Capítulo IV
 
Capítulo VI
V
Galeria del Rey
 
Vidriera Sala Capitular

Sancho VII el Fuerte,
héroe de la batalla de
las Navas, descansa
en Roncesvalles

"Murió este rey en el año 1234.
Regnó 40 años é fue traido á sepultar á
la eglesia de Roncesvalles, la cual él fundó."
-Carlos, Príncipe de Viana, s. XV-

 

               oncesvalles hizo sentir su atracción entre los reyes de Navarra. Algunos mostraron un interés especial, derivado tal vez de la estela que dejó en el reino el descalabro de la retaguardia carolingia del 778, exacerbado por crónicas y cantares de gesta, que a buen seguro conocían. Pero como no admitir que aquellos hechos se cruzaron con la presencia de los peregrinos jacobeos que empezaban a entrar por los pasos de Roncesvalles en el siglo X y que habrían de contribuir a la clausura de un mundo sórdido y de espíritus abatidos por las acometidas musulmanas por las cuencas del Duero y Ebro. Las peregrinaciones trajeron cultura, monasterios y prosperidad para los pueblos de la ruta y para las arcas públicas con el cobro de derechos de paso. Roncesvalles no fue una excepción a los ojos de los monarcas. El primero en ocuparse del lugar fue Sancho el de Peñalén, tristemente conocido por el Despeñado, que levantó un modesto recinto de acogida en el collado de Ibañeta, donde más hacía falta. Le siguió Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y de Navarra, con la ayuda del obispo de Pamplona, Sancho Larrosa. Juntos inauguran en 1127 el primer hospital, también en Ibañeta, que al cabo de cinco años es trasladado al pie del puerto, probablemente debido a la dureza del clima y a las malas condiciones para desenvolver la vida de una comunidad de monjes. El Roncesvalles jacobeo universal acababa de nacer. Otro rey, García Ramírez el Restaurador, rey de una Navarra recién independizada de Aragón (s. XII), será quien dé otro notable impulso al hospital, ya conocido en Europa, pero cuyo esplendor no alcanzaría hasta el siglo XIII con su nieto Sancho VII el Fuerte.

Sancho descubrió los pasos pirenaicos siendo infante de Navarra, entre los años 1192 y 1194, en que ha de cruzar a tierras aquitanas para defender los dominios de su cuñado Ricardo I Corazón de León, rey en Inglaterra y Duque en Aquitania y Poitiers. Ricardo, al regreso de la Tercera Cruzada, no llegó a poner los pies en el sur de Francia al ser capturado y encerrado en un castillo centroeuropeo de su enemigo Leopoldo V de Austria. Las circunstancias llevaron a Sancho a defender las tierras norpirenaicas del acoso de algunos nobles ambiciosos que querían aprovecharse de la ausencia del rey inglés. Sancho se vio a la sazón combatiendo a las órdenes de Eleanor de Aquitania (1122-1204), que fue reina primero de Francia y luego de Inglaterra. Rogerio de Hoveden, destacado cronista inglés del siglo XII, dejó constancia de la presencia de los navarros en Aquitania: “Llegó el hijo del rey de Navarra con una ayuda de 800 soldados. Se apoderaron de muchos castillos cercanos a Tolosa.” La ocasión fue propicia para que Sancho demostrase su combatividad y arrojo, que sin duda habría de traducirse en experiencia militar que puso en práctica años después en la batalla de las Navas de Tolosa contra los almohades (1212). Sancho servía a Eleanor, la valerosa mujer que a la edad de 68, en pleno invierno de 1191, se desplaza de Burdeos a Pamplona por Roncesvalles, para llevarse consigo a la infanta Berenguela o Berengaria –hermana de Sancho-, con la que cruza los Alpes y toda Italia hasta embarcar en Sicilia y, tras muchas peripecias, conseguir que su hijo Richard I se casara con ella en plena cruzada de Jerusalén.

Sala Capitular
Sala Capitular

La historia iba a dar un vuelco inesperado para el navarro en 1194. Estando en Aquitania recibe la noticia del fallecimiento de su padre el rey. Aquel momento lo recogió otro cronista inglés del siglo XII, William of Newburgh: “Sancho entró en Aquitania con su ejército y devastó el territorio, pero cuando tuvo noticia de la muerte de su padre, regresó para hacerse con la sucesión del reino.” Su residencia la fijó en Tudela, donde seguramente nació. De Sancho había escrito el gran arzobispo de Toledo, el navarro Rodrigo Ximénez de Rada, promotor espiritual de las Navas: “Era robusto en fuerza, valiente con las armas y obstinado en su propia voluntad”. Sancho, el rey de elevada estatura, profesó profundo amor por Roncesvalles. Nadie lo puso en duda, aunque las razones distan de saberse, puesto que no parece que fuese personaje interesado en obtener beneficios del paso de los peregrinos, sino todo lo contrario. ¿Lo atrajo el legendarismo del lugar? Los hechos del 778 los conocía por las crónicas francesas, o tal vez por las más fantasiosas de León y Castilla. Su cuñado Ricardo se sabe que admiraba la gesta pirenaica de Roldán. También conocía lo acaecido el coetáneo de ambos, el arzobispo Ximénez de Rada, capaz de trazar el itinerario: “Avanzó Carlomagno por un valle que se llama Valcarlos, que es más llano, para que lo abrupto del Pirineo no fuera obstáculo para quienes subían hasta llegar a la cima del monte en una larga columna…” Las idas y venidas de Aquitania las hizo Sancho por el paso de Roncesvalles; la ruta no le ofrecía secretos. ¿Comprobó por sí mismo que el enclave estaba mal atendido y por ello determinó construir una iglesia gótica y ocuparse de la gente? Como saberlo, pero sí que es muy probable, por insólito que parezca, que no acudiese más en su vida al Pirineo después de las Navas, ni siquiera siete años después, en 1219, con motivo de la consagración de la iglesia de Santa María que él sufragó con su propio dinero. Las circunstancias se lo impedirían. Su castillo de Tudela quedaba a más de cien kilómetros y las ambiciones territoriales de los reyes de Castilla y de Aragón no cesaban. Sancho se vio obligado a reforzar las fronteras de Navarra con un costoso dispositivo y a ir adquiriendo tierras y pueblos en manos de ricoshombres y monasterios, al tiempo que fundar otros en lugares estratégicos como Viana. Ningún otro monarca podía permitirse nada semejante. El profesor e investigador medievalista Ángel Martín Duque indica que tras la batalla de las Navas, “inaugura Sancho una abundante serie de inversiones para la adquisición, mediante compraventa, de heredades muy diversas dentro y fuera del reino, como castillos, villas, casas, huertos, viñas y otras tierras...” Poco podía suponerle entonces adquirir terrenos deRoncesvalles en los que edificar una lujosa iglesia gótica y ocuparse de paso del sostenimiento delhospital de peregrinos.

No hay que descartar que el interés de Sancho por Roncesvalles tuviese que ver con una promesa a la Virgen Patrona, como siglos atrás hizo Sancho Garcés I con la de Irache cuando el asalto al castillo musulmán de Monjardín? Tal vez en prueba de agradecimiento por la victoria sobre los almohades, hasta el extremo de haber decidido ser enterrado en Roncesvalles, para lo cual habría ordenado esculpir su magnífica estatua yacente, considerada retrato genuino, y la construcción de un lujoso mausoleo para él y su esposa Clemencia, conjunto que habría de ser expuesto para siempre en medio de la iglesia de Santa María. Es lo que se repite, pero nada impide que tanto la sepultura como el enterramiento en Roncesvalles no dependiese de él, sino de su sobrino francés, que con el nombre de Teobaldo I reinó en Navarra a la muerte de Sancho, pese a no ser el elegido, sino Jaime I de Aragón. No hay razones en el nuevo monarca que nunca debió de verse con su tío el rey, y sin embargo se tiene constancia de que Teobaldo, llamado el Trovador, fue quien emprendió el accidentado traslado del cuerpo de Sancho de Tudela al Pirineo. Los hechos desde que acontece la muerte son sorprendentes. Fallece el 7 abril de 1234 en su castillo de Tudela, donde es embalsamado. Un mes después entra en Navarra por Roncesvalles, Teobaldo, hijo de Blanca y del conde Thibaut de Champagne y de Brie, que es ungido rey. El primer acto fue disponerlo todo para el traslado regio, pero no pudo ser. Las rivalidades entre diócesis y monasterios -probablemente motivadas por la cuantiosa herencia que dejaba el rey muerto-, enrarecieron la situación de tal manera que hubo de intervenir el obispo de Pamplona, Pedro Remírez de Piérola, para amenazar con excomulgar a quien intentara tocar los restos del rey, enterrado provisionalmente en la iglesia de San Nicolás de Tudela. Allí habría de permanecer 4 años mientras no concluyeron los litigios, lo que habría de suceder en 1238, año del fallecimiento del obispo, que es cuando el Papa Gregorio IX se atreve a levantar penas y castigos, ordenando además el traslado inmediato del rey Sancho a Roncesvalles, lo que procede a llevar a cabo el rey.

Tumba del rey
Tumba del rey

“Tradicionalmente se habla de la munificencia del Teobaldo I al construir el mausoleo de su tío”. Luis Campo, biógrafo de Sancho VII, da por hecho que el monumento no fue idea de él. El diccionario de la R.A.E. define la munificencia como “largueza, liberalidad del rey o de un magnate”. El sepulcro debió de ser de factura espléndida, “decorado con ángeles, religiosos, guerreros, escudos, relieves de batallas...” La tumba la remataba la estatua yacente, la gótica efigie de Sancho que Campo considerada su auténtico retrato. El conjunto se expuso aquel año mismo año 1238 en lugar preferente de Santa María de Roncesvalles, donde habría de permanecer casi 500 años, hasta 1622 en que se determina que porque había sufrido serios desperfectos, ya fuera por humedades, robos, invasiones e incendios, debía ser desechado, procediéndose entonces a la construcción de una nueva sepultura antes de que concluyera aquel año, la cual fue empotrada en un nicho arqueado de 2,50 metros de alto en un muro lateral. José María Lacarra anotó: “Hoy, este sepulcro, con las restauraciones que se llevaron a cabo en la iglesia, ha sido desmontado también.” Fue testigo del traslado de 1622 el subprior Juan de Huarte, que porque era persona cuidadosa con las cosas del lugar dejó las pertinentes anotaciones en un libro manuscrito titulado “Apología a favor del Cabildo de Roncesvalles”. Pero el libro, que no fue archivado entonces, terminó extraviándose, y como consecuencia nadie supo que había sido del sepulcro y de la estatua yacente, hasta el año 1890 en que el manuscrito es descubierto casualmente en una reordenación de la biblioteca de Roncesvalles. Se llevan a cabo las oportunas excavaciones en la iglesia y se descubre que el sepulcro del rey y de su esposa Clemencia no estaban, pero sí la estatua. “Las tres primeras horas de búsqueda fueron infructuosas y no se obtuvo ningún resultado cavando y levantando la tierra, hasta que al fin al toque de campana se difundió la noticia de su hallazgo” (Luis Campo).

A comienzos del año siguiente fue trasladada y dispuesta en la nueva tumba de San Agustín, pero la definitiva no vendría hasta 1912, el año en el que se conmemoraba el séptimo centenario de las Navas. Nunca pudo contar el rey con mejor lugar para descansar, la capilla de San Agustín, Sala Capitular hasta comienzos del siglo XVII, recinto gótico construido durante el mandato del prior Juan García Ibáñez de Viguria, entre 1330 y 1340, y restaurado por Fermín Ansoleaga en tiempos del prior Nicolás Polit (1887-1906), según la investigadora María Antonia del Burgo. Es de planta cuadrangular y bóveda de arcos estrellados situada a 25 metros de altura. La sala principal se comunica con otra pequeña enrejada a la que se accede subiendo cinco peldaños, en la que se guarda el sepulcro de García Ibáñez. El gran ventanal ojival del muro meridional lo ocupa la gran vidriera realizada en 1906 por el francés José Maumejean, que habría de sembrar con sus trabajos cientos de monumentos religiosos y civiles de España y que representa como es sabido escenas recreadas de la batalla de las Navas. A tan regia estancia se accede desde el claustro. Una bella puerta ojival permite la entrada. Sancho tiene las piernas cruzadas, los pies orientados al E. como en los dólmenes, la mano derecha sobre el corazón y la izquierda en la espada. El sol de mediodía ilumina la estatua con colores que rompen la luz plomiza que entra por la puerta. El rey parece profundamente dormido, cansado y con aspecto triste. Un peregrino ensimismado, recién llegado de Francia, lo contempla sentado en un banco de piedra...

Retrato real

Luis Campo indicaba con acierto que las estatuas yacentes de personajes históricos, reyes, grandes hombres y dignidades eclesiásticas, solían ser de proporciones mucho mayores que las que corresponden a los personajes que representan. Muchas eran puros alardes imaginativos de escultores y tallistas que poco o nada revelan de cómo era la fisonomía de los fallecidos, pero en otros casos no era así y correspondían a genuinas estatuas hechas a imagen y semejanza. La estatua de Sancho VII en Roncesvalles es un perfecto exponente, y en mayor medida porque el desmesurado tamaño de la escultura coincide además con la estatura del monarca en la vida real. Sus rasgos y constitución se ciñen a como era, un gigante del siglo XIII que alcanzaba los 2,22 metros, la medida exacta que ofrece. También su cuñado el rey Ricardo se aproximó a los dos metros, y los superó el rey de Aragón, Jaime I el Conquistador, ya a los 23 años de edad. Es histórico el encuentro entre Jaime y Sancho en 1231 en el castillo de Tudela, donde habría de decidirse la sucesión del reino que nunca se llevó a la práctica por decisión del pueblo navarro. La crónica de puño y letra del monarca aragonés muestra el asombro que le produjo comprobar por sí mismo la estatura del rey, aun con 70 años de edad, extremadamente grueso y ya muy enfermo: “Envionos mensaje para proponernos que celebrásemos con él alianza mutua. Resolvimos ir a avistarnos con él en Tudela. Hacía varios años que no había salido de aquel castillo. Tampoco se había dejado ver por ninguna parte. Llegados a Tudela hubimos de subir al castillo, porque él no podía bajar hasta la villa por ser tan extremadamente gordo que causaba admiración. El primer día que subimos a verlo nos acogió tan cortésmente. Nos abrazamos mutuamente y vimos que era de tan aventajada estatura como nos.”

El único estudio en profundidad que se hizo sobre el rey Sancho corrió a cargo del ilustre catedrático médico forense de Pamplona, Luis Campo Jesús (1912-1995), cuyas agudas observacionesfisiognomistas se recogen en el folleto 251 de la extensa colección “Temas de Cultura Popular”, editada hace años por la entonces Diputación de Navarra. La fisiognomía es el arte de juzgar a las personas por la apariencia del semblante y del aspecto físico, es decir, el estudio del carácter de una persona a través de su aspecto físico. Luis Campo afirmó: “Su talla gigantesca y la gordura desmesurada que presentó pueden orientar hacia una patología hipofisaria del monarca navarro. La tradición recoge, y sigue testificada por modernas investigaciones, que las dimensiones de la estatua sepulcral de Roncesvalles son reproducción fidedigna de las características corporales de Sancho. Se trata, pues, de una escultura funeraria en relieve, dispuesta en forma de efigie, que considero su auténtica figura que cifro en un valor máximo de 2,22 metros.” Tales deducciones partían de lo que había constatado en 1622 el subprior Huarte, que siendo testigo ocular de los restos del rey, dejó constancia de las medidas del fémur. “Tres xemes y dos dedos de largo”. El seme o jeme, según Campo, era una medida que equivalía a la distancia entre la extremidad del pulgar y el índice abierto de una misma mano, que con relación al sistema métrico decimal cifra exactamente en 13 centímetros y 9 milímetros, con lo cual el fémur mediría 62, 28 cms.La descripción anatómica de la figura pétrea del rey es insuperable por la agudeza de las observaciones. Júzguese sino: Los cabellos eran largos, espesos, lisos y ondulados, pero no rizados. Sancho llevaba melena con arreglo a la moda medieval en la que predominaba todavía el cabello heredado de los godos. La frente es proporcionada, amplia y despejada y no se observa en ella ningún pliegue o contractura. Es rígida e inexpresiva, y el músculo frontal que la modela está relajado. De los ojos dice que son grandes con el globo ocular prominente y que aparecen con la abertura palpebral sumamente amplia. “No considero que Sancho VII padeciera exoftalmos (ojos saltones) ni he de relacionar este detalle con ningún tipo de enfermedad especialmente endocrina.” Los párpados están abiertos al máximo, sin más, por lo que hay que considerarlos ojos grandes que traducen viveza espiritual y energía, corroborada por la dureza y uniformidad del borde de los párpados superiores y los diversos pliegues que se dibujan en los inferiores. La mirada se dirige hacia la lejanía. La nariz es postiza, perdida la genuina en alguno de los traslados, por lo que no se puede entresacar ningún rasgo revelador de la misma. “Lástima porque pocas partes de la cara son tan importantes para la fisiognóstica.”

Estatua  de Sancho
Estatua de Sancho

De las orejas anotó que son relativamente pequeñas, sin conformaciones anormales ni prominentes ni excesivamente pegadas al cráneo, aunque algo diminutas pero sin desentonar de la figura. Observa Campo que el rostro aparece perfectamente rasurado, lo que le parece anormal en aquel tiempo cuando todos los monarcas aparecían barbudos. Le llama la atención la recia complexión de los maxilares inferiores, cuya musculatura que los cubrees acusada. La hendidura bocal, relativamente pequeña, está cerrada. Los labios aparecen contraídos, apretados y proyectados y no aplicados contra los dientes. Del cuello observa algunos pliegues de relieve más graso que muscular, y del tórax, que es robusto y ancho y que guarda proporcionalidad con lo gigantesco de su figura. El abdomen, que es más abultado que su pecho. De las extremidadessuperiores e inferiores, que son proporcionales con el tronco y que traslucen relieves indicadores de su acusado desarrollo. Del codo derecho, que está flexionado y que forman un ángulo recto, brazo y antebrazo, postura que fuerza la caída del manto que le cubre los hombros. La izquierda no permite ver el codo y sólo una parte del antebrazo. Se pregunta por qué razón el escultor colocó las extremidades inferiores cruzadas, es decir, la izquierda sobre la derecha, aunque sospecha que para resaltar mejor la anatomía, no para ocultar defectos. De los pies anota 33 cms en sus plantas y que parecen iniciar un paso. Las manos, lo más relevante después del rostro, morfológicamente parecen finas por no apreciarse nudosidades ni musculatura desarrollada.Bellas porque sus dedos tienen forma cónica, adelgazándose desde las palmas hasta las falanges. Femeninas porque unen a su cualidad fina y bella, la gracilidad, la falta de relieve que acusan las manos trabajadoras. Dedos largos y manos con dedos separados y estirados que no revelan gesto hostil. La mano derecha descansa sobre el corazón, que interpreta como una muestra cordial de franqueza. La izquierda lo hace sobre la espada, gesto que supone que pudiera ser significativo de que buscase, consciente o inconscientemente, la espada. La espada tiene un longitud de 1,29 cms. La empuñadura es de 21 cms. La anchura de la hora es de 9 cms. en la parte superior y 7 en la inferior. Espada pesada de combate capaz de partir en dos a un hombre con armadura, concluye el análisis pormenorizado de Luis Campo. Todo un alarde.

 
Capítulo IV
 
Capítulo VI
 
 
Copyright© 2002
Todos los derechos reservados.