Aranbarren
Tierras orientales de Guesalaz
con los pueblos de Salinas de Oro,
Izurzu y Muniáin.
        El valle de Guesalaz, desde la perspectiva de quien viene de Estella, parece tener su final en el entrante de pie de Andía que recorre el arroyo Erragoz desde los concejos de Guembe y Vidaurre, últimos rincones sin duda en los que lucharon moros y cristianos el 26 de julio del 920. Más al este se abre un profundo entrante intramontañoso diapírico en el que se ubican los pueblos de Salinas de Oro, Izurzu y Muniáin, sobre el que pesa cierta aureola legendarista esbozada por José de Moret en el siglo XVII en torno a castillos en que se hicieron fuertes los reyes Sancho Garcés y Ordoño en la funesta jornada de lucha con los moros. La carretera NA-700 entra en ese espacio tras cruzar el "brazo de muy suave entrada entre los pasos ásperos de la gran tierra de Andía al septentrión y las montañas encumbradas hacia el lado contrario" (Madoz), que separa los cauces del Erragoz y del Salado. Es Aranbarren, el "valle interior", topónimo con el que tuvo que identificarse este lado extremo de Guesalaz desde antiguo para diferenciarlo de otras unidades similares más o menos próximas, como los también recónditos entrantes de Zumbel y de Iranzu.
 
El Esparaz y la Peña GrandeLa larga travesía medieval dejó en el olvido muchísimos topónimos apegados al terruño, no en vano el navarro de entonces vivía en permanente contacto con el medio natural, sus campos, ríos y montes, lo que lo obligaba a nominar cualquier rincón, árbol o peñasco que destacase en el paisaje. Aunque en menor medida, también la toponimia que habría de perdurar casi inamovible hasta entrado el siglo XX seguía manteniendo estrechos lazos con aquel entorno primordial, como refleja el diccionario geográfico de Pascual Madoz. Hoy, sin embargo, están reapareciendo topónimos exhumados de archivos municipales, concejiles y parroquiales, que van figurando en mapas locales y comarcales con mayor o menor acierto por el hecho evidente de que hoy resulta insalvable la descontextualización topográfica al haberse perdido el eslabón cultural en que se movía el hombre rural de antaño, proclive más que a nombrar a describir el entorno o las partes del mismo que más le concernían. También hay que tener presente que "guesalaz" -literalmente, "salado"- antes de ser valle administrativo en el siglo XIV su significación topográfica se circunscribía al cauce del río Salado hasta la foz que cierra el embalse de Alloz, y que el Valdejunquera de la batalla sería nada más que alguna pequeña depresión de las varias en que se han instalado los arroyos.
 
El Salado encauzado entre rocasLo realmente significativo de este "Aranbarren", más allá de la historia, de los pueblos y de los hombres, es que constituye una magna obra tectónica diapíricosalina, el fenómeno geológico del periodo Triásico capaz de exhumar gigantescos monolitos calizos como la "Peña Grande" y la "Peña Chiquita", alzar picos como el "Cabezón de Echauri (1.132) y el "Esparaz" (1.019), y provocar el afloramiento de manantiales que aprovechó el hombre para la obtención de sal, actividad que ya debió de llamar poderosamente la atención del propio Moret cuando visitó los escenarios de la batalla de Valdejunquera: "El valle que por la copia de sal de seiscientas fuentes saladas que revientan en Salinas de Oro y forman el río Salado, llamaron Gazala y hoy, con alguna inmutación, Guesalaz". La descripción la reprodujo posteriormente Madoz sin apenas variación: "Manan infinidad de fuentes, que después de formar varios regachos se reúnen y dan vida al río Salado que corre en dirección oeste." Fue, qué duda cabe, la obtención de sal tarea predominante desde muy temprano, ya en tiempos de la dominación romana, firme e intensa por estos valles estelleses, que en todo caso empezaría a ir a menos entre los siglos XII y XIII cuando la ganadería, el pastoreo y el cuidado del monte iban cobrando fuerza, como se desprende de la donación en 1135 del rey García el Restaurador al obispo y a la catedral de Pamplona de dos lugares cercanos, hoy desaparecidos, exigiendo que se hiciese "con todos los montes et seles, con pastos e yerbas, con agoas et fuentes et ríos con sus molinos." Los manantiales salinos desde siempre despertaron el interés de las gentes, que se las ingeniaron para hacer pasar el agua por una serie de pequeñas parcelas, allanadas, compartimentadas y asentadas sobre tierra prensada, hoy sustituidas por cemento, a fin de que el sol del verano completase la paciente labor de la evaporación. Aquella labor, porque al cabo de los siglos aún se mantiene viva, explica la natural proliferación de curiosos topónimos relacionados con la sal. Hay referencias a los mismos pozos, que se distinguían por nombres, tamaños y ubicaciones. Así el "pozo principal de la salinería" o "Butzuandia" (pozo grande), "Butzuberri" (pozo nuevo), el "pozo de abajo" (1805), el "pozo de arriba" (1827), o lo que se hallare "junto al pozo que nace el agua" (1826). Curiosamente, la más antigua de las designaciones corresponde a 1699, y alude a uno de los peñascos desenterrados por el empuje diapírico, la "Peña de la Salinería", magnífico espolón cuarteado de tonos rojizos que se alza en la boca de la foz que tajó el Salado, requerido como mojón delimitador de piezas o derechos. En 1706 se hablaba ya del "peñasco de la salera" y de las "eras salineras en Aiztondoa" (junto a la peña), dos citas que constataban las primeras menciones de eras tan singulares, esas parcelas blancas y resplandecientes entre el verdinegro de los encinales circundantes, que parecen sembradas con conos de sal rastrillada, recogida antes de que concluya la jornada en habitáculos dispuestos para tal fin, las "cabañas de tener sal" (1826), que también figuran con sus propios nombres: la "salinería de arriba", "al lado de la salinería", "encima de la salinería" y "junto a las cabañas" (1830).
En Navarra existen varios diapiros salinos. Dos muy próximos en un extremo de la Cuenca de Pamplona, en Anoz y Arteta (valle de Ollo), otro entre Estella y Ayegui y los dos de Guesalaz y Yerri, en Salinas de Oro y en Alloz, al suroeste del embalse. A grandes rasgos, el diapirismo es un fenómeno geológico que tiene su explicación central en el mar que anegaba las tierras comprendidas entre los macizos de Aquitania y del Ebro. La orogenia alpina plegó enérgicamente los fondos marinos, que acabaron formando las cordilleras pirenaica e ibérica, al tiempo que provocaba el hundimiento del macizo del Ebro. El mar que se instaló en la futura cuenca del río cubría extensas fosas tectónicas que quedaron aisladas al alzarse la cadena costera catalana, originándose de ese modo enormes lagos que acabaron desecándose y sedimentando potentes espesores de sales sódicas y potásicas. El paso del tiempo geológico fue depositando materiales derrubiados procedentes del arrasamiento a que se vio sometida la cadena pirenaica recién emergida, que arrastraron los impetuosos ríos que tallaron los valles de Esteribar, Arce, Irati, Salazar y Roncal. A aquella larga fase orogénica siguió otra de plegamiento de los sedimentos, que dio lugar a la formación de cadenas montañosas como las sierras de Leyre, El Perdón, San Cristóbal, Aralar, Urbasa, Andía, etc. Pero los pujantes mantos salinos sepultados no permanecieron inactivos. La incidencia de intensas presiones laterales motivaron corrimientos internos, que acabarían catapultando los estratos suprayacentes hacia el exterior a través de las fisuras de las fallas, creándose de ese modo una cúpula que finalmente fue desventrada por la erosión, resultando el actual paisaje de arcillas, calizas y ofitas, esas piedras verdosas volcánicas visibles en la cantera abandonada del diapiro.
 
Foz de acceso al diapiroSalinas de Oro, que desde mediados del siglo XIX constituye municipio independiente de Guesalaz, es pueblo situado "entre alturas que lo dominan por todas las direcciones, con calles bastante penosas, aunque empedradas en su mayor parte y comprendiendo dentro de su circunferencia montes poblados de encinas y robles. Este lugar, que según se cree no existía en el año 1225, tomó su nombre de las salinas del pueblo de Oro, que ha desaparecido", había anotado Madoz repitiendo lo poco que se sabe desde el siglo XII. Salinas no hubo tiempo en que no contase con más población que cualquiera de los pueblos de los valles, como se desprende de los censos antiguos, lo que habría que atribuir al próspero comercio de la sal. Unos kilómetros hacia el interior, pasado el espacio central del diapiro, "en una eminencia circundada de espesos montes encinales, casi en el confín septentrional del valle, con caminos locales y muy ásperos", se halla el recoleto pueblecito de Izurzu, que la carretera general cruza por medio. La mole de la "Peña de Echauri" se aprecia claramente como fue elevada por la acción diapírica. Sobre ella se recorta diminuta la ermita de Santa Lucía, esforzada meta de montañeros y senderistas. Al pie de los cuarteados roquedos, los primeros quejigos parecen establecer la línea que se abre a los "terrenos de buena calidad, especialmente el llano, aunque de secano" de que hablaba Madoz, hoy trigales que preside el concejo de Muniáin, aislado, ligeramente en alto y en paraje despejado, donde arrancan los viejos caminos de monte al alto valle de Goñi.
 
El aislamiento de Aranbarren con respecto a Pamplona fue total y absoluto hasta hace tan sólo dos siglos, cerrado a cal y canto el trazado que sigue la carretera al puerto. Hasta entonces sólo se tiene constancia de un sendero que hacia 1520 figuraba con el nombre de "Etxarribidea", el camino de Echarri, que es pueblo del valle vecino de Echauri. Todos los demás o se dirigían a las saleras o se perdían por el monte en busca de bordas, fuentes y manantiales que iban conformando la cerrada red de regatas que desembocan en el Salado. La vieja toponimia no deja lugar a dudas: los caminos apuntaban a las "fuentes frías", a las "fuentes altas" o "de arriba", a las fuentes "chiquitas" y a las fuentes "viejas", y cuando no era así, pasaban "junto a la fuente" o por "el lado de la fuente". Hasta una treintena de estas referencias -infrecuentes en cualquier caso en otras zonas- pueden constatarse sólo en el término de Salinas de Oro, las más antiguas en euskera, como un "Iturburua" que se remonta a 1698 y que posteriormente pasó a conocerse por "Fuente de arriba". No faltaban las peculiares distinciones entre fuentes; así las que respondían a los patrones "Yturzabal" (fuente caudalosa) de 1698 e "Iturchiquia" (fuente pequeña) de 1805.
 
Vista del pueblo de Salinas de OroLas relaciones entre los propios pueblos vecinos, por extraño que parezca, debían de ser escasas, lo que podría explicar el estado de abandono en que se hallaban en todo tiempo los caminos rurales. No hay más que prestar atención al diccionario de Madoz repitiéndolo una y otra vez, y no obstante por ellos tenía que pasar a diario el valijero del valle que venía de Estella. Los accesos intercomarcales que habrían de superar puertos de montaña apenas existirían, y las que luego se consideraron vías de primer orden -los caminos reales-, tardaron en llegar. En 1836 se hablaba ya del trazado del Camino Real de Pamplona por el puerto de Echauri -futura NA-700-, y aunque figuraba uno anterior como "Camino que va a Pamplona", era otra su dirección, de Salinas de Oro a los altos parajes del Esparaz, por donde dejaba la jurisdicción de Guesalaz para descender hacia el puente de Belascoáin sobre el Arga. Poca era la gente que hasta la última guerra carlista se desplazaba a Pamplona por rutas de esta índole, no por el grado de dificultad en invierno, sino porque las gentes de estos valles solventaban los asuntos mayores y menores, el comercio y las ferias ganaderas, en la ciudad de Estella, capital de la merindad. El paso del Esparaz, que hoy no transita nadie, ya era del conocimiento de Moret, quien en su afán por reconstruir a cualquier precio la Batalla de Valdejunquera no tuvo empacho en trazar por ella la huida postrera del rey Sancho. "Quedó haciendo espaldas a Pamplona con el ejército y sierra intermedia, por cuyos pasos recibía lo socorros sin riesgo de cortárselos". Al que sí le valió un éxito militar fue al más perseguido de los guerrilleros navarros, Espoz y Mina, que gracias a ese camino pudo sorprender desprevenido a un destacamento de húsares apostados en el puente de Belascoáin. También era ese el itinerario de la vieja Cañada Real de la Valdorba a los pastos de Andía, que cruzaba el corazón del diapiro de Aranbarren por la llamada "Curva de la Salinería". En cualquier caso, hubo que esperar al año 1780 para que se emprendiese en Navarra la construcción de una red de caminos carreteros empedrados entre valles o comarcas, que se requerían cuando los intercambios comerciales o las necesidades de transporte eran importantes, que muchas veces, por mostrar gran parecido con la idea que se tenía de las calzadas romanas, llevó y lleva a confusión a estudiosos y a paisanos. La iniciativa de aquellas vías se debió al arquitecto Santos Angel de Ochandátegui (1780-1801), artífice del Camino Real de Pamplona a Estella, que respetó gran parte de la vieja ruta de los peregrinos de Santiago, tan relacionada por lo demás con los valles de Guesalaz y Yerri, pues arteria era a la que se incorporaban los caminos de los pueblos, uno de los cuales venía de Aranbarren, el "Camino que va a Estella" (1698), conocido también por "Camino que va a Viguria".
Paisaje central del diapiro salinoAranbarren, como dudarlo, es rincón de historia compleja que sigue despertando el interés de estudiosos y eruditos, afanados en averiguar el origen de Oro, topónimo tras el que se esconde por igual un pueblo y un castillo, ambos desorbitados merced a las elucubraciones de Moret, que emplazó en el entorno a los reyes Sancho Garcés y Ordoño la víspera de Valdejunquera. "Acuartelados en las montañas de Salinas, al abrigo del castillo de Oro y de otros dos que en poquísima distancia allí había. Gazteluzar, que suena castillo viejo, y la iglesia de San Miguel del lugar de Salinas, que se ve fue castillo y retiene la fortificación y la forma de tal". Moret mezclaba elementos y conceptos de distinta factura y tiempo. No hay duda que en Salinas de Oro la iglesia parroquial fue construida sobre algún recinto fortificado anterior del que debieron aprovecharse algunas partes, pero no es verosímil en cambio que hubiese recurrido a un "gazteluzar" (castillo viejo), que desde el tiempo de los vascones no pasaba de mero topónimo, y crear con él todo un dispositivo defensivo cual si se tratase de un castillo medieval. Lo que hubiere tras ese "gazteluzar" tenía que ceñirse, todo lo más, a un rudimentario recinto ubicado en paraje enriscado, que aprovechaba de ese modo las buenas condiciones naturales para defender o vigilar lo único de valor que se podía defender entonces, las eras salineras. Sabido es que Navarra cuenta con varios "gazteluzar" que aún recogen algunos mapas y que muy raramente revelan vestigios de castillos y sí precarias defensas vasconas una vez que quedaron desamparados de la protección romana ante los cada vez más frecuentes asedios de bárbaros y godos.
 
La sal es regogida en cubosTras Moret, referencias y puntos de vista ahondaron en lo mismo sin poder determinar nada en concreto. Madoz se limitó a indicar que "el pueblo (de Oro) ha desaparecido". José Yanguas y Miranda, también en esa época, sostuvo con escasa convicción que "el pueblo de Oro y su castillo han desaparecido, y en su lugar existe hoy otro llamado Salinas de Oro, fundado en las inmediaciones del primero." Julio Altadill, el intrépido viajero de fines de aquel siglo, tampoco añadía nada nuevo: "El origen del nombre actual procede probablemente del exceso de fuentes salitrosas en su término y del hecho de haber existido un reducido poblado y su castillo de Oro." Del vocablo Oro anotó Luis Michelena en su diccionario de nombres euskéricos que era "de sentido indeterminado en Oro, Oronoz, Oroquieta, Ororbia, Oroz, Orozco, Orozqueta, Mendioroz." No han faltado intentos vanos por ubicar el enigmático castillo en la "Peña Grande", considerando que al pie se hallaba la "Iglesia del Señor Sant Jerónimo", hoy ermita solitaria y perdida en el monte sobre la que pesa una orla de devoción popular merced a un destacado personaje de la historia diocesana de Pamplona, fray José de Lefebre y Borbón, que en 1672 fue elegido primer general de los ermitaños de Navarra y que acabaría ejerciendo como tal en San Jerónimo. Aquel hombre afirmaba poseer la afilada piedra con la que el santo se infligía penitencia, que él mismo se encargaría de engastar. Pero porque corrió la voz por los valles de que eran muchos sus poderes curativos, la reliquia desapareció en manos de ricoshombres que disponían de privilegio de uso. De San Jerónimo creyeron algunos, pues, que podía corresponder a la iglesia parroquial de algún poblado, y a falta de localizaciones se optó sin más porque se trataba de la de Oro. Las incógnitas no parecen detenerse ahí, porque no han faltado intentos por relacionar Oro y su castillo con dos pueblos de Aranbarren de ubicación desconocida, Zuazu o Zugazu y Ianiz, Geniz, Jaitz o Xaitz, a raíz de lo que se decía en la donación del rey García el Restaurador al obispo de Pamplona: "La villa que se dice Ianiz et la villa de Çuaçu con el casteylo que se clama Oro, con todos sus pobladores a mi pertenecientes", que seis años después volvía a ratificar añadiendo el "molino que se dize Muniavia". Del primer lugar nada se sabe en concreto, mientras que del segundo, Jaitz, hay tendencia a identificarlo con el primigenio lugar de Salinas de Oro. Existió, no obstante, otro Yaniz entre Los Arcos y Etayo, según consta en sendos documentos de 1072 del monasterio de Irache y de 1090 de la catedral de Pamplona. Como quiera, aquellos Zuazu y Yaniz del espacio de Aranbarren de Guesalaz debieron de ser dos caseríos cercanos uno del otro, ubicados en las inmediaciones de las eras salineras y que habitaban algunas familias ocupadas en las labores de recogida de la sal, lo que parece probar el hecho de que todavía en 1492 se hablase en un documento local "de una era salinera en las Salinas, en la parte clamada Zuazu".