Capítulo III
 
Capítulo V
IV
Rechina en el camino
un carro campesino,
y la lejana y rural campana
nos brinda amorosa su voz vespertina.
 

Roncesvalles, ese lugar del Pirineo entre lo carolingio y jacobeo

"Es ésta una región de lengua bárbara,
poblada de bosques, montañosa, falta
de pan y vino y de todo género de alimentos,
salvo el consuelo de las manzanas, la sidra y la leche."
-Aymeric Picaud, 1140-

 

               ún no ha amanecido. Roncesvalles duerme. Sólo las farolas permanecen encendidas. Hay silencio y recogimiento. Ya empiezan a verse ventanas iluminadas. Las empinadas techumbres grises de latón se recortan brillantes. Ha llovido durante la noche, hace frío y una suave neblina desciende enredada entre las hayas. Los tonos plomizos del cielo y las piedras mojadas de las calles crean el marco apropiado para ese ámbito deseado y hallado. Roncesvalles se mece entre arrobadoras ensoñaciones de peregrinos que se ponen en camino. La trascendencia del lugar clama todavía por las impresiones románticas de algunos intelectuales que se interesaron por él, como Josep Bédier (1864-1938), capaz de ver “praderas, bosquecillos de hermosas hayas, aguas corrientes, en donde los viajeros experimentan el inesperado aspecto, ni grandioso ni salvaje, pero sí sonriente y apacible del paisaje”, o como Arturo Campión (1854-1937), descubridor “del verdor delicadísimo y vivísimo de las hierbas y los árboles, siempre embebidos en rocío.” Lejanos y distintos eran los ecos de la rota carolingia que plasmó el “Codex Calixtinus” en el siglo XII: “El llanto y los gritos de los que se lamentaban eran inmensos. Cada uno lloraba a su amigo. Con sus clamores llenaban todo el bosque y el valle”.

Roncesvalles es un diminuto lugar de Navarra adosado al Pirineo axial, cual si de ese modo hallase mayor protección ante las inclemencias que vienen de la parte de Francia. Cuenta con una población de 32 personas repartidas en 14 edificaciones, entre religiosas y particulares. Hace cinco siglos eran ochenta personas y a mediados del s. XIX, noventa que se distribuían en “34 casas que forman dos calles y una plaza” (Pascual Madoz). Roncesvalles, cabecera pirenaica de vertiente mediterránea, limita al N. con Valcarlos, al E. con Aézcoa y al S. y O. con Burguete. Las descripciones de antaño son esclarecedoras acerca de cómo era el lugar. “Está en lo más inaccesible y fragoso del Reyno; en una montaña estéril y desierta, adonde se lleva todo con grande costa y trabajo”, anotó en 1660 el canónigo hospitalero Martín Burges de Elizondo. “Se halla en el extremo norte de la igualísima llanura que corre por cuatro millas de poniente a oriente” (José de Moret) y “al pie del Pirineo a ¼ de leg. de su cima por el S., en la garganta misma y camino de Pamplona a San Juan Pie de Puerto, en medio de una pequeña llanura rodeada de cerros de alguna elevación” (Pascual Madoz).

El terreno de Roncesvalles es irregular, en cuesta, con vaguadas en donde apacientan los rebaños. Iglesias y casas aparecen unas junto a otras, creando cierta confusión a primera vista. Es preciso acudir al vallecito Arrañosin, a la subida del puerto o al antiguo paseo de los canónigos para ganar perspectiva. El clima predominante es el atlántico por proximidad a la microárea del Auza, la elevada montaña que separa los valles de Baztán y Baigorry, que cual grazalema gaditano alcanza índices pluviométricos sorprendentes por encima de los 2.200 m/m., situándose entre los más altos de Francia y de España. Las piedras de las edificaciones dejan ver la huella verdinegra de la humedad, esa pátina permanente que reviste los sillares de las iglesias de Santiago y del Sancti Spiritus, por cuyas juntas se esfuerzan en medrar yerbas y florecillas. También tienen importancia las influencias alpinas. Los 952 metros de altitud, equiparables a la de los rasos de la sierra de Urbasa, convierten a Roncesvalles en el segundo municipio de Navarra más elevado, después de Abáurrea Alta, en el cercano valle de Aézcoa. Las nevadas son copiosas. Una intensa nevada hace siglos habría de provocar el hundimiento del claustro adyacente a la iglesia de Santa María. En otras ocasiones impidieron el paso a pueblos, ejércitos y personajes de toda índole y pelaje. Clima riguroso, pues, mencionado en el poema latino anónimo “La Preciosa”, escrito en Roncesvalles entre 1199 y 1215: “Sobre los rigores del tiempo invernal, el hielo es perpetuo; las nieves igual, el cielo brumoso y el viento glacial. Tan solo es tranquila la casa hospital”. Cuatro siglos después, un emprendedor subprior agustino, Juan de Huarte, seguía lamentando fríos y humedades: “Con no haber más que un quarto de legua de Roncesvalles a la villa de Burguete, gozan en esta villa casi todo el verano de serenidad, y en Roncesvalles estamos debaxo de niebla por estar tan arrimado ad aquel monte.” No faltaron intentos por enmascarar en la dureza del clima los deseos de trasladar el enclave asistencial a otros lugares lejanos como Villava y Estella. “Es necesario que el hospital quede y permanezca en Roncesvalles en el mesmo sitio y asiento que ha estado hasta aquí”, había advertido Huarte. Nada se movió, y el Camino de Santiago pudo salvarse de una muerte que no habrían evitado ni las entusiastas recomendaciones de Aimeric Picaud. Los monumentos de Roncesvalles perduran casi todos; su historia también, aunque envuelta en una nebulosa de misterio...

La Cruz de los Peregrinos

La Cruz de los Peregrinos es la más fotografiada del Camino de Santiago. Se halla a las afueras de Roncesvalles, a un lado de la carretera de Burguete, enmarcada entre hayas corpulentas y casi siempre en penumbra. Fue conocida también por “cruz vieja” porque desde 1321 debió de señalizar el límite meridional de Roncesvalles. Donde hoy está se debe a un prior de la colegiata, Francisco Polit (1866-1887). Cruz de término que nada indica que haya que relacionarla con cruces carolingias o rolandianas, como reflejan algunas guías jacobeas, basándose en que en 1794 sufrió las iras de las tropas invasoras de la Convención Francesa por considerarla hito conmemorativo del descalabro de la retaguardia franca en el 778. “Hemos vengado una injuria de hace mucho tiempo a la nación francesa”, habían constatado en un informe. Pocos años antes, en 1748, la encontró entera el peregrino bearnés Jean Bonnecaze de Pardies, que impresionado por el halo que caracteriza el entorno de Roncesvalles, se aprestó a rezar “una oración por los cristianos muertos en lugar tan memorable”. El monumento lo constituye una cruz florenzada, florida o toscana, con rosetones radiales esculpidos en cada brazo, y en medio de ellos, la figura esculpida del Crucificado; debajo, la Virgen sedente con el Niño, una inscripción en la que se lee: “Esta obra fizo fazer donna Pía de Yaurrieta”, y dos retratos muy borrosos, que algunos suponen que corresponden a los del rey Sancho VII y a su esposa Clemencia y otros, a la mujer de la inscripción y a su esposo, enterrados en Roncesvalles.

Capilla-cripta del Sancti Spiritus
(El Silo de Carlomagno)

El Sancti Spiritus “tiene una bella cúpula en pirámide que lleva en lo alto una hermosa cruz”, anotó el peregrino boloñés Doménico Laffi a su paso por Roncesvalles en 1670. La estructura debía de ser muy parecida a la actual. La techumbre a cuatro aguas se cubre con lajas calizas escamadas, que le confieren un recio aspecto. No hace tanto eran tejas. Otra cubierta menor de idénticas características, que coincide con las proporciones originales de la capilla, acaba en una pequeña cruz florenzada sobre base cónica truncada. El Sancti Spiritus es un templo funerario que se remonta al siglo XII. Es el más antiguo de Roncesvalles. En él se oficiaban misas por los peregrinos fallecidos en el hospital, que una vez transcurrido el periodo de enterramiento eran arrojados al osario bajo la capilla exenta. Se ignora si alguna vez no lo fue y estaba rodeada de muros. Martín Burges de Elizondo, canónigo hospitalero en 1660, escribió: “Y si algunos mueren en este Hospital, los entierra el canónigo que tiene la dignidad de la Enfermería.” Pero un cometido que habría sido habitual y normal en otras partes, en el Roncesvalles del “Liber Peregrinationis” alcanzó cotas paroxísticas. En el famoso relato del siglo XII, Aymeric Picaud señaló que en “el descenso del monte” se hallaba la “capilla u hospital de Roldán” y la roca que partió con la espada Durandal momentos antes de morir. Lo que parece una clara localización topográfica desde la perspectiva de hoy, revela las imprecisiones propias de un tiempo en el que el modo de contemplar y describir entornos y paisajes era distinto, mucho más en un ámbito como el Pirineo, que desde la antigüedad apenas se conocía. Los peregrinos de antaño no identificaban los montes porque sobresalían en el paisaje. Los montes eran vistos como una realidad circundante al alcance del caminante, ceñida a los pasos en los que doblaban las vertientes, es decir, los puertos o collados. Los montes eran elevados según la dificultad que entrañaba cruzarlos, y la dificultad solía traducirse en horas de caminata y en impedir ser atrapados por la noche antes de cobijarse bajo el techo de una capilla u hospital. Picaud ensalzó un monte de Roncesvalles desde el que se divisaba el océano y tres reinos. Esa visión, porque para captarla no habría bastado ni con un pico que superase los dos mil metros de altitud, es legendaria, extraída de los cronistas carolingios de los siglos IX y X. Los montes en aquellos relatos se hicieron mucho mayores en estrecha relación con la magnitud del descalabro de las tropas de Roldán. Las perspectivas acabaron desorbitándose. Hubo historiadores y eruditos que con enconado empeño intentaron localizar el monte de Picaud. No lo consiguieron nunca, porque aquel clérigo francés se refería a alturas más modestas, aunque legendarizadas, ceñidas en verdad al collado de Ibañeta, el Summus Pyreneus de los romanos. Es la conclusión a la que se llega cuando se conoce bien Roncesvalles, y en consecuencia, el “pie de puerto” no podía coincidir con el solar reservado para el actual enclave, entonces todavía tierra desolada e la vertiente mediterránea.

Nada habría podido ver el peregrino de Poitou, pero no obstante había escrito: “En el descenso del monte se encuentra el hospital y la iglesia de Roldán donde está el peñasco que el poderoso héroe Roldán partió con su espada de arriba abajo y de tres golpes... De tres tajos hendió un peñasco sobre el que se levanta una iglesia tras la cual viene la villa de Roncesvalles”. La villa que coincide con la actual población de Burguete, cuatro kilómetros al sur. El erudito artajonés José Mª Jimeno Jurío –el mejor conocedor de Roncesvalles- mantuvo que Picaud había imaginado más cosas de las que había visto, y fácil es creerlo por la ignorancia que tenía acerca del Pirineo y porque el relato lo llevó al papel años después. El Sancti Spiritus debió de construirse treinta o cincuenta años después del paso del ilustre peregrino. Su aura de enigma y misterio surgió por primera vez en el poema “La Preciosa”: “Como dicho templo se halla destinado a recibir muertos, carnario es llamado. Que legiones de ángeles lo hayan visitado, por dichos de muchos resulta probado”. En pleno siglo XVII el clérigo boloñés Doménico Laffi, autor del célebre relato “Viaggio in ponente a San Giacomo di Galitia e Finisterrae”, mantenía el mismo espíritu, pero ya desde la perspectiva realista de quien no imaginaba, sino que describía lo que veía: “Hay una pequeña capilla que mandó levantar Carlomagno después de la muerte de Roldán y demás paladines. Tiene forma de cuadrado perfecto y no es muy alta. Está situada en el mismo lugar en que Roldán se arrodilló después de la segunda batalla. Roldán se puso de hinojos, y vuelto hacia Roncesvalles lloró por su gente. Dicen que ahí están sepultados con él sus paladines. Al pie de la puerta donde se abre la sepultura está la roca que hendió cerca de una fuente. No nos cansábamos de mirarla”. Laffi repetía lo mismo; hablaba de idénticos hallazgos, pero era veraz en sus apreciaciones. El peñasco tuvo que tocarlo con sus manos, pero obvio es admitir que no podía ser el peñasco que partió Roldán, sino uno cualquiera extraído de la montaña, que algún prior de Roncesvalles mandó colocar en la capilla con el fin de atraer la atención de los viajeros, y de ese modo contribuir a mantener vivo el ya decaído espíritu de las peregrinaciones jacobeas.

Lacarra llamaba la atención sobre el hecho de que el cantar de gesta admitió la posibilidad de enterramientos de combatientes en pleno campo de batalla; combatientes que no hay que ceñir sólo a la emboscada del 778, sino también a la del 824 contra las fuerzas que mandaban los condes Eblo y Aznar, enviadas a Pamplona por Ludovico Pío. “Antes de que se edificase el hospital de Roncesvalles, ya la Chanson de Roland supone que en Roncesvalles mandó construir Carlomagno un sepulcro para los héroes de aquella jornada”. Cita los versos: “Tuz lur amis qu’il unt morz truvet/Ad un carner sempres les unt portet” (2943-2944). Lo que debió de llevarse a cabo era lo propio de todos los campos de batalla, y si los muertos en Roncesvalles fueron muchos, como es previsible, en aquellas circunstancias, sin tiempo ni medios para trasladarlos a las regiones más apartadas de Europa, cualquier sitio valía para un menester que se hacía en todas las guerras. Aquello no debió de tardar en aparecer envuelto en leyenda local azuzada por priores y clérigos de la colegiata, que difundieron que en una fosa de Roncesvalles estaba enterrado el conde Roldán, el héroe de las canciones de gesta. Pero Roldán, cuya sepultura llegaron a disputársela también varias ciudades de Francia, en verdad en ninguna de ellas puede estar. Roldán continúa insepulto en alguna parte de Roncesvalles o de Valcarlos.

El halo de misterio y leyenda siguió adelante, hasta hoy en que surge la última de las atracciones legendaristas del Sancti Spiritus con la denominación “Silo de Carlomagno”. El subprior Huarte había escrito: “Aquí hay un gran silo, cueva o carnario, que se llama sepultura de franceses, porque en ella fueron enterrados los cristianos.” Un inventario de la colegiata indicaba a mediados del siglo XVI: “La iglesia del Sancti Spiritus es una capilla subterránea donde se dice están enterrados los doce pares y la gente de guerra que con ellos murieron”. A más llegó un siglo después el jesuita pamplonés José de Moret al afirmar que en la cripta habían sido vistos “huesos humanos y muy frecuentemente de desmedida grandeza y corpulencia germánica, de que no pocos se llevan de vuelta los peregrinos franceses. El cabildo despidió a un sacristán que los vendió a un peso de onza de plata cada hueso de los grandes”.

De las fosas carolingias pudo pasarse perfectamente a un osario jacobeo, enmarcado por cuatro toscos muros de mampostería, cuyo perímetro rondaría los 10 x 10 metros y que se cubrió con una bóveda achatada que sobresale al exterior casi dos metros. Un ventanal cuadrado abierto en uno de los muros permite distinguir apenas el fondo oscuro del recinto funerario (véase foto). La bóveda acabó rodeada de cuatro gruesos pilares, en los que se apoyan los arcos que dieron lugar a una capilla exenta, cuadrada de 10 x 10 m. Hacia 1612 se decidió enmarcar el conjunto bajo un claustro de 22 arcos de piedra de medio punto, enrejados y amurados hasta su mitad, ocho por la parte frontal –dos de ellos de acceso- y siete por los lados, siendo el trasero, ciego. Hubo un tiempo en que esos arcos estaban cerrados a cal y canto, como recordaba Lacarra: “Una arquería ciega rodea la capilla, desfigurando el conjunto”. Excepto en la entrada, los otros tres pasillos del recinto se caracterizan por la presencia de grandes losas grisáceas, idénticas, alineadas unas con otras, y adosadas a los muros, con un rosario de estelas discoidales simples en arenisca con la cruz de Roncesvalles. Son tumbas de priores, canónigos y beneficiados fallecidos a lo largo del siglo XX, tal y como indica el obituario del muro posterior. No hay día en que no falte algún ramo de flores arrojado por entre las rejas. Siempre hay alguien que se acuerda de los muertos por el hecho de ser muertos. También tuvo que existir decoración pintada, a tenor de lo que refirió Laffi: “Sobre las cuatro paredes están pintados todos los combates que allí tuvieron lugar. Todo estaba pintado al claroscuro”. De ello escribió Juan de Huarte: “Sobre su renovación hay dos pareceres. El uno de los que dicen que se debe renovar con pintura perfecta para que no se acabe de borrar. El otro, los que dicen que no se debe renovar, diciendo que represente mayor antigüedad y certidumbre con el ser que tiene , y si se renovase dirían los extranjeros ficción nuevamente inventada.”

Iglesia de Santiago
o de los Peregrinos

Contigua al Sancti Spiritus se halla otra de las edificaciones más notorias de Roncesvalles, la Iglesia de Santiago, de estilo gótico primitivo, primera y más antigua en España bajo la advocación del Apóstol. Iglesia de Santiago es también la de Valcarlos, unos kilómetros antes, pero es posterior, ya que con anterioridad lo era de San Juan. Nada relevante se dice de esta pequeña iglesia de Roncesvalles en relatos de peregrinos y viajeros. Tampoco la mencionaron ni Aimeric Picaud ni “La Preciosa”, lo que parece indicar que no es fábrica anterior al siglo XIII. “Debió de construirse poco después de 1215”, anotó José Mª Lacarra, es decir, al poco tiempo de la batalla de las Navas, lo que ha hecho suponer a algunos que podía tratarse de la obra primigenia del rey Sancho VII el Fuerte, antes de que se decidiese por la iglesia de Santa María que él sufragó personalmente. Era de ese parecer Tomás Biurrun (1936), notable historiador del arte románico: “La capilla construida por Sancho el Fuerte es precisamente la capilla de Santiago, y la iglesia de la colegiata es bastante posterior.” No hay que descartarlo, aunque lo factible es que se tratase del único templo al que podían acceder peregrinos y lugareños, habiéndoseles prohibido el acceso a la iglesia de Santa María, reservada para otros fines y personas. De hecho, desde el siglo XVII fue parroquia de Roncesvalles, hasta su cierre definitivo.

La iglesia de Santiago es el edificio medieval mejor conservado de Roncesvalles”, apunta Lacarra, y ese buen estado se debe a la oportuna reparación de comienzos del siglo XX que llevó a cabo el arquitecto Florencio de Ansoleaga, que la halló casi en ruinas. Idea suya fue abrir el rosetón del hastial con la cruz de Roncesvalles en medio y remodelar la tosca espadaña para colocar en ella una pequeña campana, la legendaria campana de San Salvador de Ibañeta que ahí permanece enmudecida, agarrotada y soldada por la herrumbre. Campana que desde el siglo XVI orientaba desde el collado a los peregrinos atrapados entre las nieblas de Valcarlos o en medio de la noche. Tanta fue su fama que llegó a decirse que era la más escuchada de Europa. La iglesia está orientada a occidente y alineada a la izquierda de la calle única. Es de planta casi cuadrada (10 x 9), consta de dos tramos, y sus muros se apoyan en dos contrafuertes externos. La bóveda es de crucería y la cabecera, recta, por donde entra la luz del amanecer por un alargado ventanal ojival. El pórtico tiene tres arquivoltas sobre columnas rematadas en capiteles vegetales. En se distingue apenas un crismón trinitario. Cerrada a cal y canto, el visitante se contenta con asomarse a los ventanucos enrejados de la puerta. Apenas se distingue nada del interior; sólo la escasa luz del ventanal el muro permite apreciar una silueta, la del Apóstol sobre un pedestal -réplica del Santiago Beltza de Puente la Reina-, que hay momentos que parece recordar la gran figura de un rey Sancho VII que acaba de erguirse. La imagen apostólica ya se conocía en un inventario de 1585 de la colegiata: “Tiene un altar con su retablo nuevo, en el que hay una imagen de Nuestra Señora con el Niño Jesús, en lo alto una imaxen de Santiago y a los lados, imaxinería de pincel nuevo.”

Albergue Itzandegía

A unos cien metros de la capilla del Sancti Spiritus, al borde de una pequeña hondonada de verdes pastizales, se halla una edificación envuelta en misterio. Doménico Laffi había escrito que la capilla funeraria estaba muy cerca del hospital de peregrinos. La situaba a occidente, lo que parece coincidir con el emplazamiento de Itzandegía. “Es un gran y bello hospital en el que los peregrinos pueden permanecer tres días. Pueden comer y dormir, y los tratan muy bien”. El edificio es una casona de piedra de 32 x 12 metros. Consta de nave única de seis tramos, cuya techumbre sostienen cinco arcos apuntados que descansan sobre los muros, que a su vez se apoyan en diez contrafuertes, cinco por cada lado. Tiene dos accesos, uno mayor, ancho como para el paso de carros, vuelto de espaldas a Roncesvalles, alzado casi un metro sobre el suelo, desnivel que no existiría hasta tanto no fue edificada la casa casi adosada. La otra puerta, menor, en el lateral derecho, permite el paso a la única planta, que en otro tiempo debió de contar con otra superior. Es edificio ciego, salvo la escasa luz que dejan pasar seis aspilleras, verticales y estrechas, en lo alto del muro que da al mediodía. La última restauración terminó con el Xacobeo 1993. “La mayor parte de los contrafuertes exteriores había desaparecido al igual que los arcos de la bóveda, recuperándose sobre el modelo de los tres que aún se conservaban”, anotaron los profesores Miranda y Ramírez. Pero no parece que fuese así, porque por algunas fotografías de antaño puede comprobarse como la estructura medieval había sido alterada, adaptada a los requerimientos del caserío rural en que se había convertido, con amplios ventanales, puertas para distintos cometidos y dependencias adyacentes. Ni siquiera estaban los gruesos contrafuertes.

Itzandegía se cree que es obra gótica del siglo XIII, reestructurada en los dos siguientes, acaso por deterioro prematuro, ampliación o capricho de priores, obispos o reyes. El arqueólogo Pedro de Madrazo (1816-1898) fue más lejos al suponer que su origen era anterior a la iglesia de Santiago y a la misma capilla-cripta del Sancti Spiritus, pero parece claro que confundía esa edificación con el hospital del obispo Sancho Larrosa, que efectivamente es anterior a todos. La casona se conoce hoy por Itzandegía, expresión que algunos diccionarios euskéricos constatan con el significado de “lugar de bueyes”, pero obvio es admitir que no es expresión apropiada para un enclave jacobeo, salvo que el origen sea reciente y se relacione además con las tareas propias del Roncesvalles rural que también existe. “Sus características concuerdan bien con la función de un albergue. Quizás fue de siempre el dormitorio de los criados”, suponían con escasa convicción los profesores Miranda y Ramírez. No hay que descartarlo, aunque es altamente improbable por la propia calidad de la edificación. Pese a que la incógnita se cierne sobre la recia casona, hay motivos para creer que en efecto se trata de un hospital de peregrinos, una vez desmantelado el primigenio de 1132, que si se llevó a lugar más apartado bien pudo deberse a los inconvenientes que acarreaba el trasiego constante de peregrinos, el acre hedor que despedían, según la dura expresión del medievalista Américo Castro. La misma catedral compostelana supo mucho de ello. La suciedad y la mugre de los caminos enfangados, de las pocilgas en que dormían, el no lavarse durante meses, pudieron ser razones para que las encomiables atenciones del hospital más venerado de Europa acabasen viéndose con desagrado. No hay que descartar en ningún momento, pues, que los repetidos versos laudatorios de “La Preciosa” fuesen destinados a Itzandegía: “A cuantos mendigos aquí van llegados, con caridad suma los pies son lavados, las barbas rapadas, los cabellos cortados, y son indecibles los demás cuidados.” Menos verosímil es que pudiese tratarse de la residencia primigenia de los canónigos regulares que se ocupaban de las instituciones de Roncesvalles y luego del personal que los ayudaba, beneficiados y racioneros, como pensaban Miranda y Ramírez. Arturo Campión, con gran alarde de imaginación y fantasía, ofreció una sorprendente razón de ser de Itzandegía: primer recinto de veneración de la Virgen, la Virgen que según la tradición de los valles se le apareció hace mil años a un pastor en las inmediaciones, después de permanecer enterrada desde el paso de los ejércitos musulmanes que cruzaron en el 732 camino del desastre de Poitiers: “La tradición cuenta que la casa llamada Itzandegía, sita cerca de la colegiata, es el primer santuario donde se dio culto a la imagen de la Virgen, hasta que bajaron de Ibañeta los monjes, o si no me equivoco, hasta que el obispo Sancho de la Rosa construyó el hospital, o la iglesia”. Las fábricas de Roncesvalles podían cambiar emplazamientos o experimentar transformaciones en sus estructuras, pero había una condición inalterable: ser ante todo instituciones sobre las que caía el peso del porvenir de las peregrinaciones a Santiago. Sin su existencia la riada humana se habría interrumpido. Tanto era el temor que se profesaba al Pirineo. Las modificaciones debieron de ser relativamente frecuentes, y porque se hicieron incluso con idénticos nombres, es comprensible que se produjesen duplicidades de funciones y ubicaciones entre quienes –desde lugares distantes- habían de redactar actas fundacionales, bulas pontificias o donaciones de monasterios.

Monolito en homenaje
a la victoria de los vascones

En un extremo de los jardines que enmarcan la Casa Prioral puede admirarse el más reciente de los monumentos roncesvalianos, un gran peñasco calizo de varias toneladas de la sierra de Urbasa, traído en 1978 con motivo del duodécimo centenario de la victoria vascona sobre los francos. Dos placas de bronce aclaran los motivos del acontecimiento. Una representa el duelo a caballo entre Roldán y Ferragut, el pagano que moraba en tierras de Nájera, cuyas andanzas fantásticas relató el Pseudo Turpín en el “Codex Calixtinus”, y que es réplica de la misma escena esculpida en un capitel del antiguo palacio de los reyes de Navarra en Estella. Hay otras representaciones menos conocidas en Navarrete y Ochánduri, en La Rioja, y aun en la catedral de Angulema. La otra lleva una inscripción en latín: "Vascones in summi montis vertice surgentes", que corresponde a una cita entresacada de los relatos carolingios del siglo IX, que alude al levantamiento de aquella gente en Ibañeta e inmediaciones. El peñasco, por lo demás, es una alegoría de la cultura litológica, tan arraigada en Navarra, Basse Navarre y Vascongadas, que perdura en términos tan antiguos como “aitz” y “harri” -peñasco y piedra-, tan abundantes en toponimia, en aperos y herramientas, y en los dólmenes y cromlechs que construían los pastores neolíticos. No debía haberse recurrido a la caliza. Mucho más acertado habría sido haber empleado un esquisto devónico extraído del macizo paleozoico pirenaico, fiel representante de la composición litológica de las montañas de Roncesvalles. El mismo desacierto se cometió con la elección del granito para el monumento de Ibañeta en recuerdo del conde Roldán, que es un tipo de roca ajeno a Navarra.

Santa María, la iglesia
de Sancho VII el Fuerte

En 1127, el obispo de Pamplona, Sancho Larrosa (1124-1142), determinó edificar en Ibañeta el primer hospital de peregrinos a imagen y semejanza del floreciente que existía en el paso de Somport, en pleno Pirineo axial oscense, por donde entraba el camino jacobea tolosano. El acta fundacional precisaba el sitio: “In vertice montis qui dicitur Ronsasvals”. Cinco años después aquel hospital, con la comunidad que lo atendía, es trasladado al pie del puerto, acaso por la dureza del clima y los riesgos derivados de la soledad de la montaña. Esto acontecía en 1132 según desveló el poema “La Preciosa”. A la vez tuvo que levantarse una iglesia románica bajo la advocación de Santa María, que poco después, en 1137, mencionada la bula de Inocencio II: “Ecclesiam Sancte Marie Casa Dei de Runzasvals”. La iglesia –de la que nada se sabe- debió de permanecer en pie unos 62 años, hasta 1194 en que empezó a construirse sobre sus cimientos la nueva de Santa María, que costeó con dinero propio el magnánimo rey Sancho el Fuerte. Las obras duraron 21 años, hasta 1215. Poco después, en 1219, era consagrada. Juan de Huarte había fijado su construcción en 1208, cuatro años antes de la batalla de la decisiva batalla de las Navas de Tolosa contra el poder almohade en Al-Ándalus. El interés de aquel rey por Roncesvalles es un enigma; lo es también que en 1238, a los cuatro años de su muerte, su sobrino el rey Teobaldo I lograse trasladarlo desde la iglesia de San Nicolás de Tudela a Roncesvalles, disponiendo un suntuoso sepulcro en medio de la iglesia de Sta. María, en donde había de permanecer hasta 1622 en que se decide sepultar estatua yacente en algún lugar del templo, lo que provocaría el desdichado extravío de casi tres siglos. “La Preciosa” indicaba claramente la presencia del monumento en Roncesvalles: “Aprilis VII, sub anno Domini M.º CC.º XXXIV.º obiit Sancius, rex Navarrae et iacet in hac ecclesia quam ipse aedificaverit” (Véase el capítulo V).

La nueva iglesia, porque desde el primer día estuvo presidida por la exquisitez arquitectónica del mejor gótico en que enmarcar finalmente el mausoleo real, permite conjeturar que su destino no eran precisamente los peregrinos, que habrían de contentarse con dirigir sus plegarias en la humilde iglesia de Santiago, construida casi a la vez. “El plano de la colegiata es una réplica del coro de Notre-Dame de París. Su crucería de ojivas se inspira en las de las iglesias de la Isla de Francia de los años 1170-1180, lo cual pone de manifiesto su relación arquitectónica con el país vecino en los tiempos de mayor auge”, escribió el ilustre profesor de filología románica húngaro Istvan Frank (1918-1955). El floreciente Camino de Santiago y los propios monarcas navarros atrajeron a muchos de esos artistas anónimos. Elie Lambert (1888-1961), historiador medieval francés, también ocupado por las cosas de Roncesvalles, había anotado: “Era en conjunto una obra de arquitectura gótica muy pura, cuya planta recordaba ciertas iglesias borgoñonas como la de Pont-sur-Yonne.” Pero la pulcritud arquitectónica del templo habría de experimentar un rosario de reformas e innovaciones que no cesarían hasta tiempos recientes. Surgieron con el voraz incendio de 1445, que afectó también a las edificaciones circundantes. Otras fuentes indican que destruyó casi todo Roncesvalles. “Los efectos han podido apreciarse en la calcinación de los muros, especialmente en las bóvedas y en el triforio” (Lacarra). Hubo otros incendios en 1468, en 1626 y en 1794, que naturalmente también dejaron su huella. A las reparaciones por el fuego siguieron las innovaciones entroncadas en los estilos arquitectónicos predominantes, inducidas por los caprichos desmedidos de arquitectos y priores, y un descontrol en la construcción de otras dependencias próximas. ”En el siglo XVII, siendo prior Juan Manrique de Lamariano, quedó toda la iglesia enmascarada” (María Antonia del Burgo). En 1792 hubo nuevas reformas emprendidas por el arquitecto José Poudez, artífice de Nuevo Hospital al norte la iglesia de Santa María. Pero no fue sólo el templo el que sufrió; también el claustro adyacente a la iglesia, no por el fuego, sino por el peso de una intensa nevada en el invierno de 1600. “Debía de ser un verdadero museo por el gran número de sepulcros esculpidos. No hubo cuidado al reconstruirlo en 1615 en salvar las muchas piezas que pudieron recogerse”. Aquel afán desmedido por añadir y arreglar no se detuvo hasta el periodo comprendido entre 1940 y 1945. Muchas fueron las cosas que se cambiaron con el tiempo, y aunque no hay testimonios de su grandeza primigenia, la realidad se impone, como bien apuntaba Del Burgo: “Las razonables protestas de los puristas no son óbice a que en su estado actual la iglesia de Santa María de Roncesvalles siga provocando la admiración y asombro de cuantos la visitan.”

La fachada, que fue reconstruida casi enteramente en 1940, es asimétrica por el torreón del siglo XIV, que quedó perfectamente ensamblado. “La sencillez actual no se aleja demasiado de la que originalmente tuvo, pues nunca presentó una decoración excesiva” (Miranda-Ramírez). Está orientada a occidente, alineada a la izquierda de la calle principal, según el trazado primigenio que ha de coincidir forzosamente con el de la antigua vía romana y de peregrinos. Lacarra, en las ubicaciones que propone, daba por hecho que el camino genuino coincidía con el actual de la carretera N-135, y por esa razón refería que “descendiendo por la suave pendiente de Ibañeta, el peregrino encontraba a la izquierda del camino el hospital, y junto a él la iglesia de Nuestra Señora.” El acceso coincidiría con la calle principal, por lo que el hospital tenía que estar en el lado derecho, adosado al monte -hoy explanado con la presencia de la Casa de Beneficiados-, y la iglesia al otro, cual hoy está. La imposibilidad de invadir el camino y el hecho de no poder construirse el templo con medidas más reducidas, es lo que debió de hacer que sobresaliese hacia el vallecito de Arrañosin, lo que requirió la construcción de una cripta. La ubicación no pudo ser peor, al pie mismo del monte y en paraje expuesto a nieblas, fríos y humedades. No fueron pocas las veces en que lo lamentaba el subprior Huarte. “Con no haber más que un quarto de legua de Roncesvalles a la villa de Burguete, gozan en esta villa, casi por todo el verano, de serenidad, y en Roncesvalles estamos debaxo de la niebla por estar tan arrimado al monte.”

El acceso de la iglesia es por el pórtico apuntado de la fachada. A los lados hay sendos ventanales, también apuntados, que se supone que no son originales. Genuinas son las tres arquivoltas que descansan sobre columnas cilíndricas que no llegan al suelo. “El tímpano no es auténtico. Representa a la Virgen con el Niño en su regazo, flanqueada por dos ángeles arrodillados que sostienen estructuras arquitectónicas” (Del Burgo). En el hastial destaca por su tamaño un rosetón, producto de las reformas de 1940, que a juicio de dicha investigadora “parece ser que formaba parte de la antigua construcción”. Se accede al templo descendiendo cinco peldaños. El recinto es de tres naves; la central duplica a las laterales en anchura y altura. Las medidas que da ella son de 24,90 metros de longitud por 17,60 de ancho. 8,25 la nave mayor, cuya altura es de 15,50 metros. Consta de dos bóvedas de crucería con seis arcos fajones cada una, que se reparten en nueve columnas redondas de capiteles sencillos que alternan el grosor; cinco por el lado derecho y cuatro por el izquierdo, ya que la columna más cercana a la entrada hubo de eliminarse para sustituirla por un grueso contrafuerte rectangular del torreón exterior. La tercera bóveda, que corresponde al ábside de la cabecera, es pentagonal con alargadas vidrieras que introducen la luz de los amaneceres. “La cabecera presenta una serie de grandes ventanales góticos, decorados con vidrieras modernas construidas en Munich en la década de 1940” (Miranda-Ramírez). Las columnas se enlazan mediante arcos ojivales sobre los que descansa un bello triforio de diez elementos, compuesto por cuatro arcos cada uno, cinco por cada lado, sobre los cuales se alzan diez amplios rosetones sostenidos por contrafuertes arqueados, que en su día proporcionaban la luz principal de la iglesia y que al quedar toda la estructura genuina enclaustrada bajo una moderna cubierta de vigas de madera y techumbre de cinc (1940), la poca luz que dejan ver las vidrieras es de potentes focos eléctricos. “La dureza de los inviernos del Pirineo, con nieves y lluvias continuas, recomendó en su día un cubrimiento de este tipo, que evita un maltrato innecesario del edificio” (Miranda-Ramírez).

El Hospital de Peregrinos de 1132
¿Dónde pudo estar?

Es el hospital más ensalzado de cuantos atendían a los peregrinos en toda la ruta jacobea, desde el norte de Europa a Santiago y a la vez, la edificación más enigmática de Roncesvalles. “Favorecido por reyes, nobles, papas, eclesiásticos y gentes del pueblo, adquirió muy pronto un auge insospechado” (Jimeno Jurío). “Nada puede darnos idea del famoso Hospital destinado a albergar y reconfortar a los peregrinos de Santiago” (Pierres Narbaitz). “El hospital en el valle practicaba liberalmente la caridad con todo linaje de enfermos pobres y desvalidos” (Arturo Campión). Pero, ¿cuál era su emplazamiento? Se sabe al menos por “La Preciosa” que el hospital de Sancho Larrosa había sido trasladado de la cima al llano. “Ad radicem maximi montis Pirenei”. La preposición latina “ad” indicaba claramente que el hospital estaba “junto a” o “hacia la” raíz del glacis del monte, que se prolongaba hasta la Cruz de los Peregrinos, unos cientos de metros más adelante.

Nadie se atreve a indicar un lugar, pero hay coincidencia en que pudo alzarse en el solar de cuidado césped que hoy se ve frente a la iglesia de Santa María. En él aparecen claros los vestigios de arcos fajones de acentuada curvatura, que pudieron sostener una techumbre alta y pesada. Se distingue bien además la que pudo ser puerta principal, hoy tapiada, a la que se descendía directamente del monte por unas escaleras. Se desconocen medidas y estilo arquitectónico, aunque es factible que fuesen similares a las de Itzandegía, el hospital que pudo sustituirlo en sus funciones. El misterio se hace mayor si se piensa en la primitiva iglesia homónima que sucumbió bajo la edificación del rey Sancho. Hospital e iglesia, aun estando tan cerca una de la otra, tenían ser instituciones interdependientes. Las separaba el viejo camino. La confusión no obstante surgió desde el primer momento, y la documentación medieval acabaría fundiéndolas. Los intentos de deslinde siguen ofreciendo inconvenientes a historiadores y estudiosos. Pero el hospital iba en auge. A los dos años de su erección, en 1134, Sancho Larrosa, a ruegos del nuevo rey de Navarra, García Ramírez el Restaurador -que mostró desde el primer momento un gran interés por Roncesvalles-, fue favorable a seguir manteniendo el “sustento del hospital y su misión de hospedar a cuantos peregrinos vengan”. (Ad sustentationem hospitalium huius hospici atque aliquantulam refectionem peregrinorum inde transeuntium”. Rey y obispo “decidieron transformar el naciente albergue en una potente institución que se hiciera con el control de la peregrinación en el Pirineo” (Miranda-Ramírez), no en vano lo que se pretendía era de desbancar la preponderancia del paso de Somport y del monasterio de Leire, potenciando el Camino Francés que subía por Valcarlos al collado de Ibañeta desde St-Jean-Pied-de-Port.

Se dispuso en 1135 por el obispo y el prior Ponce, y en 1137 por el prior Adeodato, que como los bienes provenían del cabildo de Pamplona, Roncesvalles debía de tener a su cargo una comunidad de canónigos regulares de San Agustín. Al frente del mismo se puso el longevo prior Sancho. En 1137 se confirmaron las donaciones del hospital recurriendo al Papa Inocencio II, que determinó que Roncesvalles quedase bajo su entera protección. “La Preciosa” difundió sus mayores loas: “La casa para todos está abierta la puerta. A enfermos y a sanos. No sólo a católicos, sino a paganos, judíos, herejes y vagabundos. En ella se lavan los pies a los hombres. Se les hace la barba, se les corta los cabellos. Aquí se atiende con mucho cuidado a los que caen enfermos”. (Porta patet omnibus, infirmis et sanis, non solum catholicis verum et paganis, judeis, hereticis, ociosis, vanis, et, ut dicam breviter, bonis et profanis). La imprecisión asoma de nuevo una vez más en las cosas de Roncesvalles. Los parabienes del poema podían ir dirigidos tanto a la institución promovida por el obispo como a la del rey Sancho VII, de quien escribió: “Verum strenuissimus vir, Rex navarrorum, construxit ecclesiam hic peregrinorum”, como incluso a la del sucesor Teobaldo I, que es quien precisamente toma en 1234 al hospital bajo su protección, por la caridad y el buen trato que dispensaba a los peregrinos más pobres. “Attendentes charitatem permaximan que pauperibus et infirmis benigniter exhibetur in hospitali Roscidevallis, sicut fama per orbem predicat universum”. El poema “La Preciosa” es de ese tiempo. La historiografía posterior continuó con loas y parabienes, sin poder determinarse con certeza a que personajes se refería, pese a citarse únicamente a Sancho VII. Así, en el siglo XVII, el analista José de Moret recordaba que el rey de las Navas quien “dotó a perpetuo en aquel hospital diez mil raciones bien cumplidas, que se habían de repartir a pobres en cada año, y asimismo doce camas muy buenas en la enfermería antigua y seis en la nueva”. El canónigo hospitalero en 1660, Martín Burges de Elizondo, se limitaba sólo a describir cometidos: “Para los innumerables peregrinos que de todas partes septentrionales pasan a Santiago, es el más necesario y de más servicio de Dios que hay en España. En este hospital de Roncesvalles todos los peregrinos y pobres, sanos y enfermos, son socorridos de todo lo necesario, así en lo espiritual como en lo corporal.” Las referencias de Doménico Laffi iban en el mismo sentido, dirigidas al “gran y bello hospital en el que los peregrinos podían permanecer tres días, uno de los más ricos que he hallado en este viaje.” Todas eran alabanzas, pero por ese tiempo fue cuando surgieron los primeros intentos serios por trasladar el hospital y todo lo que entrañaba a algún otro lugar de Navarra. Tal vez porque la comunidad que lo atendía día y noche, viendo que ya no entraban apenas peregrinos en España, su presencia era innecesaria y costosa. Fue una realidad que las nuevas corrientes de pensamiento en Europa hizo que la gente ya no mostrase interés por peregrinar. La clarividencia de un personaje como el subprior Huarte alertó del riesgo: “Es necesario que el hospital quede y permanezca en Roncesvalles en el mesmo sitio y asiento que ha estado hasta aquí, con la hospitalidad y con sus ministros acostumbrados. Si la Virgen por su gran piedad no volviere a defender su santuario y hospital en aquel Pyrineo, se dirá antes de muchos años: aquí fue Roncesvalles.” En 1791, el reglamento del hospital seguía siendo contundente y claro: los peregrinos debían de seguir contando con “cama decente en tres noches, cinco comidas y cenas, y en cada una de ellas una libra y quarto de pan y media pinta de vino con una regular ración de carne salada o abadejo en los días de vigilia.”

Otras edificaciones

 

 
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