Guesalaz y Yerri
en su historia

Navarra es región de valles geográficos.
Dos de los más históricos son Guesalaz y
Yerri, que formaron parte del antiguo País
de Deio o Terram Degense.
        Entre las poblaciones romano-vasconas de la futura Navarra que mencionan los historiadores antiguos, la mayoría se situaba entre la Cuenca de Pamplona y la Ribera del Ebro. Era el extenso Ager Vasconum que abarcaba las merindades de Estella, Olite y Tudela. La identificación de Andelos, cercana a Mendigorría, no dejaba duda a la vista de sus ruinas. De Curnonium se sabe que lindaba con Los Arcos, por donde el Camino de Santiago enfila hacia Viana, y de Bitouris únicamente se tiene la sospecha de que podía tratarse de Vidaurreta en el valle de Echauri, pero más convincente es relacionarla con Viguria de Guesalaz, otrora su capital, no ya por proximidad física o por parecido con el nombre latino, sino por lo que había sugerido Julio Caro Baroja acerca de que fuese ése el lugar de origen del primer rey vascón de Pamplona, Iñigo Arista o Ariesta (el "ardiente" y no "el roble"). Algunos documentos medievales constatan que era de Bigorra o Bigoria, hoy Viguria, pero porque la historiografía de los últimos cuatro siglos se empeñó en que la grafía era Bigorre, todas las miradas desde entonces se dirigieron a la región allende el Pirineo.
 
Flor del sol (Eguzkilore)Aquellas villas romanas eran las más importantes, pero tenían que existir otras sin notoriedad al margen de las rutas más transitadas, repartidas por valles al pie de las sierras de Urbasa y Andía, intensamente romanizadas con la llegada de los nuevos dueños y señores de la tierra. Soldados veteranos que por haber servido en las legiones en la larga guerra contra los pueblos del norte peninsular, a finales del siglo I a.d.C., fueron recompensados con poblaciones, bosques y campos. Aquello llevó a Caro Baroja a exponer su conocida teoría de que los topónimos de pueblos que acaban en "ano" y "ain" derivaban del nombre de sus propietarios, y entre los muchos ejemplos por Navarra cita tres referentes a los Valles: Muniáin, que procedería de Munio; Grocin, de Grotius y Arguiñano, de Argeus. El proceso romanizador en esos pueblos tuvo que ser rápido e intenso pese a la falta de monumentos. Sólo algunos hallazgos ocasionales y dispersos que se circunscribían a unas cuentas aras, como la de la ermita de San Quiriaco de Arradia, término de Garisoáin, dedicada a Marcellus, de donde procede el topónimo local Marcaláin; las dos de Lerate en honor de la divinidad Lotsa, un trozo de una en Muzqui y otra muy reciente hallada en una escombrera de Irujo. Es notoria, asimismo, una lápida empotrada en un muro de la iglesia parroquial de Muez, capital de Guesalaz, en recuerdo de un veterano de las legiones, Ordunetsi. La importancia de los asentamientos en la futura Merindad de Estella, el auge que iba adquiriendo la agricultura con la implantación del arado, el uso de nuevos cultivos y los aprovechamientos forestales de los montes serranos, debieron de ser razones para abrir nuevas comunicaciones entre unas comarcas y otras. La más importante iba de la Barranca a Yerri y al puente de Lorca, con derivaciones a los valles de Mañeru y de la Solana. No tiene base sostener que un camino empedrado por Muzqui y Arzoz, en Guesalaz, fue calzada romana, tratándose de una vía rural del siglo XVIII que venía por el despoblado de Soracoiz. Otra vía como ésa existe aún entre Elzaburu de Basaburua Mayor y el alto embalse de Leurza. Los ejemplos se multiplican. No son tampoco verosímiles castillos medievales en los Valles, y no obstante citó uno casi inexpugnable José de Moret en el entorno de Salinas de Oro.
 
Los siglos VI al VIII, hasta la invasión musulmana del 711, se caracterizaron por el acoso constante de los reyes godos, que chocan a menudo con los vascones, probablemente por no querer estos someterse al patrón unificador de la península ibérica, lo que hace que muchos de ellos se desplazasen con afán liberalizador hacia las comarcas de la cuenca alta del río Zadorra, hoy Álava, en las que moraban los várdulos, quienes se vieron forzados a emigrar en buena parte al solar del condado de Castilla y a los montes de Tulonio sobre el Ebro (hoy sierra de Tuloño). Los vascones que prefirieron quedarse en valles como Guesalaz y Yerri, hallándose próximos a la vía que subía de la Ribera por Los Arcos y dado su relativo aislamiento, es muy probable que experimentasen incrementos de población con la gente que huía de los godos. La vida rural hubo de continuar su andadura histórica hasta otro tiempo de sobresaltos. La entrada en suelo peninsular de los invasores musulmanes, cuya presencia en el valle de Ebro no se conoció hasta el verano del 714 con la gran expedición de Musa y Tariq, los arietes de la conquista, iba a provocar grandes cambios en la trayectoria histórica de la futura Navarra. Primero fue el encuentro el verano de aquel año con el poderoso conde godo Casius, quien para conservar sus extensos dominios decidió renegar del cristianismo y convertirse al Islam. Sus descendientes, los belicosos Banu Qasi, se convertirían muy pronto en parte fundamental del reino de Iñigo Arista. A aquel encuentro siguió otro no menos sorprendente sólo días después: el descubrimiento árabe de los vascones, gentes del campo ocupadas en las faenas de la recolección, los primeros que veían y que tan mala impresión causaron en los cronistas. Aunque no hay acuerdo entre los historiadores, hay razones para suponer que aquella embajada cruzó el Ebro y se internó hacia el norte por la vía de Los Arcos hasta alcanzar la línea del río Ega, no en vano eran las únicas tierras que no dominó Casius hasta pasados dos siglos cuando sus hijos, caminando por la misma vía, establecen la Frontera Superior del reino de Al-Ándalus entre el Monjardín y el Montejurra, que vigilaban desde la fortaleza de San Esteban sobre el primero de los montes, que hacia el 910 les arrebató Sancho Garcés I. Aquella acción, porque se consideró osado desafío, condujo diez años después a la aceifa, a la operación de castigo contra el reino de Pamplona, encabezada por el Emir Abderramán III, la cual como es sabido concluyó en batalla de Valdejunquera en julio del 920, en campos de Yerri y Guesalaz. Fue precisamente la crónica de Ibn Idari -descubierta en el siglo XIX- la que reveló por primera vez que los Valles estaban habitados, como lo pone de manifiesto que una vez conseguida la victoria sobre los cristianos, empleasen los musulmanes tres días cabales en arrasar campos y cosechas, llevándose a Córdoba la producción del trigo y cientos de caballos…
 
El pastoreo fue la primigenia actividad de los VallesHacia finales del siglo XIII, la Merindad de las Tierras de Estella mantenía ya una sólida división en diez valles, entre los que sobresalían por su dimensión La Berroza y Dierri, formados de la partición del antiguo Deio o Terram Degense, los cuales no tardaron en dividirse en otros menores en los que procuró respetarse la topografía más relevante, como ríos, montes y valles geográficos que apenas deslindaban altos y portillos. Los valles como tales iban a convertirse en lo sucesivo en principales aglutinantes de pueblos y gentes con derechos y prerrogativas. De La Berrueza surgieron el de Aguilar (con algunas villas hoy alavesas) y el de Valdega; y de Dierri, el actual Yerri y el de Guesalaz, cuya línea divisoria siguió el curso del río Ubagua entre los pueblos de Iturgoyen, Riezu, Muez y Lerate. La unidad que marcaba la topografía quedaba salvaguardada, a excepción de los concejos de Alloz, Lorca, Bearin y Uraul, y un Lezaun perdido en el monte, que quedaron fuera, aunque no administrativamente. La población, superadas las grandes pestes bubónicas de los años 1348 y 1362 -la última bien tardía, en 1599-, que afectaron a Navarra entera y naturalmente a los valles estelleses, encontraron la estabilidad y la prosperidad que se había iniciado con el siglo XIII, que trajo cambios notorios en el aspecto de los pueblos, que ganaban más espacio habitable. Las viejas iglesias románicas de los siglos XI y XII, pesadas, angostas y oscuras, fueron sustituidas por las más esbeltas y luminosas góticas, pero conservando portadas y ábsides. Las que aún subsisten con el viejo estilo se debe a un temprano abandono de los pueblos, cual Ciriza de Yerri, por ejemplo, cuya iglesia es hoy encantadora ermita de Santa Catalina entre los dorados trigales. Otros lugares como Burumendi, Opaco, Zurbano, Erendazu… desaparecieron sin dejar rastro, bien porque acabaron diezmados por las pestes, bien porque fueron absorbidos por los pueblos limítrofes más ricos o bien porque entraron a formar parte de otros de nuevo cuño, como Villanueva de Yerri. La cañada real de Tauste, que permitía a los rebaños de la Ribera acceder a los pastizales de Andía, fue otra gran novedad de aquel tiempo. Pero a las pestes siguió otra clase de penurias. La guerra civil de la Navarra del siglo XV, entre agramonteses y beamonteses, sacudió los valles de Tierra Estella con virulencia, más que por quebrantos derivados de la merma de población, por las severas privaciones derivadas de los gastos de guerra, que obligó a algunos pueblos a poner en venta parte de las tierras comunales.
 
Los siglos XVI y XVII fueron también de prosperidad para los valles de Guesalaz y Yerri, cuyas gentes seguían proyectando la actividad comercial hacia Estella, hacia el mercado semanal, activo desde la Edad Media, al que acudían por tres antiguas rutas. Las dos que se fundían al paso por la estrecha foz del embalse para incorporarse al Camino Real en el puente de Lorca, y una tercera, la más occidental de Yerri, que seguía el curso del Iranzu por Murugarren y Grocin a Villatuerta. Fue aquella una larga etapa que traería nuevas remodelaciones arquitectónicas de las iglesias parroquiales y de las viviendas, muchas de ellas recias casonas que aún pueden admirarse en los pueblos. La vida parecía haberse estabilizado hasta comienzos del siglo XIX, en que es interrumpida bruscamente con el sometimiento napoleónico de Navarra. La represión en Estella y en las poblaciones aledañas al camino de Pamplona, fue intensa. Guesalaz y Yerri quedaron al margen de la presencia francesa, aislados entonces de la Cuenca de Pamplona vía Echauri. Consta alguna visita francesa a Arzoz desde Puente la Reina, siguiendo los pasos de Espoz y Mina, el "brigante" de Idocin, que en sus frecuentes correrías de la sierra de Andía solía hospedarse en dicho pueblo. Tras la francesada vinieron las guerras carlistas, que resultaron cruentas en esas tierras, y no hay más que recordar las masacres de Lácar y Abárzuza, donde murió el famoso general Concha, pero en cambio no repercutieron en daños sobre pueblos y gentes, tratándose de fuerzas combatientes de procedencia foránea de uno y otro sino…
 
Ya adentrados en el siglo XX, los Valles seguían manteniendo sus campos dedicados al cultivo del trigo, cuya producción solía quedar en su mayor parte para casa. Hacer pan era primordial en las familias de prole numerosa, pero una parte se llevaba a vender, juntamente con vino y aceite. Primordial era disponer también de cerdos y vacas, para cuyo alimento se cultivaba maíz. Los bueyes, que se requerían para las tareas más pesadas del campo, solían ser caros. Se procuraba sembrar todo lo que se podía en reducidas huertas al lado de las casas. La guerra civil se llevó a muchos hombres, cuyos brazos hubieron de suplir con esfuerzo los hermanos menores… Conforme se alcanza la década de los años cincuenta, los campos de trigo se convierten en predominantes. Los primigenios quejigales y encinales que descendían de los montes al llano, cada año disminuían. A más campos, más trabajo. Las faenas duraban de sol a sol y las fiestas patronales tenían que celebrarse ya al borde del invierno… La vida era laboriosa y llena de privaciones. La concentración parcelaria iba imponiéndose valle a valle. Llega la hora del éxodo rural de mediados de los años sesenta cuando desde Pamplona, principalmente, se reclama mano de obra para la industria que llegaba a Navarra. Los más jóvenes se van. Empieza a venderse el ganado de labor y a abandonarse las piezas. Muchos padres siguen los pasos de sus hijos; algunos, ya mayores, tienen que aceptar trabajos de menor cuantía. Las casas de los pueblos van cayéndose poco a poco; el adobe y la carencia de piedras sillares las echa abajo. Los Valles aún permanecían unidos cada uno en su jurisdicción, hasta finales del siglo XIX en que llegan las desmembraciones de Salinas de Oro y Abárzuza, seguida en 1951 de la de Lezaun, que se separa de Yerri. Valles tan tradicionales en Navarra como Roncal y Salazar se desintegraron. Otros como el jacobeo Esteríbar, el mayor de la comunidad autónoma, permanece unido. Navarra, que había sido la región española que regía su vida municipal por el mayor número de valles, después de Cantabria, pasaba a quedarse con los 30 actuales…
 
La siembra del trigo sigue siendo predominanteDe la historia a grandes trazos hay que pasar a la evolución toponímica de la comarca de Tierra Estella y a su relación con Guesalaz y Yerri, no en vano tantas fueron las cavilaciones por determinar si el espacio entre Urbasa-Andía y el Ebro y las cuencas del Ega y Arga correspondía en verdad a aquel etnónimo "navarros", despectivo según algunos hacia las gentes del campo, que por ser mayoritarias acabaron dando nombre al reino de Navarra. En lo que no debe de quedar duda es que el actual topónimo "Yerri" es reliquia del primigenio Degio o Deio, cuya cabeza visible era el castillo de San Esteban de Monjardín. Degio, supuso Caro Baroja que debía de ser adaptación medieval de un destacado antropónimo comarcal, Degius, relacionado con algún influyente propietario romano, cual en el siglo VIII el conde godo Casius en tierras del Ebro. De las diferentes grafías parece que quedó afianzada en la documentación medieval más tardía la de "Terram Degense", que la gente del pueblo de habla vasca predominante acabaría convirtiendo en Deierri, conjuntando el romance Deio con el vasco "erri", sinónimo de "país" y "tierra". Tanto es así que en el siglo XIII, el Fuero Antiguo de Navarra lo constaba ya como Deierri, una de las regiones españolas a salvo de la conquista musulmana. En el siglo XV el Príncipe de Viana en su "Crónica de los Reyes de Navarra", además de mencionar la existencia de una "Navarra Vieja" que ciñe a los territorios estelleses, reflejaba el topónimo del valle con cierta deformación: "E llámese la antigua Navarra estas tierras, a saber: las Cinco Villas de Goñi, de Yerri, Valdelana, Amescoa, Valdegabol, Campezo e la Berrueza e Ocharan". Es obvio que lo que pretendió el Príncipe fue corregir lo que supuso un error del Fuero Antiguo, por lo que "Deierri" vio separada la "De" inicial, que pasó a preposición antepuesta a "Ierri" o "Yerri". El juego de palabras y los parecidos semánticos llevaron en el siglo XIX al archivero general José Yanguas y Miranda a volver sobre las palabras del Príncipe Carlos y deducir no sin asombro que "tomando la voz nava y uniéndola a Yerri podría haberse llamado Navaerri al valle de Yerri, y después, por contracción, Navaerri, para llegar finalmente a Navarra". Julio Caro Baroja tomó también en consideración que la misteriosa "Navarra vieja" de que hablaba era "una verdadera unidad geográfica, un país que por el norte termina con el tajo inmenso de las sierras de Urbasa y Andía", y lo corrobora con los fueros de Tudela y Gallipienzo, que consideraban a Alfonso el Batallador, en el siglo XII, como reinante "in Aragonia, in Irunia, in Navarra". En lo mismo incidió el profesor Floristán Samames con respecto a que si los montes de Andía (que durante mucho tiempo comprendían las sierras de Urbasa, Encía, Sarbil, Satrústegui y San Donato) figuraban en los mandamientos reales más antiguos como de uso exclusivo de los navarros, pudo deberse a que por tales se entendía los moradores de los valles limítrofes, entre ellos naturalmente los de Guesalaz y Yerri.