Capítulo VI
 
Capítulo VIII
VII

La tarde lluviosa,
el cielo revuelto,
la tarde serena,
sin lluvias, sin vientos.

La falsa vía romana que
subía de Roncesvalles a
Lepoeder

"Yo, Sancho obispo, edifico la casa para hospedar
a los peregrinos en la cumbre del monte llamado Ronsasvals,
junto a la capilla del famoso rey de los francos".
-Sancho Larrosa, obispo de Pamplona, 1127-

 
               el anchuroso camino postrero del Sancti Spíritus arranca otro en dirección a una cancela de hierro, tras la cual se llega en unos pasos a una pasarela sobre el Arrañosin. Entre hayas y acebos, ese camino toma sentido E. Bifurcándose unos cientos de metros más adelante, un ramal avanza aledaño al pie del eje pirenaico por terrenos de un viejo paraje, Nabala, entre cerros y suaves hondonadas, hasta dar en el apartado barranco orbaicetarra de Itolaz.Genuino trazado romano Fue ésa, a juicio del etnólogo y montañero guipuzcoano Luis Pedro Peña Santiago (1933-1994), una vieja ruta maderera que iba de los bosques de la selva de Irati al Cantábrico. El otro ramal, en cambio, se interna por el bosque hacia el N., y cuesta arriba por la ladera oriental del monte Donsimon sale al alto puerto de Lepoeder. Ancho y muy deteriorado al comienzo, bien señalizado con flechas amarillas y franjas rojiblancas indicativas de sendero granrecorrido (G.R.), va estrechándose conforme gana altitud, hasta desdibujarse bajo la hojarasca del hayedo, y sólo en los últimos 300 metros, cuando la pendiente es máxima, ya muy cerca de Lepoeder, vuelve a verse ancho, firme y bien marcado, alfombrado de blanco esos días en que amanece cubierto por la nieve inmaculada. ¿Qué tiene de especial ese camino? Por de pronto, que deslumbrase al insigne investigador gallego Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) en los días que acudió a Roncesvalles en pos del halo de la "Canción de Roldán", muy especialmente cuando alcanzó a asomarse a Lepoeder, incomparable atalaya desde la que admirar uno de los mejores paisajes de Navarra, cuya visión se extiende por montes y sierras hasta más allá de Pamplona. Acuciado por hallar el menor atisbo del espíritu de un Roldán muerto en circunstancias tan dramáticas, afanado en extremo por amoldar las impresiones extraídas de lecturas y estudios de relatos medievales a la realidad circundante, en todo momento legendarizada, no es extraño que don Ramón concibiese -erróneamente- en el alto puerto por el que doblaba la vía romana el lugar idóneo en el que el rey Carlomagno hincó la cruz que se le atribuye, la "Crux Caroli", y el lugar en el que Roldán partió la roca con la espada "Durandal". El autor de "La España del Cid" no se detuvo en la alteración de escenarios, por lo que no vaciló, a la vista de la magnífica perspectiva que desde el puerto se capta del camino del Donsimón, que la vía romana que llegaba a Roncesvalles subía a Lepoeder por esa parte del monte, en vez de hacerlo por el itinerario milenario del collado de Ibañeta. Por lo mismo, tampoco vaciló a la hora de determinar que el escenario de la emboscada de los vascones tuvo lugar en dicho monte: "Lo más probable es que el desastre del 778 ocurriese, no en el camino que va de las estribaciones de Astobizcar al puerto de Ibañeta, sino en la calzada que va de la falda de Astobizcar al lado oriental de Don Simón" (1). No hay que descartar, sin embargo, que el camino por Donsimon fuese en un principio vía romana, que sus constructores descartarían inmediatamente, percatándose del peligro que entrañaba la fuerte pendiente para el tránsito de carros. No hay que descartar tampoco que el trecho más alto del camino ni siquiera existiese en tiempo de los romanos y que correspondiese en realidad a las obras llevadas a cabo para el paso de los pesados cañones del Duque de Alba a St-Jean-Pied-de-Port, en las campañas conquistadoras de 1512. Luis Correa, el cronista de aquella expedición, refirió los ímprobos esfuerzos de los azadoneros por allanar el terreno de un monte de Roncesvalles, tan empinado que "casi enhiestos caminaban", pues ni "añadidas azémilas a cada tiro podían tirar" por el "gran embargo de lodos venidas las aguas", acaso lluvias torrenciales que corrían por la ladera del Donsimon.

Camino de Lepoeder por DonsimonLas elucubraciones de Don Ramón hicieron mella en José María Lacarra, muy dubitativo con respecto a los escenarios de la rota carolingia, sin duda por desconocimiento de montes y barrancos: "La subida (de Carlomagno) desde la llanada de Burguete pudo hacerse por dos vías. Las dos de origen romano se juntaban, como ha señalado Menéndez Pidal, en el collado de Lepoeder". Recientemente, a raíz del auge de los Xacobeos, desde otros sectores con mucha menos autoridad intelectual, afanados por localizar caminos antiguos a cualquier precio, no titubearon en dar el trazado del Donsimon como jacobeo, y como tal lo han señalizado, desdoblando de esa manera el descenso a Roncesvalles. Nadie discute que es empeño encomiable esforzarse en todo momento por descubrir caminos genuinos, ya sean romanos, trashumantes, militares, y de especial manera el de Santiago, perdido en su mayor parte en Europa y en la península ibérica, incluido el propio trazado, pero no es admisible cuando lo que se pretende es dar como verdadero cualquier camino con visos de viejo, lo que se traduce en que haya censadas más vías romanas que las construidas entre los siglos I y III. No son pocos los casos en que ciertos caminos rurales que unían valles y que fueron empedrados con losas en el siglo XVIII se tomaron sin más como romanos. He ahí los casos del que unía las dos Basaburúas por el pueblo de Elzaburu, el que iba de Guesálaz a Puente la Reina o el de la Venta de Zumbel a Bacaicoa. Y cuando no eran rurales, eran calzadas militares abiertas o remodeladas en las guerras de la Convención Francesa y Carlista, principalmente por los Pirineos, donde estaban ubicados los puestos defensivos más avanzados.

La fiebre por los caminos viejos, los bidezar que figuran en algunos mapas locales, se acrecentó en los últimos años con el auge de las peregrinaciones a Santiago y los intentos por prestigiar la trastabillada ruta, dotándola de autenticidad y exotismo, de caminos tendidos por paisajes de gran belleza y por tupidos bosques, tratando siempre de evitar las carreteras y los entornos fabriles. Estos propósitos no son nuevos, porque alterada fue ya la ruta milenaria en tiempos de Sancho el Mayor, que la apartó de su trazado primigenio de Pamplona por el valle de Araquil y tierras alavesas para llevarla por el puerto de El Perdón a las inmediaciones de Estella, por Zarapuz, que a su vez otro rey, Sancho Ramírez, desvió desde ese paraje. Que haya que admitir que el mejor camino de Europa, el Camino de Santiago, tenga que ser casi en su mayor parte de asfalto o tenga que pasar por polvorientos e intrascendentes caminos entre trigales de la concentración parcelaria, no es del agrado de nadie, pero es la realidad que hay que asumir como consecuencia última del abandono y la incultura multisecular que todavía no se ha detenido, puesto que ni siquiera en espacio tan reducido como Roncesvalles se permite establecer con certeza los genuinos trazados, y el angosto como intrincado Valcarlos es la prueba contundente.

Llegada a Lepoeder

 

 
(1 y 2) Lacarra, José María. Investigaciones de historia navarra. Pamplona, 1983. Pag. 64.
 
Capítulo VI
 
Capítulo VIII
 
 
Copyright© 2002
Todos los derechos reservados.