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(Liber Peregrinationis. Aymeric Picaud. Siglo XII) |
“Todos deben de recibir con caridad y respeto a los peregrinos, ricos o pobres, que vuelven o que se dirigen a Santiago.” |
Las peregrinaciones a Santiago empezaron en el siglo IX desde Francia. El mayor número de caminantes de esa nacionalidad hizo que la ruta se conociese como Camino Francés. Peregrinar era lo más peligroso que había. Llegar a Santiago no lo lograban todos. El relato de Picaud y el ámbito legendario de Roncesvalles contribuyeron enormemente a que el espíritu jacobeo no decayese. |
Peregrinos
eran los que llegaban a Roma desde regiones periféricas |
| Gentes
que deambularon de una región hubo siempre. En el Cuaternario,
cuando el hombre huía de los hielos del norte continental e iba
en busca de las tierras más cálidas meridionales; en el
Neolítico, con los pastores del Mediterráneo oriental, que
trajeron la cultura megalítica al continente y a la península
ibérica. Peregrinos, en el sentido originario latino del término,
se conocieron durante el imperio romano. Se trataba de gentes forasteras
que provenían de regiones remotas, capaces de recorrer distancias
de varias semanas con el propósito de presenciar actos solemnes
y fastuosos, que en algunos casos sólo se veían una vez
en la vida. El enaltecimiento de un emperador o de un general victorioso,
las carreras de cuadrigas y la lucha de afamados gladiadores, podían
ser motivos que explicaran su presencia en la capital del imperio. La
crucifixión de Jesucristo, que para una mayoría social no
dejó de ser un espectáculo insólito que no alcanzaron
a entender nunca, tuvo que atraer a muchos peregrinos paganos.
Los primeros peregrinos cristianos fueron en verdad aquellos que seguían a Jesús de Nazaret a todas partes. Los Evangelios dan viva muestra de ello y de las complicaciones que originaba su manutención. El primer peregrinaje continental en el sentido que se conoce hoy tuvo como destino la visita a la tumba de San Pedro. A Roma llegaba la gente por la Vía Francígena que partía de Canterbury, al sureste de Inglaterra, la vieja ruta que desde el siglo X se cruzaba en varios puntos del norte de Francia con las nuevas trazadas hacia Santiago de Compostela. La frecuentación de los destinos determinó las denominaciones que diferenciaban a unos de otros. Romeros eran los que iban a Roma, palmeros a Jerusalén y peregrinos a Santiago, la nueva especie de caminantes que emergía de la oscura noche medieval, atenazados sus espíritus por las penas que se atribuían o que otros les imponían, en unos tiempos marcados por la pesadumbre milenarista.
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El
primer camino jacobeo lo trazó el Apóstol Santiago en el año 44. |
Los estudiosos que se han esforzado por averiguar el trazado de la vía romana que remontaba el curso del Ebro, son muchos y notorios, pero no parece que hayan prestado la debida atención a que fuese ésa la genuina entre las vías jacobeas; la que recorrió el Apóstol desde el momento en que desembarcó en Hispania por Tarraco. A los cuarenta días de la Crucifixión vino Pentecostés y la revelación del Espíritu Santo a los Apóstoles de las misiones encomendadas a cada uno para llevar el Evangelio a las tierras más apartadas. Todos se pusieron en marcha acompañados de sus discípulos, pero las persecuciones y delaciones motivaron que fuesen apresados, encarcelados y condenados a muerte. El primero en ser ejecutado fue Santiago, decapitado en Jerusalén por orden del rey Herodes el año 44. Ese mismo año el Apóstol había llegado a Tarraco (Tarragona), el puerto de la histórica arribada de los romanos el 218 a.d.C. No hay testimonios de la presencia apostólica, pero tampoco hay razones para negarla en tanto que la península ibérica ejercía una especial atracción por ser uno de los fines del mundo, ya desde el tiempo de los griegos y que los celtas habían fijado en las costas gallegas y portuguesas. Hacia el finisterre gallego marcharía Santiago Zebedeo, desde donde emprendería su misión evangelizadora, que habría de proseguir algún día por el continente, teniendo que cruzar el Pirineo por Roncesvalles, que era el principal paso expedito desde el 24 a.d.C. Santiago tomó el camino del Ebro en dirección a Zaragoza, y en esa ciudad se sabe por tradición que se le apareció la Virgen María para encomendarle alguna misión nueva y urgente que podría explicar el regreso precipitado a Jerusalén. No es factible que llegase nunca a pisar las tierras gallegas en que habría de ser enterrado, traído en barco por sus discípulos, después de que rescatasen el cuerpo. Arribó a la costa padronense, y en un monte de Iria Flavia permaneció ocho siglos, hasta que un eremita de nombre Pelayo vio un día como de la tierra salían luces. Avisado el obispo Teodomiro, acudió al lugar para dar testimonio del hallazgo. Era el 814, el año de la muerte del emperador Carlomagno, cuando sólo habían transcurrido 103 años de la presencia musulmana peninsular. |
La
noticia del hallazgo del Apóstol corrió por todos los monasterios. |
Las
peregrinaciones acababan de germinar, pero no será hasta un siglo
después, el siglo X, cuando algunos en algún lugar de la
futura Francia tuvieron la idea de ponerse en marcha hacia Galicia. Probablemente,
clérigos, animados por la proximidad y por comprender enseguida
que podían contar con algunos trazados romanos de norte a sur,
que apuntaban claramente hacia los pasos pirenaicos centrales y occidentales.
Los habitantes de las tierras por encima del Duero y Ebro se limitaban
a verlos pasar y a ayudarlos como buenos cristianos. La presencia mayoritaria
de gente francesa hizo que se denominase a la ruta “Camino Francés”.
Hasta el siglo XIII, los conocimientos geográficos y topográficos
que tenían los peregrinos acerca de la península ibérica
eran escasos, confusos y erróneos, sin apenas cambios desde el
tiempo del historiador griego Estrabón, en el siglo II adC. El
Pirineo axial nunca fue comprendido -todavía hoy-, desdibujado
por la interposición de una serie de elevadas cadenas serranas
que se cruzan y entrecruzan. Los contrafuertes que se desgajan hacia el
sur o hacia el norte crean un paisaje de apariencia caótica; un
Pirineo ignoto que arrastró a confusión a ejércitos
y a peregrinos. Hubo viajeros que llegaron a concederle anchuras desmedidas
de hasta 90 kilómetros y a fijar su conclusión en la Cuenca
de Pamplona… Pero aun así, la gente, porque se movía
con un raro instinto natural hoy perdido, era consciente de que la plana
de Roncesvalles-Burguete-Espinal que divisaban desde el alto puerto de
Lepoeder correspondía a las primeras tierras de la península
ibérica. Aquel hallazgo era de intensas sensaciones que enaltecían
los espíritus más afligidos. Unos experimentaban la alegría
de verse en la región del fin de la tierra, muy cerca de la tumba
apostólica. Otros, la satisfacción por pisar la tierra evangelizada
enteramente por Santiago… y conquistada por Carlomagno. Lo que hoy
cabe conceptuar como muestras de ignorancia y fanatismo de aquellos primigenios
peregrinos, podría ser la razón de que no concediesen la
importancia que tenía la proximidad de la llamada Frontera Superior
de Al-Ándalus, que no andaba muy lejos de la ruta jacobea. La desmesura
del “Codex Calixtinus” tuvo mucho que ver, inculcado desde
el siglo XII que el emperador Carlomagno había permanecido siete
años luchando contra los moros y que en Roncesvalles su retaguardia
pereció a manos de sarracenos. Mucho más realistas que aquellos peregrinos extranjeros que sólo ansiaban postrarse ante la tumba apostólica fueron las gentes que vivían entre Aragón y Galicia, que porque su existencia vital dependía tras año de las aceifas moras de tan trágicas consecuencias, peregrinar tenía que ser propósito inconcebible. Hubieron de esperar a tener conciencia de que se empezaba a ganar terreno a Al-Ándalus y de que villas y villares de nueva fundación podían establecerse con ciertas garantías de estabilidad a ambos lados del Duero, para que lo jacobeo fuese más allá de los propósitos que traía a los peregrinos europeos. Crearon así la figura de un Apóstol transformado en Santiago Matamoros que iba montado en un caballo blanco, blandiendo su espada a diestro y siniestro, y al que se encomendaban con profundo fervor en los combates. Muchas batallas constatan las crónicas que se ganaron de aquel modo. Santiago pasó a ser protector de los pequeños reinos y de la España unificada, hasta el siglo XVII en que patronazgo y fe popular empiezan a decaer y a perder arraigo. Surge la figura y la obra de Santa Teresa de Jesús y la encendida reacción de Francisco de Quevedo-Villegas en defensa del Apóstol. |
Las
vías romanas, artífices de la consolidación de las peregrinaciones. |
Las viejas vías romanas y la nutrida red de caminos medievales permitieron la pronta consolidación de los desplazamientos jacobeos. De las vías que cruzaban la Galia en sentido noreste-suroeste, la más importante venía de París, Orleans y Tours, de ahí el nombre Vía Turonensis, cuyo trazado se prolongó hasta Lieja, en Bélgica, y Hamburgo, al norte de Alemania. Ese itinerario, mucho antes de ser romano, fue frecuentado por los celtas que se dirigían al paso pirenaico de Roncesvalles, camino de las costas gallegas. También fue la ruta histórica que siguieron los pueblos bárbaros –suevos, alanos y vándalos- tras vadear en el 407 el Rhin congelado y cruzar por Roncesvalles a finales del 409, una vez que había quedado expedito el puerto valcarlino con la detención traidora de los pamploneses que les impedían el paso. Naturalmente, fue ese también el camino del ejército que convocó Carlomagno en la primavera del 778 para la toma de la Zaragoza que le habían prometido. No menos concurridas resultaron las otras tres vías. Así la Podensis, que debe su nombre a la población de Le-Puy-en-Velay, cuyo recorrido acabó remontándose en plena Edad Media hasta Geneve, Ulm y Berlín. La Lemovicensis, que pasaba por Vezelay y que encauzaba a la gente procedente de Luxembourg, Marburg y también de Berlín. La Vía Tolosana, que debe su nombre a Toulouse, venía desde Turín y Arlés con trazado Este-Oeste, para cruzar el Pirineo por el paso del Somport oscense. Por ella accedían a España los peregrinos italianos, entre ellos San Francisco de Asís (1214).
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Ostabat,
lugar en el que se juntaban las tres vías jacobeas. |
Las
tres primeras se fundían pasada la villa de St-Palais, en un paraje
entre colinas y verdes campos llamado Gibraltar, que conmemora una emotiva
estela de piedra, ya muy cerca de Ostabat, el pueblecito en el que los
peregrinos permanecían dos o tres días, más que recuperándose
del cansancio físico, armándose de valor para acometer la
travesía de los Pirineos en dirección a Roncesvalles. Era
lo que más temían tratándose de montes casi desconocidos,
nimbados por sensaciones numinosas que se formaron con las leyendas que
los navegantes griegos difundieron entre los celtas y estos entre los
pueblos prerromanos acerca de los montes encendidos y la ciudad fantástica
de Pyrene. La pequeña localidad de Ostabat, en un extremo de Basse-Navarre,
era el lugar apropiado en el que escuchar historias de santos y mártires
que, aun en medio de las mayores adversidades de la vida, no se doblegaron
ante sus verdugos. El papel que le cupo al “Liber Peregrinationis”
fue primordial, no sólo porque daba cuenta de los casos más
ejemplares, sino porque recomendaba además la visita a sus tumbas,
que oportunamente jalonaban la ruta jacobea. Si solemnes fueron los actos
de St-Jean d’Angély –enclave en plena vía turonense-
con motivo de la presentación de la cabeza de San Juan Bautista,
a los que asistieron varios reyes, entre ellos el de Navarra, allí
estaban las estimulantes recomendaciones de Aimeric Picaud a los peregrinos:
“Hay que ir a ver la venerable cabeza de San Juan Bautista, traída
de manos de unos religiosos desde Jerusalén hasta un lugar que
se llama Angély, en tierras de Poitou”.
Ostabat fue enclave decisivo en los momentos de mayor incertidumbre jacobea a la vista del Pirineo. De la aldea francesa partían los peregrinos hacia Roncesvalles; lo hacían en grupos mayores, apoyándose entre sí unos y otros ante los riesgos que entrañaba la travesía de la montaña. Los despeñamientos, extravíos, asaltos de ladrones y ataques de lobos; el hambre, la sed y las enfermedades, debieron de hacer estragos durante un tiempo. Muchos de los fallecimientos acaecidos en la casa-hospital de Roncesvalles serían consecuencia de la montaña. El acta de fundación del primitivo hospital del collado de Ibañeta (1127) constata con visos legendaristas que eran muchos los peregrinos que fallecían a causa de las intensas nevadas, la aspereza de los caminos y los ataques de las alimañas. Los arrojaban al carnario sobre el que se edificó la capilla del Sancti Spiritus (s. XII), cuyo origen puede estar en las fosas excavadas ahí mismo para los soldados carolingios caídos en las emboscadas de Roncesvalles... La ascensión del Port de Sicere, Montes de Roncesvalles o Route de Napoleón, arrancaba del pueblecito de St-Michel, a orillas del Nive de Behérobie, siempre vigilado por portazgueros desalmados que denunció Picaud. Ahí empezaban los 25 kilómetros de ascensión constante, primero superando los puertos de la Vierge d’Orisson y Leizar-Bentartea -hoy confín de Navarra- y luego, ya a la caída de la tarde, muy mermadas las fuerzas, el más arduo, que empezaba en el collado axial de Itzandorre y concluía en el fastigio del Lepoeder, el más elevado de cuantos pueden encontrarse en un camino jacobeo, salvo el Somport oscense que lo supera en unos 200 metros. Ese paraje siempre solitario simbolizaba el primer monxoi desde el que contemplar las primeras tierras peninsulares de Roncesvalles y Burguete. Un monxoi era un monte de la alegría. Lo fue Lepoeder durante los siglos X y XI, hasta que la categoría pasó a desempeñarla el collado axial de Ibañeta que, aún situado 400 metros por debajo, fue sumopuerto romano y cumbre más alta para los caminantes que accedían a Navarra por la ruta de Valcarlos, la hondonada del descalabro de la retaguardia de Roldán, que se convirtió en ruta jacobea oficial desde el siglo XII. Los accesos cambiaron y cambiaron las perspectivas, y con ellas, ansias y temores. El último y definitivo monxoi era “O Monte do Gozo” desde el que se divisaban las torres de la catedral de Santiago. Todavía hoy día hay muchos franceses de la comarca de St-Jean-Pied-de-Port que suben a los puertos pirenaicos en sus coches, y pie en tierra recorren los cinco kilómetros hasta el balcón de Lepoeder, sólo para recrearse ante la misma escena de hace más de mil años, que en días claros permite distinguir el macizo del Moncayo en la provincia de Soria. La apertura de Valcarlos hizo que la travesía de Cisere o Ciserei que tanto había contribuido a ensalzar el “Codex Calixtinus”, fuese devuelta a la vida pastoril que se remonta al neolítico de los dólmenes. Dormido durante siglos, el viejo camino romano recuperó el esplendor que nunca alcanzó del todo con la llegada de los xacobeos y con los intrépidos jóvenes peregrinos que inician la peregrinación a Santiago no desde Roncesvalles, como se hacía hasta ahora, sino desde los pueblos de Basse-Navarre, la antigua merindad navarra de Ultrapuertos. No sólo flota en el aire la emoción de poder seguir los pasos de Picaud, sino lo que representa hoy día poder pisar algunos tramos enyerbados intactos de la “Iter XXXII”, la vía que inauguró personalmente el emperador Augusto el año 24 a.d.C., cuando desde Sasamón, Burgos, partió para alguna estación medicinal de Aquitania (¿Dax?), escoltado a la sazón por la legión V Alauda que se dirigía a combatir en el inseguro limes del Rin. |
En
los siglos X y XI se desconocían los hechos bélicos de Roncesvalles. |
Ignoraban
los peregrinos de entonces que hubiese habido dos cruentas emboscadas,
una vascona y otra con la concurrencia de los Banu Qasi del Ebro. Ignoraban
asimismo que en la primera cayó derrotada la retaguardia carolingia
al mando de Roldán, Prefecto de la Marca de Bretaña, y en
la segunda las fuerzas de los condes Eblo y Aznar (824), dos personajes
casi de leyenda enviados a Pamplona por el emperador Ludovico Pío,
hijo y sucesor de Carlomagno. Las canciones de gesta no empezaron a conocerse
hasta el siglo XII, aunque se sabe que las primigenias redacciones se
habían gestado en el siglo anterior en algunos monasterios de Francia.
Tampoco existían hospitales ni ermitas, ni el camino de Santiago
estaba instituido como tal. La consolidación de las peregrinaciones
ni siquiera se vislumbraba. Tuvo que llegar el siglo XII para que reyes
y órdenes monásticas se ocupasen de su protección
y asistencia, y los comerciantes francos diesen auge y prosperidad a las
poblaciones del camino. La primera medida adoptada afectó directamente
a Roncesvalles, repercutiendo de forma decisiva en el ánimo de
los peregrinos futuros en tanto que suprimía el paso de los puertos
de Cisere, absolutamente desaconsejables para cualquier fábrica
asistencial. En sustitución se reabría el antiguo camino
de las invasiones peninsulares, que iba de St-Jean-Pied-de-Port por el
valle de Arnéguy y el desfiladero de Valcarlos hasta el collado
axial de San Salvador de Ibañeta.
Valcarlos e Ibañeta salvaron las peregrinaciones desde el siglo XII en adelante.También las salvó el relato del clérigo Aymerc Picaud,quien sorprendentemente se atrevió a cruzar los altos puertos pirenaicos de Cisere sabiendo que la ruta de Valcarlos gozaba por entonces de la protección de reyes y monasterios. No tiene tampoco mucha explicación que la primera de sus trece jornadas a Santiago la trazase entre las aldeas de St-Michel y Viscarret, en el valle navarro de Erro, olvidándose de la existencia en medio de la Villa de Roncesvalles (Burguete), lugar de detenimiento obligado para aquella gente, incapaz de dar un paso más sin desfallecer después de tan ardua travesía. Que aquel personaje que tanto detestaba a bascli y navarri recurriese a Viscarret como final de etapa, demuestra el grado de desconocimiento que tenía él y todos acerca del Pirineo, así como la artificiosidad del itinerario que diseñó. Los hechos no le dieron la razón y los caminantes engrandecieron el nuevo Roncesvalles de pie de puerto. Las peregrinaciones discurrieron con normalidad siglo a siglo, hasta el XVII en que las nuevas corrientes religiosas reformistas centroeuropeas desalentaron a los caminantes. Fue aquella la época en que pudo dejarse de peregrinar. La gente tenía miedo de confesar que iba a Galicia a redimir pecados o a ofrecerse en penitencia por favores recibidos en la vida. Aquel estado de decadencia general alcanzó cotas mayores desde que en París rodó la cabeza del rey Luis XVI, se declaró la Guerra de la Convención contra España, y Europa se vio inmersa en las guerras napoleónicas. La caída sin freno prosiguió durante todo el siglo XX, y no se detuvo hasta la llegada del Xacobeo 1993, primero de los promovidos desde Galicia con el reconocimiento oficial del Consejo de Europa.
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San
Salvador de Ibañeta, la célula de Roncesvalles. |
Desde
que empezaron a entrar peregrinos por el Pirineo, en un paraje como el
collado de Ibañeta no podían faltar las fábricas
religiosas y asistenciales, cuanto menos por ser el escenario en el que
casi con seguridad murió el conde Roldán y en el que se
desarrollaron las escenas más sublimes de la canción de
gesta. Se tiene constancia de un monasteriolo en 1071, pero fue el instituido
en 1127 el que realmente sentó las bases del enclave roncesvaliano
de pie de puerto. Era aquel el año en que se erigía la catedral
de Santiago. Se había alzado en el arranque de la bajada al llano,
y allí se mantuvo activo durante cinco años, pero los monjes
que estaban a su cuidado no fueron capaces de resistir ventiscas, soledad
e incomunicación en lo más crudo de los inviernos, lo que
los determinó a trasladarse al abrigo del pie de puerto, donde
habrían de permanecer unos cien años, hasta que en su solar
se construyó la Colegiata de Santa María, la espléndida
iglesia gótica que costeó personalmente el rey Sancho VII
el Fuerte, el mayor protector que tuvo Roncesvalles. Pero porque desde
el primer momento alguien debió de esforzarse para que el lujoso
templo no acabase destinado a mugrientos peregrinos, es por lo que pudo
construirse la cercana y modesta iglesia de Santiago (s. XIII), que seguramente
costeó también el héroe de la batalla de las Navas
de Tolosa. El misterio y el enigma rodearon a aquel rey gigante de 2,25
metros que, enfermo y acomplejado por su obesidad, decidió pasar
los últimos 25 años de su vida enclaustrado entre los muros
de su castillo de Tudela, a orillas del Ebro. Mucho fue el amor del rey
por Roncesvalles y mucho el empeño que puso en la colegiata y en
el hospital de peregrinos, y sin embargo es casi seguro que no asistiese
a los actos solemnes de consagración del templo. Murió en
Tudela y allí fue enterrado un tiempo, hasta que su sobrino el
rey Teobaldo I, desobedeciendo prohibiciones eclesiásticas, exhumó
los restos de su tío y los llevó a Roncesvalles. En sitio
destacado de la colegiata permaneció su tumba, pero el incendio
del recinto y un desgraciado traslado motivaron su extravío durante
casi tres siglos. Desde comienzos del siglo XX descansa en el centro de
la capilla de San Agustín.
Si el esplendor alcanzado por el recinto hospitalario de Roncesvalles obligó a que una población cercana cambiase su nombre, también fue motivo de que Ibañeta se convirtiese en un mero collado, último para descender a Francia, y de que el pequeño monasterio pasase a ser ermita. Pero tanta era la excelsitud del lugar que la campana que tañía al anochecer el ermitaño para orientación de peregrinos extraviados o que a punto estaban de perder la fe en el camino a Santiago, ya fuera subiendo por Valcarlos o descendiendo de Lepoeder, pudo transformarse en efecto en la campana más escuchada de Europa, como llegó a decirse, hoy enmudecida definitivamente en la espadaña de la iglesia de Santiago. |
En
Roncesvalles los peregrinos tenían derecho a permanecer tres días. |
La
casa-hospital de Roncesvalles tenía fama por la generosidad y buenos
cuidados de los peregrinos. Lo constata un poema latino anónimo
del siglo XIII, “La Preciosa”. Allí la gente sentía
las cosas de otro modo, en un entorno ensalzado por los relatos medievales.
Arroyos, prados y laderas encarnaban el recuerdo permanente de la agonía
y muerte del conde Roldán. Los peregrinos se iban de Roncesvalles
con vivas muestras de agradecimiento, que en muchos casos se tradujeron
en donaciones provenientes de los rincones más apartados de Europa.
La marcha a Santiago se reanudaba con las primeras luces del alba, caminando
entre campos y bosques hasta el Burgo de la Plana de Roncesvalles, primer
poblado al pie del Pirineo, que el auge vertiginoso que había cobrado
el enclave hospitalario en torno a la colegiata lo obligó a llamarse
Burguete, topónimo que hoy comparte con el euskérico Auritz.
Muy cerca está Espinal, pueblo trazado a un lado y a otro de la
ruta jacobea, fundado por el rey Teobaldo II en 1269 en las inmediaciones
de la mansión romana de Iturissa. De ahí, los caminantes
pasaban a Mezquíriz, Viscarret y Linzoáin, tres poblaciones
del valle de Erro, de cuya jurisdicción dependieron en un tiempo
todas las tierras y montes hasta cerca de la localidad francesa de Uhart-Cize.
Viene a continuación el último de los puertos, el de Erro,
por el que adentrarse en el llano de Esteríbar, valle del Arga,
el río-arteria de Navarra que habían de cruzar por las localidades
de Zubiri, Larrasoaña y la misma Pamplona. De la capital del viejo
reino, el camino genuino de los peregrinos partía en dirección
a la foz de Osquía, y por los valles de Araquil, Tierra de Aranaz
y Burunda, flanqueados por las sierras de Andía-Urbasa y Aralar-Altzania,
atravesaba la llanada de Álava hasta salir a tierras castellanas
por el desfiladero de Pancorbo, uniéndose en el nudo de Briviesca
a la ruta de Tarragona a León. Pero conforme la Reconquista iba
ganando tierras a los moros, los reyes empezaron a vislumbrar las ventajas
que se derivaban del paso de los peregrinos. La ruta experimentó
entonces calculados desvíos, que aún perduran, como el que
promovió Sancho el Mayor desde Pamplona al puerto del Perdón,
la Valdizarbe y Obanos, lugar donde se fundía con la ruta tolosana
de Somport. No hubo tal encuentro de caminos en Puente la Reina, como
suele decirse; la traducción ‘ad’ de los textos latinos
más antiguos es ‘hacia Puente la Reina’. |