| IX |
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| En el hombro de la peña posa el agua su desvío. Entre la piedra y la hierba la onda deja sus mimos. |
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El rey de León, Ordoño II, se reúne con Sancho Garcés I |
| Los leoneses cabalgarían por la llanada de Vitoria, por la cuenca
alta del Zadorra que seguía la vía romana y primera jacobea
antes del desvío de Pamplona a Estella. A mano derecha se alzaba
la que parece interminable cadena de montes que va de Opakua a Satrústegui,
pasando naturalmente por las emblemáticas sierras de Urbasa y Andía,
que por algún paraje habían de cruzar; era inevitable en
tanto que los caminos del Ebro desde La Rioja hacia la Navarra suroccidental
acababan topándose con las fuerzas emirales. La primera opción
la tuvo que encontrar Ordoño en un antiguo paso montañoso,
utilizado por romanos y árabes, en mayor medida estos últimos
cuando las frecuentes acometidas a Álava y Castilla en el siglo
IX, y que iba de las poblaciones de Alegría y Salvatierra a los
montes de Iturrieta y Encía, que cruzaba por los puertos de Herrenchu-Guereño,
explorados en lejana fecha por Claudio Sánchez Albornoz, acompañado
a la sazón por José María Lacarra. Ese acceso permitía
a los leoneses entrar por Maeztu en la cuenca alta del Ega muy cerca de
Santa Cruz de Campezo, y desde ahí proseguir la marcha por la navarra
Berrueza hasta tocar el nudo de Los Arcos, pero de nada habría
valido teniendo que dirigirse hacia Monjardín y Montejurra, donde
estaban los árabes. Tampoco cabía entonces desviarse por
la Tierra de Campezo a las inmediaciones de Estella por la Valdega y Valdeallín
bordeando el Ega, cual hoy la carretera que viene de Vitoria, porque hasta
tiempos recientes era ruta cerrada. El acceso de Zumbel debe de remontarse al neolítico, cuando los poblados ribereños del Ebro descubrieron los ricos pastos serranos de verano, que acabaron instituyendo una de las cañadas reales más importantes de Navarra, la que iba de Tauste a Andía. En los albores de la era cristiana, los romanos también debieron de utilizar ese camino por la trascendencia de las comarcas que unía. Pero más importancia pudo tener por su nítido trazado meridiano entre Urbasa y Andía, que haría de ella la frontera natural, la ilocalizable divisoria entre la antigua Vasconia (la genuina Navarra) y las tierras de várdulos y caristios (alaveses y guipuzcoanos de hoy). Sánchez Albornoz ya lo había puesto de manifiesto, aunque sin atreverse a aventurar un trazado: "No sólo es lícito sino obligado establecer en las sierras de Urbasa, Andía y Aralar la frontera perdurable que ha separado dos comunidades históricas dispares: la Euzkadi de hoy de la Navarra milenaria". Siendo así, el corredor de la Venta de Zumbel constituyó entonces otra divisoria de signo legendario, la que separaba el Conventus juridicus caesaraugustanus, con capital en Zaragoza, del Conventus juridicus cluniensis, con capital en Clunia, cuyo último eslabón se interrumpía en Curnonium -cerca de Los Arcos- y reaparecía misteriosamente al otro lado de los montes, en la mansión militar romana de Araceli, es decir, Huarte-Araquil, desde donde proseguía su trazado por las villas guipuzcoanas de Ataun y Beasain, hasta tocar el Cantábrico por Oiarso. El tiempo transcurrió y el camino intraserrano caería en el olvido, cegado por la exuberante vegetación atlántica. Pero es muy posible que reviviese cuando "la guerra civil del siglo XV en Navarra entre beamonteses y agramonteses" (Pascual Madoz). A la ruta debió de recurrir también Carlos, Príncipe de Viana, el conflictivo verano de 1450 en que decide abandonar misteriosamente Navarra para trasladarse a Guipúzcoa, donde pasa un año acogido al amparo de los condes castellanos que allí mandaban, al cabo del cual regresa a su castillo de Olite, previsiblemente por el mismo sitio, ya reparado como parece probarlo que sólo meses después de la vuelta del Príncipe entrase un ejército castellano, que porque pudo coger desprevenidos a los estelleses hay que deducir que fue debido a haber accedido por la parte de Abárzuza. El tiempo transcurrió; volvió a echarse encima. La falta de uso abiertas otras rutas y las duras condiciones climatológicas del ámbito de Urbasa y Andía devolvieron de nuevo el camino de Zumbel al olvido, hasta el siglo XVIII en que es definitivamente reparado, coincidiendo con una época de grandes obras públicas en España, caracterizada por la construcción de los primeros caminos reales y toscas calzadas rurales que unían pueblos y valles, como las de Elzaburu a Santesteban de Lerín, de Arzoz al Alto de Guirguillano, y naturalmente la de Zumbel, que a más de un incauto llevaron a confundir con calzadas romanas. El actual empedrado y los puentes con que salvar dolinas y barrancos que se conservan por las inmediaciones de la ermita de San Adrián, a tres kilómetros al oeste del túnel de Lizarraga, son exactamente los mismos que pisaron los guerrilleros de Espoz y Mina y los carlistas de Tomás Zumalacárregui, amén de los últimos arrieros que transportaban vino de Cirauqui y Mañeru hasta principios del siglo XX. |
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