| Introducción | ||
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I
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| El cielo ataviado de azul,
plata y oro; las nubes orladas de brillante lumbre. El monte, el prado, el valle, la cumbre y el río sonoro. |
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El camino milenario "Sobre los rigores del tiempo invernal, |
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| Camino de Zaragoza por la vía romana de la Ribera, el rey de los francos llegó a Zaragoza, pero se encontró con sus puertas cerradas. Sulaimán había sido traicionado por la persona que había dejado al mando de la plaza mientras él iba en busca de Carlomagno, Al-Husain ibn Yahya Al-Ansari, que no entregó la ciudad como estaba pactado. "Repudió los compromisos de Sulaimán con Carlomagno y, encerrándose en la ciudad del Ebro, se dispuso a defenderla con todas sus energías". (J. Arbeloa) (3). Fue precisamente entonces cuando ocurre algo inesperado que cambió los planes del rey, la noticia de la sublevación de sus estados sajones, soliviantados con el líder Witekind, lo que le obliga a abandonar el cerco de Zaragoza y regresar inmediatamente vía Pamplona y Roncesvalles, llevándose una gran suma de dinero que exigió, además de tomar como rehén al propio Sulaimán, que en una osada operación es rescatado por sus hijos en algún paraje próximo a la Cuenca de Pamplona. Pero la ciudad navarra también se subleva; no acepta a los delegados que dejó el rey a la venida. Carlomagno, airado, ordena la destrucción de las murallas de Pamplona, emprendiendo seguidamente la marcha hacia Roncesvalles... La ruta de Pamplona a Roncesvalles por los valles de Esteríbar y de Erro coincide con la vía romana de Burdeos a Astorga -la XXXIV del Itinerario de Antonino-, y con el Camino de Santiago, abierto a mediados del siglo IX, último de los que cruzan el Pirineo desde el Cuaternario, cuando el hombre centroeuropeo emigraba hacia el sur del continente huyendo de los hielos. Caminar en la dirección de Francia supone hacerlo en sentido contrario a como se hizo invariablemente desde milenios, y porque nadie partía de la península ibérica hacia el continente ni nadie osaba cruzar los pasos pirenaicos, estos acabaron legendarizándose entre temores y amenazas inconfesables, que afectaron seriamente al trasiego jacobeo. Fueron los ejércitos cartagineses de Aníbal Barca, primero, y poco después de su hermano Asdrúbal, los primeros en pasar al continente, ante el asombro de los romanos recién desembarcados en Hispania por la costa de Tarragona (218 a.d.C.), inconscientes del gran error de suponer durante un tiempo que la cordillera pirenaica y el río Ebro discurrían de norte a sur. Pioneros también en cruzar la barrera pirenaica desde suelo peninsular fueron ciertos cántabros del siglo I a.d.C., que habían acudido en ayuda de los aquitanos que se resistían a la conquista de Julio César, pero les cabe a los vascones cispirenaicos del siglo VII ser el primer pueblo peninsular en traspasar la barrera montañosa y asentarse en las comarcas aledañas, que andando el tiempo constituirían el Pays de Soule, la Basse Navarre y el Labourd, las tres provincias francesas de honda raigambre vasca. Que mejor lugar de partida para tan excelso Roncesvalles que Pamplona. A la recia muralla construida por Felipe II, tan superior a la endeble que echó abajo Carlomagno, se asoma ese caminante anónimo que marcha hacia los escenarios de la rota carolingia. Desde la antigua Torre de la Tesorería sobre el baluarte del Redín se vislumbra la dirección jacobea; esa línea imaginaria que baja de noreste a suroeste para unir los pueblos de Ostabat y Puente la Reina y que cruza las hoy populosas barriadas de la Chantrea y del pie de monte de Artica, que ocultan el paisaje rural de antaño, de huertas, viñedos, altozanos y encinares, por donde serpentea invariable el Arga, el viejo Runa que Aymeric Picaud creyó que nacía en los montes de Roncesvalles. Fueron esos los campos en los que se concentró en el 743 el gran ejército musulmán al mando del emir Al-Gafiqi, dispuesto a conquistar los territorios del otro lado del Pirineo, que los cronistas denominaban "Tierra Grande". Fueron también campos de acampada del rey Carlomagno en el 778, dos o tres días antes de la tragedia que habría de sufrir su retaguardia en los desfiladeros de Valcarlos... La mañana de Pamplona es desapacible por octubre; lo será aún más por Roncesvalles, donde predomina un clima mucho más severo. El cielo está despejado. Los primeros rayos del sol que se alzan por los montes de Aranguren iluminan las torres de la catedral, los lienzos de la muralla, el monte San Cristóbal y las lejanas sierras aledañas al río Araquil. Cuanto misterio agazapado, al acecho, se intuye en la ruta del Pirineo, hollada con las pisadas de unos sobre los pasos de otros, en silencio y entre indecibles penurias. Con qué afán los peregrinos pasarían el Arga por el puente de la Magdalena, cercano a los muros de la ciudad, para entrar cuanto antes por el Portal de Francia o de Zumalacárregui, la histórica puerta por la que salió una madrugada de riguroso incógnito quien iba a encabezar el levantamiento carlista en Huarte-Araquil. Nunca más volvería a su casa de la jacobea calle del Carmen A lo lejos, la forma cónica del monte Miravalles, entre Arre y Villava, marca el inconfundible mojón de entrada a Esteríbar, el "valle del torrente", como tradujo Arturo Campión, pues torrencial baja el Arga hasta remansarse por Pamplona. Desde la Trinidad de Arre y hacia Lanz marchaba la vieja calzada romana que venía del Mediterráneo, mientras que la roncesvaliana, bordeando tan emblemático monte, pasa cerca del primer pueblo de Esteríbar, Olloqui, que se divisa en alto, encaramado a la ladera que sesgadamente ilumina el sol tempranero que levanta de huertas, sembrados y arboledas el rocío caído durante la noche, la suave neblina que difumina el paisaje, verde cada vez más verde conforme deja atrás los campos cerealistas de la Cuenca. Otros pueblecitos, como Ilúrdoz, apartados y ocultos, unidos al eje del valle por estrechas carreteras que hasta no hace tanto eran tortuosos caminos de tierra, parecen ajenos al fenómeno jacobeo, como si con ellos no fuera el trasiego multisecular de gentes y culturas, o como si habiendo elegido las alturas iban de esa manera a librarse de los peligros que acechaban, tantos como hubo en los últimos siglos. Arleta, Zabaldica, Larrasoaña y Zubiri, en cambio, ubicados a la vera de la senda milenaria, desde muy antiguo tuvieron que afrontar su destino: ayudar a los peregrinos y sufrir los excesos del francés.
El Alto de Mezquíriz fue paraje de honda significación para los apesadumbrados peregrinos de Santiago, que acababan de dejar atrás el arduo Pirineo, tras recorrer los campos de la llanada de Roncesvalles. En ese lugar cambiaban los escenarios y los propósitos; de ello dio cumplida cuenta en el siglo XII el más famoso de los caminantes medievales, Aymeric Picaud, clérigo de la región de Poitou, que en dicho puerto se despedía de las tierras de los "Bascli" que tanto odiaba saludando gozoso y esperanzado "la tierra de los navarros, rica en pan, leche y ganados", que vislumbraba hacia el interior de Navarra. El Alto de Mezquíriz representó además otros valores en la vida de las gentes de los valles limítrofes de Arce, Aézcoa, Erro y Valcarlos; en él, en su cima, dejaron constancia de la milenaria devoción a la Patrona del Pirineo que se venera en la Colegiata de Santa María, la Virgen que los libró de pestes y epidemias. Una estela en piedra, idéntica a la existente en el collado de Ibañeta, lo recuerda en euskera y en castellano a propios y extraños: "Aquí se reza una salve antes de Roncesvalles." El Alto, el sencillo paraje, también tiene relevancia, y mucha, para ese caminante peninsular que ha partido de Pamplona y que de pronto se ve ante la barrera axial pirenaica que trazan Orzanzurieta (1.570), Astobizcar (1.506), Guirizu (1.280) y Mendiaundi (1.218), los montes por entre los cuales hay un espacio para el camino milenario. En él, por el claro que dejan las hayas, cabe que experimente las ancestrales sensaciones que aún transmite el Pirineo al cabo de milenios, esa clase de sensaciones casi indefinibles hoy, que van más allá de los conceptos modernos de grandiosidad, espectacularidad o belleza paisajística. Son ésas coletazos de la mitología que los navegantes griegos hace mucho que transmitieron a los celtas y estos a su vez a los primitivos vascones pirenaicos, que se traducen en impresiones paleocerebrales numinosas o numínicas ante cosas, hechos y situaciones que, por una u otra razón, acabaron alcanzando honda relevancia entre los hombres a lo largo del tiempo, las cuales pueden aflorar ante situaciones tan dispares como el fuego que arde en el hogar, animales como la serpiente y escenarios naturales como el Mediterráneo, las costas occidentales atlánticas con el sol hundiéndose en los "mares bermejos", o ante el mismo río Ebro, cual eterna muga de civilizaciones y culturas.
La emoción lo es, y mucha, para ese caminante que acaba de llegar de Pamplona, ya inmerso en el Pirineo; ese personaje que marcha a solas en pos de leyendas, mitos y misterios que cree ver en derredor. Algo en derredor quiere indicarle que esconde celosamente el secreto de Roldán, el mejor hombre del rey Carlomagno, muerto en la emboscada que le tendieron los vascones y que al cabo de algo más doce siglos aún continúa insepulto, pese a que seis lugares de Francia disputen su tumba, pero porque nadie puede quedarse sin recibir cristiana sepultura, la tradición convirtió la cripta del Sancti Spiritus en "Silo de Carlomagno", un antiguo carnario de peregrinos pobres, en su tumba definitiva. Así lo creyeron personajes casi irreales como Turoldo, Aymeric Picaud, el Pseudo Turpín y Domenico Laffi, víctimas propiciatorias del legendarismo inmisericorde de Roncesvalles, que arrastrará siempre a quienes como ellos se empecinen en indagar sobre lo que aconteció el 15 de agosto del 778 en el Pirineo navarro. |
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| (1 y 3) Arbeloa, Joaquín. Orígenes
del reino de Navarra. San Sebastián,1969. (2) Abadal, Ramón. La expedición. |
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| Introducción | ||
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2002
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