Capítulo IX
 
Capítulo XI
X
Galeria de Ibañeta
   

La capilla de San Salvador
de Ibañeta, primer lugar de
veneración para los peregrinos

"Antes de abandonar la cima de los Pirineos,
que con tanto esfuerzo habíamos escalado,
reposamos en la capilla en la que vimos multitud
de figuras y esculturas antiguas".
-Domenico Laffi, 1676-

 

               n el collado de Ibañeta surgió el primigenio ámbito jacobeo de Roncesvalles. Fueron las circunstancias las que determinaron que ese paraje a caballo entre las dos vertientes principales de aguas perdiese su historia ante el auge que adquirió posteriormente el enclave jacobeo de pie de puerto. La trascendencia del collado, durante un largo periodo de tiempo, se midió desde la perspectiva norte-sur, es decir, desde la hondonada de Valcarlos, la perspectiva de los peregrinos que divisaban la cima que los colocaba a las puertas de la península y de los caminos unificados de Santiago. Aquel momento era de regocijo y alegría, de ahí la legendarización que siempre rodeó al collado. Atrás quedaban temores, pesadumbres y quebrantos. Lo que iban a encontrarse desde el siglo XII en adelante les parecía más fácil, sabedores al menos de que las amenazadoras fronteras del Islam habían retrocedido considerablemente a más allá del Ebro y del Duero y que la marcha por los campos castellanos sería tranquila, aunque tremendamente ardua, lo que habría de requerir esfuerzo y tesón hasta el día en que alcanzasen a ver las primeras casas de Santiago. Pero la trascendencia de Ibañeta entre los peregrinos no puede menoscabar la vía de paso desde la prehistoria y la clara constatación para todo el que cruzase por él de que representaba la exacta divisoria entre el continente y la península, una de las razones primordiales de por qué hubieron de existir toda suerte de hitos conmemorativos, de cuya existencia llegaron pálidos reflejos envueltos en legendarismo; legendarismo que aun siendo estadio remoto de los hechos históricos se mostraba más consistente que la tradición formada en Roncesvalles, apenas inexistente a falta de gente que la transmitiera. Comarca, valles y bosques fueron tierra desolada y yerma. Los pastores neolíticos –primeros en conocer el Pirineo- hacían su vida en la montaña, donde levantaban dólmenes y cromlechs, y aunque Ibañeta era el primordial entre los collados axiales, debieron desecharlo desde un principio, expuesto como estaba a asaltos y depredaciones de pueblos y gentes que iban y venían, y es sabido que aquellos monumentos reclamaban sitios recónditos. Los celtas penetraron en el siglo VII a.d.C., principalmente por el paso de Ibañeta, que representaba el principio del final de las tierras continentales más hacia occidente. Los romanos, desde el siglo II d.C., sabían que el collado era equidistante entre Aquitania e Hispania, y tal vez por esa razón de peso determinaron erigir un monumento al “Sol Invictus”, el Sol Invencible, cuya fiesta se conmemoraba el 25 de diciembre en todo el imperio, coincidiendo con el solsticio de invierno, según se deduce del trozo de un ara votiva en su honor hallado en 1951 en las inmediaciones del collado, lo único que pudo salvarse del paso de los pueblos Bárbaros en el 409, una vez aplastados los defensores pamploneses que los retenían desde hacía dos años entre Ibañeta y Valcarlos. “Estos y otros hallazgos arqueológicos permiten suponer la existencia de un albergue (portus), refugio 0 ‘mutatio’, al menos desde los comienzos de nuestra era y en activo a lo largo de la historia”, anotó Jimeno Jurío. Pero Ibañeta también fue para los romanos “Summus Pyreneus”, es decir, estación de descanso y ayuda de las legiones, que se ubicaban en los collados axiales que doblaban las vías de comunicación y no en los que destacaban por su mayor altura, cual creyeron algunos con respecto al cercano paso de Lepoeder por el hecho de elevarse casi 400 m. por encima.

Un ilustre subprior de la Colegiata de Roncesvalles, Juan de Huarte (1550-1625), mantenía que, según la tradición, hacia el año 250, el obispo-mártir de Toulouse, San Saturnino, Sernin o Cernín, discípulo de San Pedro e introductor en la historia de otro santo famoso, San Fermín, en prueba de agradecimiento por haber logrado la conversión de los habitantes de Pamplona, construyó una sencilla capilla en el collado de Ibañeta. “En testimonio de la fe que había plantado en Navarra, dio orden para que se edificase la antiquísima basílica de San Salvador de Ibañeta”. En consonancia con lo que debía de ser costumbre en todo tiempo, no hay que descartar esa capilla, o tal vez alguna cruz, pero hay que advertir que la invocación de las tradiciones fue a veces el recurso en que apoyarse algunos hombres de iglesia para atraer fama y reconocimiento a ciertos enclaves, muy especialmente al de Roncesvalles en un siglo XII en que el que tanta falta le hacían cuando empezaba a desligarse de la influencia de la abadía de Leire y al mismo tiempo intentaba no repetir lo mismo con la emergente diócesis de Pamplona que se afanaban en favorecer los reyes. También en aquella ocasión la humilde fábrica a la que aludía Huarte malamente habría podido salir airosa del paso por Ibañeta, el año 732, del ejército musulmán del emir Al-Gafiqi, que iba camino del desastre en los campos de Poitiers. Consciente de aquella realidad, el subprior no vaciló en determinar que de las ruinas alzó Carlomagno en el 778 una capilla. La impronta legendarista que había dejado en Navarra el relato del peregrino Aymeric Picaud, que atribuía el origen de la fábrica al rey de los francos, volvía a resurgir. Pero Carlomagno, en la apresurada marcha a sus dominios del norte, sublevados los sajones, no podía tener ni motivos ni tiempo para detenerse en Ibañeta, aunque no hay que descartar que años después lo hiciera su hijo Ludovico Pío en recuerdo de los muertos en las dos emboscadas en que cayeron los ejércitos francos.

La primera noticia fehaciente de construcciones en la cima del puerto no llegará hasta 1071, en que se tiene constancia de una institución religiosa que José María Lacarra consideraba el "primer núcleo documentalmente conocido de lo que había de ser el gran hospital de Roncesvalles y la mención más antigua que encontramos de un santuario en este paso del Pirineo". Fue el rey de triste final, Sancho el de Peñalén, quien lo promovió como “Muy noble y real monasterio de Sancti Salvatoris de Ybenieta", poniéndolo en manos de Fortunio, obispo de Álava entre 1067 y 1087 y abad de San Salvador de Leire. Con independencia de la constatación del primer y definitivo topónimo del collado –Ybenieta, con posible relación con “entrerríos”, en alusión a las regatas que se forman caprichosamente en las dos vertientes-, la importancia de aquella primigenia institución tuvo que ser mínima. Jimeno Jurío creía que lo de muy noble y real era una alusión “a la tradición que lo relacionaba con Carlomagno”, lo que carece de fundamento por no haber tal corriente tradicional y por no poder determinarse a que obedecían tales epítetos, que en cualquier caso no podían ir destinados a un monasterio en toda regla, sino a uno de los monasteriolos que se erigían entonces bajo la advocación de cualquier santo, modestos como una borda pastoril y atendidos por familias, es decir, gentes que nada tenían que ver con las cosas de la Iglesia, afanadas únicamente en asistir a los primeros peregrinos, pero sólo para lucrarse a su costa. Algunos pasaron a mejores manos, adquiriendo cierto renombre y fama. Valcarlos dispuso de un rosario de ellos, casi todos con ubicación ilocalizable, que de no haber existido malamente hubieran progresado las peregrinaciones a Santiago en medio de parajes tan arduos e inhóspitos. “Las noticias más antiguas de fundaciones monásticas u hospitalarias en esta zona del Pirineo -que forzosamente deben de relacionarse con la peregrinación a Santiago- se remontan a la segunda mitad del siglo XI, dependientes todasde la gran abadía de Leire”, escribía Lacarra. Leire, el poderoso Leire, tuvo su esplendor entre 1057, año de su primera consagración, y 1098, año de la segunda y definitiva. Extenso e intenso fue el dominio que ejerció sobre todas las iglesias y monasterios de Navarra (hasta San Sebastián), pero mucho menor desde 1140 en que empieza a declinar a raíz de una bula de Pascual II (1110) que establecía que las posesiones del monasterio pasasen a ser regentadas por la diócesis de Pamplona.

La institución que promovió el rey Sancho, que no fue la excepción, cayó también en aquella órbita de donaciones y contradonaciones, envueltas en confusión. Lo es que 39 años más tarde, en 1110, según el documento dedonación de la infanta Ermesinda y su esposo Fortún Sánchez de Yárnoz -hermana y cuñada del rey asesinado-, volviese a pasar a manos de Leire, que se hacía cargo “in portu de Auriç unum monasterium quod uocatur Sanctus Salvador”. “Auria” o “Auriç” era el nuevo topónimo para Ibañeta, que aunque nunca más fue citado, no faltó un Arturo Campión que pensase en que podría tener relación con "Auritz", hoy nombre cooficial de la villa de Burguete, la primera población cispirenaica que se fundó con la denominación de Burgo de Ronzasvals o Roncisvallis, la cual desde muy temprano, desde 1101, mantuvo una institución relevante entre los peregrinos, una “ecclesiam et elemosinarium” que promovió eldueño y señor de la comarca, el influyente conde Sancho Sánchez de Erro (1060-1120), primero en comprender los beneficios que podría reportarle el paso de la ruta jacobea por sus dominios, y que mejor solución que recurrir a la comunidad de monjes franceses de Sainte-Foy de Conques, famoso monasterio del camino de Santiago que custodiaba el relicario de Foy, la joven romana ejecutada en Agen, que entre 1050 y 1120 estaba considerado como el más capacitado para acometer la edificación de hospitales, iglesias y monasterios. Pero no fue el conde de Erro el único en traer a los monjes franceses. También aquel 1102 el rey Pedro I de Aragón, en conmemoración por la caída de Barbastro en manos cristianas, hizo donación a “Santa Fe de Conques y a sus monjes de la mejor tierra que hubiera para construir allí un monasterio.” En todo caso, el hospital de Burguete no tardó en cambiar de dueños. 49 años después, en 1151, los monjes franceses lo cedían a los oscenses de Santa Cristina de Somport, según la bula de Eugenio III del mismo año: “Una ecclesiam de Ronzisualle cum hospitales et allis pertinentiis suis”. Las presiones y los intereses debían de ser constantes, porque pasados 68 años, en 1219, Arnaldo, el prior de Santa Cristina, determina que la “ecclesiam quam habemus in villa Roscidevallis, cum decimis et primicias…”, pase al ya floreciente nuevo hospital de Roncesvalles, que en aquel año reforzaba su fama universal con la consagración de la iglesia gótica de Santa María, que sufragó íntegramente con su dinero el rey Sancho VII el Fuerte, donde fue enterrado.

Pero en unos y otros casos se trataba de fábricas en el llano que vinieron luego; en el alto, en el collado de Ibañeta estaba en marcha el ámbito jacobeo primigenio, el que se encontraba la gente que venía hacia España y que se iba de ella. Reinaba en Pamplona el aragonés Alfonso I el Batallador, otro de los monarcas que se ocupó del Pirineo de Roncesvalles, a raíz seguramente de su paso cuando el sitio y conquista de Bayona, que duró un año. Corría el 1127, año de inauguración de la primera catedral de Santiago y de la consagración de la de Pamplona. Ibañeta iba a conocer el primer hospital de peregrinos. Fue el obispo de Pamplona, Sancho Larrosa, aragonés como el monarca, quien determina que se hiciera a imagen y semejanza del que ya funcionaba desde hacía 27 años, desde 1110, en el otro gran paso jacobeo pirenaico, el oscense de Somport, antes aludido, vía de entrada de la ruta tolosana que seguían los peregrinos italianos y cuyo origen debe de remontarse a un refugio militar del conde Gastón IV de Bearne, que utilizaba en sus frecuentes expediciones a Zaragoza, la más importante en 1117, la que fue considerada única cruzada transpirenaica contra los musulmanes de la península. El acta de fundación del hospital de Ibañeta era un claro exponente del legendarismo de un Pirineo envuelto en temores indecibles que arrancaban desde el tiempo de los navegantes griegos: "Yo, Sancho, pecador… edifico al presente una casa para hospedar a los peregrinos en la cumbre del monte llamado Ronsasvals, junto a la capilla de Carlomagno, famosísimo rey de los francos... Según testimonios de los que allí moran han perecido miles de peregrinos envueltos en torbellinos de nieve, y muchos devorados por lobos". No deja de ser sorprendente que no dijese nada de las anteriores edificaciones y sí en cambio que ubicase el emplazamiento de una supuesta capilla carolingia, no mencionada hasta entonces. Tampoco se citaban los dos topónimos conocidos, Ibañeta y Auria, y sí el “Monte Rencesvals” constatado en la “Chanson de Roland”. Pero aquella empresa no llegó a consolidarse.Transcurridos cinco años, en 1132, el hospital fue desmantelado y sus funciones se trasladaron al pie del puerto. “Se trasladaron los edificios abaxo, al pie de la sierra” (Huarte). “Ad radicem maximi montis Pirenei”, matizaba con magnificencia el códice anónimo La Preciosa, escrito en el mismo Roncesvalles en el siglo XIII. Las causas pudieron tener que ver con la dureza de la vida en el collado, inhóspito entre nevadas, vientos gélidos, nieblas, tormentas, falto de agua y sin posibilidad de cultivar nada. La nueva ubicación del hospital se consolidó muy pronto “favorecido por reyes, nobles, papas, eclesiásticos y gentes y adquiriendo un auge insospechado” (Jimeno Jurío). A los dos años, en 1134, fue dotado con una partida de bienes procedentes del cabildo de la catedral Pamplona, además del envío de una comunidad de monjes agustinos que se ocuparía de su atención. Llegó a ser uno de los más ricos de Europa. Valles, montes y bosques de la comarca, aún a comienzos del siglo XIV (1313), seguían estando en posesión del común de Val de Erro, incluido el norpirenaico Valcarlos, que en lo eclesiástico dependía de la diócesis francesa de Bayona. Aquel hospital se mantuvo floreciente por espacio de unos 90 años, al cabo de los cualesfue derruido, construyéndose uno nuevo mayor en lugar más apartado, conocido hoy por Itzandeguía.

El siglo XII era el comienzo de la universalización de la ruta jacobea, cada vez más concurrida por gentes francesas. La jerarquía eclesiástica de Roma, los propios reyes y los condes que dominaban en las comarcas de Navarra, conscientes de lo que empezaban a significar las peregrinaciones y conscientes también del desconcierto reinante, requirieron poner orden en la ruta. Pero en lo concerniente a las instituciones de Roncesvalles, la confusión, las contradicciones y los anacronismos han podido hoy determinarse contrastando la dispersa documentación. Las causas podían obedecer al sempiterno desconocimiento del Pirineo, a la premura con que se alzaban y desmantelaban las fábricas religiosas, a los repentinos cambios de dueños y al propio desorden en el uso y significado de los topónimos, así como a lo que señalaban realmente. El primordial era “Roncesvalles”, que unas veces aparecía como referente de la llanada cispirenaica, otras a una población, a un hospital, a un monte que equivalía a un collado axial e incluso a la alta travesía transpirenaica que seguía la vía romana. De aquella amalgama era comprensible que un mismo hospital estuviese ubicado en dos sitios distintos a la vez o que siguiese desempeñando cometidos aun después de desmantelado. El propio Arturo Campión se mostraba confuso a la hora de establecer una cronología en “el enmarañado negocio de las fábricas religiosas de aquellos parajes”. En la documentación de los siglos XII y XIII es fácil comprobar como las alabanzas del hospital clausurado de Ibañeta correspondían en realidad al nuevo erigido al pie, el que hay que considerar como genuino “Hospital de Santa Mariae Casae Dei Roscide Vallis”, según la bula de Inocencio II de 1137, que lo acogió bajo protección papal, exento además de la jurisdicción episcopal. No tiene sentido que si el hospital de Ibañeta había perdido sus atribuciones desde 1132, cuarenta y dos años después, en 1174, siguiese hablándose del “Hospital de San Salvador del Sumiport”, o que ese mismo año la bula de Alejandro III privilegiase los dominios del monasterio de Leire en los valles navarros de Roncal, Salazar, Aézcoa y Erro, “usque ad capellam Sancti Salvatoris que dicitur Caroli Magni...” Tampoco está claro que en 1252 el rey Teobaldo I (1234-1253) estableciese las primeras concesiones territoriales a “Santa María del Hospital de Roncesvalles” – que figuraba también como “Convento del Hospital de Roncesvalles” en 1262- y que 19 años después, en 1271, los monjes agustinos de Roncesvalles “comprasen al abad Raimundo de Leire por tres mil sueldos de oro “la ecclesia seu hospitale, sitam et positam in loco qui dicitur Summi Portus”, quedesde hacía 139 años había sido trasladada al pie del puerto.

En la cima de Ibañeta, después de 1132, debió de permanecer una sencilla iglesita o refugio de caminantes, de la que se vuelve a hablar en el siglo XVI. “Los edificios inmediatos a San Salvador irían reduciéndose poco a poco hasta desempeñar oficios subalternos y de mero desahogo”, escribió Campión. Del mismo modo pensaba el canónigo erudito de Bayona, Jean Baptiste Daranatz (1869-1937): “En el siglo XII, Ibañeta estaba deshabitado. No había monasterio, ni monjes ni orden religiosa ni orden militar”. Un documento acerca de los límites de la diócesis de Bayona señalaba que estos comprendían todo Valcarlos hasta el extremo meridional en el que se alzaba la “ecclesia Sancti Salvatoris Summi Portus”. Otro escrito de 1406 decía que Valcarlos terminaba por el sur en “la sierra et iglesia-basílica de Sant Salvador de Yueynieta.” A falta de cuidados, la iglesia la encontró en ruinas Martín de Córdoba en 1586, reinando en España Felipe II. Aquel personaje se presenta en Navarra como “el muy ilustre licenciado, visitador y reformador Apostólico y Real”. De su paso por Roncesvalles constató en su informe: “Hay una ermita en la cumbre de los Pirineos llamada San Salvador de Ibañeta, la cual parece fue el primer edificio y principio del hospital de Roncesvalles, para recoger allí a los pobres peregrinos que pasaban y pasan, y porque dicha ermita estaba derruida, la hubimos mandado reparar y que se pusiese una campana en ella, la cual mandamos que el ermitaño que en la dicha ermita está y estuviese, taña desde que anochezca hasta una hora de la noche cada día para guía de caminantes y peregrinos que en los dichos montes les anocheciese, lo cual haga en todo tiempo del año". Era aquella la campana más admirada de los caminos jacobeos por Europa, hasta el punto de ser considerada la más escuchada. Diminuta campana que hoy puede admirarse enmudecida en la espadaña de la iglesia de Santiago de Roncesvalles. El buen estado tras la reparación podía verse todavía un siglo más tarde, en 1673,pues nada señaló en contra la crónica de viaje a Santiago del clérigo italiano Domenico Laffi: "Antes de abandonar la cima de los altos Pirineos, que con tanto esfuerzo habíamos escalado, reposamos en la capilla. En ella vimos una multitud de figuras y esculturas antiguas y algunas inscripciones borradas por el tiempo". Probablemente se trataba de sencillas donaciones y muestras de agradecimiento de peregrinos escritas en los muros por las mismas razones que expresó el italiano: "Dar gracias a Dios por habernos conducido sanos y salvos".

No fueron en aquella ocasión las severidades del clima las causas de la destrucción de la edificación de Ibañeta, sino la barbarie y el fanatismo humanos que se encargaron de que no llegase al siglo XIX. Las tropas de la Convención Francesa que invadieron Navarra en 1794 las echaron abajo para “desagraviar”, se dijo, la matanza de la retaguardia carolingia al mando de Roldán. En ruinas la encontró entonces el filólogo alemán Wilhelm von Humboldt (1767-1835) en su segundo viaje por las regiones pirenaicas. Y de nuevo llegó su reconstrucción, a tenor de los comentarios del ilustre arqueólogo e incansable descubridor de monumentos en España, Pedro de Madrazo (1816-1898): “En un rellano existe un edificio de insignificante arquitectura, robustecido con contrafuertes, cuyo campanario claramente denota su carácter de construcción religiosa del siglo XVI. Es esta la ermita de San Salvador de Ibañeta, pero no es el edificio que fundó Carlomagno del que nada queda.” Sorprende, sí, seguir viendo impresiones legendaristas en persona tan erudita. También por aquellos años pudo admirarla intacta el periodista y escritor catalán Juan Mañé y Flaquer (1823-1901), cuyas formas plasmó en un dibujo a plumilla, único testimonio gráfico de como era la capilla, incluido por el canónigo bayonense Pierre Narbaitz en su obra roncesvaliana “Orria”. No faltó tampoco la descripción insólita de Pascual Madoz (1806-1870), jugando con la ubicación de la capilla entre las dos vertientes principales de aguas: "Las goteras que caen del tejado norte de dicha ermita, unidas con las aguas de las fuentes, siguen su curso por Valcarlos y San Juan (Pie de Puerto) hasta el océano, y las que caen al sur se juntan a la inmediata fuente, origen del río de Roncesvalles, y se dirigen al Mediterráneo". Pero el destino final de la capilla llegó en el incendio que la destruyó en 1881, provocado por unos desaprensivos arrieros que en ella pernoctaban, lo que demuestra que ya por entonces poco o nada quedaba en pie de las peregrinaciones a Santiago. Otros autores como José María Lacarra refieren que el incendio se produjo en 1884 y que lo provocó “una imprudencia de los soldados que formaban un cordón sanitario”, lo cual no parece concordar con lo anotó en otro momento: “En 1882 no había sido reedificada todavía, pues ‘solamente se hizo un cubierto para los pasajeros, y aun este necesita de reparos continuos por los vientos recios, humedades y nevadas que allí caen’, según dicen en un informe los canteros y carpinteros en el pleito entre Roncesvalles y la Inclusa de Pamplona”.

El legendarismo, que no se apartaba de Ibañeta, siguió su curso, y en 1934, tras llevarse a cabo unas excavaciones en la vieja cimentación de la capilla, fueron exhumados varios esqueletos. Aquello fue suficiente para que Radio París anunciase que se trataba de los Pares de Francia muertos en la emboscada. El paroxismo llegó a tal extremo que, según contaba Lacarra, hubo quien fue capaz de identificar "el cráneo de Roldán, por cuya posesión habían de pelear violentamente dos franceses en San Juan de Pie de Puerto". Pero, como no podía ser de otra manera, tampoco la habitual objetividad del ilustre medievalista estellés pudo evitar tambalearse ante el halo legendarista, arrastrado por el acta fundacional del obispo Sancho Larrosa, que lo llevó a decir que aquellos esqueletos podían corresponder no a los pares sino a "viajeros o peregrinos víctimas de las inclemencias del paso, o tal vez devorados por lobos". Ni tampoco fue la excepción José María Jimeno Jurío, el más realista de los estudiosos de Roncesvalles, al referir que en “la excavación de 1934 aparecieron bajo la cimentación del templo románico docenas de esqueletos de hombres, mujeres y niños,presentando fracturas óseas que pudieron haber sido motivadas por ataques de fieras, o ser resultado de un ataque armado. Pero el collado de Ibañeta no podía permanecer sin capilla de San Salvador. Un lugar tan especial requería una capilla o ermita, y se construyó la última, inaugurada el Año Santo de 1965.“En 1965 sólo quedaba un informe montón de piedras… Se construyó una nueva ermita con una campana exenta que suelen hacer sonar los visitantes en recuerdo de la primitiva que se trasladó a la iglesia de Santiago” (Jaime del Burgo). Su puntiaguda techumbre de losetas de pizarra, dispuesta para las intensas nevadas, los ventanales del ábside y una cruz aledaña con campana, la convierten a la vista del caminante que viene de Francia en la figura antropomórfica que se recorta contra la luz del amanecer; en la figura de un peregrino que camina cabizbajo después de su larga e intensa experiencia por España, cubierta la cabeza con la capucha para protegerse del frío o de la lluvia, apoyado en el bordón, que se asemeja a la cruz de la que pende la campana.Ante esa figura imaginada, en un montículo de hierba, que esconde un búnker enterrado, los peregrinos van dejando clavadas toscas cruces. Otros depositan flores en la estela de la Virgen Patrona. No faltan los que las llevan al pie del monolito de Roldán. Ibañeta permanece solitario tras haber perdido la historia ante el esplendor alcanzado por el Roncesvalles de pie de puerto. Burguete también, y Valcarlos ni siquiera es visto como el valle que conducía a la cima del Pirineo...

 

 
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