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III
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| Ser sombra de otros soles, caricia de otros vientos; y en todos los jardines, tener flores de ensueño. |
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Aquel tiempo en que "Aquí hay un gran silo, cueva o carnario, |
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A España le tocó vivir aquella situación convulsa de un modo acentuado y particular, no tanto porque rivalizase con otras monarquías europeas, sino porque temía pavorosamente a la inquieta Francia. Los Pirineos, sí, seguían separando y estableciendo distancias, pero ya no eran lo mismo que en la Edad Media, pese a que la naturaleza no había cambiado ni los caminos mejorado. Las fuerzas de los estados se descompensaban ostensiblemente. Los vascones, que en un remoto tiempo dispusieron del Pirineo a su antojo y albedrío, eran una reliquia histórica, y Navarra tampoco ya era la misma desde 1512, en que deja de ser reino independiente tras la conquista castellana del Duque de Alba. Las órdenes últimas venían de Madrid y no de Pamplona. La inquietud por el poderoso país vecino se tradujo repetidas veces en la "llamada a fuero", impopular y propia del medievo, llevada a efecto cada vez que había aviso de entrada de franceses. "Los valles fronterizos -escribió Florencio Idoate- se consideraban en estado de alarma permanente y sus alcaldes se convertían automáticamente en capitanes a guerra de la hueste local en cuanto surgía la amenaza" (1). Así, cuando en el invierno de 1683 se presentó a lo largo de la línea fronteriza entre los collados de Ibañeta y Lindux sobre Roncesvalles un ejército de 15.000 hombres que Luis XIV había enviado a España al mando del mariscal Bellefont, la "llamada a fuero" sólo pudo convocar a 800 navarros de los valles de Esteríbar, Erro y Aézcoa. ¿Es que acaso pretendían con tan exiguo número emular la gesta vascona del siglo VIII contra la retaguardia de Carlomagno? No habría ocasión de comprobarlo, en tanto que por suerte o por milagro los invasores franceses no decidieron seguir adelante por Navarra, volviendo aquella inmensa fuerza sobre sus pasos tras permanecer 24 horas a la expectativa en los collados roncesvalianos. Imposibilitada Navarra para defenderse por sus propios medios tuvo que recurrir a la vigilancia permanente del Pirineo, como ya había sugerido el jesuita pamplonés José de Moret (1615-1687) -primer historiador y cronista del reino-, capaz de soñar en pleno siglo XVII con una Navarra aguerrida, dueña y señora de los pasos fronterizos, que recobrase "nuestra mal considerada confianza en el Pirineo". Pero Navarra no estaba en condiciones de enfrentarse en el nombre de España a un estado como Francia, pero al tiempo se le exigía que no cejase, por lo que hubo de recurrir como pudo a otros métodos, anacrónicos sin la menor duda. Las montañas iban a ser el primer muro de contención, pero no para esperar en ellas a pie firme al enemigo, sino para erizarlas de obstáculos. Todas las artimañas eran válidas con tal de que se dificultase o impidiese el paso al invasor. Los senderos de la trashumancia pirenaica que se remontaban al neolítico y que unían los valles de una y otra vertiente fueron considerados puertas falsas, altamente vulnerables, cuales los que pasaban por collados como Lindux y Azpegui. Pero no radicaban ahí los peligros serios para los trazados jacobeos, ni el desmoronamiento de Roncesvalles venía en esa dirección, sino desde la Corte en Madrid y por las vías diplomática y militar con las vergonzosas claudicaciones de la "Instrucción Reservada" del Conde de Floridablanca, decretada en 1787, ante una Francia "que siendo una potencia confinante y tan poderosa, sería peligrosísima". Ante esa amenaza, lo más indicado había sido empezar por "cortar motivos de disputa y de disgustos con Francia, aunque sea a costa de pequeños sacrificios en asuntos menos importantes", que no resultaron serlo tanto para los municipios navarros de Burguete, Roncesvalles y Valcarlos, que vieron un día como el trazado de la raya internacional se hizo siguiendo una absurda línea recta de pico a pico por los montes de Quinto Real y cómo se suprimía a la vez el elaborado proyecto de trazado de una línea férrea de Pamplona a Bayona por los valles de Esteríbar y Baigorry, que había de cruzar el Pirineo por un largo túnel de cinco kilómetros, alegándose desde Madrid que los franceses podían presentarse con mayor facilidad en Navarra. No bastando, se prosiguió con muestras medievalizadoras en todo lo que se acercaba al Pirineo, incluso desde las inmediaciones de Pamplona. Se recurrió, por tanto, a la voladura, total o parcial, de todos los puentes del Arga desde Zubiri, aislando aún más a pueblos y gentes. Se prohibió expresamente cualquier intento de conservación y mejora del Camino de Santiago, ya por entonces trastabillado Camino Real casi intransitable. Aquella situación de desconfianza y prevención se acentuaría mucho más desde 1789, cuando triunfa la Revolución Francesa y desde Madrid y Pamplona se decide poner en marcha un férreo "cordón militar en las fronteras por si llegaba la ocasión de intervenir", apuntó Florencio Idoate (2), que consistió en abrir trincheras, fosas, cortadas y caminos que no conducían a ninguna parte, clausurándose los trazados genuinos más antiguos, amén de levantarse puestos amurados en las alturas aledañas a la vieja vía romana que cruzaba el Port de Cise entre Roncesvalles y St-Jean-Pied-de-Port. Todo un entramado defensivo en torno a los parajes que se suponían "pasos normales para la ofensiva procedente de Francia" (3). Y llegó el día en que la amenaza se hizo trágica realidad con la invasión de Navarra de los ejércitos de la Convención, un mes de junio de 1793. Una fuerza militar española de 20.000 hombres hubo de ser destinada para su contención, de los cuales solamente mil fueron destinados a la defensa de los montes de Roncesvalles. A Aragón y a Cataluña les cupo hacer lo mismo. Pero todas las medidas, por ingeniosas o drásticas que fuesen, acabaron siendo vanas para contener la invasión, que rompió todos los frentes de Roncesvalles. La guerra de tres años concluyó con la retirada francesa a las puertas de Pamplona. Las consecuencias llegaron no sólo por los daños causados en las comarcas, sino por la exacerbación de las medidas de contención que se tomaron, que afectaron principalmente a la ruta del Pirineo a Pamplona. Así, según constatación de Pascual Madoz en su célebre diccionario geográfico de 1845, del trazado jacobeo a su paso por Larrasoaña quedaba de él un "camino de herradura que se dirige de Pamplona a Francia en mal estado", situación que empeoraba por Mezquíriz, con todos "los caminos que se dirigen a la capital de la provincia, al valle de Arce y a Francia en mal estado", y que se prolongaba hasta la misma villa de Burguete: "Todos los caminos en mal estado y de penoso tránsito", etc, etc. Aquel abandono ordenado por las autoridades nacionales le hizo escribir a Idoate: "La que había sido secularmente vía de mulateros y arrieros; la elegida ordinariamente por reyes y príncipes para alcanzar Pamplona y Castilla; la llamada en todos los tiempos el Camino de Santiago; la que enlazaba las dos Navarras tradicionalmente, perdería incluso su categoría de Camino Real, que pasaría a corresponderle al trazado Pamplona-Irún por Tolosa, que gozó de todos los beneficios." (4) Aquel largo proceso de despropósitos y extravagancias hizo retroceder a Roncesvalles en sólo unos años al bucolismo primigenio rebosante de paz, soledad y aburrimiento en que se encontraba durante la Edad Media. Enterrado en vida, aplastado con el peso inexorable del tiempo, negándosele todo derecho a seguir siendo pórtico de la península ibérica, la que fue ruta de celtas, romanos y vándalos estaba a punto de desaparecer. El trasiego milenario parecía que había concluido casi por encantamiento, y con él las peregrinaciones a Galicia: "Ya no venían a Santiago los peregrinos de Europa. El camino francés, si podía seguir llamándosele así, era porque los soldados de Ney y de Soult habían posado en sus iglesias", lamentaba también el erudito pontevedrés José Filgueira Valverde (5). Y qué paradoja que fuesen los arrieros y mulateros de finales del siglo XIX que iban de Pamplona a Bayona los últimos en pasar por Roncesvalles. Pero para entonces ni monumentos ni escenarios históricos y legendarios significaban nada entre aquella gente que no marchaba por caminos de peregrinos con afanes de penitencia, sino por caminos embarrados, apenas transitables para los carros, de venta a venta. Roncesvalles era ya un tramo más de una vía comercial que tuvo que ceder iglesias y capillas para que se guarecieran en ellas hombres y animales, al calor de un acogedor fuego que ardería toda la noche, hasta el desgraciado día en que un incendio acabó definitivamente con la última de las legendarias capillas de San Salvador de Ibañeta, la venerada fábrica asistencial, primera que hallaban los peregrinos al superar el valle de Valcarlos, de la que únicamente ha quedado el recuerdo de un sencillo dibujo a plumilla del periodista y escritor catalán Juan Mañé y Flaquer, que la conoció intacta a principios de siglo XX. |
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| (1) Idoate, Florencio. Rincones de la historia
de Navarra. Tomo III. Pamplona, 1979. Pag. 307. (2 y 3) Idoate, Florencio. Temas de cultura popular, nº 106. Pamplona, 1982. Pag.4. (4) Idoate, Florencio. O.c. Pag. 678. (5) Filgueira Valverde, José. El libro de Santiago. La Coruña, 1989. Pag. 330. |
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