Capítulo V
 
Capítulo VII
VI
Galeria
La arcaica piedra dormida
sobre una alfombra de besos,
hoy no vibra; vive sólo
de sus gloriosos ensueños.

El vallecito de Arrañosin,
vía de acceso al collado
de Ibañeta

"Como el templo se haya destinado
a recibir muertos, carnario es llamado".
-La Pretiosa, s. XIII-

 
               oncesvalles, el enclave monumental, se halla situado en la desembocadura de un recoleto vallecito enmarcado entre corpulentas hayas; un entrante de algo más de un kilómetro por el que discurre un modesto arroyo que a buen seguro tuvo que cobrar especial relevancia en los acontecimientos de la rota carolingia. Arrañosin se llama, y se forma con "arrain", pez, y "osin", pozo, topónimo que en vascuence arcaico y misterioso, como solía repetir Julio Caro Baroja, podía equivaler a "remanso de peces", modo un tanto poético con que aludir a algún afamado coto truchero. También la misma raíz y significado corresponde al primer pueblecito francés al cabo de Valcarlos, Arnéguy. "Arrain", por lo demás, es el sexto de los primeros vocablos que se conocen en vasco, que constató Aymeric Picaud en su guía de peregrinos, y en cuanto a "osin" cobra relevancia en el ámbito de la mitología popular que recogió Barandiarán en tanto que alude a "pozos, remansos de ríos, balsas, lagunas o lagos, de los cuales se dice que no tienen fondo y que tiran hacia abajo a cuanto se introduce en sus aguas" (1), porque también en Roncesvalles se dejó sentir la influencia de lo arcano y misterioso.

El vallecito de Arrañosin, ignorado por guías y folletos jacobeos, es vía de acceso al collado de Ibañeta, lo que representa la única ineludible para pueblos y ejércitos invasores desde la prehistoria, tanto de entrada como de salida. Solamente los pasos por el Perthus en Gerona y Somport en Huesca pueden compararse a un mismo nivel. Histórica fue la entrada por Roncesvalles de los celtas en el 650 a.d.C., que introdujeron la cultura del hierro en suelo peninsular y el afincamiento de muchos pueblos. Desde otra perspectiva fue igualmente trascendente la entrada de los pueblos bárbaros en el 409, los temibles vándalos, alanos y suevos, que sembraron desolación y destrucción por toda la península, estableciéndose estos últimos entre Zamora y Galicia, hasta su aniquilamiento por los godos, otro de los pueblos invasores artífices de una nueva cultura peninsular hasta la invasión musulmana. Primero lo hicieron violentamente en el 468 al mando del rey Eurico, que atacó Pamplona y Zaragoza, desplazándose en sus correrías hasta Tarragona. Años después, en dos ocasiones, en el 490 y el 530, también por Roncesvalles, volvieron a pasar, pero esta vez pacíficamente y en varios cientos de miles, empujados por los francos, instalándose finalmente por la cuenca del Duero.

Arroyo Arrañosin

Notorias fueron también las salidas por el vallecito de Arrañosin. Las más tempranas en el tiempo fueron las del emperador Augusto en el año 24 a.d.C., que enfermo del hígado iba camino de una estación termal que algunos identifican en la ciudad de Dax, y la de un joven romano pamplonés supuestamente a finales del siglo III, San Fermín, martirizado y muerto en Amiens. Trascendental fue en el 732 la partida por Roncesvalles del emir de Al-Ándalus, Al-Gafiqi en el 732, acompañado de una poderosa fuerza que aplastaron en Poitiers Carlos Martel y el duque Eudes; en el 778, la de Carlomagno, cuya retaguardia cayó aniquilada en Valcarlos; en el 812, la de su hijo el emperador Ludovico Pío, que a punto estuvo de caer en la misma trampa, y en el 824, la de los condes Eblo y Aznar, masacrados por vascones y musulmanes del Ebro también en Valcarlos. Más adelante en el tiempo, en 1512, hay que destacar la marcha camino del exilio de los reyes Juan de Albret y Catalina de Navarra, desalojados del trono para siempre por el Duque de Alba, que aquel mismo año cruzó Roncesvalles y Lepoeder para conquistar St-Jean-Pied-de-Port.

Arrañosin, por proximidad al puerto axial y por hallarse al abrigo de los montes Guirizu y Donsimon, debió de ser lugar preferente en las prolongadas acampadas de aquellos pueblos y ejércitos, que obvio es reconocer que se desplazaban con gran lentitud, en medio de indecibles contratiempos y dificultades. Fácil es imaginar lo que debió de suponer el parsimonioso paso de los miles de godos, que pudo extenderse durante meses, sino algún año. Tampoco se moverían con celeridad las tropas de Carlomagno, Roldán y los Pares de Francia aquel mes de julio, aun habiendo partido de Pamplona acuciados por la prisa de atajar la revuelta sajona en centroeuropa. Tres días asigna Lacarra a la marcha hasta la llanada de Roncesvalles, y no hay que descartar tampoco que, como los demás, permaneciesen apostados a pie de puerto un tiempo, acaso semanas, antes de dar el gran salto a tierras de Aquitania, margen que a buen seguro aprovecharían los vascones para concentrarse desde los más apartados lugares, o de lo contrario nunca hubiesen podido atacarlos con la contundencia que demostraron, aun con la ayuda de la agreste naturaleza valcarlina.

Casas de Roncesvalles

El vallecito de Arrañosin no es sólo camino, es también cauce para el rumoroso arroyo que pasa serpenteante entre cantos rodados a muy poco metros a espaldas del conjunto monumental. Cómo no prestarle atención, cómo dudar que su insignificancia no se corresponde con el peso legendario que hubo de tener en relación con lo acaecido en la rota carolingia del 778. El arroyo, que en cualquier punto se cruza de una zancada, estaba ya presente en el peregrino Picaud, que lo confunde con el Arga, entonces Runa, cuyo nacedero establece en Roncesvalles: "Del Port de Cize discurre con dirección a Pamplona un río saludable que algunos denominan Runa". Ignoraba que el río nace a unos veinte kilómetros al O., en el collado Urquiaga de los montes de Quinto Real. Estaba el arroyo presente también en la propia canción de gesta cuando constata que Roldán, poco antes de expirar, pide un poco de agua que llevarse a la boca: "En Roncesvalles hay un curso de agua". (En Rencesvals ad un ewe curant). ¿Era el Arrañosin el lugar del verde prado? A orillas del agua, en su margen izquierda, a la altura de la Cruz de los Peregrinos, hay un prado, verde y recoleto como el que se menciona en la canción de gesta, cercado por alambre de espino, más largo que ancho, de ahí su nombre Soroluzea. En él acontece la muerte del héroe, que le sobrevino en un "verde prado teñido de sangre bermeja". La "Crónica de Turpín", en cambio, parece localizarlo en lugar encumbrado, posiblemente en el collado de Ibañeta, donde hace morir al héroe sin siquiera probar una gota de agua, porque ninguno de los que estaban con él pudo hallarla en las inmediaciones.

               Las principales edificaciones de Roncesvalles se alinean con la margen izquierda de la calle principal en sentido norte-sur, que coincide con el trazado de la vía romana, posteriormente camino jacobeo. Sus portadas miran a occidente, hacia la puesta de sol, y por esta razón y porque apenas gozaban de espacio para alzarse, el lado postrero de las mismas hubo de ganar terreno al Arrañosin. Un anchuroso camino avanza paralelo al cauce del río, de espaldas a los monumentos. Es moderno, sin duda, pero merece ser andado desde La Posada, aunque la solemnidad del lugar hace imprescindible acceder a él por el estrecho pasillo de losas de verde pátina, rebosante de austeridad, que separa la iglesia de Santiago de la del Sancti Spíritus. Pocos metros adelante pasa ante la esbelta capilla de San Agustín en la que descansa el rey Sancho que, adelantada unos metros, rompe la alineación con las demás fábricas. Le sigue el magnífico ábside de cinco largos ventanales de la Colegiata, cuyo altar mayor se sostiene sobre una cripta, obra forzada por imposibilidad de ampliar el recinto por la fachada, que cortaría el paso de la vieja vía romana y jacobea. Contiguo se halla el albergue de los peregrinos, fábrica reciente del siglo XIX, por cuyos ventanales resuenan en verano las voces alegres de los huéspedes más jóvenes. El camino inicia una suave cuesta arriba por un llamativo piso empedrado, que podría hacer pensar en un tramo genuino de calzada romana, pero es obra moderna reservada a los destrozones carros de los arrieros, que tenían prohibido cruzar por el centro de Roncesvalles. Las últimas casas adosadas al monte Guirizu se quedan atrás. Una cancela de hierro, con marcas amarillas pintadas, que indican el itinerario jacobeo hasta más allá de París, permite el acceso a Arrañosin, que en su arranque parecen guardar unos perros que ladran desaforadamente a los peregrinos cargados con pesadas mochilas a sus espaldas. Todo en derredor es bosque de hayas escalonadas por las laderas. Hacia lo alto del Guirizu se oyen los motores de los camiones que se esfuerzan por apurar la pendiente del puerto. El camino, llano, serpenteante, de tierra y blanquecino, va alejándose de Roncesvalles, que ya sólo deja ver sus afilados tejados de cinc. Al otro lado del arroyo sestea plácidamente el ganado vacuno, indiferente a los caminantes. Un solitario acebo de hojas brillantes parece haber arrimado a un abultado montículo de hierba y gruesa capa de musgo, que semeja un túmulo neolítico, pero se trata de un búnker militar de hormigón, uno de los más de 50 desplegados en el siglo pasado, que formaron parte del cinturón defensivo desde Burguete hasta más allá del Astobizcar, últimos testimonios mudos que quedan de los peligros que de siempre se han presentido del otro lado del Pirineo, y que hoy la naturaleza, sabia y comprensiva, en su esforzado afán por armonizar el entorno, optó por integrarlos; y en justicia, el caminante que se los encuentra en cualquier parte no debiera considerarlos como obras absurdas, hostiles o desmerecedoras del paisaje, porque a su modo representan también a Roncesvalles.

Pradera Soroluzea

A mano izquierda arranca el histórico barranco de Ibañeta, que ofrece a los ojos del caminante la ocasión de asistir a un encuentro tan insólito como preciso: la confluencia a ras de suelo del Pirineo axial con la península ibérica, representada en ese punto por la amesetada llanada de Roncesvalles, y que una roca que apenas aflora en el suelo, pintada con la tradicional flecha amarilla del camino jacobeo, indica. Ese era el paraje al que salían todas cuantas personas acababan de rebasar el Pirineo y en el que creían que dejaban definitivamente las montañas hasta Galicia… Una humeante fogata junto a un redil ovejero abandonado delata la presencia de quien ha estado entretenido recogiendo leña, pues se ven pequeños montones de ramas partidas con hacha. No hay nadie en derredor. Acaso esa persona ha tomado uno de los senderos que se dirigen a alguna borda oculta por el hayedo de la ladera. Unos pasos más adelante, en terrenos no hollados por peregrinos, el arroyo es ya una regata que se vadea de una zancada. Las hayas más jóvenes, estilizadas, blanquecinas y enhiestas, que han podido medrar en los claros de luz junto a helechos y juncos arremolinados a la vera de los cursos de agua, alternan con las gruesas de retorcidos troncos descarnados, que cuando caen de puro viejas desentierran raíces y piedras, creando a los ojos del caminante fantasmagóricos zoomorfismos, patas y pezuñas de animales mastodónticos, que se acentúan con las primeras luces. Todo en derredor es bosque encantado, atlántico, sin apenas evaporación solar. La paz y la soledad, el frío y la humedad, el verde y el ocre, es lo que se reconoce. Una cantera abandonada, inmisericorde tajo a la montaña, no puede pasar inadvertida, tratándose de un espectacular como infrecuente afloramiento de esquistos del Devónico, uno de los periodos del Paleozoico, esas rocas de tonos ocreoxidados, sumamente frágiles, que se desprenden en láminas a la menor presión intersticial, que representan las últimas reliquias de un viejo macizo, el hercínico, exhumado por la orogenia alpina cuando se formó el actual Pirineo. Son esas las rocas más antiguas de Navarra, después de las cuarcitas silurianas del entorno del monte Astobizcar, majestuoso desde la perspectiva de Arrañosin, blanco en invierno y envuelto en nieblas en verano.

El vallecito se ha cerrado completamente por el barranco Otezulo, "agujero de oteas", topónimo alusivo a las embastecidas árgomas. Las regatas descienden buscando afanosas otras más caudalosas que discurren por los terrenos más llanos. Las dos laderas del barranco están tan cerca una de la otra que convergen en una angosta uve que atraviesa el arroyo. No hay el menor vestigio de sendero. Porque la oscuridad del hayedo es tan intensa, la evaporación solar es mínima y todo rezuma humedad. La ladera subvertical del Astobizcar impide continuar caminando. Una estrepitosa cascada cae desde lo alto dejando al descubierto gruesas raíces. Cuánto de numinoso tiene descubrir el origen de los ríos, viejo mito en vano. En ese paraje, algunos eruditos de peso, franceses y españoles, sembraron incertidumbre en los de por sí confusos escenarios bélicos de Roncesvalles, habiendo determinado que por esa ladera rodaron despeñados los miles de francos sorprendidos por los vascones desde Astobizcar al paso por la vía romana entre los puertos de Ibañeta, Igalepo y Lepoeder.

 

 
(1) Barandiarán, José Miguel. Diccionario de mitología vasca. San Sebastián, 1984. Pag. 164.
 
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