VII
Fontana cerca del río
es fontana que no sabe
de pesares ni caminos.
 
CAMINO QUE BORDEA MUEZ DESDE EL RÍO Abderramán se pone en
marcha hacia Valdejunquera

               l choque de Dixarra-Dachero en la jornada del día 24 supuso muchas bajas cristianas y la huida precipitada. Victorioso el Emir, reunido el ejército al completo, sólo procedía pasar la noche. En la mañana del día siguiente tendría que decidirse qué hacer, pues ni mucho menos se habían cumplido los objetivos en Deio. "El campamento fue levantado en el mismo campo de batalla", precisó Ibn Idari. El entorno del Ega y del Iranzu era apropiado para un ejército de aquellas proporciones; agua había; pastos había, y nada tendrían que temer después de lo acaecido. Abderramán se mostraría satisfecho por cómo iba desarrollándose la aceifa contra el reino de Pamplona; cavilaría sobre todo con la idea de tener acorralado contra las montañas a su enemigo Sancho Garcés. Pero algo inesperado iba a acontecer el día 25 cuando llega a sus oidos la mala noticia de que el Ordoño II había logrado reunirse al fin con Sancho en el transcurso de las últimas horas. Al semblante de complacencia del día anterior se sumaba ahora la contrariedad, la preocupación y la inquietud al ver juntos a los dos reyes más combativos del Norte hispánico, sabedor de la astucia y combatividad que eran capaces de poner en juego en un medio que les favorecía. Las cosas ya no iban a resultar tan fáciles; había que cambiar de planes. A la sorpresa del primer momento seguiría el desconcierto por no concebir Abderramán por qué ruta pudo acceder Ordoño, consciente de que su ejército permanecía apostado desde hacía dos días en la única vía que subía del Ebro, la de Varea a Los Arcos y Deio, la única que conocía a la sazón, pero ignoraba que existiese otro modo de presentarse en Navarra desde tierras de Alava y Castilla, la dirección del leonés, pues Lacarra lo había situado por la parte de Nájera, vigilante seguramente de los movimientos de las tropas del Emir por sus dominios de Osma en la ribera del Duero. Prevenido Ordoño por los emisarios del pamplonés, supo a tiempo el riesgo que corría si se dejaba ver por el entorno del Monjardín y Montejurra, por lo que lo más probable es que tuviese que recurrir a la vía romana de Briviesca a Burdeos por Roncesvalles, que entraba por el espectacular corredor entre las sierras de Opacua, Alzania, Urbasa, Andía y Aralar, que los moros no sólo desconocían, sino que no hollaron nunca.

El más que probable asalto al castillo de Monjardín quedaría para mejor ocasión ante lo más apremiante, continuar con "la marcha adelante en territorio enemigo" (Ibn Idari), lo que iba a obligar a las fuerzas moras a caminar con extrema cautela, conscientes de que franqueaban las lindes de Al-Ándalus. "El Emir, al enterarse que los dos cristianos, Sancho y Ordoño, reunían sus fuerzas para prestarse mutuo apoyo con la esperanza de atacarlo o sorprenderlo por la retaguardia, hizo disponer sus tropas en línea de batalla y vigilar bien los flancos", precisó Ibn Idari. ¿Qué camino tomaron? Tras la derrota de los cristianos en Dixarra-Dachero y su huida es de suponer que les siguiesen los pasos, acaso con la pretensión de cercarlos contra los montes de Andía. No hay que descartar que fuese un intento de Sancho por conducirlos a un medio más favorable para la lucha, como los valles de Yerri y Guesalaz en que se enfrentaron finalmente. Hoy son varios los accesos a los valles, pero lo que es en el siglo X las comunicaciones comarcales debían de hallarse en un estado muy parecido a como estaban durante la larga dominación romana, es decir, por un lado, las grandes vías transversales y longitudinales que cruzaban el territorio de la futura Navarra, y por otro, la serie de ramales menores que nunca merecieron constar en el "Itinerario de Antonino", pero cuya utilidad y significación debieron de ser notables por los puntos que unían.

Aquel mes de julio del 920 no es factible que desde el Ega las tropas moras se apartasen de la vía que se dirigía a Pamplona por Puente la Reina y la Valdizarbe. Remontar el curso del Ega por la margen izquierda, cual si se dirigiesen a Estella por la actual carretera, cruzar el solar de la ciudad y enfilar seguidamente la cuesta del pueblecito de Bearin para acceder a las tierras más occidentales de Yerri, es decir por el desolado de Muro y por Abárzuza, o acortar poco antes por donde hoy se desvía la carretera a Murugarren, no eran caminos expeditos, cerrado ese entorno a cal y canto por tupidos y enmarañados encinares que impedirían atisbar cualquier sendero o camino. Al igual que diez años atrás debió de hacer Sancho Garcés cuando la toma del Monjardín, los moros fueron en busca de la vía romana. Cruzaron el Ega por un puente entre Zarapuz y Noveleta, que tiempo después lo fue de peregrinos, y dejando a mano izquierda el achatado cerro en el que se alza desde el siglo XI la ermita de San Miguel, accederían a Villatuerta, la vieja localidad de origen romano, cabecera del valle de la Solana, que se sitúa en el extremo meridional de la depresión del Iranzu, muy cerca de las aldeas meridionales del valle de Yerri -Grocin, Murillo y Zurucuáin-, por cuyas inmediaciones concibió Lacarra el paso a los valles de Abderramán III, basándose en que ésa era la ruta que siguieron en 1874 las tropas liberales que mandaba el general Manuel Gutiérrez de la Concha, Marqués del Duero, en su marcha a Abárzuza, donde un certero disparo acabó con su vida. No es verosímil ese itinerario en el 920 si se presta atención a la crónica árabe, que señala que durante el trayecto a los campos de Muez hubo hostigamiento desde lugares encumbrados, a todas luces inexistentes por esa parte del valle. "Los cristianos se mostraron en las cumbres de montañas poco accesibles..." escribió Ibn Idari. Los moros, tras cruzar el modesto Iranzu por el puente de Villatuerta, situado donde el medieval todavía en uso, remontarían la suave cuesta que culmina donde el desolado de Lorcatxiki, y sin perder el camino romano, que tenía que coincidir con el actual trazado de la carretera de Pamplona, a los pies del Montesquinza, sólo tenían que adentrarse en la depresión del río Salado, pasando primero por el solar de la villa jacobea de Lorca y, por donde el actual km. 34 de la carretera -muga de los municipios de Yerri y Mañeru-, se desviarían en dirección al puente sobre el Salado, también de origen romano, hoy gótico de dos ojos, que alcanzó fama universal entre los atribulados peregrinos desde el siglo XII, en que el clérigo Aimeric Picaud les prevenía del peligro de ser asaltados por partidas de navarros armados con navajas y garrotes y del riesgo que entrañaba beber en sus "envenenadas" aguas. "Cuidado con beber en él ni tú ni tu caballo, pues es un río mortífero". ¿Todo por ser ligeramente saladas las aguas, la sal que sigue aflorando al pie del pequeño monte contiguo, el Gatzaga, es decir, "sitio de sal"?

Por ese puente pasó Abderramán III en el 924 de regreso a Córdoba tras asolar gran parte del reino, pese a que Alberto Cañada Juste, en su afán por amoldarse al paraje Licharra que descubrió en las inmediaciones de Oteiza de la Solana, optase por desviarlo unos cientos de metros antes, enviándolo "por el valle del río Salado hasta las cercanías de Andión", en el término de Mendigorría, ajustando a ese itinerario caminos ovejeros muy posteriores. En la aceifa del 920, el Emir no prosiguió en dirección a la capital del reino, sino al O., incorporándose seguramente a la vía ya mencionada que enlazaba con la ruta de Roncesvalles por la Barranca, por donde el genuino trazado jacobeo de Pamplona a Álava, ruta de acceso asimismo de Sancho Garcés cuando la conquista del Monjardín. A esa vía, en su tramo final, iban a parar los senderos que bajaban de los pueblecitos del valle de Guesalaz y de parte del de Yerri antes de la construcción del embalse de Alloz; otros en cambio lo hacían por Grocin directamente a Villatuerta, donde también se unían al general de Estella, la ciudad de la que dependían para toda clase de menesteres. A la capital nadie iba, como prueba el hecho de que hasta después de las guerras carlistas sólo existieran arduos senderos de cabras hacia Arguiñariz y el puente de Belascoain sobre el Arga; el empedrado de Arzoz al Alto de Guirguillano y a Puente la Reina, pese a que algunos lo den como romano, es rural que se remonta al siglo XVIII.

Pero el camino viejo que partía del puente jacobeo de Lorca se ha perdido enteramente, absorbido por la actual carretera local. Al igual que ésta, discurría por terreno llano entre monte bajo, próximo al sinuoso y silencioso Salado, apenas entrevisto entre juncos y carrizos. El espacio pronto se abre a la altura del convento de Santa María de San José, un lugar legendarizado, aún a mediados del siglo XIX, por Pascual Madoz, convencido de que en él se había descubierto "una multitud de sepulcros de piedra, donde hay esqueletos y algunos de estos con rosarios". En el convento la carretera se bifurca; un ramal se dirige a los pueblos de Lácar y Alloz, que comparten iglesia en Eguiarte, mientras que el otro avanza hacia el remansado contraembalse de Alloz, que bordea entre carrizales y casas bajas con huertas. Pasa al pie de la presa de hormigón, soldada a los cuarteados escarpes calizos que se alzan a la vertical, y monte arriba entre curvas sale a Lerate, primer pueblo del valle de Guesalaz. Antes de la construcción del embalse, el Salado y el viejo camino cruzaban juntos el angosto paso de Atarrabia, que se forma entre el Burumendi y el Alto Irurre, dos montes que procuraban desniveles de hasta 400 metros sobre el cauce, que a buen seguro supieron aprovechar los hombres de Sancho para tender una nueva emboscada que recogen los cronistas. Arib Ibn Saad: "Los cristianos aparecían en las cumbres de las montañas casi inaccesibles y se lanzaban contra los flancos de nuestras tropas para atemorizar sus corazones". Ibn Idari: "Los cristianos se mostraron en las cumbres de las montañas poco accesibles. Después atacaron los flancos de nuestras tropas lanzando gritos y alaridos para atemorizar a los nuestros".

Pero el intento que prometía ser empeño fácil acabó en nuevo fracaso ante la pronta reacción de los moros, que desde la partida del Ega habían extremado la cautela, que pudo llevarlos a enviar hombres a las mismas cimas, a las que pudieron acceder fácilmente desde el puente del Salado, siguiendo un viejo camino de monte, el Lorcabidea, que atravesaba un solitario paraje conocido como Arradia, ¿"piedra grande"?; un lugar en el que se han descubierto vestigios romanos, y que en otro tiempo es posible que hiciese las veces de ruta opcional para quienes no deseaban o no preferían cruzar la foz. Aquella vez no hubo degollina como en Dixarra-Dachero, pero sí huida rápida, probablemente por la línea de montes del sinclinal colgado que va del Axixuri al Esparaz, lo que les habría permitido internarse con facilidad por Salinas de Oro a la siempre salvadora Andía. Menos precavidas fueron las tropas liberales apostadas en Lácar, sorprendidas en 1875 por una columna carlista al mando del general Mendiri, desplazada desde el frente del Carrascal al Alto de Guirguillano y de ahí directamente a la foz, sorprendiendo a los liberales que no se percataron del peligro que entrañaba el estrecho pasaje, conceptuado por aquel militar como "un verdadero desfiladero que atravesaba una cordillera de peñas que, aunque de poca elevación, es inaccesible".

 
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