IX
En el hombro de la peña
posa el agua su desvío.
Entre la piedra y la hierba
la onda deja sus mimos.
 
CAMPOS EN LOS QUE SE DESARROLLÓ LO MÁS DURO DEL COMBATE El rey de León, Ordoño II,
se reúne con Sancho Garcés I

               no de los capítulos más intrigantes de la aceifa del 920 que desembocó en la batalla de Valdejunquera está precisamente en la petición de ayuda de Sancho a Ordoño cuando se veía incapaz de hacer frente a Abderramán. Pero aun la premura que requería la situación, el leonés acudió una semana después. ¿Se debió el retraso a la larga caminata que hubo de dar para eludir a los musulmanes en los campos de Dixarra-Dachero? Tiene sentido y no hay que descartarlo, pero tampoco que la razón fue otra muy distinta: la paciente espera del rey porque se le uniesen las fuerzas de los condes castellanos, sus vasallos, que había convocado a acudir en ayuda del rey Sancho. Ordoño se hallaba cerca de Navarra, o nunca habría podido llegar a tiempo, según deducción de Lacarra: "De haber estado en León no hubiera llegado a tiempo, y además hubiera podido recoger a su paso a los condes de Castilla, que inexplicablemente no acudieron a la cita de Valdejunquera". Los condes no se le unieron al final. ¿Habrían valido aquellos refuerzos para inclinar la batalla hacia el lado cristiano? Ordoño debió de contar en el último momento con su propia gente y con los alaveses que recogería en el camino, pues constituía Álava lo más oriental de su dilatado reino. La imaginación de que hizo gala José de Moret lo llevó a atinar extraordinariamente con el itinerario del leonés: "Don Ordoño, habiendo llevado las jornadas por Burgos y después, según parece, por la Bureba y Álava -que de haber sido por la Rioja, hubiera sido fácil el cortarlo- atravesando por los tránsitos que le tenía prevenidos don García, arribó en fin a sus cuarteles con el ejército numeroso y bien aprestado". Llama la atención la mención de esos "tránsitos" que no aclara, que pueden corresponder perfectamente al tramo final que hubo de seguir aquel monarca hasta tocar en los valles de Yerri y Guesálaz.

Los leoneses cabalgarían por la llanada de Vitoria, por la cuenca alta del Zadorra que seguía la vía romana y primera jacobea antes del desvío de Pamplona a Estella. A mano derecha se alzaba la que parece interminable cadena de montes que va de Opakua a Satrústegui, pasando naturalmente por las emblemáticas sierras de Urbasa y Andía, que por algún paraje habían de cruzar; era inevitable en tanto que los caminos del Ebro desde La Rioja hacia la Navarra suroccidental acababan topándose con las fuerzas emirales. La primera opción la tuvo que encontrar Ordoño en un antiguo paso montañoso, utilizado por romanos y árabes, en mayor medida estos últimos cuando las frecuentes acometidas a Álava y Castilla en el siglo IX, y que iba de las poblaciones de Alegría y Salvatierra a los montes de Iturrieta y Encía, que cruzaba por los puertos de Herrenchu-Guereño, explorados en lejana fecha por Claudio Sánchez Albornoz, acompañado a la sazón por José María Lacarra. Ese acceso permitía a los leoneses entrar por Maeztu en la cuenca alta del Ega muy cerca de Santa Cruz de Campezo, y desde ahí proseguir la marcha por la navarra Berrueza hasta tocar el nudo de Los Arcos, pero de nada habría valido teniendo que dirigirse hacia Monjardín y Montejurra, donde estaban los árabes. Tampoco cabía entonces desviarse por la Tierra de Campezo a las inmediaciones de Estella por la Valdega y Valdeallín bordeando el Ega, cual hoy la carretera que viene de Vitoria, porque hasta tiempos recientes era ruta cerrada.

Ordoño debió de proseguir la marcha en dirección al corredor navarro de la Barranca que entra por Ciordia, muy cerca de la cual se halla Olazagutía, de donde arranca una sinuosa carretera a Estella por los rasos de Urbasa. Habría sido ése un buen acceso, pero queda descartado por reciente, puesto que se remonta a la guerra carlista, abierto a la sazón por el general Zumalacárregui. El rey de León avanzaría por la Barranca hasta la localidad de Bacaicoa, donde de hecho pudo abandonar la vía romana de Roncesvalles para internarse por el viejo ramal que, entre espesos hayedos, subía el monte hasta doblar las gigantescas moles calizas, muy cerca de la ermita de San Adrián, confluencia geológica exacta de Urbasa y Andía. Entre dólmenes aquel ejército fue descendiendo por pastizales y campos de hondas dolinas hasta encaminarse por el valle que se abre a la altura de la Venta de Zumbel, solar de una población medieval. Sancho Garcés esperaría a Ordoño en el circo intramontañoso de Lezaun, desde donde ambos descendieron a los valles de la batalla por el barranco Erendazu, que pasa por las inmediaciones de Iruñela. La ruta responde perfectamente a los "tránsitos" a que aludía Moret, y que Sancho tenía que conocer bien por haber recurrido a ellos años cuando la conquista del Monjardín, porque al igual que la cautela que tomó Ordoño hubo de tomarla él diez años antes, pues moraba el rey por la tierra de Sangüesa, en el extremo oriental de Navarra, y proviniendo de esa parte, aunque lo más sensato era seguir el itinerario que marcaba la vía romana que atravesaba el valle de Aibar, era entonces desaconsejable por ser ruta que en su extremo se aproximaba a los dominios Banu Qasi de Olite y Tafalla. Era asimismo insegura la vía de Pamplona al puente de Lorca, enmarcada la franja meridional de la sierra de El Perdón y el paso del Carrascal en incierta frontera de moros y cristianos, como reconoció en alguna ocasión Lacarra.

El acceso de Zumbel debe de remontarse al neolítico, cuando los poblados ribereños del Ebro descubrieron los ricos pastos serranos de verano, que acabaron instituyendo una de las cañadas reales más importantes de Navarra, la que iba de Tauste a Andía. En los albores de la era cristiana, los romanos también debieron de utilizar ese camino por la trascendencia de las comarcas que unía. Pero más importancia pudo tener por su nítido trazado meridiano entre Urbasa y Andía, que haría de ella la frontera natural, la ilocalizable divisoria entre la antigua Vasconia (la genuina Navarra) y las tierras de várdulos y caristios (alaveses y guipuzcoanos de hoy). Sánchez Albornoz ya lo había puesto de manifiesto, aunque sin atreverse a aventurar un trazado: "No sólo es lícito sino obligado establecer en las sierras de Urbasa, Andía y Aralar la frontera perdurable que ha separado dos comunidades históricas dispares: la Euzkadi de hoy de la Navarra milenaria". Siendo así, el corredor de la Venta de Zumbel constituyó entonces otra divisoria de signo legendario, la que separaba el Conventus juridicus caesaraugustanus, con capital en Zaragoza, del Conventus juridicus cluniensis, con capital en Clunia, cuyo último eslabón se interrumpía en Curnonium -cerca de Los Arcos- y reaparecía misteriosamente al otro lado de los montes, en la mansión militar romana de Araceli, es decir, Huarte-Araquil, desde donde proseguía su trazado por las villas guipuzcoanas de Ataun y Beasain, hasta tocar el Cantábrico por Oiarso.

El tiempo transcurrió y el camino intraserrano caería en el olvido, cegado por la exuberante vegetación atlántica. Pero es muy posible que reviviese cuando "la guerra civil del siglo XV en Navarra entre beamonteses y agramonteses" (Pascual Madoz). A la ruta debió de recurrir también Carlos, Príncipe de Viana, el conflictivo verano de 1450 en que decide abandonar misteriosamente Navarra para trasladarse a Guipúzcoa, donde pasa un año acogido al amparo de los condes castellanos que allí mandaban, al cabo del cual regresa a su castillo de Olite, previsiblemente por el mismo sitio, ya reparado como parece probarlo que sólo meses después de la vuelta del Príncipe entrase un ejército castellano, que porque pudo coger desprevenidos a los estelleses hay que deducir que fue debido a haber accedido por la parte de Abárzuza. El tiempo transcurrió; volvió a echarse encima. La falta de uso abiertas otras rutas y las duras condiciones climatológicas del ámbito de Urbasa y Andía devolvieron de nuevo el camino de Zumbel al olvido, hasta el siglo XVIII en que es definitivamente reparado, coincidiendo con una época de grandes obras públicas en España, caracterizada por la construcción de los primeros caminos reales y toscas calzadas rurales que unían pueblos y valles, como las de Elzaburu a Santesteban de Lerín, de Arzoz al Alto de Guirguillano, y naturalmente la de Zumbel, que a más de un incauto llevaron a confundir con calzadas romanas. El actual empedrado y los puentes con que salvar dolinas y barrancos que se conservan por las inmediaciones de la ermita de San Adrián, a tres kilómetros al oeste del túnel de Lizarraga, son exactamente los mismos que pisaron los guerrilleros de Espoz y Mina y los carlistas de Tomás Zumalacárregui, amén de los últimos arrieros que transportaban vino de Cirauqui y Mañeru hasta principios del siglo XX.

 
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