Iranzu, el valle
del monasterio

Profundo entrante que preside
el viejo monasterio benedictino,
antesala de la sierra de Urbasa.
        El municipio de Yerri perdió el concejo de Lezaun a mediados del siglo XX y con él el valle de Zumbel (ver su descripción en la web). Cien años antes ya había perdido a Abárzuza, cuyo término se prolonga en dirección N.O. hasta las estribaciones surorientales de la sierra de Urbasa. A él pertenece el vallecito del río Iranzu, que culmina en una explanada entre montes a poco más de cuatro kilómetros, que preside uno de los monasterios más venerados de Navarra desde el siglo XI, atendido por monjes benedictinos y cistercienses, que lo engrandecieron con la ayuda de reyes, obispos, ricoshombres y... las sufridas gentes de estos valles y de otros más lejanos, obligados a contribuir en muchos casos con gravosos diezmos. El valle de Iranzu, enmarcado entre tupidos encinales y cornisas de roca caliza de sugerentes tonalidades ocreoxidadas que refulgen en todo lo alto con el sol del amanecer, lo recorre la carretera local NA-7135, sinuosa y estrecha, siempre por terreno llano, que arranca de las afueras del núcleo urbano de Abárzuza, en la confluencia de las carreteras que se dirigen a Lezaun y Arizala.
 
Abárzuza es pueblo situado en alto sobre los campos cerealísticos del valle de Yerri, que se contemplan magníficamente desde el atrio de la iglesia parroquial de la Asunción, cuya recia torre del reloj atraviesa el túnel de entrada a la plaza del ayuntamiento, que a su vez se comunica con la principal por angosta calle que flanquean los bellos arcos de los portales de las casas. En el apeo del año 1427, el primero más importante que se hacía en Navarra, el pueblo contaba con 36 fuegos o casas, lo que suponía una notable población. Aquel censo tenía el aliciente de reflejar como habían quedado pueblos y comarcas de Navarra tras el paso de las dos primeras pestes bubónicas, que en lo que atañe a Abárzuza hizo que se perdiese una veintena de casas. El pueblo tuvo siempre "montes muy considerables de enzinas y robres", se decía por el año 1700, los bosques primordiales de su economía a lo largo de su historia. La vida se hacía en el monte porque la ganadería así lo requería. La agricultura no cobraría importancia hasta principios del siglo XX. Al monte se accedía por viejos senderos pastoriles que partían desde distintos puntos del vallecito, hoy desdibujados o perdidos irremisiblemente, merced a la proliferación de toda clase de arbustos, yerbas y malezas desde que no se realizan las "limpias y rozas" de antaño. Al monte se acudía para "allegar leña para el hogar, hojas y ramas para alimento y cama del ganado". Las bellotas o "robreñas" solían cotizarse en todo tiempo. A los encinales, robledales y hayedos, ubicados en pisos forestales a cada cual a mayor altitud, eran conducidos los rebaños, donde permanecían casi todo el año sueltos, vigilados de tarde en tarde por sus dueños. Pero la propiedad del ganado, al igual que ocurría en otras zonas de Navarra, era cosa de unos pocos. Esta circunstancia hizo que la mayoría de los vecinos tuviese que dedicarse a la paciente tarea de recoger la leña que "con gran trabajo llevaban a Estella a vender", constató algún acta local. No sólo se abastecía leña a la capital, sino también a los valles del carasol del Montejurra o a la misma ciudad de Viana, mejor comunicados desde que se trazó el Camino Real de Logroño de finales del siglo XVIII. Los fríos inviernos y la carencia de bosques obligaba a los estelleses a procurarse la leña con premura en toda la merindad. Ocasiones no faltaron, sin embargo, de discordias entre compradores y vendedores por cuestión de precios, que alcanzaron su momento más tenso en 1582 con la suspensión del suministro a la ciudad. El no tener ganado determinó, también, que otra parte de los vecinos de Abárzuza se dedicase a la obtención de carbón vegetal con la madera de encina, que era gratuita cuando provenía del monte facero; pero como a menudo las necesidades familiares eran acuciantes, se hacía preciso entonces comprársela a la comunidad o a otros concejos vecinos. Aquella actividad, practicada hasta tiempos recientes, es muy antigua en Tierra Estella, pues hay constancia de ella desde 1427. Pero no siempre se sometía la gente a las reglas impuestas. Hubo abusos que repercutieron en la degradación de los montes, y las infracciones a tal efecto se hacían constar en los "libros de daños y de multas".
 
El apacible valle de Iranzu tiene entrada desde el pueblo por una magnífica alameda de enhiestos chopos entre los que corre el río y corpulentos nogales que esconden una cascada, que cuando apenas baja agua cae lamiendo el escarpe recubierto por gruesa capa de musgo. Entre las penúltimas casas alineadas bajo el encinal va la carretera del monasterio, que deja al Iranzu a mano izquierda, silente y visible a ratos, disponiéndose a salir humilde de las estrechuras por el puente sobre el que pasa la carretera del valle de Zumbel, y entre cuidadas huertas alejarse por trigales y esparragueras de los concejos de Zabal y Grocin, para acabar finalmente en el Camino de Santiago por el puente de Villatuerta, pasado el cual se une al Ega por el histórico paraje en el que el rey Sancho Garcés atacó por sorpresa a la caballería de Abderramán, días antes de la Batalla de Valdejunquera. Arroyo más que río debió de ser siempre, a juzgar por el apelativo con que se lo conocía, "riachuelo de Abárzuza", que no obstante no impidió arrastrar alguno de los puentecillos apenas entrevistos.
 
El pueblo queda atrás, apenas se distingue ya alguna casa entre los árboles. Más adelante aún aparecerá otro ramillete de viviendas, solitarias y aisladas entre el río y ambos lados de la carretera. Al poco de adentrarse en el valle se presenta el monumento que en 1979 erigieron a la Virgen del Puy algunos vecinos emprendedores con el fin de honrar la memoria de la tradición milenaria. Construido con enormes peñascales calizos arrancados del monte, blanquecinos o grisáceos según la luz del día, lo preside la figura de la Virgen con el Niño, a la que flanquean dos sencillos personajes, un carbonero y un pastor, que representan a los dos vecinos de Abárzuza que hacia el siglo XI vieron como del monte que se eleva sobre la ciudad de Estella, conocido por el Puy, cierto día salían haces de luz de la tierra... Rodeándolo se ven algunas huertas salpicadas de árboles frutales, mientras que otras permanecen abandonadas, desvanecidas entre el matorral que va ganando terreno y la airosa sucesión de chopos que parecen retar las alturas de taludes de encinas y escarpes que asoman. A los lados del asfalto llaman la atención algunas bandas de bojes y helechos por cuanto representan tenues soplos de la humedad cantábrica de los valles de la Barranca, que rebasa los rasos cimeros de Andía y desciende a Guesalaz y Yerri por las entalladas depresiones. Monte arriba queda patente que el "enzinedo" sigue siendo el bosque que predomina en el valle de Iranzu, que en su vertiente derecha constituye facería de unas 7.000 robadas que comparten Abárzuza y el concejo vecino de Ibiricu. Dos partes para el primero y una para el segundo. Pero aquel encinal de antaño, fuente de la riqueza local, se extendía mucho más al sur, invadiendo campos abiertos con el quejigal. Las talas abusivas en todo tiempo y la roturación de tierras del común llevadas a cabo durante el siglo XIX, lo hicieron retroceder. La depredación forestal en Navarra afectó a los valles pirenaicos por la calidad maderera. Abetos y hayas eran destinados mayoritariamente a la construcción de barcos de la marina real, "los reales bageles". En los valles de la merindad de Tierra Estella, en cambio, fueron de especial incidencia las extracciones de leña de encina y haya, que determinó en unos casos y otros la promulgación por las Cortes de Navarra en 1757 de la primera ley de protección de bosques. Pero aquella severa norma se llevó a la práctica sin apenas planificación y de una forma anárquica y desordenada. Ayuntamientos, concejos y particulares plantaron árboles en los lugares más insospechados, recurriendo a especies tanto autóctonas como exóticas. Montes, ribazos, sotos, piezas sembradas, caminos, casas, los mismos pueblos e incluso los cementerios, vieron medrar mimbrales, cerezos, arces, fresnos, sauces, etc., parte de los cuales aún pueden verse en distintos sitios. Otras repoblaciones más recientes y racionales se realizaron en las décadas centrales del siglo XX, inmediatamente antes y después de la guerra civil de 1936, al poco de que la agricultura cerealística ocupase en estos valles de pie de Andía la trascendencia que alcanzó en estas últimas décadas.
El Iranzu discurre por la juntura con el talud del monte, de donde recibe aportes de varias regatas menores. Cerca, a sólo pasos, lo sigue la carretera, último de los caminos que recorren el valle, cuyo trazado ha de coincidir seguramente con el antiguo de los pastores y con el que acondicionaron los primeros monjes para el tránsito de los pesados carros cargados con piedras y maderos de la obra monumental que habrían de acometer. No sólo la espesura del encinal tenía que dificultar el trazado de los senderos, sino los escarpes que sobresalían, hoy rebajados por exigencia de la construcción de la carretera. Todavía hacia 1830 podía constatarse por el diccionario geográfico de Pascual Madoz que "el camino que de Abárzuza va a la granja de Iranzu" estaba en pésimo estado, "permitiendo con dificultad la entrada a la profunda planicie situada en el confín septentrional del valle, en un recodo muy llano y profundo, circundado de elevadas montañas". Al recinto monumental, corazón de Iranzu, se entra nada más doblar la peña que corona una sencilla cruz de hierro, bajo la cual puede leerse en una lápida: "Buscad primero el Reino de Dios". La primera impresión es de asombro por la belleza de lugar tan recóndito, pero es lo propio, lo que hay que sentir cuando se va en pos de los monasterios de origen medieval. En un extremo permanecen todavía en pie las ruinas románicas y góticas del viejo recinto, arrinconadas y agazapadas contra la ladera del monte de pinos, marginadas de la reconstrucción de 1942. Espléndidos arcos que delatan un claustro primitivo, vigorosos muros y contrafuertes y portalones que los traspasan, hablan por sí mismos de la vida monacal en su primera época. Arrimadas a esas ruinas se alzan las nuevas dependencias, fundidas a su vez con lo que fue propiamente monasterio cisterciense, rehecho casi en su totalidad al acabar la guerra civil por iniciativa de la entonces Diputación de Navarra, que trajo a Iranzu a una comunidad de monjes teatinos de la orden fundada en el siglo XVI por San Cayetano de Thiene, sus moradores hasta hoy cuando se habla ya de que el recinto volverá a quedarse sin comunidad religiosa... Aquel cuadro desolador en que se encontraba Iranzu lo presenció Juan Iturralde y Suit, escritor navarro de finales del siglo XIX, descubridor de paisajes, ámbitos y monumentos, y que describió desde una perspectiva romántica tardía entre lamentos y reflexiones que tienen el interés de ser las apreciaciones más cercanas a la marcha de los cistercienses en 1839 como consecuencia de la desamortización eclesiástica. "Aquel severo y primoroso monumento, oculto en medio de abruptas soledades y ceñido de espesos bosques, situado en el fondo de una angosta garganta cortada por altas y tajadas peñas, sin más rumores que el murmurio continuado del cristalino torrente que baña sus cimientos, es el monasterio de Iranzu, que se descubre al doblar un extenso recodo rodeado por todas partes de excelsos montes poblados de encinas y nogales. El soberbio monumento convirtiose pronto en desoladas ruinas, imponentes y tristes, con la poesía de la majestad caída."
 
La severa fachada de la iglesia de Santa María, orientada hacia el N.O., como el valle de Iranzu, impone por su sobriedad y decoración inexistente en los muros y en el pórtico que rematan cuatro arcos ligeramente ojivales. Todo lo que hay son tres afiladas aspilleras verticales, un óculo central de ocho cristales emplomados y una diminuta cruz de piedra que corona la iglesia. El edificio muestra claramente el periodo de transición del románico tardío al primer gótico, pesado y falto de la estilización de líneas que alcanzaría en el siglo XIII. Las naves laterales descansan en la casa abacial y en un grueso muro que aísla la iglesia del monte. Delante se extiende un atrio enyerbado al que se accede tras dejar a un lado una efigie de la Virgen enmarcada en un arco tapiado. La historia dice que en fecha tan temprana como el año 1027 aquel primer monasterio fue donado a la catedral de Pamplona por el rey Sancho el Mayor, juntamente con el pueblo de Abárzuza. En él se habían instalado los monjes benedictinos, congregados en torno a la pequeña iglesia de San Adrián, hoy restaurada, que preside una Virgen sedente con el Niño en brazos. Debieron de permanecer en Iranzu por espacio de dos siglos, hasta 1176 en que los reemplazaron los cistercienses por decisión del influyente obispo de Pamplona, Pedro de París, natural de Artajona, que ofreció terrenos y estancias al monasterio de Curia Dei, cerca de Orleáns, uno de cuyos miembros era el hermano del obispo, nombrado abad de Iranzu. Reyes, nobles y obispos habrían de protegerlo en los siglos venideros. Laboriosa tuvo que ser la tarea de los monjes de Bernardo de Claraval para allanar los terrenos que circundan el monasterio, porque al igual que con el camino del valle desde Abárzuza, no cabe que se topasen con un vergel tal cual hoy, de piezas en las que se cultiva el trigo, prados en los que pace el ganado y encantadoras arboledas que conducen al recinto. Ese panorama vendría después. La norma de aquella gente era ir en busca de lugares incultos y recónditos en los que levantar sus dependencias y roturar el terreno para huertas. "Nuestros cenobios no deben construirse en las ciudades ni en los castillos ni en las villas, sino en lugares apartados de trato con los hombres", reza uno de los capítulos de la regla. Trabajar en la obra de la naturaleza era primordial, y contaban para ello con sus propios herreros, canteros, albañiles y agricultores, cuyas enseñanzas hacían extensible a la población de las comarcas limítrofes.
 
El sendero de la foz del alto Iranzu arranca del bello crucero inmaculista sobre capitel adornado con querubines. Es obra del siglo XVI, pero no parece que fuese ese su primitivo emplazamiento. El camino, de tierra, a ratos pedregoso, avanza flanqueado por el muro que lo separa del último trigal de Abárzuza, otrora piezas sembradas de los monjes. Las influencias climáticas de uno y otro sino vuelven a hacerse notar con la alternancia de bojes y helechos. Un alargado aska en el que beber el ganado parece indicar el punto de referencia para el encuentro de sauces, arces y quejigos.Enseguida viene el primero de los paneles explicativos de ruta verdiblanca, catalogada como "Sendero Local NA-180 del Cañón del río Iranzu", que con un fácil y cómodo recorrido de 4,4 kms y un desnivel de 105 metros invita al caminante a no detenerse únicamente en la visita al monasterio. Los escarpes calizos, altos y majestuosos, que dejan caer por las laderas la piedra menuda deshecha, se presentan siempre como de muy difícil acceso. Empiezan a vislumbrarse los estrechos pasajes del cañón, que los geólogos se muestran unánimes en considerar que fue excavado por las aguas de escorrentía que han ido sobreimponiéndose en los terrenos al paso (epigénesis), ayudadas por la carstificación del subsuelo, fenómeno consistente en la proliferación de grietas y simas intercomunicadas, que sumen el agua y la devuelven a la superficie en cualquier punto. A veces, la insignificancia de los elementos de la naturaleza es sólo aparente cuando va unida a la pertinaz labor erosiva de millones de años, que es capaz de excavar barrancos como el de Iranzu o del Ubagua en las rocas calizas. El arroyo discurre a unos cuantos metros más abajo del camino, pero porque éste fue trazado por parajes que antiguamente no existían, abiertos en su momento a costa de los abombados y cuarteados escarpes que se elevan a los flancos, pone de manifiesto que esta parte del alto Iranzu tuvo que ser casi intransitable. El riachuelo, que desde la hondura está acompañado de algunos magníficos robles que lanzan su grueso ramaje al camino, como si hubiese cambiado su cauce primigenio debido a la formación de nuevas fracturas, deja al descubierto en algunos tramos y en los meses más secos un lecho seco y descarnado, entallado en el piso de roca, que contrasta vivamente con otros puntos en que se originan pozas cristalinas que semejan manantiales que brotan en ellas. La foz o cañón está a punto de llegar a su término. Vuelve el sendero, presto a bifurcarse entre robles que se reparten entre pastizales de pronunciada pendiente en los que pace el ganado vacuno. Uno se dirige a los faceros de Larraiza, frecuentados desde muy antiguo, mientras que el otro lo hace internándose por el barranco Legarrogui que sale al pie del monte Dulanz por una ruta que los senderistas más osados utilizan para acceder a la lejana Venta de Zumbel.
 
Fotoenlaces:
   
Vista general del monasterio
Claustro gótico
Ruinas del monasterio primitivo
Acceso del claustro al lavatorio
Plano del monasterio
El Lavatorio, junto al claustro
Fachada de la casa abacial
Entrada de la sala capitular
Chimenea de la monumental cocina
Interior de la sala capitular
Patio interior del claustro
Celdas de castigo de los monjes
 
(Las fotos de las distintas dependencias monasteriales son de la web oficial www.monasterio-iranzu.com, excepto una que pertenece a www.rutasnavarra.com)