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| El beso de la luna es inmenso lirio tendido en el manto oscuro del río. |
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Moros y cristianos se enfrentan el 26 de julio en Valdejunquera |
| La gente de los pueblos sabe lo de la batalla, pero por el contrario nadie recuerda haber oído mencionar a sus padres y abuelos un paraje por nombre Valdejunquera, que a buen seguro debía de ceñirse a ámbito muy reducido, muy local, en un tiempo en que la falta de comunicaciones y la lentitud con que discurría la vida hacía que las cosas cobrasen otro valor del que hoy carecen. Valdejunquera, topónimo perdido, pudo corresponder a alguna vaguada en la que predominasen juncos que crecían en los humedales a la vera de algún curso de agua, y su importancia derivar de su utilización para señalar alguna linde entre pueblos, piezas o pastizales, pues costumbre arraigada durante la Edad Media era recurrir a accidentes topográficos para establecer mugas, lo que ha sembrado Navarra y el resto de España de nombres romances, castellanos y euskéricos, parte de los cuales aún perduran, aunque carentes de la significación que tenían, tales como Valseca, Valderresa, Valdesantos, Anocíbar, Velarán, Ibarra... El Valdejunquera o Juncaria de Guesálaz bien pudo corresponder a uno de los sinuosos surcos que recorren los campos, excavados pacientemente por los regachos que bajan de los barrancos de Andía, como el Ogancia que viene de Iturgoyen; el Saratse o Elza que discurre paralelo al camino que divide los términos de Arguiñano e Irujo, o incluso también espacios mayores como el vallecito del Erragoz al sur de Irujo, por el que hoy pasa la carretera de Pamplona a Estella, documentado ya en 1050 como "Aristiya o Aridia", alusivo a robles o quejigos que predominaban en el valle, que en 1690 pasó a llamarse "Aristi Sacana", es decir, "corredor o vaguada de robles", pieza que fue donada por los reyes de Navarra, sus propietarios, al monasterio de Irache para que esta institución pudiese afrontar las muchas necesidades de los peregrinos jacobeos, según Julio Caro Baroja. La batalla comenzó el día 26, presumiblemente, poco antes de salir el sol por los montes de Salinas de Oro, que lo primero que ilumina es la ladera de Andía con los pueblos de Iturgoyen, Arguiñano y Vidaurre. A una orden, la caballería se pondría en marcha, presta al ataque, asumiendo una vez más posiciones de vanguardia, mientras el grueso de fuerzas se mantendría a la expectativa, dispuesta a intervenir cuando la situación lo requiriese, lo que no debió de hacer falta en ningún momento dada la pronta derrota cristiana. Desde el primer momento los árabes tenían que saber que la lucha aquel día les iba a resultar favorable, tal vez comprendiendo que los hombres de Ordoño y Sancho estaban atrapados en las angosturas del valle, por los términos de Vidaurre y Guembe. Los moros lo primero que hicieron aquella mañana fue cruzar el Ubagua, apenas sin agua en verano; los menos lo harían por un puente de piedra ubicado donde el medieval de Novar, cuya bella planta puede admirarse entre los sotos del río, muy cerca de Riezu. Desde esa perspectiva se divisa Muez, encaramado a un achatado y prominente cerro, con sus casas de piedra arremolinadas en torno a la iglesia. Para quien conozca lo que pasó hace más de mil años, el avistamiento del pueblo una de esas plácidas tardes de verano es realmente emocionante. A mano derecha, muy cerca del pueblo, destaca el aislado altozano que corona la ermita del Sagrario, sencilla y humilde que apenas se distingue de una borda. La carretera de Pamplona cruza también el río, pero unos cientos de metros más adelante del puente de piedra, por donde arranca el acceso a Villanueva, y tras ligera cuesta arriba rozando las primeras casas de Muez, enfila la depresión de Erragoz en dirección a Salinas de Oro y al puerto de Echauri. Aquel día los moros debieron de tomar un camino diferente después de pasar el Ubagua, que a buen seguro que habría de coincidir con el actual que marcha paralelo al regacho Ogancia, entre cuidadas huertas y flanqueado por bellos ramilletes de flores azuladas e hileras de juncos, vagos testimonios aquí y allá que parecen querer mostrar donde se hallaba Valdejunquera. El espacio en torno a Muez se ajusta a la llanura concebida por Moret, "no fácil de hallar tan despejada por todas aquellas comarcas". El avance de las tropas se haría, primero, hacia el norte, con la vista puesta en el monte Artesa o Elimendi que se recorta en el cielo de Andía; luego, torciendo bruscamente a oriente entre suaves hondonadas y achatadas lomas, y chopos solitarios supervivientes en campos en que predominan los trigales, irían dejando a mano derecha Muez, hasta verse en el paraje que hoy señala un crucero de piedra, indicador del camino principal que se dirigía hasta no hace tanto tiempo a los pueblos de Irujo, Arguiñano y Salinas de Oro, que apenas perdura entre piezas sembradas. La batalla tuvo que empezar en cualquier momento. ¿Qué hacía mientras tanto el Emir? Las crónicas no se ocuparon del personaje central durante la batalla; sólo Moret que lo imaginó arengando a las tropas, lo propio en aquellas circunstancias: "Tendió Abderramán su inmensa morisma por la campaña, y componiéndola en forma de batalla, discurría por los escuadrones recordando a todos sus victorias pasadas". Una vez iniciada la refriega lo colocó en un lugar prominente desde el que "podía muy bien Abderramán estar reconociendo sus batallas y cebándolas". Recuérdese que el ilustre analista del Reino de Pamplona desconocía cualquier referencia de la batalla del 920 por las crónicas árabes, que como ya se indicó en otro momento fueron descubiertas y traducidas a finales del siglo XIX. En esa línea puramente imaginada, aunque sorprendentemente fiel a lo que debió pasar en realidad, el jesuita no vacila en elegir un cerro próximo a Muez sobre el que situar al Emir que observaba la batalla. "Una eminencia, llana por arriba, que hoy día llaman los naturales en su vascuence Larrana Mauru, que suena era o campo de los moros", pero tampoco ese topónimo lo conoce nadie en el valle, pero pudo existir en su época, hay que volver a repetir. Lógico es admitir que Abderramán no podía intervenir, por lo que desde algún lugar observaría, y el más apropiado parece el achatado cerro San Miguel, entre Muez e Irujo, que coronan varios robles chaparros. No hay que descartar el vecino Elza que aún conserva restos de viejas cepas por sus costados, como tampoco las elevadas eras de Irujo. ¿Estaban acaso demasiado cerca del campo de batalla? Puede que así lo considerarse un prudente Abderramán, desconfiando tal vez de la capacidad guerrera de sus enemigos, por lo que pudo pensar entonces en cerros más apartados, como el de la ermita del Sagrario, a caballo entre los arroyos Erragoz y Salado, o el mismo espolón montuoso que sobresale de Villanueva. ¿Dónde se hallaban los hombres de Ordoño y de Sancho? Todo parece indicar que fueron ellos y no los moros los que iniciaron el ataque. Arib Ibn Saad constata: "Bajaron los cristianos de sus montes y atacaron a los muslimes, pero quedaron muy mal parados". Ibn Idari sostiene lo mismo: "Precipitándose sobre los infieles que habían bajado de sus montañas, trabaron pelea". Los cristianos tuvieron que abalanzarse por las laderas de Andía, entre Iturgoyen, Arguiñano y Guembe. No parece verosímil que lo hiciesen desde los montes meridionales, muy apartados y con escasas posibilidades escapatorias. Con menos motivo el espacio más oriental del valle de Guesalaz, que se forma entre Salinas de Oro y Muniáin, por el que difícilmente hubiesen osado adentrarse los moros. Esa evidencia pudo ser la razón de que Moret eligiese ese entorno para escondrijo de los reyes cristianos la víspera de la batalla. El obispo Sampiro parece confirmar también que fueron los cristianos los que atacaron en primer lugar: "Salieron al encuentro en el valle llamado Junquera". La noticia la reproduce y amplía Moret: "Ora fuesen presentando los reyes la batalla y aceptándola Abderramán, ora al contrario -que no se escribe-, a este campo sacaron los reyes sus huestes de las estancias, saliendo todos de los reales con gran denuedo". Deja entrever, por lo demás, que los primeros en salir a combatir fueron los hombres del leonés, lo que parece lógico teniendo en cuenta la más que probable superioridad numérica sobre las fuerzas que mandaba Sancho Garcés, pero el pronto descalabro lo lleva a concebir la entrada prematura en combate de los pamploneses. "Roto y desordenado el cuerno de don Ordoño [ala de un ejército o escuadra] peleaba ya el rey don García (sic) con desigualísima fortuna... Con el menor desorden que se pudo, comenzó a retirar las tropas y seguir la fortuna común del día, y uno y otro ejército fue desamparando el campo". El enfrentamiento tuvo que ser contundente, sin tregua ni respiro, de principio a fin hasta vencer o morir. Acorralados los cristianos por los parajes deprimidos de Vidaurre y las primeras rampas del puerto de Munárriz, los moros tuvieron que ver cercana la posibilidad de exterminarlos: "Las gentes del séquito privado del Príncipe, los guerreros, los héroes y los defensores de la Frontera se arrojaron sobre ellos con el arma en la mano y los cosieron a lanzazos", expresó Arib Ibn Saad. Moret, con aires épicos, acudió al choque de dos mundos, dos culturas y dos religiones irreconciliables: "El enemigo desplegó su inmensa morisma por la campaña entre un estruendo de adufes y tambores y horrendos alaridos de voces guturales. Se luchó con grandísimo coraje. Fue el primer esfuerzo de la ira una espesa lluvia de lanzas, dardos, saetas y piedras arrojadas con sonoro chasquido de las hondas". Apenas se debieron de hacer prisioneros. Los cristianos que caían atrapados eran degollados al instante y sus cabezas apiladas metros y metros unas encima de otras para ser transportadas finalmente a Córdoba. Pero no se llegó a la matanza general, y Arib Ibn Saad lo deja bien claro: "Los cristianos, vencidos, huían tan atropelladamente que ni siquiera acertaban a volver a su campamento. Los nuestros les siguieron los pasos, mataron a cuantos cayeron en su poder y no dejaron de perseguirlos hasta que cerró la noche". También Ibn Idari: "Los cristianos, derrotados, huyeron sin volverse o dirigirse hacia su campamento, mientras que los nuestros les seguían los pasos matando a cuantos caían en sus manos, y no se detuvieron en su persecución hasta que llegó la noche". Sampiro admite que las bajas fueron considerables: "Como en otras ocasiones, por culpa de nuestros pecados, cayeron muchos de los nuestros", cumpliéndose así el fatalismo medieval en las batallas contra el Islam. Sánchez Albornoz lo contaba: "Los cristianos juzgaron castigos del Altísimo sus grandes fracasos militares; la derrota de Valdejunquera, los desastres de los días de Almanzor..." Moret, con el mismo tono épico-legendario, concluye: "Aunque fueron muchos los que cayeron en la batalla, fueron pocos los prisioneros... Teñíase la tierra con mucha sangre y ya apenas se pisaba sino en ella... El poder todo de África y España combatieron sobre si España había de ser cristiana o mahometana". |
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