. Príncipe de Viana, nº 217, 1999.
(5) Jimeno Jurío, José María. O.c. Pag. 92.
(6) Iturralde y Suit, Juan. Obras. Pamplona, 1990. Pag. 281.
(7) Benito Urtasun Villanueva y José Antonio Pedroarena. Temas de Cultura Popular, nº 157, Burguete, Pamplona, 1983. Pags. 25 y 26.
(8) Jimeno Jurío, José María. O.c. Pag. 108.
 
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