El valle de Zumbel
Por este magnífico y bello corredor que separa las sierras de Urbasa
y Andía, vía romana entre las tierras de la Barranca y las ribereñas
del Ega, caminaron los reyes Sancho Garcés I y Ordoño II cuando la
batalla de Valdejunquera.
        El recorrido fugaz o la estancia de unas horas en Guesalaz y Yerri no puede prescindir de las visitas a los entornos naturales del diapiro de Salinas de Oro, del monasterio de Iranzu y del cañón del Ubagua, pero es Zumbel el que encierra mayores valores geográficos e históricos, el alto valle situado a 800 m. de altitud, alargado y anchuroso corredor al que se accede por la NA-120 desde Estella vía Abárzuza y desde Echarri-Aranaz y Arbizu en la Barranca. Dependiente en una parte del término de Lezaun, el antiguo concejo de Yerri, el valle avanza con trazado meridiano entre las dos grandes unidades fisiográficas, las sierras amesetadas de Urbasa y Andía, esos mundos pastoriles inmensos que divide por la mitad. Zumbel es una fosa tectónica que por su particular morfología cárstica carece de cursos de agua regulares al sumirse estos por las abundantes dolinas, esas fosas circulares o cónicas que esconden peligrosas simas que tanto temen los pastores, objeto de leyendas recogidas por José Miguel de Barandiarán. La conocida por la "Sima del Roble" tiene un diámetro de 83 metros, y a ella van a parar las aguas que salen por el nacedero del Ubagua, en Riezu. El valle alterna la vegetación mediterránea con la atlántica, creándose asombrosos contrastes entre un extremo y otro. De los enmarañados encinales y quejigales que proliferan por los concejos de Ibiricu e Iruñela y el gran barranco Erendazu que enlaza con el alto valle, se pasa a los hayedos y acebos del desolado de Zumbel, y conforme la carretera se aproxima a la cota de los 1.000 m. del puerto de Lizarraga, el paisaje se hace árido y rocoso, salpicado aquí y allá de espinos albares, aquellos árboles que antiguamente se consideraban ahuyentadores de las tormentas y que hoy simulan parapetarse tras los gruesos muros de lajas. Ya al cabo del recorrido, la NA-120 parece detenerse frente al potente escarpe calizo que se interpone, y así habría sido de no ser por un túnel de unos cien metros que permite el descenso vertiginoso entre hayas hacia el valle de Ergoyena, sobre el que se asoma el perfil antropormórfico del morro de San Donato.
 
La vía romana y todos cuantos caminos se trazaron encima no discurrían en esa dirección, sino que lo hacían cerca de la gran falla oriental de Urbasa, el descomunal muro de 300 m. de alto, hasta rozar la ermita de San Adrián, que se alza desafiante sobre el escarpe rocoso que representa el único punto de confluencia geológica de ambas alineaciones serranas, desde donde descendía al llano en la villa de Bacaicoa. Hasta la apertura de la vía romana, el valle de Zumbel constituía un espacio cerrado, un profundo entrante en la montaña que aprovechaban los pastores de la Ribera que subían con sus rebaños por la cañada real de Tauste, 135 kilómetros de paciente marcha hasta las inmediaciones de Zumbel, único lugar habitado desde mediados del siglo XIII, que Pascual Madoz describió en el Diccionario Geográfico (1840-45) del siguiente modo: "Término redondo de Navarra, partido judicial de Estella, en el valle de Yerri, en cuyo confín septentrional y en una suave pendiente está situado. Tiene un edificio bastante capaz con una venta contigua de gran consuelo para los viajeros y la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves." Los que habían de pernoctar en la venta eran las cuadrillas de arrieros que llevaban vino y trigo de Mañeru y Cirauqui a Guipúzcoa, últimos en utilizar el viejo camino. Hoy el valle lo cruzan veloces automóviles que intentan recuperar algunos minutos perdidos en el sinuoso trazado del puerto. No falta esa gente que acude en busca del halo encantado de los hayedos; tampoco los esforzados senderistas que, fieles a los itinerarios marcados, bordean la iglesia del lugar, solitaria y enmudecida, para encaminarse hacia los parajes más intrincados de Urbasa. Otros, en cambio, prefieren aventurarse por el bosque tras el rastro primigenio de la ruta antigua, visiblemente marcada en algunos puntos, sorteando dolinas y vaguadas. Las bordas pastoriles, recias edificaciones que delatan las humeantes chimeneas y los ladridos de los perros guardianes, aparecen entre los claros. Cercanas a las casas de Zumbel se ven las anchurosas y bien cuidadas huertas de las gentes de Lezaun, alineadas unas tras otras, separadas de los pastizales de más al sur por recintos murados.
 
Es ese trazado meridiano entre esos mundos fronterizos de Urbasa y Andía -en otro tiempo, sólo Aundía, "la grande" o "el grande"- lo que le confiere al valle su particular y relevante peso: ser el eslabón perdido que falta para completar el limes occidental del convento jurídico cesaraugustano por el que se regían los pueblos romanizados de la Tarraconense hasta el solar de Navarra, más allá del cual venía el cluniense con sede en Clunia (Coruña del Conde, Burgos), que ocupaban várdulos, caristios, autrigones y cántabros, los pueblos que acabaron formando el primitivo condado de Castilla. "No sólo es lícito, sino obligado establecer en las sierras de Urbasa, Andía y Aralar la frontera perdurable que ha separado dos comunidades históricas dispares: la Euzkadi de hoy de la Navarra milenaria", determinó Claudio Sánchez Albornoz (1). Tan legendaria línea había empezado a dibujarse con visos de precisión hacia el siglo II, si bien dejando por delante extensas zonas neutras, tierras de nadie que nadie tampoco osaba traspasar. Accidentes orográficos como el Pirineo o ríos como el Aragón y el Ebro no presentaban dudas serias en cuanto a límites, pero sí desde el río ribereño en dirección a los valles terraestelleses de La Berrueza, Lana, Valdega y Valdeallín, que aunque apartados de la vía romana que subía a Pamplona, seguían siendo vascones pese a quienes los consideran várdulos. Los historiadores grecorromanos fijaron en la zona comprendida entre Mendavia, Viana y Los Arcos la posición de la villa de Curnonium, el enclave más occidental del "ager vasconum", que habría de convertirse muy pronto en vía de enlace con las tierras de Santa Cruz de Campezo, Alegría y Salvatierra, ya en el espacio de várdulos por el que se extendían los nuevos "fundi" que los romanos requerían para sus propósitos repobladores.
 
En el siglo III, el "Itinerario de Antonino", compendio de vías romanas en Hispania, ponía de manifiesto la existencia de poblaciones a lo largo de la "Iter 34" que venía de Burdeos a Briviesca (Burgos). Una de ellas era Arakeli o Araceli, situada entre Alantone (¿Atondo?) y Alba (Salvatierra), probablemente en el entorno de los actuales pueblos de Bacaicoa, Arbizu y Huarte-Araquil, la medieval Tierra de Aranaz que comprendía entonces los valles de Ergoyena y Lizarrusti. El itinerario romano dejaba claro que el corredor de la Barranca, al otro lado de Urbasa y Andía, formaba parte de uno de los brazos meridionales del "saltus vasconum" que más se aproximaba al "ager vasconum", con el que se enlazaba por el valle de Zumbel, que a la vez constituía la muga con los várdulos alaveses. Araceli tuvo que ser nudo vial de primer orden, no sólo por el hecho de pasar la vía romana que unía la Cuenca de Pamplona y la Llanada de Álava, sino porque también otros caminos confluían en las inmediaciones: el del saltus pirenaico por el valle de Larraun, el de Vardulia que venía de las comarcas guipuzcoanas de Ataun y Beasáin y el del Valle de Zumbel. Sánchez Albornoz se ocupó con detenimiento por desentrañar el trazado de aquellas rutas naturales, que no vías romanas construidas expresamente. Buscó y halló pasos de la Meseta a los valles asturianos y desde Navarra a la cuenca alta del Zadorra, pero contra lo que era su costumbre no acertó a dibujar el eslabón perdido con el mundo que representaba el corredor de la Barranca. Se había detenido en los accesos de Sta. Cruz de Campezo por él descubiertos en 1929 en compañía de José María Lacarra, que le permitieron explorar el itinerario de los musulmanes en el siglo IX. Pero se trataba de accesos muy apartados, por lo que no vaciló entonces en dar por buena la ruta de Urbasa vía las Améscoas que sale a Olazagutía y Alsasua, en el valle de la Burunda, último antes de Álava, olvidando que correspondía a un paso moderno, abierto durante la primera guerra carlista por el general Zumalacárregui. El ilustre medievalista, porque no se percató de la existencia del valle de Zumbel, ni que por él marchase la vía romana a que aludía cuando refirió vestigios de una en el puente de Lerate, hoy sumergido en el embalse de Alloz, se vio obligado a aceptar como único acceso a la Barranca el camino desde la misma Cuenca de Pamplona, lo cual es inadmisible desde cualquier punto de vista.
 
A la travesía de Zumbel hizo alusiones José de Moret (siglo XVII) y referencias confusas Pascual Madoz, y porque la historiografía tampoco le prestó atención, algunos hechos históricos continúan sin explicación razonable. A menudo se olvida la importancia de ciertas vías de comunicación intermedias o secundarias, en relación con las grandes del estilo de la "Iter 34" de Roncesvalles. Bajo la dominación romana y hasta el siglo V parece seguro que el valle de Zumbel tuvo fines sólo comerciales con las comarcas que unía, pero el horizonte debió de ser muy distinto entre los siglos VI y VII, cuando los desplazamientos vascones del "ager" a otras tierras, forzados por los godos de más allá del Ebro que los obligaban a integrarse territorial y jurisdiccionalmente en la nueva realidad nacional que atisbaban, que los llevó a desplazarse en varias direcciones, la más notoria a las seguras comarcas orientales de la Llanada de Álava, provocando a su vez la huida de los várdulos de Alegría, los más próximos a la muga vascona, que hubieron de acogerse a la sierra de Tuloño sobre el Ebro y a los valles del norte de Burgos. Fácil es suponer con estos datos históricos y con lo que refirió el historiador navarro Joaquín Arbeloa que el paso de los vascones se hizo a través del valle de Zumbel: "Se repliegan (los vascones) hacia el Oeste, traspasan las sierras de Andía y Aralar y obligan a sus moradores (los várdulos) a desplazarse a la zona meridional".
 
La primacía de la ruta no se detuvo en aquellos siglos. Hacia 910, a los cinco años de subir al trono el nuevo rey de Pamplona, Sancho Garcés I tuvo que recurrir al valle de Zumbel para emprender la recuperación de las tierras suroccidentales que habían caído en poder de los musulmanes Banu Qasi, la región de Degio o Terram Degense, cuyo corazón constituía el espolón septentrional de la Frontera Superior de Al-Andalus en la fortaleza del pico Monjardín. Sancho era consciente de que desde su sede regia en la Tierra de Sangüesa era muy arriesgado acceder a la comarca de Estella por la ruta habitual romana del valle de Aibar, que desembocaba en la amplia franja territorial de Tafalla a Olite, en poder de los belicosos descendientes del conde Casius, el terrateniente godo que se pasó al Islam en el 714 para ver salvados sus dominios. Sabía también Sancho que al sur de la Cuenca de Pamplona, al otro lado de los montes del Perdón, la vía romana a Estella, futuro Camino de Santiago, cruzaba tierras de nadie que tampoco ofrecían seguridad, próximas las fortalezas moras. Moret lo dejaba claro: "Se entraba muy adentro y desacomodaba mucho la comarca, teniéndola siempre en arma viva y expuesta a las correrías y robos de los bárbaros" (3) El rey debió de dirigirse de Pamplona a la Barranca, y desde el nudo de Tierra Aranaz tomaría el viejo camino de subida al valle de Zumbel, que le iba a permitir acceder al puente de Lorca, el que maldijo el peregrino Aymeric Picaud en el siglo XII, y desde allí desplazarse con facilidad al río Ega y al monasterio de Irache, donde se encomendó a la Virgen titular antes del asalto del castillo de Monjardín. Años después (920), cuando Sancho huía acosado del entorno del Montejurra por el Emir Abderramán III, volvió a ponerse a prueba la trascendencia del paso de Zumbel a raíz de la solicitud de ayuda al rey de León, Ordoño II, que a la sazón se hallaba por tierras de Nájera (La Rioja). Sabedor el leonés que no podía cruzar desde el Ebro a los valles de Guesalaz y Yerri con las fuerzas emirales apostadas a la vera del Ega, no le quedó otra opción que marchar hacia el norte, incorporarse a la ruta romana en dirección a la Llanada de Álava y alcanzar finalmente el nudo de Bacaicoa para encontrarse con Sancho en algún paraje de la parte de Lezaun. La ruta la concibió magníficamente José de Moret en un alarde de intuición: "Atravesando por los tránsitos que le tenía prevenidos don García (sic), arribó en fin a sus cuarteles con el ejército numeroso y bien aprestado" (4)
El tiempo transcurrió y el camino intraserrano cayó en el olvido, cegado por la exuberante vegetación atlántica, pero es muy posible que renaciese cuando "la guerra civil del siglo XV en Navarra entre beamonteses y agramonteses" (Madoz), a buen seguro que algunos meses antes cuando la misteriosa salida de Navarra de Carlos, Príncipe de Viana, el conflictivo mes de julio de 1450, cuando por desavenencias con su padre el rey decide abandonar su castillo de Olite y partir hacia Guipúzcoa, donde pasa un año acogido al amparo de los condes castellanos que allí mandaban, al cabo del cual es de suponer que regresa por los mismos caminos ya debidamente reparados, como prueba que poco después entrase en Navarra un ejército castellano que si sorprendió por la espalda a la guarnición de Estella se debió a haber accedido por el valle de Zumbel y enfilar el camino de la capital desde Abárzuza. Tras aquel periodo, el tiempo volvió a echarse encima. La falta de uso, abiertas otras rutas, y las duras condiciones climatológicas del ámbito de Urbasa y Andía, devolvieron de nuevo el camino de Zumbel al olvido, hasta el siglo XVIII en que es definitivamente reparado, coincidiendo con una época de grandes obras públicas en España, que se caracterizó por la construcción de los primeros caminos reales, al tiempo que varias calzadas rurales entre pueblos y valles. Las ferrerías y serrerías, por ejemplo, se hicieron indispensables en la construcción de barcos para la marina real, por lo que los montes tenían que disponer de caminos firmes que aguantasen pesadas cargas en las peores condiciones meteorológicas. "De los montes puede decirse que no cobran verdadero auge hasta el siglo XVIII, ante la demanda masiva de pinos y abetos", puntualizó Florencio Idoate (5). Notorias fueron, entre otras, las de Elzaburu a Santesteban de Lerín; de Arzoz al Alto de Guirguillano y Soracoiz, en el valle de Guesalaz, y naturalmente la de Zumbel, objeto de este estudio, las tres todavía en buen estado, una de las razones que llevó a algunos a confundirlas con vías romanas. Así, el actual tosco empedrado de la vía de Zumbel, cercano a la ermita de San Adrián, no corresponde en modo alguno al pavimento romano genuino, ni siquiera al que tendría durante la Edad Media, como tampoco la ingente obra de rellenado de las dolinas y barrancos, pero es seguro en cambio que es el mismo que pisó el guerrillero Espoz y Mina durante la Francesada, y antes de que fuese reforzado en la primera guerra carlista "para el transporte de la artillería" (Madoz), por él hubo de cruzar un amanecer del decisivo año 1833 el general Zumalacárregui, procedente de Huarte-Araquil y de Pamplona, o de otro modo no habría podido personarse en unas horas en el pueblo de Piedramillera (La Berrueza) para tomar el mando de las fuerzas revolucionarias y dirigirse al frente de Estella. El acceso milenario, el remoto y legendario alcorce, se cerraba definitivamente para la historia.
 
Caminos de monte: 1 - 2 - 3

(1) Sánchez Albornoz, Claudio. Orígenes del reino de Pamplona. Pamplona,1985. (2) Arbeloa, Joaquín. Los orígenes del reino de Navarra. San Sebastián, 1969. (3) Moret, José. Anales del Reino de Navarra. T.II, pag. 142 (4) Moret, José. Ob. cit. pag. 176. (5) Idoate, Florencio. Comunidad del valle del Roncal, pag. 29.