Capítulo VII
 
Capítulo IX
VIII
Abismos inmensos entre
pelados y bravos montes,
que se ondulan para así
tejer tristes horizontes.

"Les Porz d'Espaigne",
primera ladera del descenso
a la península ibérica

"Según testimonio de los que allí moran,
han perecido muchos miles de peregrinos
envueltos en torbellinos de nieve, y muchos
de ellos devorados por los lobos".
-Sancho Larrosa, obispo de Pamplona, 1127-

 
               

esde el vallecito de Arrañosin arranca el histórico barranco que culmina en el collado de Ibañeta, donde se alza la capilla de San Salvador. Como "Porz d'Espaigne" se refirió a él la "Canción de Roldán", estableciendo de ese modo una de las mayores precisiones topográficas en relación con la batalla o emboscada. No hay que olvidar que para los autores franceses, Aquitania concluía por el sur en el collado de Ibañeta y tras él venía la primera ladera de España. La subida resulta siempre por escenarios históricos y legendarios, de intenso sabor numinoso. Es corta y cómoda; todo lo contrario que la de Valcarlos, ardua y penosa, a veces interminable en una jornada caminera de sol a sol que habrían de sufrir los peregrinos medievales más que ningunos otros. Quienes entonces doblaban el fastigio del puerto y emprendían la bajada al enclave de Roncesvalles no daban crédito a que fuese tan fácil después de haber dejado a sus espaldas los 20 kilómetros desde la localidad fronteriza de Arnéguy. Eso determinó que fuese preciso establecer desde el siglo XII la erección de un rosario de ocho hospitales a lo largo de Valcarlos, el valle del descalabro. No ha de extrañar el asombro y la alegría de aquella gente viéndose barranco abajo de la vertiente meridional y topándose al poco con las primeras casas de Roncesvalles. La sensación de júbilo la expresó con rotundidad Domenico Laffi: "Abandonada la capilla (de San Salvador) empezamos a descender como un cuarto de legua hasta que descubrimos el Roncesvalles tan anhelado por nosotros, lo que nos causó tanta mayor alegría cuanto más inesperado, porque estando cubierto de montes y abundantes árboles, cuando creíamos hallarnos muy lejos, nos encontramos encima mismo de sus puertas". El viajero italiano no hacía más que reflejar la notoria diferencia de altitudes entre las tierras continentales y las peninsulares, o lo que era lo mismo, entre la Baja Navarra y la Alta Navarra, que suponía un desnivel de unos 1.000 m. entre Arnéguy e Ibañeta (1.062 m.), mientras que entre Ibañeta y Roncesvalles (950m.), solamente 112, equivalente a sólo una distancia de 2 kms., o media hora de caminata aun en las peores condiciones meteorológicas.

 

Pero desde el siglo XV, la vieja perspectiva medieval del ámbito pirenaico, muy deformada por un entorno geográfico repleto de dificultades e impedimentos, empezaba a cambiar. Pocos eran los relatos jacobeos que surgían de la experiencia del camino; los nuevos transeúntes que se dirigían a España eran gentes de otro talante; aventureros y escritores románticos ansiosos por vivir experiencias insólitas, que más que moverse por la espiritualidad y la leyenda, reflejaban ámbitos, contrastes, paisajes excelsos o decadentes. Desde Navarra surgían asimismo nuevas perspectivas, desconocidas hasta entonces en los relatos; la de los intelectuales que se acercaban al Pirineo roncesvaliano en pos de la reconstrucción de las escenas más solemnes de las crónicas medievales acerca de la rota carolingia, pero para entonces los puntos de vista, las impresiones plasmadas, eran también otras y habían evolucionado a conceptos topográficos acordes con los nuevos conocimientos, que ponían en evidencia a las claras el poco esfuerzo que suponía el acceso a quienes se acercaban al Pirineo desde la vertiente peninsular, en este caso desde Pamplona. Habrá quien piense que esto es irrelevante; otros en cambio, compenetrándose con el viejo espíritu jacobeo, entenderán que había nuevos matices en la forma en que José de Moret se refería a la subida: "Descansadamente por una montañuela llamada Ibañeta en la que se ve una antigua ermita con la advocación de San Salvador". También en la perspectiva de Pascual Madoz, aun a mediados del siglo XIX, para quien la ascensión no pasaba de ser mero tramo del "camino de Pamplona a San Juan Pie de Puerto situado en una garganta". Incluso en la de Pedro Madrazo, famoso crítico de arte, (1816-1898), que refería del barranco que era una "montañuela de cerca de tres kilómetros de subida que conduce a un rellano donde existe hoy un edificio de insignificante arquitectura". Tiempo hacía, por tanto, que se habían perdido viejos conceptos medievales, como "pie de puerto", "cima de la montaña", "raíz de la montaña", "vértice", "yugo", porque en Roncesvalles llegaron a verse montañas tan altas que casi tocaban el cielo, y Pamplona ser ciudad ubicada al pie de los montes Pirineos…

Qué papel desempeñó el barranco en los hechos del 778? La "chanson" revela que la víspera de la partida para Aquitania, Carlomagno y los Pares pasaron la noche en un paraje cimero en el que había un prado. ¿Ibañeta? Casi con toda seguridad. Los vascones entretanto observarían impacientes e indecisos, ignorantes hasta última hora no sólo del camino que tenían que tomar los francos, si por Valcarlos o por la alta vía romana de Lepoeder, sino de que estos fuesen a dividirse en dos cuerpos con la intención de que mientras uno emprendía la marcha, el otro aguardaría en Roncesvalles. El poema épico nada refiere de ataques en la vertiente norte, la valcarlina, espacio que reserva para el angustioso regreso de Carlomagno en ayuda de su gente masacrada, pero sí en cambio lo hace respecto a la meridional de Roncesvalles: "Los Porz d'Espaigne a los que se pasó Roldán sobre Vaillentif, su buen caballo", aunque sin aclarar si porque accedía al collado desde el campo de batalla en la llanada de Burguete o porque desde el collado se disponía a entrar en combate en esos campos despejados. El Pseudo Turpín parece completar la escena inclinándose veladamente porque el héroe de gesta había accedido desde el llano a un lugar cimero, que hay que relacionar con Ibañeta: "Roldán, fatigado por tan gran batalla, lamentando la muerte de los cristianos, angustiado por las grandes heridas y los golpes recibidos por él de los sarracenos, llegó solo a través del bosque hasta el pie del puerto de Cize, y allí bajo un árbol y junto a un peñasco de mármol que se alzaba sobre Roncesvalles, descendió del caballo". Una vez más queda establecida la ambigüedad medieval sobre que se entendía por "pie de puerto", referencia topográfica que mencionaban con asiduidad. ¿Los aplanados terrenos que ocupan el enclave roncesvaliano? ¿El mismo collado cuyo nombre era Monte de Roncesvalles? El cantar de gesta, en los momentos postreros de la batalla, indica que Roldán, tras ser herido de gravedad, consigue a duras penas encaramarse a un paraje encumbrado desde el que avisa desesperadamente al rey con el olifante.

Dirá Turpín que hace sonar "su trompa de marfil con tal ardor y tanta fuerza, que se cuenta que la trompa se rajó por la mitad con la violencia de su soplido, y se le rompieron las venas y los nervios del cuello". Pero para aquel autor anónimo que algunos piensan que se trata del mismo Aymeric Picaud, ya con anterioridad a la magna escena concibe, además, otra con el olifante y que ciertamente pudo darse en realidad, la de un Roldán que ante el resultado adverso del primero de los combates hace tronar el cuerno entre los bosques con el fin de que sus hombres, asustados y desconcertados, salgan de las espesuras y vuelvan a reunificarse. "Empezó a atronar el espacio con los fuertes sonidos de su trompa por si se le reunían algunos cristianos, que por temor a los sarracenos se escondieron". Turpín, que no parece aludir a batallas campales, sino a emboscadas, lo propio del Pirineo, fue de parecer disparatado al imaginar el asalto de 50.000 sarracenos sobre la confiada retaguardia de Roldán que aguardaba su hora para partir hacia Aquitania. En cambio fue coherente, en mayor medida que los demás relatos, admitiendo que un número indeterminado de carolingios lograron escapar de la muerte y atravesar finalmente los puertos, y cita entre ellos a cuatro Pares, dos de los cuales menciona expresamente, Tedrico y Balduino, reservándole a este último la delicada misión de partir en busca de Carlomagno. La escena, que acontece nada más expirar Roldán, supone la precipitada cabalgada de aquel personaje, que en aquellas circunstancias sólo cabe pensar que pudo hacerse por el único lugar posible: la vía romana de las cumbres, lo que le habría permitido descender no sin dificultades al valle de Arnéguy, donde todo apunta a que acampaba el rey. "Algunos, atemorizados, por el bosque atravesaron los puertos", escribió. La "chanson", absurdamente, no admite supervivientes, lo cual es propósito inadmisible, o nunca habría trascendido nada de lo sucedido en el asalto mortal de Roncesvalles, ya que los vascones es claro que callaron para siempre por temor visceral a las represalias. Ha de quedar claro que la noticia del descalabro llegó a las cortes europeas desde la perspectiva de gentes que nada tenían que ver con las tierras cispirenaicas de la futura Navarra.

No es factible que en el angosto barranco entre Arrañosin e Ibañeta -de siempre imnominado- hubiese acontecido ningún ataque aquel 15 de agosto. Nada se habría conseguido sobre ejército tan numeroso como el que constituía la retaguardia, que en su mayoría hubiesen podido salir al llano y disponer el ataque a su medida. Sólo habría sido eficaz de asaltar a un escaso número de hombres, aunque venciéndolos en el cuerpo a cuerpo, descartados los despeñamientos a precipicios que no existen. A José de Moret se le antojó elegir uno de los suaves salientes montuosos que se asoman al Arrañosin para apostar a los vascones, los cuales según él "se arrojaron con gran ímpetu por el recuesto debajo de Altobiscar…, cerrando con grandísimo coraje el costado derecho de los francos". Pero en ese caso era de esperar la contundente e inmediata reacción de los atacados en un medio escasamente hostil desde esa perspectiva. José María Lacarra, muy indeciso ante las puntualizaciones de Turpín y Moret, pendiente en todo momento por seguir las conjeturas de Menéndez Pidal, escribió con escaso convencimiento: "La retaguardia o segunda columna pudo muy bien ser sorprendida por los vascones que descendieran del monte Guirizu hacia la ladera del Arrañosin, aprovechando la espesura del hayedo (opacitas silvarum) de que habla Eginhardo" (1). No, porque hay que convenir para quien no conozca Roncesvalles que la peligrosidad del monte Guirizu es muy reducida desde esa vertiente; todo lo contrario que desde la norte, que es extrema, con alturas que aumenta considerablemente la misma hondonada de Valcarlos.

El barranco de Ibañeta lo forman dos laderas pronunciadas que se juntan en uve en el cauce del arroyo que baja con estrépito hasta fundirse con el Arrañosin. El camino que sube, ancho y herboso en los primeros tramos, lo hace por un pasillo entre tojos y escobas. Las hayas enseguida ocultan torres y tejados de Roncesvalles. El trazado puede coincidir con el que llevaba la vía romana, pero a pesar de la angostura del espacio, no hay esa certeza, si bien la pendiente, moderada, se presta para un trazado de aquella envergadura, que habría de permitir el tránsito de una vertiente a la otra con ciertas facilidades. Hay un tramo en la subida, de escasos diez metros, que ronda la cota 1.000, que presenta la excepción por su fuerte pendiente, lo que hace pensar en si no fue ése uno de tantos impedimentos que se interpusieron en los caminos para frenar en su día a los ejércitos de la Convención Francesa. El corazón del barranco está a la vista, ámbito cerrado entre hayas viejas y jóvenes, que crean ese entorno intensamente húmedo, de sugestivos contraluces neblinosos a primeras horas del día, que tanto contraste ofrece con el de los atardeceres prematuros, de tonalidades monocromas que difuminan los objetos. En la hondura del barranco, donde la uve de las laderas parece perfecta, el piso, un espeso manto de musgo, se hace resbaladizo. El arroyo, muy encajado, discurre a saltos sobre desgastadas piedras, engrosándose aquí y allá con las aportaciones de las pequeñas regatas, que a fuerza de pasar y pasar van desenterrando las gruesas raíces de las hayas, que acaban entrecruzándose unas con otras, cual compartiendo ansias y vida. Es ese el arroyo que Madoz magnificó como "río de Roncesvalles". El camino deja a un lado una gruta en el talud rocoso; magnífico pliegue desventrado del macizo paleozoico en el que vuelven a asomar los esquistos ocreoxidados. Las aves ya revolotean de rama en rama, y en el rostro del ansioso caminante que sube al legendario puerto empieza a sentir el soplo del viento que envía con ímpetu el efecto de compresión del desfiladero de Valcarlos. El silencio del bosque se interrumpe por las copas de los árboles, que se agitan. Ya asoma el afilado tejado de la capilla de San Salvador, recortado contra el Pic Lauriñak, el primero de los montes que ilumina el sol del amanecer.

Acceder desde Roncesvalles a Ibañeta por la carretera de Francia tiene idéntico encanto, no en vano el recorrido se efectúa por la ladera del Guirizu, que encierra todo él resonancias carolingias. Enseguida, pasada la Casa Sabina, la carretera describe un cerrada curva que sitúa al caminante sobre los tejados de las casas, esa magnífica perspectiva de viviendas e iglesias envueltas en esa paz propia de los enclaves religiosos que se dejan invadir por el sol en medio del silencio. Al otro lado de la curva se ve una cancela de hierro y un camino que se pierde. Corresponde a una antigua vía jacobea comarcal que traía a Roncesvalles a peregrinos de los valles de Baztán y Baigorry. Carretera arriba, a tan sólo unos pasos, en la juntura con la ladera del Guirizu hay una fuente que vierte aguas heladoras en un diminuto aska de piedra, que preside la figura blanca y diminuta de una Virgen sedente. Es la fuente de Don Gregorio. Por las inmediaciones se dejan ver apenas entre la hojarasca algunos tramos casi irreconocibles de lo que debió de ser camino antiguo. ¿Acaso la vía romana? Nadie se atreve a asegurar nada. Un búnker, que semeja un siniestro panteón vacío con su negra entrada, impone a primera vista. Otro lindante con Ibañeta semeja en cambio una de aquellas bordas de piedra, y un tercero, en un extremo del collado, escruta el paso de los hombres a través de sus alargadas aspilleras, que parecen que esconden a alguien. La luz vuelve al entorno. Las últimas hayas del barranco, cual si se detuviesen por un extraño imperativo, no invaden el prado del raso de la cima, ligeramente vencido hacia la vertiente mediterránea. El arroyo del barranco sale con estrépito de una concavidad a ras de suelo, parece su nacedero, pero se trata de una mera canalización.

 

 
(1) Lacarra, José María. O.c. Pag. 63
 
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