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Sancho Garcés I recupera las tierras usurpadas por los moros |
| Hay paisajes en Navarra de gran belleza como el valle de Baztán, intensamente históricos como la Cuenca de Pamplona o la llanada de Roncesvalles, pero ninguno como Tierra Estella que represente mejor y con mayor nitidez la frontera que separaba la Cristiandad de las tierras usurpadas por el Islam, cuya frontera septentrional por tierras de la actual Navarra se estableció, desde finales del siglo IX, en el espacio que media entre los montes Monjardín y Montejurra. Pero entonces las fronteras de moros y cristianos no se trazaban siguiendo nítidas líneas latitudinales, valles geográficos o demarcaciones municipales, sino cadenas montañosas como las sierras de Urbasa y Andía, ríos longitudinales como el Ebro, o inhóspitos y extensos desiertos como los que se crearon al norte del Duero, sin desdeñar que los desplazamientos de ejércitos tan numerosos habían de ceñirse, por lo demás, a las grandes vías romanas que dejaron intactas los godos cuando hubieron de retirarse tras la cordillera Cantábrica. Todo espacio que se alejase de los trazados oficiales se convertía inexorablemente en tierra de nadie, en frontera que se respetaba por miedo a lo que hubiera más allá. En la parte de Estella, el valle por el que desciende el río Ega en busca del Ebro no debió de conocer tránsito alguno hasta tiempos tan recientes como las guerras napoleónicas y carlistas, y lo mismo cabe decir de la extensa franja que media entre la sierra del Perdón y el llano de Tafalla, próximas al feudo Banu Qasi. Corría el año 714 cuando la llegada al Ebro de los conquistadores de la Hispania goda. Musa y Tarik, en avasalladora marcha desde Tarifa, fueron conquistando pueblos y valles, hasta alcanzar en ese año Zaragoza, a donde accedieron desde Medinaceli cruzando el magnífico desfiladero del Jalón, ruta que habrían de seguir los ejércitos moros durante los siglos IX y X para atacar Álava y Castilla, con el fin de evitar el desierto del Duero. Musa y Tarik prosiguieron la marcha expedicionaria remontando el curso del Ebro por la vía romana de su margen derecha, y al poco de Zaragoza iba a trazarse una página de la historia. Al encuentro les salió un personaje de nombre Casius, poderoso conde godo que dominaba las tierras de Olite a Ejea, que con el propósito de conservar sus dominios no vaciló en renegar de sus creencias y convertirse al islamismo, lo que hubo de demostrar yendo a postrarse a los pies del emir en Bagdad. A su regreso, él y su belicosa descendencia fueron ganando fama, primero desde la sede de Borja (Zaragoza) y desde el siglo IX en Tudela, sin faltar temporales residencias en la disputada Viguera riojana. Quiso el destino que la estirpe de los Banu Qasi no sólo fuese decisiva en el desarrollo de los acontecimientos del joven reino de Pamplona, a cuya creación contribuyeron aupando al poder a sus parientes los reyes de la dinastía vascona Arista, sino en los continuos desafíos hacia el mismo poder central de los emires de Córdoba, los reiterados ataques a Álava y Castilla y los esfuerzos por truncar el reinado de Sancho Garcés I. La gran batalla que conoció el valle de Guesálaz empezó a fraguarse en el año 905, cuando Sancho se proclama rey de Pamplona (905-925), primer monarca de la dinastía Jimena que venía a sustituir a la Arista que regía a la sazón el viejo y caduco Fortún Garcés (870-905) desde una celda del monasterio de Leire, adonde se había retirado. La trascendencia del acontecimiento quedó reflejada en un cronicón posterior muchas veces citado: "Surrexit in Pampilona rex nomine Sancio Garseanis". Comenzaban así los veinte años más prósperos del futuro reino de Navarra, que dedicó aquel rey a la ingente tarea de recuperar las tierras que habían ido cayendo en poder de los Banu Qasi. No sólo era imprescindible para tal fin enfrentarse a aquella familia, sino romper definitivamente las estrechas alianzas que mantenían desde el año 803 con los Arista, dinastía nunca reconocida por los reyes asturianos, que a la sazón dominaban en Álava y en el condado de Castilla. Uno de los representantes más notorios de los Banu Qasi era Lubb Ibn Muhammad (898-907), que no cesó de acosar los límites territoriales de Sancho Garcés, hasta el otoño del 907 en que muere en un combate con él, como constató Ibn Idari: "Lubb tan pronto como oyó los gritos de guerra se precipitó a caballo, pero cayó en una primera emboscada y después en una segunda. Lo rodearon por todas partes y pereció con aquellos de sus compañeros que escogieron el martirio". El choque debió de librarse en algún lugar meridional de la Cuenca de Pamplona, muy próximo, probablemente, al paraje que había escogido para erigir una fortaleza, lo que Sancho no estaba dispuesto a tolerar. "Marchó contra Pamplona, y temerario como era fue a acampar no lejos de allí, donde comenzó a levantar el castillo de Heriz", refiere Ibn Idari, y que José María Lacarra supuso que se trataba de un lugar del entorno del puerto del Carrascal, entre la sierra de Aláiz y los pueblos de Oriz y Olóriz, aunque más probable es que tuviese que ver con Enériz o con el monte aledaño, el Añorbe, corazón geográfico de Navarra, donde todavía figura un significativo topónimo, "Gazteluzar" (castillo viejo). La muerte de Lubb (Lope) no se ciñó a un acontecimiento menor, a un asunto interno del reino de Pamplona. Su trascendencia repercutió poderosamente en las ansias reconquistadoras de Sancho Garcés, del rey Alfonso III de Asturias y muy especialmente de los condes castellanos porque, como apuntó Sánchez Albornoz, podía "Castilla avanzar hacia el sur hasta ganar en 912 las márgenes del Ebro". Los Banu Qasi, en cambio, veían el principio de la decadencia familiar, con escasas esperanzas que albergar con el sustituto de Lubb, su hermano Abd Allah ibn Muhammad (907-915), personaje retraído y carente de iniciativas que acabaría enclaustrado entre los muros de su castillo de Tudela, como Sancho VII el Fuerte siglos más tarde, aunque por motivos bien diferentes. Consciente de lo ventajoso de la situación, el joven rey Sancho no titubeó en lanzarse a la ofensiva. Para ello fue abriendo frentes hacia Carcastillo, Olite, Tafalla, Falces y Cárcar, extenso arco territorial que arrebata con prontitud y que ha de culminar con la empresa más ardua, la conquista del País de Deio, "la obra definitiva de su juventud por la que guardaría el resto de sus días grato recuerdo" (Lacarra), no en vano representó "el primer pedazo de solar navarro que rescató de la dominación musulmana" (Arbeloa). Aquella empresa tenía una cabeza visible: la fortaleza que los Banu Qasi habían erigido en la cima del Monjardín o "Mons Jardini" (890 m.) -todavía a la vista desde los valles limítrofes-, conceptuada por José de Moret como "un padrastro perjudicialísimo para Navarra que se retenía por los moros", el cual, andando el tiempo, en pleno siglo XII de las peregrinaciones a Santiago, la "Crónica de Turpín" convirtió en fantástico escenario del combate entre Furro, príncipe de los navarros, y el rey Carlomagno. El monte cayó y pasó a convertirse en "el lugar más seguro en el que Sancho tenía toda su confianza", había admitido el propio Ibn Idari, lo que debió de ser cierto a tenor de la decisión de ordenar que fuese en ese lugar cimero donde recibiese sepultura, y años después su hijo García Sánchez I, lo que daría pie a que algunos historiadores dejasen entrever que la dinastía Jimena podía ser oriunda de algún valle del País de Deio, de donde habría partido para alzarse con el poder en Pamplona, pero la crónica árabe de la aceifa del 924 había dejado bien claro que la "aldea del cristiano" que buscaban ansiosamente los moros estaba en alguna parte de las tierras orientales del reino, seguramente por la Tierra de Sangüesa. Las victorias de Sancho, incapaces de impedirlas los Banu Qasi, llegaron a ser motivo de seria preocupación en la capital de Al-Ándalus. En Córdoba, el poderoso y enérgico Abderramán III, determinó ponerse al frente de un ejército hacia la Frontera Superior, que a finales de julio del 920 lo llevaría a enfrentarse no sólo con Sancho Garcés, sino con Ordoño II de León, con el que no contaba. La contundencia del ataque fue fuerte aquel año 920, pero lo sería aún más en el 924, arrasando gran parte del reino pamplonés. No importó gran cosa el origen navarro del Emir; su madre era una cautiva del país, Muzna, que se casó con el príncipe Muhammad, primogénito de la infanta Iñiga Fortún, hija del rey Fortún Garcés, madre por otro matrimonio posterior de la reina Toda Aznar, la valerosa esposa de Sancho Garcés. |
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