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VIII
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| Abismos inmensos entre pelados y bravos montes, que se ondulan para así tejer tristes horizontes. |
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"Les Porz d'Espaigne", "Según testimonio de los que allí
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Qué papel desempeñó el barranco en los hechos del 778? La "chanson" revela que la víspera de la partida para Aquitania, Carlomagno y los Pares pasaron la noche en un paraje cimero en el que había un prado. ¿Ibañeta? Casi con toda seguridad. Los vascones entretanto observarían impacientes e indecisos, ignorantes hasta última hora no sólo del camino que tenían que tomar los francos, si por Valcarlos o por la alta vía romana de Lepoeder, sino de que estos fuesen a dividirse en dos cuerpos con la intención de que mientras uno emprendía la marcha, el otro aguardaría en Roncesvalles. El poema épico nada refiere de ataques en la vertiente norte, la valcarlina, espacio que reserva para el angustioso regreso de Carlomagno en ayuda de su gente masacrada, pero sí en cambio lo hace respecto a la meridional de Roncesvalles: "Los Porz d'Espaigne a los que se pasó Roldán sobre Vaillentif, su buen caballo", aunque sin aclarar si porque accedía al collado desde el campo de batalla en la llanada de Burguete o porque desde el collado se disponía a entrar en combate en esos campos despejados. El Pseudo Turpín parece completar la escena inclinándose veladamente porque el héroe de gesta había accedido desde el llano a un lugar cimero, que hay que relacionar con Ibañeta: "Roldán, fatigado por tan gran batalla, lamentando la muerte de los cristianos, angustiado por las grandes heridas y los golpes recibidos por él de los sarracenos, llegó solo a través del bosque hasta el pie del puerto de Cize, y allí bajo un árbol y junto a un peñasco de mármol que se alzaba sobre Roncesvalles, descendió del caballo". Una vez más queda establecida la ambigüedad medieval sobre que se entendía por "pie de puerto", referencia topográfica que mencionaban con asiduidad. ¿Los aplanados terrenos que ocupan el enclave roncesvaliano? ¿El mismo collado cuyo nombre era Monte de Roncesvalles? El cantar de gesta, en los momentos postreros de la batalla, indica que Roldán, tras ser herido de gravedad, consigue a duras penas encaramarse a un paraje encumbrado desde el que avisa desesperadamente al rey con el olifante.
No es factible que en el angosto barranco entre Arrañosin e Ibañeta -de siempre imnominado- hubiese acontecido ningún ataque aquel 15 de agosto. Nada se habría conseguido sobre ejército tan numeroso como el que constituía la retaguardia, que en su mayoría hubiesen podido salir al llano y disponer el ataque a su medida. Sólo habría sido eficaz de asaltar a un escaso número de hombres, aunque venciéndolos en el cuerpo a cuerpo, descartados los despeñamientos a precipicios que no existen. A José de Moret se le antojó elegir uno de los suaves salientes montuosos que se asoman al Arrañosin para apostar a los vascones, los cuales según él "se arrojaron con gran ímpetu por el recuesto debajo de Altobiscar , cerrando con grandísimo coraje el costado derecho de los francos". Pero en ese caso era de esperar la contundente e inmediata reacción de los atacados en un medio escasamente hostil desde esa perspectiva. José María Lacarra, muy indeciso ante las puntualizaciones de Turpín y Moret, pendiente en todo momento por seguir las conjeturas de Menéndez Pidal, escribió con escaso convencimiento: "La retaguardia o segunda columna pudo muy bien ser sorprendida por los vascones que descendieran del monte Guirizu hacia la ladera del Arrañosin, aprovechando la espesura del hayedo (opacitas silvarum) de que habla Eginhardo" (1). No, porque hay que convenir para quien no conozca Roncesvalles que la peligrosidad del monte Guirizu es muy reducida desde esa vertiente; todo lo contrario que desde la norte, que es extrema, con alturas que aumenta considerablemente la misma hondonada de Valcarlos.
El barranco de Ibañeta lo forman dos laderas pronunciadas que se juntan en uve en el cauce del arroyo que baja con estrépito hasta fundirse con el Arrañosin. El camino que sube, ancho y herboso en los primeros tramos, lo hace por un pasillo entre tojos y escobas. Las hayas enseguida ocultan torres y tejados de Roncesvalles. El trazado puede coincidir con el que llevaba la vía romana, pero a pesar de la angostura del espacio, no hay esa certeza, si bien la pendiente, moderada, se presta para un trazado de aquella envergadura, que habría de permitir el tránsito de una vertiente a la otra con ciertas facilidades. Hay un tramo en la subida, de escasos diez metros, que ronda la cota 1.000, que presenta la excepción por su fuerte pendiente, lo que hace pensar en si no fue ése uno de tantos impedimentos que se interpusieron en los caminos para frenar en su día a los ejércitos de la Convención Francesa. El corazón del barranco está a la vista, ámbito cerrado entre hayas viejas y jóvenes, que crean ese entorno intensamente húmedo, de sugestivos contraluces neblinosos a primeras horas del día, que tanto contraste ofrece con el de los atardeceres prematuros, de tonalidades monocromas que difuminan los objetos. En la hondura del barranco, donde la uve de las laderas parece perfecta, el piso, un espeso manto de musgo, se hace resbaladizo. El arroyo, muy encajado, discurre a saltos sobre desgastadas piedras, engrosándose aquí y allá con las aportaciones de las pequeñas regatas, que a fuerza de pasar y pasar van desenterrando las gruesas raíces de las hayas, que acaban entrecruzándose unas con otras, cual compartiendo ansias y vida. Es ese el arroyo que Madoz magnificó como "río de Roncesvalles". El camino deja a un lado una gruta en el talud rocoso; magnífico pliegue desventrado del macizo paleozoico en el que vuelven a asomar los esquistos ocreoxidados. Las aves ya revolotean de rama en rama, y en el rostro del ansioso caminante que sube al legendario puerto empieza a sentir el soplo del viento que envía con ímpetu el efecto de compresión del desfiladero de Valcarlos. El silencio del bosque se interrumpe por las copas de los árboles, que se agitan. Ya asoma el afilado tejado de la capilla de San Salvador, recortado contra el Pic Lauriñak, el primero de los montes que ilumina el sol del amanecer.
Acceder desde Roncesvalles a Ibañeta por la carretera de Francia tiene idéntico encanto, no en vano el recorrido se efectúa por la ladera del Guirizu, que encierra todo él resonancias carolingias. Enseguida, pasada la Casa Sabina, la carretera describe un cerrada curva que sitúa al caminante sobre los tejados de las casas, esa magnífica perspectiva de viviendas e iglesias envueltas en esa paz propia de los enclaves religiosos que se dejan invadir por el sol en medio del silencio. Al otro lado de la curva se ve una cancela de hierro y un camino que se pierde. Corresponde a una antigua vía jacobea comarcal que traía a Roncesvalles a peregrinos de los valles de Baztán y Baigorry. Carretera arriba, a tan sólo unos pasos, en la juntura con la ladera del Guirizu hay una fuente que vierte aguas heladoras en un diminuto aska de piedra, que preside la figura blanca y diminuta de una Virgen sedente. Es la fuente de Don Gregorio. Por las inmediaciones se dejan ver apenas entre la hojarasca algunos tramos casi irreconocibles de lo que debió de ser camino antiguo. ¿Acaso la vía romana? Nadie se atreve a asegurar nada. Un búnker, que semeja un siniestro panteón vacío con su negra entrada, impone a primera vista. Otro lindante con Ibañeta semeja en cambio una de aquellas bordas de piedra, y un tercero, en un extremo del collado, escruta el paso de los hombres a través de sus alargadas aspilleras, que parecen que esconden a alguien. La luz vuelve al entorno. Las últimas hayas del barranco, cual si se detuviesen por un extraño imperativo, no invaden el prado del raso de la cima, ligeramente vencido hacia la vertiente mediterránea. El arroyo del barranco sale con estrépito de una concavidad a ras de suelo, parece su nacedero, pero se trata de una mera canalización. |
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| (1) Lacarra, José María. O.c. Pag. 63 | ||
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