oncesvalles,
el enclave monumental, se halla situado en la desembocadura de un recoleto
vallecito enmarcado entre corpulentas hayas; un entrante de algo más
de un kilómetro por el que discurre un modesto arroyo que a buen
seguro tuvo que cobrar especial relevancia en los acontecimientos de la
rota carolingia. Arrañosin se llama, y se forma con "arrain",
pez, y "osin", pozo, topónimo que en vascuence arcaico
y misterioso, como solía repetir Julio Caro Baroja, podía
equivaler a "remanso de peces", modo un tanto poético con
que aludir a algún afamado coto truchero. También la misma
raíz y significado corresponde al primer pueblecito francés
al cabo de Valcarlos, Arnéguy. "Arrain", por lo demás,
es el sexto de los primeros vocablos que se conocen en vasco, que constató
Aymeric Picaud en su guía de peregrinos, y en cuanto a "osin"
cobra relevancia en el ámbito de la mitología popular que
recogió Barandiarán en tanto que alude a "pozos, remansos
de ríos, balsas, lagunas o lagos, de los cuales se dice que no tienen
fondo y que tiran hacia abajo a cuanto se introduce en sus aguas" (1),
porque también en Roncesvalles se dejó sentir la influencia
de lo arcano y misterioso.
El vallecito de Arrañosin, ignorado por guías y folletos
jacobeos, es vía de acceso al collado de Ibañeta, lo que
representa la única ineludible para pueblos y ejércitos
invasores desde la prehistoria, tanto de entrada como de salida. Solamente
los pasos por el Perthus en Gerona y Somport en Huesca pueden compararse
a un mismo nivel. Histórica fue la entrada por Roncesvalles de
los celtas en el 650 a.d.C., que introdujeron la cultura del hierro en
suelo peninsular y el afincamiento de muchos pueblos. Desde otra perspectiva
fue igualmente trascendente la entrada de los pueblos bárbaros
en el 409, los temibles vándalos, alanos y suevos, que sembraron
desolación y destrucción por toda la península, estableciéndose
estos últimos entre Zamora y Galicia, hasta su aniquilamiento por
los godos, otro de los pueblos invasores artífices de una nueva
cultura peninsular hasta la invasión musulmana. Primero lo hicieron
violentamente en el 468 al mando del rey Eurico, que atacó Pamplona
y Zaragoza, desplazándose en sus correrías hasta Tarragona.
Años después, en dos ocasiones, en el 490 y el 530, también
por Roncesvalles, volvieron a pasar, pero esta vez pacíficamente
y en varios cientos de miles, empujados por los francos, instalándose
finalmente por la cuenca del Duero.

Notorias fueron también las salidas por el vallecito de Arrañosin.
Las más tempranas en el tiempo fueron las del emperador Augusto
en el año 24 a.d.C., que enfermo del hígado iba camino de
una estación termal que algunos identifican en la ciudad de Dax,
y la de un joven romano pamplonés supuestamente a finales del siglo
III, San Fermín, martirizado y muerto en Amiens. Trascendental
fue en el 732 la partida por Roncesvalles del emir de Al-Ándalus,
Al-Gafiqi en el 732, acompañado de una poderosa fuerza que aplastaron
en Poitiers Carlos Martel y el duque Eudes; en el 778, la de Carlomagno,
cuya retaguardia cayó aniquilada en Valcarlos; en el 812, la de
su hijo el emperador Ludovico Pío, que a punto estuvo de caer en
la misma trampa, y en el 824, la de los condes Eblo y Aznar, masacrados
por vascones y musulmanes del Ebro también en Valcarlos. Más
adelante en el tiempo, en 1512, hay que destacar la marcha camino del
exilio de los reyes Juan de Albret y Catalina de Navarra, desalojados
del trono para siempre por el Duque de Alba, que aquel mismo año
cruzó Roncesvalles y Lepoeder para conquistar St-Jean-Pied-de-Port.
Arrañosin, por proximidad al puerto axial y por hallarse al abrigo
de los montes Guirizu y Donsimon, debió de ser lugar preferente
en las prolongadas acampadas de aquellos pueblos y ejércitos, que
obvio es reconocer que se desplazaban con gran lentitud, en medio de indecibles
contratiempos y dificultades. Fácil es imaginar lo que debió
de suponer el parsimonioso paso de los miles de godos, que pudo extenderse
durante meses, sino algún año. Tampoco se moverían
con celeridad las tropas de Carlomagno, Roldán y los Pares de Francia
aquel mes de julio, aun habiendo partido de Pamplona acuciados por la
prisa de atajar la revuelta sajona en centroeuropa. Tres días asigna
Lacarra a la marcha hasta la llanada de Roncesvalles, y no hay que descartar
tampoco que, como los demás, permaneciesen apostados a pie de puerto
un tiempo, acaso semanas, antes de dar el gran salto a tierras de Aquitania,
margen que a buen seguro aprovecharían los vascones para concentrarse
desde los más apartados lugares, o de lo contrario nunca hubiesen
podido atacarlos con la contundencia que demostraron, aun con la ayuda
de la agreste naturaleza valcarlina.

El vallecito de Arrañosin no es sólo camino, es también
cauce para el rumoroso arroyo que pasa serpenteante entre cantos rodados
a muy poco metros a espaldas del conjunto monumental. Cómo no prestarle
atención, cómo dudar que su insignificancia no se corresponde
con el peso legendario que hubo de tener en relación con lo acaecido
en la rota carolingia del 778. El arroyo, que en cualquier punto se cruza
de una zancada, estaba ya presente en el peregrino Picaud, que lo confunde
con el Arga, entonces Runa, cuyo nacedero establece en Roncesvalles: "Del
Port de Cize discurre con dirección a Pamplona un río saludable
que algunos denominan Runa". Ignoraba que el río nace a unos
veinte kilómetros al O., en el collado Urquiaga de los montes de
Quinto Real. Estaba el arroyo presente también en la propia canción
de gesta cuando constata que Roldán, poco antes de expirar, pide
un poco de agua que llevarse a la boca: "En Roncesvalles hay un curso
de agua". (En Rencesvals ad un ewe curant). ¿Era el Arrañosin
el lugar del verde prado? A orillas del agua, en su margen izquierda,
a la altura de la Cruz de los Peregrinos, hay un prado, verde y recoleto
como el que se menciona en la canción de gesta, cercado por alambre
de espino, más largo que ancho, de ahí su nombre Soroluzea.
En él acontece la muerte del héroe, que le sobrevino en
un "verde prado teñido de sangre bermeja". La "Crónica
de Turpín", en cambio, parece localizarlo en lugar encumbrado,
posiblemente en el collado de Ibañeta, donde hace morir al héroe
sin siquiera probar una gota de agua, porque ninguno de los que estaban
con él pudo hallarla en las inmediaciones.
  
Las
principales edificaciones de Roncesvalles se alinean con la margen izquierda
de la calle principal en sentido norte-sur, que coincide con el trazado
de la vía romana, posteriormente camino jacobeo. Sus portadas miran
a occidente, hacia la puesta de sol, y por esta razón y porque
apenas gozaban de espacio para alzarse, el lado postrero de las mismas
hubo de ganar terreno al Arrañosin. Un anchuroso camino avanza
paralelo al cauce del río, de espaldas a los monumentos. Es moderno,
sin duda, pero merece ser andado desde La Posada, aunque la solemnidad
del lugar hace imprescindible acceder a él por el estrecho pasillo
de losas de verde pátina, rebosante de austeridad, que separa la
iglesia de Santiago de la del Sancti Spíritus. Pocos metros adelante
pasa ante la esbelta capilla de San Agustín en la que descansa
el rey Sancho que, adelantada unos metros, rompe la alineación
con las demás fábricas. Le sigue el magnífico ábside
de cinco largos ventanales de la Colegiata, cuyo altar mayor se sostiene
sobre una cripta, obra forzada por imposibilidad de ampliar el recinto
por la fachada, que cortaría el paso de la vieja vía romana
y jacobea. Contiguo se halla el albergue de los peregrinos, fábrica
reciente del siglo XIX, por cuyos ventanales resuenan en verano las voces
alegres de los huéspedes más jóvenes. El camino inicia
una suave cuesta arriba por un llamativo piso empedrado, que podría
hacer pensar en un tramo genuino de calzada romana, pero es obra moderna
reservada a los destrozones carros de los arrieros, que tenían
prohibido cruzar por el centro de Roncesvalles. Las últimas casas
adosadas al monte Guirizu se quedan atrás. Una cancela de hierro,
con marcas amarillas pintadas, que indican el itinerario jacobeo hasta
más allá de París, permite el acceso a Arrañosin,
que en su arranque parecen guardar unos perros que ladran desaforadamente
a los peregrinos cargados con pesadas mochilas a sus espaldas. Todo en
derredor es bosque de hayas escalonadas por las laderas. Hacia lo alto
del Guirizu se oyen los motores de los camiones que se esfuerzan por apurar
la pendiente del puerto. El camino, llano, serpenteante, de tierra y blanquecino,
va alejándose de Roncesvalles, que ya sólo deja ver sus
afilados tejados de cinc. Al otro lado del arroyo sestea plácidamente
el ganado vacuno, indiferente a los caminantes. Un solitario acebo de
hojas brillantes parece haber arrimado a un abultado montículo
de hierba y gruesa capa de musgo, que semeja un túmulo neolítico,
pero se trata de un búnker militar de hormigón, uno de los
más de 50 desplegados en el siglo pasado, que formaron parte del
cinturón defensivo desde Burguete hasta más allá
del Astobizcar, últimos testimonios mudos que quedan de los peligros
que de siempre se han presentido del otro lado del Pirineo, y que hoy
la naturaleza, sabia y comprensiva, en su esforzado afán por armonizar
el entorno, optó por integrarlos; y en justicia, el caminante que
se los encuentra en cualquier parte no debiera considerarlos como obras
absurdas, hostiles o desmerecedoras del paisaje, porque a su modo representan
también a Roncesvalles.

A mano izquierda arranca el histórico barranco de Ibañeta,
que ofrece a los ojos del caminante la ocasión de asistir a un
encuentro tan insólito como preciso: la confluencia a ras de suelo
del Pirineo axial con la península ibérica, representada
en ese punto por la amesetada llanada de Roncesvalles, y que una roca
que apenas aflora en el suelo, pintada con la tradicional flecha amarilla
del camino jacobeo, indica. Ese era el paraje al que salían todas
cuantas personas acababan de rebasar el Pirineo y en el que creían
que dejaban definitivamente las montañas hasta Galicia
Una
humeante fogata junto a un redil ovejero abandonado delata la presencia
de quien ha estado entretenido recogiendo leña, pues se ven pequeños
montones de ramas partidas con hacha. No hay nadie en derredor. Acaso
esa persona ha tomado uno de los senderos que se dirigen a alguna borda
oculta por el hayedo de la ladera. Unos pasos más adelante, en
terrenos no hollados por peregrinos, el arroyo es ya una regata que se
vadea de una zancada. Las hayas más jóvenes, estilizadas,
blanquecinas y enhiestas, que han podido medrar en los claros de luz junto
a helechos y juncos arremolinados a la vera de los cursos de agua, alternan
con las gruesas de retorcidos troncos descarnados, que cuando caen de
puro viejas desentierran raíces y piedras, creando a los ojos del
caminante fantasmagóricos zoomorfismos, patas y pezuñas
de animales mastodónticos, que se acentúan con las primeras
luces. Todo en derredor es bosque encantado, atlántico, sin apenas
evaporación solar. La paz y la soledad, el frío y la humedad,
el verde y el ocre, es lo que se reconoce. Una cantera abandonada, inmisericorde
tajo a la montaña, no puede pasar inadvertida, tratándose
de un espectacular como infrecuente afloramiento de esquistos del Devónico,
uno de los periodos del Paleozoico, esas rocas de tonos ocreoxidados,
sumamente frágiles, que se desprenden en láminas a la menor
presión intersticial, que representan las últimas reliquias
de un viejo macizo, el hercínico, exhumado por la orogenia alpina
cuando se formó el actual Pirineo. Son esas las rocas más
antiguas de Navarra, después de las cuarcitas silurianas del entorno
del monte Astobizcar, majestuoso desde la perspectiva de Arrañosin,
blanco en invierno y envuelto en nieblas en verano.
El vallecito se ha cerrado completamente por el barranco Otezulo, "agujero
de oteas", topónimo alusivo a las embastecidas árgomas.
Las regatas descienden buscando afanosas otras más caudalosas que
discurren por los terrenos más llanos. Las dos laderas del barranco
están tan cerca una de la otra que convergen en una angosta uve
que atraviesa el arroyo. No hay el menor vestigio de sendero. Porque la
oscuridad del hayedo es tan intensa, la evaporación solar es mínima
y todo rezuma humedad. La ladera subvertical del Astobizcar impide continuar
caminando. Una estrepitosa cascada cae desde lo alto dejando al descubierto
gruesas raíces. Cuánto de numinoso tiene descubrir el origen
de los ríos, viejo mito en vano. En ese paraje, algunos eruditos
de peso, franceses y españoles, sembraron incertidumbre en los
de por sí confusos escenarios bélicos de Roncesvalles, habiendo
determinado que por esa ladera rodaron despeñados los miles de
francos sorprendidos por los vascones desde Astobizcar al paso por la
vía romana entre los puertos de Ibañeta, Igalepo y Lepoeder. |