VIII
Aferrado a su escultura
el rígido monasterio
serpentinas lanza al río.
 
CAMINO DE MUEZ A IRUJO Las fuerzas emirales acampan
en el valle de Yerri

               uperada la foz del Salado sin bajas, las fuerzas emirales se vieron en lo más hondo de los valles, los terrenos que corresponden a la depresión que ocupa el embalse. A la derecha, Lerate, aldea muy antigua en la que se han localizado hallazgos romanos. A la izquierda, en alto, Villanueva, más reciente en la historia. El viejo camino cruzaba el río por un puente hoy sumergido, desde donde emprendía una larga subida por el barranco de Ugar, entonces cubierto por quejigos y hoy por trigales, muy cerca de la cañada real de Tauste a Andía. Juntas las rutas, descendían al valle por las Casetas de Ciriza y la ermita de Santa Catalina, otrora iglesia parroquial del poblado desaparecido. Los montes serranos cierran el espacio por el norte. El trazado genuino se dirigía monte arriba hacia Lezaun y la Venta de Zumbel. Las fuerzas árabes tomaban posiciones por el corazón de Yerri, reliquia toponímica de aquel remoto Deio. Hombres, caballos y carros irían repartiéndose por occidente hasta la vera del Iranzu y por oriente hasta el Ubagua, más allá del cual es de suponer que se hallaban las gentes de Ordoño y Sancho. La descripción de José de Moret se ajusta admirablemente a como debieron desarrollarse los primeros movimientos de tropas: "Por las comarcas de Abárzuza y Azcona llegaron a tocar en el valle que por la copia de sal de seiscientas fuentes saladas que revientan en Salinas de Oro y forman el río Salado, que baña por medio el valle de nombre vascónico llamaron Gazala y hoy, con alguna inmutación, Guesálaz".

La jornada del día 25 llegaba a su fin y había que levantar el campamento. Tampoco en esta ocasión faltaron voces que sostenían que aquel mismo día se llegó a la batalla. Se alegaba que había tiempo para combatir, considerando la corta distancia desde Dixarra-Dachero, pero olvidan que no fue aquella la cabalgada de cien hombres, sino la de un ejército numeroso que se topó con enormes dificultades en la foz y con los acosos de Sancho, lo que tuvo que suponer gran demora. No hay que dudarlo, aquella tarde de julio se hizo lo que constataron los cronistas. Arib Ibn Sad: "El Emir mandó hacer alto, y como el sitio fuese a propósito, dispuso dar algún descanso a la hueste". Ibn Idari: "El Emir, deteniendo su marcha, dio orden de acampar y de levantar las tiendas". El obispo Sampiro, cronista de campaña de Ordoño, también se hizo eco: "Al tercer año del desastre de Mitonia (917) llegó un innumerable ejército sarraceno al lugar denominado Muez". La noticia la reprodujo Moret en términos parecidos: "Asentaron los reales, con tan inmenso campo que, Sampiro dice, no se podía contar por la multitud en sitio muy acomodado". Echada la noche, los valles se habrían convertido en un hervidero de voces y órdenes. "Tendió Abderramán su inmensa morisma por la campaña, y componiéndola en forma de batalla, discurría por los escuadrones, recordando a todos sus victorias pasadas", imaginó Moret. Los primeros que iban a entrar en combate nada más despuntar el día 26 ocuparían posiciones destacadas, acaso a la vera del Ubagua, al pie de Muez, como bien dispuso el jesuita: "Tenían a la espalda y muy cerca un copioso arroyo de agua dulce y poco más abajo el río Salado que entra en él para la comodidad de la sal en los reales".

Nada se sabe de las posiciones de los cristianos aquella noche de víspera, pero tenían que hallarse acechantes por los altos entre Iturgoyen y Arguiñano. El campamento lo tendrían por la explanada que preside Lezaun, ya en el corazón serrano. Los reyes Sancho y Ordoño, imaginó Moret, infundían ánimos a los hombres en aquellas horas de angustia: "Mientras el ejército (leonés) descansaba del prolijo camino y los soldados se encendían con las promesas alegres del hospedaje reciente, los reyes, con los cabos principales, reconocían en torno a la campaña y deliberaban de la suma de la guerra". Algo tendrían que decir también los dos obispos que habían venido acompañando a Ordoño, personajes casi legendarios, apresados en el transcurso de la batalla y llevados cautivos a Córdoba. Uno era Dulcidio, presbítero de Toledo y obispo de Salamanca, que tiempo atrás, en el 883, había sido enviado a la capital de Al Andalus por el rey de Asturias Alfonso III con la misión de rescatar el cuerpo martirizado de San Eulogio, el primer peregrino del Pirineo navarro en el 848, lo que lograría al cabo de un año. El otro, Hermogio, cautivo también en Córdoba, aunque rescatado seis años después por su sobrino Pelayo, que se quedó en su lugar para no volver jamás.

 
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