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VII
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La tarde lluviosa, |
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La falsa vía romana que "Yo, Sancho obispo, edifico la casa para hospedar |
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Fue ésa, a juicio del etnólogo y montañero guipuzcoano
Luis Pedro Peña Santiago (1933-1994), una vieja ruta maderera que
iba de los bosques de la selva de Irati al Cantábrico. El otro ramal,
en cambio, se interna por el bosque hacia el N., y cuesta arriba por la
ladera oriental del monte Donsimon sale al alto puerto de Lepoeder. Ancho
y muy deteriorado al comienzo, bien señalizado con flechas amarillas
y franjas rojiblancas indicativas de sendero granrecorrido (G.R.), va estrechándose
conforme gana altitud, hasta desdibujarse bajo la hojarasca del hayedo,
y sólo en los últimos 300 metros, cuando la pendiente es máxima,
ya muy cerca de Lepoeder, vuelve a verse ancho, firme y bien marcado, alfombrado
de blanco esos días en que amanece cubierto por la nieve inmaculada.
¿Qué tiene de especial ese camino? Por de pronto, que deslumbrase
al insigne investigador gallego Ramón Menéndez Pidal (1869-1968)
en los días que acudió a Roncesvalles en pos del halo de la
"Canción de Roldán", muy especialmente cuando alcanzó
a asomarse a Lepoeder, incomparable atalaya desde la que admirar uno de
los mejores paisajes de Navarra, cuya visión se extiende por montes
y sierras hasta más allá de Pamplona. Acuciado por hallar
el menor atisbo del espíritu de un Roldán muerto en circunstancias
tan dramáticas, afanado en extremo por amoldar las impresiones extraídas
de lecturas y estudios de relatos medievales a la realidad circundante,
en todo momento legendarizada, no es extraño que don Ramón
concibiese -erróneamente- en el alto puerto por el que doblaba la
vía romana el lugar idóneo en el que el rey Carlomagno hincó
la cruz que se le atribuye, la "Crux Caroli", y el lugar en el
que Roldán partió la roca con la espada "Durandal".
El autor de "La España del Cid" no se detuvo en la alteración
de escenarios, por lo que no vaciló, a la vista de la magnífica
perspectiva que desde el puerto se capta del camino del Donsimón,
que la vía romana que llegaba a Roncesvalles subía a Lepoeder
por esa parte del monte, en vez de hacerlo por el itinerario milenario del
collado de Ibañeta. Por lo mismo, tampoco vaciló a la hora
de determinar que el escenario de la emboscada de los vascones tuvo lugar
en dicho monte: "Lo más probable es que el desastre del 778
ocurriese, no en el camino que va de las estribaciones de Astobizcar al
puerto de Ibañeta, sino en la calzada que va de la falda de Astobizcar
al lado oriental de Don Simón" (1). No hay que descartar, sin
embargo, que el camino por Donsimon fuese en un principio vía romana,
que sus constructores descartarían inmediatamente, percatándose
del peligro que entrañaba la fuerte pendiente para el tránsito
de carros. No hay que descartar tampoco que el trecho más alto del
camino ni siquiera existiese en tiempo de los romanos y que correspondiese
en realidad a las obras llevadas a cabo para el paso de los pesados cañones
del Duque de Alba a St-Jean-Pied-de-Port, en las campañas conquistadoras
de 1512. Luis Correa, el cronista de aquella expedición, refirió
los ímprobos esfuerzos de los azadoneros por allanar el terreno de
un monte de Roncesvalles, tan empinado que "casi enhiestos caminaban",
pues ni "añadidas azémilas a cada tiro podían
tirar" por el "gran embargo de lodos venidas las aguas",
acaso lluvias torrenciales que corrían por la ladera del Donsimon.
La fiebre por los caminos viejos, los bidezar que figuran en algunos mapas locales, se acrecentó en los últimos años con el auge de las peregrinaciones a Santiago y los intentos por prestigiar la trastabillada ruta, dotándola de autenticidad y exotismo, de caminos tendidos por paisajes de gran belleza y por tupidos bosques, tratando siempre de evitar las carreteras y los entornos fabriles. Estos propósitos no son nuevos, porque alterada fue ya la ruta milenaria en tiempos de Sancho el Mayor, que la apartó de su trazado primigenio de Pamplona por el valle de Araquil y tierras alavesas para llevarla por el puerto de El Perdón a las inmediaciones de Estella, por Zarapuz, que a su vez otro rey, Sancho Ramírez, desvió desde ese paraje. Que haya que admitir que el mejor camino de Europa, el Camino de Santiago, tenga que ser casi en su mayor parte de asfalto o tenga que pasar por polvorientos e intrascendentes caminos entre trigales de la concentración parcelaria, no es del agrado de nadie, pero es la realidad que hay que asumir como consecuencia última del abandono y la incultura multisecular que todavía no se ha detenido, puesto que ni siquiera en espacio tan reducido como Roncesvalles se permite establecer con certeza los genuinos trazados, y el angosto como intrincado Valcarlos es la prueba contundente.
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| (1 y 2) Lacarra, José María. Investigaciones de historia navarra. Pamplona, 1983. Pag. 64. | ||
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