| II |
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| Se suicidó la roca en
tus abismos, el eco en tus silencios, la espuma en tus caminos. |
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Sancho parte para Deio a la conquista del castillo de Monjardín |
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Monte arriba, por el empinado glacis de Montejurra, entre encinales de Oncineda, Sancho y su gente apuraría los últimos pasos hasta "tocar en la marcha el monasterio de Irache que cae en el camino" (Moret). Antes hubo de pasar por Zarapuz, la legendaria aldea hoy reducida a un corral en ruinas, que pudo convertirse en próspera ciudad jacobea de no habérsele antojado al monarca aragonés Sancho Ramírez desviar el "Camino Francés" por la nueva villa que acababa de fundar, Estella, nacida en 1090. En el monasterio, el rey, consciente del trascendental paso que se disponía a dar, cuenta algún relato que se encomendó a la Virgen titular, a la que prometió profundo agradecimiento si lo ayudaba en su empresa guerrera, el asalto a San Esteban de Deio, el nombre por el que se conoció el lugar cimero durante la Edad Media; "el gran cerro piramidal de Degio", como lo denominó Claudio Sánchez Albornoz, cuya mejor perspectiva por belleza y espectacularidad hay que contemplarla no sin considerable esfuerzo desde los escarpes cimeros del Montejurra, más arriba de la ermita de San Ciprián. Sancho aquel mismo día, o tal vez al siguiente, se puso en marcha hacia la afilada montaña, que dista cinco kilómetros. Antes cruzó la histórica línea divisoria de moros y cristianos, que posteriormente durante un tiempo lo fue de Castilla y Navarra; repecho que coincide con el cambio de vertientes de los valles de la Solana y de Santesteban de la Solana, lugar de paso del camino jacobeo, que se dirige raudo al pueblo de Villamayor, al pie del monte, siempre concurrido con peregrinos que recorren sus empinadas calles. El asalto al castillo debió de ser rápido, sin tregua ni descanso. Nada consta acerca de si la guarnición mora pereció en su defensa o si pudo huir por recónditos caminos en dirección al Ebro, en busca de los feudos de los Banu Qasi. La jornada acabó en victoria, y de vuelta a Irache, el rey hubo de aprestarse a cumplir lo que había prometido horas antes: "Donar a la Virgen Santa María y a los monjes que la servían, a perpetuo y enteramente, sin que tuviese parte el rey ni algún otro, el castillo y los pueblos todos de aquel valle de San Esteban", escribió José de Moret. Las repercusiones en Córdoba por tan osada empresa debieron de ser considerables, y porque no se podía permitir tamaño desafío del rey cristiano, el escarmiento había sido decidido con determinación. Sancho Garcés, entretanto, sabedor de que tarde o temprano iba a tener que enfrentarse al poder del Emir Abderramán, consciente de los riesgos que corría, se apresuró a consolidar la obra reconquistadora emprendida, reforzando las todavía precarias y maltrechas fronteras de su reino por el extremo suroccidental. Primero fue San Esteban de Deio y seguidamente Cárcar, próximo a la desembocadura del Ega en el Ebro. Joaquín Arbeloa era de la idea de que otros enclaves debieron de ser alzados también por la Ribera hasta más allá de Lodosa, aunque nada quedó de ellos, salvo vagas referencias toponímicas que reflejan algunos mapas. Uno de aquellos enclaves, según Antonio Ubieto Arteta, correspondía al genuino castro de San Esteban en el que fueron enterrados Sancho y su hijo, pero la tradición milenaria convertida en historia, siempre creyó lo contrario, que el lugar de los reyes estaba en el Monjardín. Mala cosa es torcer la tradición de los pueblos El avance del pamplonés no se detuvo. En el 918 cruza la frontera del Ebro, lo que provoca de inmediato la interrupción del tránsito de los ejércitos moros por la vieja vía romana de Zaragoza a Briviesca, el acceso que seguían a tierras alavesas y castellanas, las más castigadas de la larga dominación musulmana. El reino de Asturias, principal beneficiado, volvía a respirar por algún tiempo. Sancho no se detiene y prosigue sus campañas con la toma de las plazas riojanas de Calahorra y Arnedo, esta última a las órdenes de otro rey, García I (910-914), hijo y sucesor de Alfonso III de Asturias, que fatídicamente muere de las heridas recibidas en la lucha, ignorándose si en el mismo campo de batalla o días más tarde a su llegada a Zamora. La historia se disponía a dar otro gran paso con la llegada del sucesor, su hermano Ordoño II (914-924), el rey que acudió en ayuda de Sancho Garcés a la batalla de Valdejunquera. El desconcierto por tan repentina muerte sería aprovechado por Abd Allah ibn Muhammad, el gobernador Banu Qasi de Tudela, que reconquista Calahorra, pero que pierde un año después, en 915, tras entablar combate con Sancho, que lo hace prisionero en las Bardenas de Caparroso, en Yabal al-Bardí, a orillas del Aragón, y aunque es rescatado al poco tiempo por su hermano Mutariff, fallecerá misteriosamente a los dos meses. Le sucede su sobrino Muhammad, el hijo de Abd Allah (915-923), personaje de primer orden histórico por el destacado cometido en la batalla de Valdejunquera y por ser principal desencadenante de la aceifa del 924 contra el reino de Pamplona, también dirigida personalmente por el Emir Abderramán III, que sembró la destrucción en la mayor parte del reino. |
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