| VIII |
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| Aferrado a su escultura el rígido monasterio serpentinas lanza al río. |
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Las fuerzas emirales acampan en el valle de Yerri |
| La jornada del día 25 llegaba a su fin y había que levantar el campamento. Tampoco en esta ocasión faltaron voces que sostenían que aquel mismo día se llegó a la batalla. Se alegaba que había tiempo para combatir, considerando la corta distancia desde Dixarra-Dachero, pero olvidan que no fue aquella la cabalgada de cien hombres, sino la de un ejército numeroso que se topó con enormes dificultades en la foz y con los acosos de Sancho, lo que tuvo que suponer gran demora. No hay que dudarlo, aquella tarde de julio se hizo lo que constataron los cronistas. Arib Ibn Sad: "El Emir mandó hacer alto, y como el sitio fuese a propósito, dispuso dar algún descanso a la hueste". Ibn Idari: "El Emir, deteniendo su marcha, dio orden de acampar y de levantar las tiendas". El obispo Sampiro, cronista de campaña de Ordoño, también se hizo eco: "Al tercer año del desastre de Mitonia (917) llegó un innumerable ejército sarraceno al lugar denominado Muez". La noticia la reprodujo Moret en términos parecidos: "Asentaron los reales, con tan inmenso campo que, Sampiro dice, no se podía contar por la multitud en sitio muy acomodado". Echada la noche, los valles se habrían convertido en un hervidero de voces y órdenes. "Tendió Abderramán su inmensa morisma por la campaña, y componiéndola en forma de batalla, discurría por los escuadrones, recordando a todos sus victorias pasadas", imaginó Moret. Los primeros que iban a entrar en combate nada más despuntar el día 26 ocuparían posiciones destacadas, acaso a la vera del Ubagua, al pie de Muez, como bien dispuso el jesuita: "Tenían a la espalda y muy cerca un copioso arroyo de agua dulce y poco más abajo el río Salado que entra en él para la comodidad de la sal en los reales". Nada se sabe de las posiciones de los cristianos aquella noche de víspera, pero tenían que hallarse acechantes por los altos entre Iturgoyen y Arguiñano. El campamento lo tendrían por la explanada que preside Lezaun, ya en el corazón serrano. Los reyes Sancho y Ordoño, imaginó Moret, infundían ánimos a los hombres en aquellas horas de angustia: "Mientras el ejército (leonés) descansaba del prolijo camino y los soldados se encendían con las promesas alegres del hospedaje reciente, los reyes, con los cabos principales, reconocían en torno a la campaña y deliberaban de la suma de la guerra". Algo tendrían que decir también los dos obispos que habían venido acompañando a Ordoño, personajes casi legendarios, apresados en el transcurso de la batalla y llevados cautivos a Córdoba. Uno era Dulcidio, presbítero de Toledo y obispo de Salamanca, que tiempo atrás, en el 883, había sido enviado a la capital de Al Andalus por el rey de Asturias Alfonso III con la misión de rescatar el cuerpo martirizado de San Eulogio, el primer peregrino del Pirineo navarro en el 848, lo que lograría al cabo de un año. El otro, Hermogio, cautivo también en Córdoba, aunque rescatado seis años después por su sobrino Pelayo, que se quedó en su lugar para no volver jamás. |
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