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| Verde, verde, verde; el río en el verde se pierde. |
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Ataque sorpresa cristiano a la caballería árabe |
| No en el relato de la aceifa del 920, sino en la del 924 en que Sancho Garcés intenta en Dixarra-Dachero asestarle un contundente golpe al mismo Abderramán en persona cuando éste regresaba de asolar la mayor parte del reino, tanto Arib Ibn Saad como Ibn Idari -su compilador-, prestan algo más de atención a la zona. El topónimo árabe, representado con dos grafías obviamente ajenas a la comarca, no hay que descartar que provenga de alguno anterior euskérico, deformado por razones de comprensión, perdido como tantos en la larga travesía medieval. Arib Ibn Saad lo constató así: "Llegó la hueste a Dixarra. Las cumbres de los montes cercanos estaban cubiertas de enemigos. Sancho había reunido todas sus fuerzas, implorando además el auxilio de sus vecinos de Álava y Castilla, los cuales vinieron en tropel a servir bajo su bandera. Los muslimes pelearon hasta vencerlos y ahuyentarlos a lo más alto de los montes". También Ibn Idari: "Después de la etapa de Mañeru (Mnyyr) pasó el Emir a la de Dachero (Dashrh), próxima a San Esteban (Shant Ashtibn), que era la plaza más segura en la que Sancho tenía toda su confianza. Apareció en lo alto de la montaña este perro cristiano que había reunido todas sus bandas y que había pedido ayuda a Álava." En la marcha que concluiría en batalla de Valdejunquera o de Muez, los moros alcanzarían el paraje del Ega hacia el mediodía del día 23, y antes de que se echara la noche tenía que estar listo el campamento. El 24 por la mañana temprano partió el Emir desde Calahorra hacia ese mismo lugar, al que llegaría ya anochecido, merced a la previsible lentitud de ejército tan numeroso, que se desplazaba con carros y gente de a pie. Los cristianos tuvieron que atacar sólo unas horas antes, puesto que el Emir llegó cuando todo había concluido. No consta tampoco el motivo último que llevó a aquella gente tan al norte del Ebro, pero no es difícil sospechar que tenía que ver con la restitución del límite de la Frontera Superior de Al-Ándalus, localizado en San Esteban de Deio, la fortaleza "desde la cual se vigilaba el camino de Logroño a Pamplona por Los Arcos y se dominaba el valle del Ega y la entrada a tierras alavesas por los pasos de Herrenchu y de Guereñu", había apuntado Sánchez Albornoz no sin cierta exageración. La reconquista del enclave, porque debieron de considerarla empresa ardua y arriesgada, requeriría la acción contundente de las fuerzas árabes unidas, conscientes de que se enfrentaban al "lugar más seguro en el que Sancho tenía toda su confianza" -escribió Ibn Idari-. Ésa pudo ser una posible explicación de por qué la caballería no se decidió a intervenir por sí misma. No han faltado opiniones, como la de Lacarra, que se inclinaron porque no hubo tal sorpresa, sino batalla decidida de antemano y en toda regla entre moros y cristianos: "La idea de Sancho era defender el paso del ejército árabe, apoyándose entre las estribaciones de Montejurra y el río Ega". Pero no es verosímil teniendo en cuenta que en el asalto a Cárcar, Sancho se hallaba en Arnedo a la espera de acontecimientos, de donde no se movió hasta el despuntar del 24, ya con la certeza de que la vanguardia mora estaba en algún lugar de Deio. No es relevante que Ibn Idari escribiese: "Salió del castillo de Arnedo a la cabeza de sus tropas cristianas para atacar nuestra vanguardia", porque es constatación posterior a los acontecimientos. Sancho partiría temprano en aquella fecha en dirección al Ebro, que hubo de cruzar por el paso habitual de Sartaguda, internándose a continuación "por lugares seguros, buscando descuidos que lograr", supuso Moret, que Lacarra, con escaso convencimiento, concibió como "una marcha rápida por Lodosa y Sesma". En aquel momento, lo más acuciante para el rey tenía que ser alcanzar antes que el enemigo el castillo de Monjardín, lo único que podía imaginar que atacasen. Pamplona era meta descartada desde esa perspectiva. Una vez en la fortaleza, Sancho se entera de que el enemigo se halla acampado a varios kilómetros del monte. Sancho, entonces, es previsible que cavilase con la idea de un ataque sorpresa, acariciando la idea de un fácil y pronto triunfo por suponer una equiparación de fuerzas, unido a las ventajas de una posición alta, el glacis del Montejurra, y al hecho de que el mismo río podía frenar la huida. No pensó siquiera en esperar a que se le uniesen las fuerzas del rey de León, que a punto estaban de llegar a tierras de Deio. Tampoco disponía de tiempo sabiendo que no tardaría en llegar el grueso del ejército moro que iba con el Emir. En parecidas circunstancias, en el mismo lugar, se vio en 1883 Santos Ladrón de Cegama para intercambiar los primeros tiros de fusilería sobre una columna de tropas constitucionales apostada por las huertas de Noveleta, al otro lado del Ega, que desembocaron en la primera guerra carlista en Navarra. Joaquín Arbeloa, con cierta concesión a la épica, concibió a un Sancho Garcés lanzándose cuesta abajo por las laderas del Montejurra, "con la furia de un torrente sobre la vanguardia del ejército cordobés". Otros estudiosos de la aceifa del 920 también prestaron atención a esa montaña, que por su impresionante planta es apropiada para imaginar asaltos emboscados. No parece factible identificarla con la aludida por Ibn Idari: "Un lugar prominente al que se había encaramado este perro cristiano que había reunido todas sus bandas". La altura, como la distancia y lo intrincado del monte habrían hecho ineficaz el asalto, amén del riesgo que entrañaba para Sancho y sus hombres caer copados entre la caballería y las columnas emirales que subían del Ebro, dado que el monte se halla aislado por sus cuatro costados. No hay que descartar que el asalto fuese en realidad una calculada maniobra para desviar la atención de los moros de la fortaleza del Monjardín, haciéndoles creer que huían a la desesperada y hacia parajes cerrados que presagiasen una victoria fácil y contundente, lo que podría explicar el encontronazo final de moros y cristianos en los valles de Yerri y Guesalaz. Tampoco hay que desestimar que Sancho pudiese recibir noticias en el último momento de la llegada inminente de su amigo el rey Ordoño y que intentase ganar tiempo mientras tanto, consciente de que él sólo poco más podía hacer contra fuerza tan superior como era la caballería que mandaba el gobernador Banu Qasi. El asalto acabó en derrota estrepitosa, constató Ibn Idari: "En lugar de desmayar y sucumbir ante un ataque tan inesperado, se lanzaron contra ellos con la rapidez de la flecha y los derrotaron. La caballería los persiguió haciendo gran carnicería. Se cortaron muchas cabezas para presentarlas al Emir, que no tenía conocimiento del combate por ir al mando de la retaguardia". La huida rápida debió de ser lo que evitó mayor número de bajas. Los supervivientes abandonaron el campo de lucha "hasta que ganaron las montañas y se refugiaron en los desfiladeros" -puntualizaba el cronista-, parajes escabrosos que sólo cabe relacionar con los apartados montes de Andía y con las conocidas foces del río Urederra a su paso por las Peñas de San Fausto (puerta de Val de Allín y de las Améscoas), y de Alloz tajada por el río Salado, hoy sellada por la presa de hormigón de un embalse. El enfrentamiento decisivo en Valdejunquera estaba más cerca. Citas (1)---------Lacarra, José María. Estudios de historia navarra, Pamplona, 1982, pag. 67. |
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