| XII |
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| Frunción de juncos mecidos por el río y por la mar. Cautiverio de verdores en estuche de cristal. |
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El Emir de Al-Ándalus regresa a Córdoba tras saquear los valles |
| Atrás, muy lejos, al norte del Ebro, en tierras de la futura Navarra, quedaba la desolación de la derrota y el amargo sabor de los saqueos. El pensamiento legendario pronto iba a ponerse en marcha, sin necesidad de esperar a juglares y copistas en los monasterios. No era para menos en un Valdejunquera en el que se habían enfrentado por primera y última vez los tres monarcas más poderosos de la primera mitad del siglo X. El halo de los muertos sobre los campos perduró como el de los soldados francos exterminados por los vascones en el desfiladero de Valcarlos. A ese halo no escaparon tampoco los cronistas árabes. Si ya Arib Ibn Saad en su sede de Córdoba, sin ser siquiera testigo de la batalla, pudo imaginar y concebir a su antojo sobre los hechos acaecidos en la aceifa del 920, enardecido por los relatos de campaña sobre los que trabajaba, con mayor razón aún Ibn Idari, su compilador siglos después, pudo hacer gala de legendarismo dejando constancia de fantásticos hallazgos en los campos de Muez: "En ellos se encontró una enorme cantidad de mercancías, tiendas, joyas artísticamente trabajadas y vasos, y cerca de trescientos caballos". Moret -que ignoraba la crónica-, sorprendentemente también se hizo eco de los mismos o parecidos hallazgos: "Duran en el campo de Valdejunquera y al derredor muchos rastros hoy día de la batalla, levantándose con los arados bien frecuentemente lengüecillas arpadas de saetas, hierros de lanzas, pedazos de espuelas, trozos de frenos y algunos dorados todavía y con labor antigua y alguna vez con esmaltes de azul y oro". Pero la verdad se impone sobre la visión literaria y fantástica. Nunca nada se halló en esos campos; lo demuestra el hecho de que dos siglos después -mediados del siglo XIX- Pascual Madoz siguiese contando lo mismo, lo mismo que siguen contando los más ancianos de los valles cuando recuerdan haber oído decir que a veces los arados que tiraban los bueyes levantaban espadas y huesos humanos de entre los campos sembrados. Algún historiador determinó que la derrota de Valdejunquera fue la más aciaga de cuantas conocieron los cristianos desde la entrada de los árabes en suelo peninsular, pero ello no impidió que Ordoño al año estuviese guerreando de nuevo contra el Emir y que Sancho Garcés al cabo de tres se aventurase a recuperar las plazas perdidas: Cárcar, Calahorra y muy especialmente Viguera, lugar en que acorrala y consigue acabar con el gobernador Muhammad Ibn Abd Allah, su enemigo en Valdejunquera. La trascendencia de la batalla no estuvo ni en la victoria ni en la derrota, sino en lo que pudo haber pasado de haber caído en combate ambos monarcas, los únicos que en las dos primeras décadas del siglo X osaron enfrentarse a un poderoso Abderramán III. Sus muertes -que debieron de estar cerca- hubieran determinado que cordobeses y Banu Qasi del Ebro se adueñasen enteramente de toda la península ibérica, pues nadie quedaba entonces con la suficiente enjundia para hacerles frente. Y aunque los dos monarcas sobrevivieron, no fueron en cambio capaces de afrontar la desgracia y la fatalidad. El leonés fallecerá enfermo en el 924; el pamplonés, tras veinte años de esplendoroso reinado, le llegará su hora en 925, también enfermo, aun después de haberse curado milagrosamente. Sí, aquejado por fuertes males acudirá el rey Sancho en peregrinación a los más afamados monasterios de su reino, pero sin conseguir la más mínima mejoría, hasta que un día alcanza a visitar un remoto paraje del valle del Romanzado, al norte de la sierra de Leyre y a la vera del Salazar recién salido de la Foz de Arbayún. Allí se topa con el recóndito monasterio de Usún, ya consagrado desde el año 829. Contaba José de Moret que "los de aquella aldea (Usún) señalan un sitio desde donde comienza a descubrirse la torre de aquella iglesia (monasterio de San Pedro), y dicen que, avisándolo al rey que ya se descubría, salió de la litera e hincadas las rodillas adoró desde allí al sagrado Apóstol". Abderramán, en cambio, sobrevivió bastantes años a sus viejos enemigos. |
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