XI
Un vivero de sombras
resbala mansamente.
Los rincones inciensan
la cripta del paisaje.
 
LOS VALLES DE LA BATALLA DESDE LOS MONTES DE ANDÍA Mil cristianos se refugiaron
en un castillo

               l choque entre ejércitos tuvo que durar del amanecer al atardecer, pero la ventaja de los árabes debió de vislumbrarse temprano. Los reyes, viendo como morían sus hombres por la superioridad combativa de los árabes, comprendiendo entonces que la victoria era meta inalcanzable, tomarían en algún momento la decisión de abandonar el campo de batalla. La dispersión por los montes de Andía era lo único que cabía en aquellas circunstancias adversas, conscientes de que el Emir no los perseguiría en ese terreno. Pero la sorpresa surge en la crónica de Ibn Idari cuando revela que antes de que concluyera la jornada de lucha, "más de un millar de fugitivos se acogieron al castillo de Muez, donde esperaban poder resistir". (Quinientos había cifrado un relato anónimo menor, atribuido a Abderramán III, al que escasa consideración se le ha prestado). Sampiro, siempre mesurado, nada refirió de castillos; todo lo más la vaga alusión a alguna suerte de refugio en el que se hallarían los obispos Dulcidio y Hermogio cuando fueron apresados, si se da por hecho que personajes de aquella condición no estaban destinados al combate. Ibn Idari insistía y daba más detalles de la determinación cristiana: "El castillo fue cercado por todas partes. Los refugiados fueron sacados y la plaza fue tomada. Los cristianos que allí se encontraban fueron llevados ante el Emir, y a todos hizo decapitar ante sus ojos". Las cabezas -se cuenta en otra parte- fueron transportadas en carros hasta la misma sede de Córdoba. La escena del castillo, de la que no hace mención alguna Sampiro, por inverosímil que resulte por parecer más bien propia de otra batalla de las muchas acaecidas en las aceifas de Abderramán contra los reinos y condados del norte peninsular, no es dable suponer que los cronistas de campaña hubiesen errado o que mintiesen, cuando hasta ese punto son coherentes de principio a fin, salvo pequeñas inexactitudes históricas.

¿Hubo acaso un castillo en Muez? No es verosímil en ningún caso. En las más antiguas relaciones de castillos de Navarra no figura ninguno, con menor motivo en aquellas fechas, comienzos del siglo X. Todo lo más recias casonas fortificadas en mayor o menor grado en otros puntos de los valles, como Azcona o Viguria, pero eran muy posteriores en el tiempo. No cabe imaginar, pues, un castillo en Muez que hiciese creer a un sector de combatientes cristianos que podían resistir numantinamente, carente el emplazamiento de condiciones defensivas naturales, cuanto menos hallándose tan cerca el campamento de los moros, previsiblemente al otro lado del Ubagua. No tendría sentido entonces que el Emir, nada más tener conocimiento de la decisión cristiana, "ordenase avanzar su tienda y las de sus tropas" con el propósito de rodearlos y asaltarlos. Lo más probable, lo que entra dentro de lo posible, es que un número indeterminado de hombres, viéndose cercados, incapaces de alcanzar los montes de Andía, intentase salvarse acogiéndose a algún lugar encumbrado de difícil acceso; un lugar enriscado por la parte de Iturgoyen o por la de Viguria y Arzoz, que los cronistas pudieron perfectamente estimar como castillo de Muez, pues como ya se dijo es muy probable que por tal topónimo identificasen los valles de Guesálaz y Yerri. ¿Habrían estado pensando, por tanto, en la "Peña Grande" y la "Peña Chiquita", las dos moles calizas de Salinas desenterradas por el empuje de la formación diapírica?

¿Pensó Moret, por su parte, en esos enclaves naturales para concebir su propio castillo, su legendario Castillo de Oro, la más pasmosa constatación del jesuita? Lo es sin duda echar mano de un castillo no para refugiarse en él los combatientes el día de la batalla, sino los mismos reyes Sancho y Ordoño la víspera. "Se hicieron fuertes al abrigo del Castillo de Oro y asperezas de la sierra, reforzando de guardias todos los pasos ásperos de entrada por si acaso los bárbaros, orgullosos con la victoria, intentaban combatir los reales... Conque quedó don García (sic) haciendo espaldas a Pamplona con el ejército y sierra intermedia, por cuyos pasos recibía los socorros sin riesgo de cortárselos", determinó. Pero para llegar a esa conclusión, su imaginación hubo de jugar con elementos inconexos y situaciones anacrónicas; en primer término, recurrir a Oro, enigmático pueblo de la parte más oriental de Guesálaz, que aunque de incierta ubicación se lo supone próximo al actual de Salinas de Oro, hoy municipio independizado de Guesálaz. La incógnita la acrecienta ese topónimo, inexplicable desde el punto de vista del vasco arcaico y del romance navarro. Moret no vacila y va más allá cuando asegura haber topado sus ruinas: "Un pueblo antiguo de ese nombre, cuyas ruinas se ven allí cerca, indican una mediana población en lo más antiguo". Lo que sí consta en el entorno es la referencia no a un poblado, sino a cierto castillo que durante los siglos XII y XIII, sin saberse por qué, fue objeto de discordias entre reyes y obispos de Pamplona, el cual debió de acabar transformado en la recia iglesia "de San Miguel del lugar de Salinas, que se ve fue castillo y retiene la fortificación y forma de tal", como reflejó Moret. No bastándole el hallazgo, no tuvo inconveniente en recurrir a otro "castillo que en poquísima distancia allí había", que "construyó" con dos viejos topónimos, muy generalizados por Navarra: "gaztelu" (castillo, palabra tomada por el vasco del latín) y "gazteluzar" (castillo viejo)-, los cuales, perdidas significaciones y funciones primigenias desde los albores de la Edad Media, pasaron a relacionarse por la época del jesuita con la "Peña Grande" y la "Peña Pequeña", las dos moles calizas, cuya espectacular planta y señalada ubicación acabaron constituyéndose en gigantescos mugarris con los que delimitar o señalar terrenos, pastizales o bosques de las inmediaciones. Así, una determinada pieza podía hallarse "entre los dos castillos", en Gaztelubitartea, o "junto al castillo viejo", en Gazteluzarrondoa, averiguó Isidoro Ursúa Irigoyen, cura de Esténoz y Muzqui natural de Viguria, última persona afanada en localizar el "Castillo de Oro"…, inútilmente no percatándose del legendarismo que movía el pensamiento de Moret en relación con la batalla de Valdejunquera, que lo llevó a concluir su estudio mostrando su más profunda extrañeza porque "no hubiera quedado una sola piedra que lo delatara".

Gaztelus y gazteluzarras hoy sólo perduran en viejos mapas, pero su función concreta se ignora, aunque es de suponer que se trataría de una especie de atalayas, las "al-sajrats" árabes, lugares prominentes y enriscados, reforzados con algún dispositivo defensivo muy rudimentario, desde los que defenderse o defender algo, y en tierras de Guesálaz lo único de valor que cabía defender serían las eras salineras. Debió de hacerse así en los momentos más dificiles cuando los periódicos asaltos de los bagaudas -campesinos sublevados- y la ola destructora que entró por Roncesvalles con los bárbaros, que también asolaron la comarca de Tierra Estella. Citaba Claudio Sánchez Albornoz que para defender las Salinas de Añana, Álava, había un dispositivo que se alzaba coronando una roca erguida sobre un panzudo cerro", que los moros destruyeron en una aceifa del año 865. Recintos de esa índole tuvieron que existir en montes estratégicos, como el Añorbe (Valdizarbe), el Gaztelu de la margen derecha del río Araquil a su paso por la foz de Osquía, o el Ausa de la parte guipuzcoana de la sierra de Aralar, que lo formaba "la misma peña natural y una pared de piedras y argamasa, cuyos paramentos están hechos con cantos labrados", había escrito José Miguel Barandiarán.

 
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