UN ERMITAÑO ILUSTRE

“Un ermitaño ilustre” es un relato que incluyó Florencio Idoate Iragui en el primer volumen de su trilogía “Rincones de la historia de Navarra” (1954), en el que indaga acerca de la ascendencia de un ilustre ermitaño de San Jerónimo de Salinas de Oro, la modesta fábrica en medio del bosque, al pie de los escarpes de la “Peña Grande”.


          Bajo el humilde hábito de ermitaño vivió en Navarra en el siglo XVII un hombre que se decía vástago de la casa real de Francia. Tal fue fray José de Lefèbre y Borbón, que hacia 1678 ejercía su ministerio en la ermita de San Jerónimo de Salinas de Oro. En esta fecha, fray José elevaba una petición al rey, acompañada de la correspondiente información sobre su origen, solicitando una pensión sobre las rentas del obispado e Pamplona. (1)

Ya su madre, Petronia de Borbón, viuda de Francisco Lefévre (escultor modesto que trabajaba en Pamplona hacia 1642), había intentado hacer valer sus posibles derechos al entregarle un carmelita descalzo del convento de Pamplona un testamento cerrado de su padre, Juan Francisco de Borbón, supuesto hijo bastardo del Duque de Vendôme (titulado rey e Navarra), Antonio de Borbón, muerto en 1562. El tribunal de la corte no juzgó suficientes por entonces las pruebas presentadas y se limitó a mandar que se diese copia del mismo a la interesada, incorporándose el original al proceso correspondiente. (2)

La relación nos habla de un viaje del bastardo con su hija Petronila, de once meses entonces, desde Zaragoza, donde había vivido con su difunta esposa, doña Petronila Fernández de Bauluz, a la corte del rey de Francia. Al pasar por Marcilla se detuvo en el palacio de los marqueses de Falces, done cayó enfermo y falleció a los pocos días, dejando encomendada su hija a la hospitalidad de estos magnates y haciendo testamento a favor de la misma. No resistimos a la tentación de transcribir el curiosísimo documento, digno de tan novelesco relato. Dice así:

Jesús, María, Joseph sea en mi alma. Por el paso en que estoy, hago este mi testamento verdadero, yo Juan Francisco Borbón, hijo natural de Antonio de Borbón, Duque de Bandoma, padre de Enrique IV, hijo de doña Juliana de Garro y Xavier, tía que fue de León de Garro. Yo, Juan Francisco de Borbón, yendo a París a la tierra del rey Enrique, mi hermano, en el camino me ataxó la muerte, y dexo a mi querida hija, doña María Petronila de Borbón. Fue su madre doña Petronila Fernández de Bauluz, nieta del oidor Fernández; la agüela fue doña Isabel de Abarca. Y así, encomiendo al Marqués de Falces, siendo testigo de esto don Juan Garro y Xavier, haciendo convenio de la lexítima de mi madre, ofreciendo darla a mi querida hija la suma y cantidad de ocho mil ducados. Y obligándose a llevar a la dicha obligación, y juntamente entregándose de los papeles de mi padre Antonio de Borbón, Duque de Bandoma, obligándose con su persona y estado, a dar cuenta a esto y de los papeles que quedo entregado, y cuidare de ella como cosa propia; y mientras no la llevare, tenerla en un convento con sus doncellas, como requiere su calidad.

De todo lo sobredicho, dejo a mi querida hija Petronila de Borbón, heredera de los sobredichos ocho mil ducados de su agüela, y dejo los intereses que mi padre la mandó, cuando me reconoció por hijo, dándome firma de su mano y sello, como consta por los papeles, que a mi hija dexo heredera en todo y en cualquiera parte: en Aragón, en Navarra y en Francia y en otra cualquiera parte del mundo, pueda pedir todo lo que yo tuviere. Queda de edad de once meses; es mi hija muy querida, que siento más el dexarla que dexar la vida. Hija es de muy buena cara y la boca muy polida. En el ojo izquierdo adentro, en la misma niña, tiene un lunar; en la barriga tiene otro a modo de una teta de conexa debaxo del ombligo. Pongo estas señales, porque aunque la dexo entre sus parientes, creo será menester todo esto para saber que es mi hija muy querida; porque ellos, llegando a pedir lo que es suyo, creo le negarán, y porque los parientes en esta tierra, llegando a pedir su derecho, son los mayores enemigos, y así dándola como será lo mismo.

A mi capellán dexo quinientos ducados y una capellanía. Y le dexo además ciento de renta sobre el censal que tengo en Navarra, para que asista a mi entierro, y en el de mi esposa doña Petronila Fernández y Abarca. Y dexo que distribuya todas las alhajas y colgaduras de mi casa, ando a cada criada quinientos ducados. Y a las criadas, la que quisiere entrar monja, lo que fuere menester si quisiere casada.

Y así, dejo a mosén Juan Ximénez, mi capellán, facultad para todo, porque mi hija no tendrá necesidad de lo necesario con el rey su tío, Enrique IV, y mi hermano. Al rey, mi hermano, le encomiendo mil veces a mi hija y su sobrina, y mando que mi cuerpo sea sepultado en Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, en donde está mi querida esposa, siendo testigo de esto, yo, don Diego de Oco; y queda por tutor don Juan Abarca. Y con esto se concluyó este testamento en cuatro de marzo en Marcilla. Y por mi. Juan Francisco Borbón. Rubricado”.

Según se desprende de las declaraciones de los testigos –del ermitaño de Santa Brígida de Olite, entre otros, antiguo paje del marqués de Falces-, el cadáver de Juan Francisco de Borbón fue llevado al Pilar de Zaragoza, junto a los restos de su esposa, fallecida poco antes. La niña fue encomendada al cuidado de un francés, herrero de oficio, en cuya casa se crió oscuramente, pasando más tarde a la de don Pedro Escudero de Peralta, y después, a la de Matías Fernández de Bauluz, una de las más principales de Marcilla, emparentada con su madre a juzgar por el apellido. No falta, como se ve, materia para el más pintoresco romance. Y sigue la historia.

Llegada a edad competente, casó con Francisco Lefévre, ya citado, del que enviudó después de tener cuatro hijos, dos mujeres (que a su tiempo casaron con dos caballeros de órdenes militares). Uno de los varones es el ermitaño de nuestra historia.

Algunos vecinos de Marcilla y de Peralta atestiguaron que reconocían la letra de Borbón al serles presentado el testamento por el alcalde de Marcilla, ante quien se abrió en presencia de un escribano, Juan Boneta, e Peralta –alcalde de la villa varias veces-, afirmó que durante su enfermedad iban a visitarle muchos caballeros, y “que le parecía tener buena disposición de hombre”. Todos concordaban en que Petronila, según la voz común de la gente, era pariente cercana de los reyes de Francia. (3)

No obstante, ninguno de los testigos que aparecen en el testamento vivía ya en 1646; Petronila de Borbón murió en Pamplona sin conseguir nada práctico y en la mayor pobreza al parecer. Tampoco debió tener más éxito su hijo en las reclamaciones que hizo con el motivo ya indicado, a no ser que se tuvieran en cuenta de alguna manera estas circunstancias familiares, al ser nombrado general de los ermitaños hacia 1670. En esta fecha fueron aprobadas precisamente por el obispo Girón las constituciones de la hermandad de ermitaños, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Anunciación, con asiento con el convento de los Mercedarios, de que nos habla el P. Pérez Goyena en Ensayo de Bibliografía navarra. (4)

En todo caso, la cronología del testamento en cuestión presenta graves contradicciones si nos atenemos a las fechas de los papeles que manejamos. En primer lugar, Enrique IV, a quien se cita repetidamente, había muerto en 1610, o sea, seis años antes que su pretendido hermano bastardo, y mal podía por tanto encomendarle su hija. Las genealogías de la casa de Borbón, por otra parte, no admiten más que un bastardo del duque de Vandôme, Carlos de Borbón, que llegó a ser arzobispo de Ruan (cuya madre fue Luisa de La Beraudière), fallecido poco después que su hermano.

Igualmente oscura se nos presenta la figura de Juliana de Garro, supuesta madre de Francisco de Borbón. León de Garro, que aparece como sobrino suyo, fue el primogénito y heredero de Jerónimo de Garro, vizconde de Zolina, que en 1557, había casado con Ana, sobrina de San Francisco Javier, como hija de su hermano Miguel. Hijo y heredero de León fue Juan de Garro y Javier, a quien se cita en el testamento, conde de Javier a partir de 1625 en virtud de título concedido por Felipe IV.

Sea de ello lo que fuere, el nuevo general o hermano mayor de los ermitaños de Navarra, que debía gozar de gran prestigio personal, contribuyó con su celo a mejorar la vida eremítica, que pasaba en estos momentos por una gran crisis. Aquel primitivo espíritu de los antiguos padres había degenerado, y el oficio de ermitaño era en muchos casos un buen pretexto para una vida de ocio y vagabundez, con la excusa de pedir limosna. De ahí los intentos de reducción de su número y aun anulación, ya que en 1584, en vista del memorial presentado al rey por Juan de Undiano (presbítero solitario), se decidió su extinción total, decretada en 1596 por Felipe II “para que cese el mal ejemplo que dan a la república”, aunque no se llevó a la práctica tal orden. (5)

Fray José tuvo que continuar desde su nuevo cargo el viejo pleito con los mercedarios por la propiedad de una casa en la calle Tejería y otros bienes donados al morir por don Miguel de Echarri, con destino a la fundación de un hospital o retiro para los ermitaños que venían a Pamplona. Desde este momento, lo vemos residir en la capital, abandonando su ermita de Salinas, cuyo patronato ostentaban los condes de Javier. No debió renunciar a sus pretensiones como vástago de la familia real de Francia, por lo menos hasta 1685, en que se volvieron a examinar los papeles con que pretendía atestiguar su elevada alcurnia.

En 1702 eleva un memorial a las cortes, solicitando se aclarasen las dudas relativas a la jurisdicción a que debían estar sujetos los ermitaños, asunto sobre el que no se tomó ninguna decisión por entonces. Ya de edad avanzada, el 3 de abril de 1705, fallecía en Pamplona este enigmático personaje, siendo enterrado en la iglesia de San Agustín, según consta en el correspondiente libro de difuntos de la catedral.

¿Quién fue el caballero que murió en Marcilla en 1616? ¿Es apócrifo o verdadero su testamento? ¿Se trata de una impostura más? Esperamos que comprobaciones posteriores aclaren lo que haya de cierto en el fondo de esta enredosa historia.


(1). Sec. De Pap. Secretos, t. 26, leg. 1, núm. 37.
(2). Procs. De 1643, f. 1, núm. 6, sent. Esparza, y 1646, núm. 47, sent. Miura. Se da cuenta aquí de que Francisco Fefévre se había concertado con el convento de San Francisco de Pamplona para hacer un atril de coro y un antepecho, en tres meses, por 40 ducados. Se hace constar que era flamenco y se llamaba ensamblador. Por no cumplir el compromiso fue procesado por los frailes, falleciendo a poco en enero de 1643. Estuvo retirado en la iglesia para no ser apresado por deudas y no dejó ni con qué enterrarse, siendo declarado pobre de solemnidad. Su viuda, que había quedado con cuatro hijos, solicitaba sobrecarta para tasar la obra de su marido en el convento, cuyo valor calculaba en 200 ducados.
(3). Del matrimonio de Miguel de Azpilicueta con Isabel de Goñi nació Ana, que en 1557 contrajo matrimonio con el vizconde de Zolina, don Jerónimo de Garro y Góngora (ella sobrina de San Francisco Javier). Heredó el título su hijo primogénito León, que falleció en 1604, sucediéndole Juan de Garro y javier, primer conde de Javier, el nombrado en el testamento, sobrino de Juliana de Garro (hermana de León, por tanto, e hija de Jerónimo).
(4). Vid. P. Pérez Goyena, Ensayo de bibliografía navarra (Pamplona, 1949), t. II, p.450. Una de las constituciones dice: “Porque ninguna cosa hay más perniciosa para la vida eremítica que la ociosidad, se encarga a todos los ermitaños, que por todas vías y caminos procuren evitar aquélla, empleando el tiempo en todo género de virtud, leyendo libros de devoción que tendrán para ello en las ermitas, y en algún trabajo corporal, para el bien y servicio de su ermita, de manera que siempre estén ocupados, para que el demonio nunca les halle ociosos”.
(5). Las constituciones de los ermitaños de 1670 fueron confirmadas en 1739 por el obispo Francisco de Añoa. En 1749 se ordenó que los ermitaños se quitasen el hábito regular (paño pardo vil, escapulario y capilla), contra lo que protestaron los componentes de la Hermandad de la Anunciación, por entender que tal orden no les comprendía. En 1766 elevan una nueva instancia con los mismos argumentos. Por lo que toca a la ermita de San Jerónimo de Oro, en 1745 tenía capellán, y era una de las veinticuatro que estaban autorizadas a pedir limosna para su sostenimiento en ocho leguas a la redonda. (Sec. De Negocios Eclesiásticos.