Capítulo VIII
 
Capítulo X
IX
Primavera. Tarde muerta,
azul, sin sol y de tedio.
El paisaje duerme entre
un silencio de silencios.

Ibañeta, el Summus Pyreneus
en el que surgió Roncesvalles

"A los puertos de España ha pasado Roldán
sobre Veillantif, su buen y veloz caballo".
-Canción de Roldán, s. XII-

 
               

bañeta, había escrito Arturo Campión, es la célula primigenia de la que surgió el Roncesvalles universal, allá por 1127, año de la consagración de la catedral de Santiago; uno de esos lugares en la lista de los sublimes de la historia europea y peninsular. Ni las guías de peregrinos ni todo el entusiasmo que implica el renacimiento en torno a los Xacobeos, acaban de reconocerlo. Ibañeta es un modesto collado por dimensiones y también por altitud (1.062 metros), que por hallarse en la divisoria principal de aguas atlánticas y mediterráneas, en medio de uno de los pasos más transitados desde la prehistoria y en la cabecera del finisterre que perseguían los pueblos celtas, errantes en pos de los mares bermejos, del Atlántico, le confiere un peso mítico del que carecieron otros puertos de la divisoria de la talla histórica del Perthus de Gerona, por donde entraba la Vía Augusta y el Somport de Huesca, también vía romana y posteriormente jacobea-tolosana, que traía a los peregrinos de Italia, amén del también navarro entre Lanz y Almandoz por Velate, por donde doblaba la única calzada romana que unía el Mediterráneo y el Cantábrico.

Desde monte Guirizu

Por Ibañeta ya cruzaban a la península los cazadores nómadas del paleolítico, que empujados hacia el sur continental iban en busca de climas más benévolos; lo hacían por Ibañeta, principalmente, por ser puerto expedito que no habían cerrado las nieves perpetuas, no obstante los vestigios de glaciarismo cuaternario del cercano monte Orzanzurieta. La trascendencia histórica de Ibañeta llegó con los romanos, merced al plan de Julio César de abrir una vía de comunicación por el Pirineo occidental en el siglo I a.d.C, que el "Itinerario de Antonino" del siglo III, compendio de vías imperiales en España, catalogó como la "Iter XXXIV", la cual cruzaba desde la mansión del "Imus Pyreneus" o "Pirineo bajo", en la villa bajonavarra de St-Jean-le-Vieux, a la de Iturissa en Espinal, dejando entre medias el arcano "Summus Pyreneus", el puerto de mayor categoría, que no el de mayor altitud de la travesía, que lo era el de Lepoeder a casi 400 metros por encima.

Camino de Lindux

Las primeras alusiones a Ibañeta en relación a la rota carolingia figuran en anales y crónicas del siglo IX del otro lado del Pirineo, que refieren la existencia de un puerto de montaña con los calificativos de "iugum", "summitas montis", "vertice montis", "summi montis", "celso monte", todos ellos alusivos a un paraje que destacaba más que por su altitud real por la perspectiva que presentaba para quienes lo contemplaron desde la hondonada de Valcarlos en circunstancias dramáticas: los soldados carolingios que hubieron de sufrir el contundente ataque desde él o sus inmediaciones. Los supervivientes francos de las emboscadas del 778 y 824 habían magnificado Ibañeta exacerbadamente, y con esa imagen aterradora regresaron a sus casas y pueblos. No parece que pueda haber otras razones para haber llegado a la insistente reiteración aquellos cronistas, cuya máxima exaltación vendría de la mano del llamado Astrónomo Lemosín, capaz de concebir en Roncesvalles un monte tan alto que "quien lo sube le parece que toca el cielo", aserto que tres siglos más tarde volvió a reflejar Aymeric Picaud para confusión de peregrinos y eruditos que seguían al pie de la letra sus descripciones topográficas. Tanta influencia llegó a tener Ibañeta que desde distintos punto de vista se habló de la ubicación en él de la "Crux Caroli", legendaria cruz que se atribuye a Carlomagno, que muchos identificaron con el mojón meridional que desde el siglo XII al XVI marcaba en ese punto el límite de la antigua diócesis francesa de Bayona, insólita divisoria eclesiástica aún vigente en 1665, que partiendo de Fuenterrabía abarcaba los arciprestazgos de los valles navarros de Santesteban de Lerín (la Basaburúa Menor), de las Cinco Villas de la Montaña y de Baztán.

Ibañeta hacia Roncesvalles

Ibañeta es topónimo que en vasco antiguo tal vez pudo aludir a "lugar de ríos", es decir, a las regatas que se forman hacia una y otra vertiente. El collado es un modesto prado, un pastizal ligeramente vencido hacia el lado mediterráneo, que preside un abombado cerro en la misma divisoria de aguas. Pende, cual arco destensado, de los montes Guirizu y Altobizcar, y vierte aguas a Valcarlos y Roncesvalles. Ibañeta impone su peso milenario a esa hora solitaria del amanecer en que aún permanecen algunas manadas de caballos de humeantes lomos humedecidos por el rocío de la noche -orballados dicen en Asturias y Galicia-, que parsimoniosos se alejan monte arriba camino del puerto de Lepoeder, hasta acabar el día recogidos al abrigo de una cima perdida. Las calurosas tardes de verano Ibañeta es visitado por las gentes de los valles cercanos, que acuden en busca de la brisa fresca que corre por las alturas. Unos en corrillos, indiferentes a historia y leyendas, charlan animadamente; los más inquietos, atraídos por los ecos del pasado, acompañándose de cualquier improvisado bastón, se encaraman por las laderas aledañas entre hayas y pinos, afanados por ganar algo de altura y contemplar esa perspectiva que revele algo sobre cómo pudieron acontecer los hechos del 778. Entremezclan lecturas con impresiones personales, exactamente como hicieron los autores de los relatos medievales del siglo XI en adelante, que por sí mismos llegaron a conocer los ámbitos roncesvalianos. El Pseudo Turpín dijo que Ibañeta era un "ameno prado sobre Roncesvalles" (prato obtimo) en el que llegó la hora de la muerte a Roldán y en el que finalmente lo halló Carlomagno. Picaud fue algo más preciso al establecer que el prado era "llamado la Cruz de Carlos" y que en él, "los impíos de los navarros y de los vascos [los bascli, habitantes de Basse Navarre] tenían por costumbre con los peregrinos que se dirigían a Santiago, no sólo asaltarlos, sino montarlos como asnos y matarlos". Constató, además, que los peregrinos de su tiempo dejaban en dicho prado "clavada una cruz, estandarte del Señor, tras hincarse allí de rodillas y orar vueltos hacia la patria de Santiago", agradecidos por haber alcanzado sanos y salvos la cima del Pirineo. El rito de las cruces lo interpretó el erudito artajonés José María Jimeno Jurío como un gesto en recuerdo de los combatientes carolingios muertos en las emboscadas, lo cual es muy factible, y que hoy felizmente han vuelto a renovar los peregrinos de los Xacobeos, que hincan con fervor sus toscas cruces sobre el abombado y herboso lomo de un búnker que se halla frente al ábside de la capilla de San Salvador. Son sencillas cruces hechas con palos y ramas encontradas por el camino, que atan de cualquier manera, y que tanto impresiona verlas escarchadas por el viento gélido de Valcarlos esos amaneceres de enero, o pudriéndose un día y otro día con la humedad de las nieblas pertinaces, ladeadas por el viento que envía el desfiladero.

Manantial del que habla el Codex Calixtinus

Cerca de las cruces se halla la estela en piedra de la Virgen Patrona de Roncesvalles, vuelta hacia poniente, rodeada de ramos de flores silvestres, idéntica a la del alto de Mezquíriz. La de Ibañeta tiene la particularidad de estar ubicada en la confluencia exacta del cuadrivio que forman cuatro caminos milenarios: el que sube de Valcarlos, el que desciende a Roncesvalles, la vía romana de Lepoeder y el Gabarbide o Palomeras que se dirige a los pastizales de Quinto Real por la ladera del Guirizu, cuya importancia puede estar en haber sido uno de los parajes elegido por los vascones para atacar a la retaguardia de Roldán y para huir apresuradamente del lugar. A unos pasos de la Virgen arranca el herboso cerro, desarbolado e intensamente verde, situado en la divisoria principal de aguas y en terrenos del municipio de Valcarlos. Entre zanjas y senderos que lo circundan aún pueden apreciarse los vestigios semienterrados de un monumento del año 1931 erigido en honor del cantar de gesta y que un día derribó el fuerte viento. Consistía en un arco de sillares con una campana, recuerdo de la genuina que guiaba a los peregrinos extraviados, hoy en la espadaña de la iglesia de Santiago. El cerro lo corona un peñasco de granito de dos metros que descansa sobre dos gradas, que enmarca una pesada espada y dos mazas cruzadas de las que penden bolas erizadas de pinchos. Fue erigido en 1967 en recuerdo de Roldán, cuyo nombre figura en bajorrelieve. Lástima que no se eligiera un esquisto de la cantera del vallecito de Arrañosin, símbolo del macizo paleozoico sobre el que se asienta Ibañeta, y no el granito, que es roca ajena a la cultura de Navarra. El menhir es un "illarri", una estela de muertos como las que solían colocarse en los montes en que fallecía un pastor. Extraño pueblo el navarro que es capaz de admirar al hombre que intervino en la demolición de las murallas de Pamplona y escuchar al lado del monumento "el armonioso conjunto de bélicos recuerdos, mezclados con cánticos y oraciones, gritos de guerra y ayes de moribundos, que año tras año se escuchan en las quebradas y en las hoscas laderas de Ibañeta las noches de plenilunio", escribió Jaime del Burgo (1), laude que iba en consonancia con el de Arturo Campión en el mismo lugar: "La noche está sin luna y sin estrellas. Brillan las hogueras en medio de los montes. Los francos duermen en Espinal y los lobos aúllan en Altobiscar" (2). Las hogueras siguen encendiéndolas la noche del 14 al 15 de agosto los jóvenes vasco-franceses por los collados pirenaicos, no para celebrar el día de San Juan, precisamente, sino la victoria de sus antepasados vascones.

Monolito homenaje a Roldán

Ibañeta, el prado y el cerro, rezuman pruebas intangibles de que se trata del escenario en el que pasó sus últimas horas de vida Roldán. Las frases más solemnes de los cronicones medievales parecen revivir en localizaciones concretas; cada palmo de collado parece querer indicar el sitio exacto en el que cayó muerto el héroe. He ahí el cerro. ¿Fue al que se encaramó Roldán para clavar su enseña la víspera de la emboscada? Nunca ha podido interpretarse esa acción, que nada hacía presagiar la tragedia. El cantar de gesta menciona que en un cerro -"sum un tertre cuntre le ciel levee"- hincó su enseña, que al igual que el mojón de la diócesis bayonense, también algunos convirtieron en cruz que clavó el mismo Carlomagno. Así, Arnaldo de Oihenart, erudito bajonavarro del siglo XVII, contemporáneo de José de Moret, no dudó en afirmar que la cruz "estaba donde ahora está la capilla de San Salvador de Ibañeta, en la cumbre del Pirineo". (Obsérvese que un francés en aquel siglo tan cercano seguía considerando Ibañeta la "cumbre del Pirineo", cuando por encima del collado se mantienen todas las alturas de la cordillera). ¿Fue acaso ése el cerro al que subió Roldán desesperado para tocar el olifante que avisase al rey, que ya había cruzado los puertos; el cuerno que tocó "con tal ardor y tanta fuerza que se cuenta que se rajó por la mitad con la violencia de su soplido y que se le rompieron las venas y los nervios del cuello" (Turpín)? Es muy probable dada su magnífica situación sobre la hondonada valcarlina. El poema épico indica que desde un lugar prominente, Roldán, viendo cercana la derrota de su gente, hizo sonar el olifante. El rey, que oye la llamada, regresó angustiado hasta culminar el monte "Rencesvals", es decir, Ibañeta, pues como tal se conoció por Turpín y Picaud. Allí, o en sus inmediaciones, lo halló muerto, mirando al cielo con los brazos en cruz, sobre "un cerro donde hay un árbol y cuatro gradas de mármol sobre la hierba verde", que intentó partir con "Durandal", la espada que Turpín, el pseudo obispo de Reims, consideró "de hermosísima factura, corte fortísimo, inflexible resistencia y resplandeciente brillo". Con ella partió no una roca, sino "quatre perruns de marbre", peldaños de los que llegó a pensarse si no correspondían en realidad a un templo romano dedicado al "Sol Invicto", el dios supremo Mithra que unificó a los demás dioses en el siglo III, pues consta que en Ibañeta fue hallada parte de un ara votiva con esa mención. Pero la leyenda en Navarra se quedó con una roca partida por un hombre sumamente poderoso, Roldán, que tanta era su fuerza que arrojaba desde los montes grandes peñascos cuando se encolerizaba; las "errolan-harrias" que caían en las inmediaciones de los pueblos, cual la que aún puede verse en el vallecito de Ata de la sierra de Aralar, cerca de Madoz, de la que escribió Barandiarán: "En una de sus caras tiene seis surcos que parecen artificiales, pero que son tenidos como impresiones de los dedos de Roldán" (3). Y si no era los lanzamientos eran los gigantescos tajos que abrían pasos entre las montañas pirenaicas; así en Ordesa donde existe la "Brecha de Roldán" por la que pudo escapar a Francia.

Cruces de peregrinos

Turpín, reinterpretando una y otra vez lo que se conocía hasta entonces, entremezcló piedras y árboles solitarios en Ibañeta, como el misterioso "arbre" solitario que cita la "chanson", al que luego habrá que volver: "Allí, bajo un árbol junto a un peñasco de mármol que se alzaba en un ameno prado sobre Roncesvalles, descendió del caballo". Picaud, por su parte, también citó la roca "que (Roldán) hendió de tres tajos de arriba abajo", y aunque nada refiere de gradas no vacila en erigir una iglesia en torno a ella, que merced a su acostumbrada ambigüedad topográfica algunos creen localizar en la capilla-cripta del Sancti Spíritus, como ya se explicó en otro capítulo anterior. El "Cantar de Roncesvalles", relato anónimo navarro del siglo XIII al que escasa importancia se le ha dado, había precisado que "estaba el bravo caudillo recostado en un pilar, como él se acomodara a la hora de finar". Domenico Laffi, aproximándose al clérigo poitevino situó la agonía del héroe "acostado en la raíz de la montaña, donde hay una fuente", la fuente de la que pidió de beber y que nadie encontró en los alrededores. ¿Se referirían unos y otros al actual manantial que se forma en la juntura de Ibañeta con la ladera del Guirizu, que luego se hace arroyo que vierte al Arrañosin? Junto a las gradas de mármol o piedra se insistía en la presencia de un único árbol, un solitario pino, supuestamente cercado por las hayas predominantes que se mantenían a cierta distancia, con lo cual se da a entender que tanto Ibañeta como otros collados desde antiguo fueron terrenos rasos, desarbolados como hoy, porque en verdad ningún relato mencionó nunca que el bosque cubriese Ibañeta, tal vez debido a una temprana deforestación a cargo de pastores y agricultores de los siglos XII y XIII, en un tiempo en que hubo gran necesidad de acopio de madera para las nuevas poblaciones alzadas en las tierras yermas de Roncesvalles y Valcarlos. No hay que descartar que fuese uno de aquellos árboles aislados, diferentes a los predominantes en una determinada zona, que antaño solían emplearse para amojonar pastizales, términos de aldeas o heredades. El origen del topónimo del collado Urquiaga donde nace el Arga, "sitio de abedules", pudo ser ése.

 

 
(1) Del Burgo, Jaime. El Pirineo navarro. León,1989. Pag. 92.
(2) Campión, Arturo. Citado por Pierre Narbaitz. Orria. Pamplona, 1979. Pag.172.
(3) Barandiarán, José Miguel. Diccionario de mitología vasca. San Sebastián, 1984. Pag. 63
 
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