XII
Frunción de juncos mecidos
por el río y por la mar.
Cautiverio de verdores
en estuche de cristal.
 
MONTES DE ESPARAZ Y PEÑA GRANDE El Emir de Al-Ándalus regresa a
Córdoba tras saquear los valles

               a batalla acabó en victoria. Los cristianos se habían replegado. Sancho, muy a su pesar, le pidió a Ordoño que no dilatase por más tiempo su estancia en Valdejunquera y que "volviese aprisa a su reino a rehacerse de fuerzas", imaginó con buen tino Moret. La Reconquista, que no había hecho más que empezar, tenía que proseguir en otros lugares. El regreso a León de las maltrechas fuerzas tuvo que hacerse de nuevo por el mismo camino de la venida: por el corredor de la Venta de Zumbel, entre Andía y Urbasa. Los árabes, mientras tanto, emplearon cuatro días en arrasar todo cuanto había por los valles, lo propio de aquellas campañas de escarmiento y venganza, las temidas aceifas que tan honda huella dejaron en el subconsciente de las gentes. Cuántas canciones populares de Asturias y Castilla hablan todavía de la "venida del moro". "El Emir pasó cuatro días en destruir todas las propiedades cristianas de las inmediaciones, así como los campos y cosechas". Las operaciones de castigo comenzaron el 27 y finalizaron el 30, porque el 31 Abderramán habría de ponerse en marcha en dirección al Ebro, y antes de que concluyera aquel día ya había puesto sitio al castillo de Viguera, "que Sancho había fortificado para mantener la región, pero hallándolo abandonado por la población que había huido, lo mandó destruir", indicó Ibn Idari. La crónica de Arib Ibn Saad dirá, además, que el Emir "se dirigió a los fuertes fronterizos para reforzar sus guarniciones y cuidar del buen orden de sus defensas", y que una vez cumplidos los objetivos emprendió el camino de retorno a Córdoba. Pasaron por Atienza, en Guadalajara; allí, en la enriscada fortificación que fue una de las más legendarias de la Edad Media, acontece la solemne despedida de las fuerzas de los Banu Qasi que habían combatido en Valdejunquera: "El miércoles 16 de agosto Abderramán emprendió la retirada y llegó a la villa de Atienza, donde pasó el día. Los soldados de la Frontera que fueron con él recibieron trajes de honor y monturas, así como el permiso de volver a su país…" Semanas después, un 2 de septiembre, entraba triunfal el Emir en su palacio cordobés, después de una campaña de noventa días por el norte peninsular. Traía consigo para exhibirlas "las cabezas de los infieles muertos en los diversos combates, en tal cantidad que las bestias de carga no bastaron para llevarlas todas".

Atrás, muy lejos, al norte del Ebro, en tierras de la futura Navarra, quedaba la desolación de la derrota y el amargo sabor de los saqueos. El pensamiento legendario pronto iba a ponerse en marcha, sin necesidad de esperar a juglares y copistas en los monasterios. No era para menos en un Valdejunquera en el que se habían enfrentado por primera y última vez los tres monarcas más poderosos de la primera mitad del siglo X. El halo de los muertos sobre los campos perduró como el de los soldados francos exterminados por los vascones en el desfiladero de Valcarlos. A ese halo no escaparon tampoco los cronistas árabes. Si ya Arib Ibn Saad en su sede de Córdoba, sin ser siquiera testigo de la batalla, pudo imaginar y concebir a su antojo sobre los hechos acaecidos en la aceifa del 920, enardecido por los relatos de campaña sobre los que trabajaba, con mayor razón aún Ibn Idari, su compilador siglos después, pudo hacer gala de legendarismo dejando constancia de fantásticos hallazgos en los campos de Muez: "En ellos se encontró una enorme cantidad de mercancías, tiendas, joyas artísticamente trabajadas y vasos, y cerca de trescientos caballos". Moret -que ignoraba la crónica-, sorprendentemente también se hizo eco de los mismos o parecidos hallazgos: "Duran en el campo de Valdejunquera y al derredor muchos rastros hoy día de la batalla, levantándose con los arados bien frecuentemente lengüecillas arpadas de saetas, hierros de lanzas, pedazos de espuelas, trozos de frenos y algunos dorados todavía y con labor antigua y alguna vez con esmaltes de azul y oro". Pero la verdad se impone sobre la visión literaria y fantástica. Nunca nada se halló en esos campos; lo demuestra el hecho de que dos siglos después -mediados del siglo XIX- Pascual Madoz siguiese contando lo mismo, lo mismo que siguen contando los más ancianos de los valles cuando recuerdan haber oído decir que a veces los arados que tiraban los bueyes levantaban espadas y huesos humanos de entre los campos sembrados.

Algún historiador determinó que la derrota de Valdejunquera fue la más aciaga de cuantas conocieron los cristianos desde la entrada de los árabes en suelo peninsular, pero ello no impidió que Ordoño al año estuviese guerreando de nuevo contra el Emir y que Sancho Garcés al cabo de tres se aventurase a recuperar las plazas perdidas: Cárcar, Calahorra y muy especialmente Viguera, lugar en que acorrala y consigue acabar con el gobernador Muhammad Ibn Abd Allah, su enemigo en Valdejunquera. La trascendencia de la batalla no estuvo ni en la victoria ni en la derrota, sino en lo que pudo haber pasado de haber caído en combate ambos monarcas, los únicos que en las dos primeras décadas del siglo X osaron enfrentarse a un poderoso Abderramán III. Sus muertes -que debieron de estar cerca- hubieran determinado que cordobeses y Banu Qasi del Ebro se adueñasen enteramente de toda la península ibérica, pues nadie quedaba entonces con la suficiente enjundia para hacerles frente. Y aunque los dos monarcas sobrevivieron, no fueron en cambio capaces de afrontar la desgracia y la fatalidad. El leonés fallecerá enfermo en el 924; el pamplonés, tras veinte años de esplendoroso reinado, le llegará su hora en 925, también enfermo, aun después de haberse curado milagrosamente. Sí, aquejado por fuertes males acudirá el rey Sancho en peregrinación a los más afamados monasterios de su reino, pero sin conseguir la más mínima mejoría, hasta que un día alcanza a visitar un remoto paraje del valle del Romanzado, al norte de la sierra de Leyre y a la vera del Salazar recién salido de la Foz de Arbayún. Allí se topa con el recóndito monasterio de Usún, ya consagrado desde el año 829. Contaba José de Moret que "los de aquella aldea (Usún) señalan un sitio desde donde comienza a descubrirse la torre de aquella iglesia (monasterio de San Pedro), y dicen que, avisándolo al rey que ya se descubría, salió de la litera e hincadas las rodillas adoró desde allí al sagrado Apóstol". Abderramán, en cambio, sobrevivió bastantes años a sus viejos enemigos.

 
Capítulo XI
   
     
 
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