Galería fotos - Roldán de ayer a hoy

La retaguardia al mando de Roldán y los Pares,
que por expreso deseo de Carlomagno hubo de
permanecer unas horas en Roncesvalles mientras el
rey pasaba los puertos, cayó en una emboscada
tendida por los vascones en el alto Valcarlos.



I

Ibañeta al amanecer entre
cruces de peregrinos

l collado de San Salvador de Ibañeta, situado en la divisoria de los términos municipales de Roncesvalles y Valcarlos, forma parte del macizo paleozoico pirenaico, reliquia de la primitiva cordillera exhumada por la orogenia alpina. Ibañeta se halla a una altitud de 1.062 m., dato irrelevante ayer y hoy para el caminante que mide la altura de montes y puertos por el esfuerzo que implica su ascensión. Si fácil y corto es su acceso desde el recinto de Roncesvalles, que apenas supone algo más de cien metros de desnivel,arduo y difícil lo fue siempre desde Valcarlos para los peregrinos jacobeos que avistaban su silueta nada más salir del desfiladero de La Reclusa. Ibañeta es topónimo antiguo que ya citaban en Navarra los documentos del siglo XII, cuyo significado puede que esté relacionado con las minúsculas regatas que en él se forman y que se reparten caprichosamente entre las vertientes cantábrica y mediterránea. Como collado pende de dos montes también axiales, por el Este del Astobiscar, que es el segundo más elevado del macizo, y por el oeste del Guirizu, desde cuya cara norte los vascones atacaron a la retaguardia carolingia el 15 de agosto del 778. La actividad del collado como vía de comunicación arranca en la prehistoria, situándose desde entonces en una posición casi a la par que el Perthus-Junquera de Gerona, lugar de paso de la romana Vía Augusta. Ibañeta fue un destacado cuadrivio o encrucijada de rutas. La primordial era naturalmente la que venía por Arnéguy y Valcarlos, que trajo a celtas y a bárbaros a la península ibérica. Casi tan antigua era la procedente de Pamplona, que abrió el paso a tierras continentales a las primeras gentes que osaron traspasar el Pirineo, los vascones. La tercera y la cuarta, muy ligadas entre sí, se ceñían al periodo neolítico, cuando hombres y rebaños acudían a los pastizales de Alduides -tan violentamente disputados en otra época- y a los de los “Ports de Cise”, que desde el siglo I cruzó de norte a sur la vía romana de Burdeos a Astorga, la Iter XXXIV, entre el Imus Pyreneus o Pirineo bajo (St-Jean-Le-Vieux) y el Summus Pyreneus de Ibañeta.

Ibañeta al amanecer, cuando aún la vida de los valles permanece dormida, es silencio y recogimiento en cualquier estación del año. Las nieblas de Valcarlos son frecuentes y pertinaces, y aunque las más de las veces se detienen a mitad de puerto, otras rebasan el collado y descienden enredadas entre las hayas, hasta envolver las casas e iglesias del lugar de Roncesvalles, cabecera de la llanada que ensalzó la canción de gesta. En días así, las miles de aves migratorias centroeuropeas que se desplazan hacia el sur peninsular han de permanecer a la espera en los campos franceses. La visita a Ibañeta en la fría mañana puede resultar sublime si uno cree identificar, aquí y allá, las escenas más solemnes de los escritos medievales, que flotan entre auras del legendarismo omnipresente desde el siglo IX a los literatos románticos. Las rachas de aire abren algunos claros por los que se cuela el sol que asoma por el Altobiscar. El invierno se deja notar con intensidad. Las heladas, cuando el viento sopla de norte, congelan las ramas peladas de las hayas, de las que penden cristales brillantes que tintinean al menor movimiento del aire y que acaban desprendiéndose con los primeros rayos del sol. También amanecen escarchadas las cruces que van depositando los peregrinos de los xacobeos, que enmohecidas con la humedad, se ennegrecen y pudren cual la hojarasca de los hayedos, acumulada otoño tras otoño. El prado del collado, que se vence hacia Roncesvalles, es un manto blanquecino en el que crujen las pisadas. Hay mañanas de silencio que permiten oír el paso de los caballos de humeantes lomos que cruzan de un monte a otro. Alguien, en cualquier momento, subirá de Roncesvalles a hora tan temprana y se esforzará por encaramarse a las alturas circundantes con el afán de contemplar esa ansiada perspectiva que revele algo sobre el lugar de la muerte de Roldán, pero el paisaje al cabo de los siglos guarda silencio acerca del destino de quien permanece insepulto…

 

II

El descalabro carolingio
sobrevino en el alto Valcarlos

a copia de la “Chanson de Roland” que se conserva en el llamado “Manuscrito de Oxford”, compuesta por 4002 versos agrupados en estrofas, describe la partida carolingia hacia tierras aquitanas y el descalabro que sufrió la retaguardia que mandaba el conde Roldán, no en una emboscada sino en una batalla que no hubo nunca, que habría de convertirlo en héroe de las canciones de gesta. Cuanto acaeció en Roncesvalles se atuvo a los deseos de Turoldus de concebir otros escenarios y otros enemigos, catapultados propiciamente por la orla legendarista medieval, la imaginación de los juglares y el profundo afán moralizador de los monasterios. Aquel entramado dio origen avariaciones y aportaciones de nuevas escenas, situaciones y personajes, que reflejaron otros cantares de gesta y cronicones tan populares como el “Codex Calixtinus”, que tanto habría de impresionar a los peregrinos de Santiago en los momentos de mayor indecisión y flaqueza. Lo que se plasmó en los escritos del siglo XI en adelante era muy distinto a lo que figuraba en anales y crónicas del siglo IX, que se nutrieron directamente de las confesiones de supervivientes de la emboscada, y porque su veracidad sucumbió ante los grandes poemas épicos, un investigador tan ilustre como Ramón Menéndez Pidal hubo de reaccionar con contundencia. “El poeta tardío o los poetas que formaron la versión hoy conocida, no pudiendo concebir la batalla sino dentro de los patrones habituales de la chanson de geste, no podían hacer morir a Roldán luchando en las angosturas de un camino y barranco montañero, sino en terreno abierto, apropiado para los duelos singulares de los caballeros, y en consecuencia suponen la batalla en el ancho rellano de Roncesvalles.” (La Chanson de Roland desde el punto de vista del tradicionalismo. Madrid.1959)

Anales y crónicas fueron relatos fieles a la realidad, pero aun así no evitaron flagrantes omisiones y tergiversaciones. Unos daban cuenta de la matanza de francos a manos vasconas, y otros en cambio nada referían, limitándose a señalar el paso de Carlomagno hacia Zaragoza y el regreso precipitado tras derribar las murallas de Pamplona. Fueron determinantes en cuanto a que la matanza de francos había acaecido en las angosturas de Valcarlos y que en ella habían participado únicamente guerreros vascones apostados en las alturas. Algunos eruditos lo pusieron en duda, insistiendo en que el éxito se debió al refuerzo de los musulmanes Banu Qasi del Ebro, que acudían en ayuda de sus parientes los reyes de Pamplona. La presencia de aquella gente sólo se dio en el “segundo roncesvalles” del año 824, que tuvo como víctimas las tropas de los condes Eblo y Aznar, enviadas a Pamplona por el emperador Ludovico Pío. El ataque del 15 de agosto del 778 fue una emboscada en toda regla, y en ataques de esa índole no suelen surgir los héroes; sólo hombres reducidos a la impotencia por la imposibilidad de defenderse. La profusión de héroes y personajes relevantes que aparecen en la canción de gesta contrasta con la escueta pero reveladora mención de tres en la crónica de Eginhard: “En el combate murieron entre otros muchos, Eggihard, mayordomo de la mesa real; Anshelm, conde palacio, y Roldán, prefecto de la marca de Bretaña”. La cita del cronista daba cuenta por primera vez de la muerte de Roldán, pero no era suficiente para confirmarla. La respuesta llegó con el hallazgo de un manuscrito en la Biblioteca Nacional de París, el numerado como 4841, en el que figuraba el epitafio de uno de los tres fallecidos en Roncesvalles, Aggihardus o Ekkehart, senescal del rey, que decía: “Obiit die XVIII kalendas septembris”, que por la numeración romana corresponde al dieciocho día antes del 1 de septiembre, es decir, al 15 de agosto del 778, que era sábado.

De la agonía y muerte de Roldán nada figuraba, por tanto, en los textos del siglo IX. El futuro héroe de gesta murió con su gente en lo más recóndito del alto Valcarlos. Nadie halló su cadáver. Permanece insepulto al cabo de algo más de doce siglos... La tragedia había sobrevenido al poco de emprender el descenso hacia tierras aquitanas por el viejo camino, aún intacto, que media entre el collado y el caserío Guardiano, unos dos kilómetros más abajo, vía de acceso jacobea desde el siglo XII, la senda que los hombres de Carlomagno hubieron de esforzarse por abrir cuando la venida en la primavera del 778, según el dato aportado por Aymeric Picaud. El ataque vascón se desencadenó como estaba previsto. Allí los estaban esperando desde hacía días o tal vez semanas, sabedores de que las tropas carolingias que subían del Ebro hacia Pamplona cruzarían el Pirineo por Roncesvalles. No había más que esperar en los peligrosos pasos. Todos los demás puertos de montaña pirenaicos quedaron descartados ante la evidencia de que Valcarlos era el camino obligado para acceder a tierras aquitanas. La partida desde Ibañeta por el alto puerto de Lepoeder, siguiendo la vía romana, hay que desecharla también porque nada tienen que ver esos escenarios con los que se describen en las crónicas. Más importante es considerar que de haber recurrido Carlomagno a esa ruta, el asalto no se hubiera podido realizar al no existir posibilidad de llevar a cabo una emboscada contra un ejército de aquella magnitud. En la mañana de agosto del 778 todo parecía indicar que no podía haber sorpresas ni imprevistos, pero los hubo en el último momento cuando el rey determina dividir las fuerzas y dejar el contingente mejor pertrechado en Roncesvalles, ¿acaso porque intuyó el riesgo de una emboscada? Razones podían existir tras el derribo de las murallas de la ciudad. Las nuevas circunstancias no alteraron, sin embargo, los planes vascones, convencidos de que la naturaleza iba a proporcionarles la victoria. Desde las alturas de Valcarlos y con el desfiladero en medio, nadie podía perder. Así fue.

Las crónicas revelan que el asalto se desencadenó sobre el punto más débil, la cola de la retaguardia, aprovechando la estrechez del camino (angustiae viae), lo angosto de los parajes (angustus locus) y los tupidos bosques (opacitas silvarum). Rodaron pesadas rocas por las laderas y se lanzaron dardos (azconas) y piedras propulsadas, probablemente con “cestas”, que sembraron el pánico y el desconcierto entre hombres y caballos, que acabaron precipitándose al subarranco de la cara norte de Ibañeta, el “subjecta vallis” que se abre a la derecha del viejo camino. No hubo tiempo para reaccionar. Los Anales Regios hasta 829, escritos a los 50 años de los hechos, anotaron: "Habiendo decidido volverse (Carlomagno a Francia), superado en la región de los vascones el yugo del Pirineo, se adentró en los bosques del Pirineo, desde cuyas cimas los vascones habían tendido la emboscada. Al atacar a la retaguardia, se extiende el tumulto por todo el ejército, y aunque los francos eran superiores a los vascones tanto en armamento como en valor, lo escarpado del terreno y la diferencia en el modo de combatir los hizo inferiores." Eginhard hacia el 830 decía lo mismo: “Trabada la batalla con ellos, los forzaron a descender a lo más hondo del valle, donde los mataron a todos sin escapar ninguno, cuando marchaban en columna alargada, como exigía la angostura de los pasos”, en lo que volvió a insistir el Poeta Sajón. El llamado Astrónomo Lemosín, biógrafo de Ludovico Pío, que ya se alejaba 60 años de los hechos, recalcó sin embargo el ámbito pirenaico de “tenebrosos y oscuras selvas, estrechas vías y senderos que entorpecen el paso de un gran ejército." Más lejana todavía era la crónica-resumen del Poeta Sajón, escrita casi un siglo después a modo de resumen, entre los años 883 y 891: “Habiendo penetrado (el rey) a su regreso en la profunda hondonada del Pirineo, cuando el ejército cansado atravesaba por los estrechos senderos, los vascones osaron poner asechanzas bajo el sumo vértice del monte."

Atacaron con contundencia, sabedores de que el menor asomo de veleidad les hubiera hecho correr enormes riesgos. Lo hicieron con celeridad, conscientes de que no tardarían en llegar las represalias de Carlomagno tan pronto como tuviese noticia de la muerte de su gente. El rey no estaba lejos; su campamento lo había levantado a unos 25 kms. La huida vascona tuvo que ser, por tanto, la razón principal de que muchos soldados francos cruzasen finalmente el desfiladero de La Reclusa y se salvasen, portando consigo la tragedia y las muertes que habían visto. Las historias las divulgaron por pueblos y regiones y no tardaron en llegar a oídos de juglares y monasterios. La labor legendarizadora estaba en marcha. Aquellos relatos primigenios debieron de prender con inusitada fuerza en Normandía, la tierra francesa que más supo de los hechos de Roncesvalles. Allí debió de surgir la “Chanson de Roland”. Vascones, pamploneses y navarros del siglo VIII nada contaron ni nada transmitieron a las generaciones venideras. Las gentes entre el Pirineo y el Ebro y entre el Pirineo y el Adour ni siquiera supieron que entre las víctimas estuviese el conde Roldán. Cuando la noticia llegó a sus oídos, ya eran otros los atacantes, otros los escenarios y otros los modos de morir. Los siglos se habían echado encima… La “Canción de Roldán” hizo que los relatos del siglo IX cayesen en el olvido y que en su lugar surgiese un nuevo Roncesvalles dibujado entre la creación literaria y las circunstancias de un tiempo y de una sociedad. Se crearon personajes como Roldán, los Pares y otros dignatarios carolingios, unos ficticios como el prudente Oliver, y otros reales como el impulsivo Roldán, el mejor hombre de Carlomagno. El más ilustre de los medievalistas navarros, José María Lacarra, escribió: “La personalidad de Roldán puede muy bien responder a un personaje histórico, cuyo heroísmo se haría famoso entre los supervivientes que regresaron a sus tierras”. Su nombre se conoció con distintas grafías, aunque el genuino debió de ser Hruodlandus, del cual procedieron los demás: Rodlane en la “Nota Emilianense”, Rolant entonado por Taillefer en Hastings, Rollant en la propia “Chanson de Roland” y Rotolandus en la Crónica Turpini” y el “Liber Peregrinationis”. Todo lo que se sabe de él es que Carlomagno lo había nombrado Prefecto de la Marca de Bretaña. (Prefet de la Marche de Bretagne. Margrave of the Breton march. Hruodlandus, Britannici Limitis Praefectus). Las marcas en aquel tiempo eran los territorios recién conquistados que requerían ser controlados por hombres de la mayor confianza, a los que se otorgaba poder civil y militar con cierta independencia real.

 

III

Turoldus, Roncesvalles,
Roldán y Hastings (1066)

uroldus, Toraldus, Théroulde, Torulf, Thorold, Turold, Turoldo debió de ser el autor de la primera canción de gesta con la materia de Roncesvalles. La copia más antigua que se conoce y la única íntegra, datada entre 1080 y 1110, figura en un manuscrito anexo a una traducción latina de Platón, catalogado como “Digby 23” y que se guarda en la Bodleian Library de la ciudad inglesa de Oxford, donde la descubrió en 1837 un anticuario francés llamado Francisque Michel. El nombre de Turoldus aparece en el último y enigmático verso 4002: “Ci falt la geste que Turoldus declinet”, cuya traducción más razonable sería: “Esta es la gesta que Turoldus aproxima a su fin”, lo que no quita que haya sido objeto de debate por la ambigüedad del tiempo verbal “declinet”. Mientras unos se muestran convencidos de que Turoldus era la persona que puso la historia en verso, otros que fue simplemente su traductor o el copista que lamentaba no haberla escrito. No faltaron los que de modo un tanto insólito sostenían que aun siendo el autor, daba a entender que interrumpía el relato en el verso 4002 por incapacidad para proseguir. El romanista francés Joseph Bédier (1864-1937), autor de “Les légendes épiques”, se mostró convencido siempre de que aquel personaje era el autor material del poema épico: “Turold es un genio por haber creado la primera canción de gesta. Todas las demás no son más que imitaciones de aquélla. Turold necesariamente tuvo una educación. Conocía la poesía clásica, así como las crónicas.

¿Quién era aquel personaje? Poco o nada se sabe. El tenue hilvanado de suposiciones aquí y allá hacen de él una persona sumamente interesante a primera vista. Si como es de presumir fue monje normando de mediados del siglo XI, podría tratarse en ese caso del Turold que se relaciona con el monasterio de Fécamp, monje muy influyente que acudió en ayuda del duque Guillermo de Normandía en la batalla de Hastings sobre suelo inglés (1066), creyendo tal vez que de ese modo podía seguir conservando las tierras que él y otros monjes como él poseían en Inglaterra, donadas por reyes ingleses. Es muy probable que después de la victoria en la batalla fuese recompensado con la abadía de Peterboroug en 1070, pues con ese nombre, Turoldus, figura un abad al frente de ese monasterio inglés. Lo que parece confirmarse es que cierto Turoldus normando asistió a la batalla de Hastings, no como combatiente, pero sí con algún cometido que le habría confiado el duque William, que de tratarse del artífice de la canción de gesta debió de entablar estrecha amistad, cuando los preparativos bélicos y durante la travesía marítima del ejército invasor, con Taillefer, afamado guerrero y juglar también normando que acudía a la batalla, a quien debió de contarle la historia de lo acaecido en Roncesvalles a Roldán y a los Pares. Taillefer mostró el lado más extravagante en la mañana del 14 de octubre de 1066, momentos antes de que comenzara la lucha entre los ejércitos del duque William y del anglosajón rey Harold. Por la crónica “Roman de Rou”, que escribió en 1165 el monje e historiador normando Robert Wace, se sabe que Taillefer se paseó a caballo ante las tropas, enardeciéndolas con la historia de Roncesvalles. “Taillefer, qui mult bien chantout sor un cheval qui tost alout devant le duc alout chantant de Karlemaigne et de Rolant et d’Oliver et des vassals qui moururent en Roncevals”. (Taillefer, que cantaba muy bien, montó en su caballo y pasó ante el duque, cantando a Carlomagno, Roldán, Oliver y los pares que murieron en Roncesvalles). Tras lo cual se fue al encuentro del duque para solicitarle permiso para entrar el primero en combate, lo que le fue concedido, pero cuando galopaba hacia el enemigo su caballo tropezó, cayendo animal y jinete, con tan mala fortuna que se clavó su arma, que para unos fue la lanza y para otros la espada. No faltaron los que lo atribuyeron a un alarde de destreza lanzando al aire la espada que terminó clavándosela. De Taillefer en Hastings se habló por primera vez en el manuscrito “The Carmen de Hastingae Proelio” o “Canción de la batalla de Hastings”, escrita en 1067 a los pocos meses de la batalla por el obispo Guy de Amiens (1058-1075), pero no obstante fue la crónica de la batalla del monje benedictino William of Malmesbury (1095-1143) la que constata que momentos antes de iniciado el combate “se comenzó a entonar la Canción de Roldán con el fin de que el ejemplo guerrero de aquel héroe pudiera estimular a los soldados”. (Then starting the Song of Roland, in order that the warlike example of that hero might stimulate the soldiers).

 

IV

Roncesvalles y Roldán
en San Millán de la Cogolla

orprendente fue que se hablase de Roncesvalles y de Roldán en Hastings, pero lo fue más que por aquellos años se conociese la misma historia en el monasterio riojano de San Millán de la Cogolla y que quedase constancia de ella en la “Nota Emilianense”, fechada entre 1065 y 1075 (siglo XI) por su descubridor Dámaso Alonso. Aquellos monjes fueronprimeros en tener conocimiento del descalabro de la retaguardia carolingia que mandaba Roldán, y se lo debieron a la persona que habiéndose encaminado por la recién abierta ruta jacobea, cruzó el Pirineo y se presentó cierto día en tierras del Ebro. Aquel personaje no pudo ser otro más que el propio Turoldus, que acudía con el propósito de conocer por sí mismo los escenarios en los que iba a desarrollar su gran batalla. La escenografía que conocía era lógicamente la de las crónicas del siglo IX, centradas en una emboscada en las angosturas de un desfiladero, que poco podía valerle para una canción de gesta. La rutilante historia que requería Turoldus era una batalla en campo abierto al estilo de Hastings. La empresa era grande, por lo que no cabe que hubiese enviado algún emisario o que alguien que acababa de regresar de Santiago le pusiese al tanto del entorno de Roncesvalles. Un poema épico de 4002 versos no podía concebirse con testimonios de gente de paso, cuanto menos porque los peregrinos de aquel tiempo –mediados del siglo XI- ignoraban absolutamente que en Roncesvalles hubiese habido batalla o emboscada contra Carlomagno. El entorno resultó real y la batalla convincente, tanto que las escenas más sobresalientes resultan verosímiles, en buena medida gracias a laprecisiones topográficas, que los buenos conocedores del entorno pirenaico –como el desaparecido Jimeno Jurío- supieron apreciar.

El porqué de tan temprana presencia habría que entenderla por la prosperidad que gozaba en el siglo XI el monasterio de Yuso de San Millán, en el valle del río Cárdenas, cuna del castellano, cuya fama se extendería más allá del Pirineo. A él se dirigió Turoldus, consciente de que era el lugar idóneo en el que lo pondrían al tanto del enemigo poderoso que demandaba para justificar las muertes heroicas de Roldán y los Pares. Sólo habría podido pensar en los musulmanes que invadían la península ibérica desde el 711. Los vascones no le valían; eran pocos y habían actuado recurriendo a la sorpresa y a la ventaja de las posiciones altas. En San Millán, liberado de aquel yugo desde hacía tiempo, puso al corriente a los monjes acerca de los hechos de Roncesvalles. Turoldus apenas esbozaría un sucinto resumen, el que habrían de incluir en tosco latín en un folio en blanco de un manuscrito, exhumado en 1950 por el ilustre filólogo y poeta madrileño Dámaso Alonso y que denominó “Nota Emilianense”. (Alonso, Dámaso. “La primitiva épica francesa a la luz de una nota emilianense”). El documento resultó invalorable por cuanto en el último párrafo especificaba claramente los dos escenarios del paso de los francos, un puerto, que se correspondía con Valcarlos, y un monte llamado Rozaballes, que no era otro que el collado de Ibañeta. “La más antigua mención del nombre de Roncesvalles –Rozaballes- aparece en la Nota Emilianense de la segunda mitad del siglo XI”, escribió José María Lacarra.

“At ubi exercitus portum de Sicera transiret,
in Rozaballes a gentibus Sarrazenorum fut Rodlane occiso”.
(Mientras el ejército atravesaba el puerto de Sicera,
en Rozaballes los sarracenos acababan con Roldán).

 

V

Horas postreras de Roldán
en el cantar de gesta

arlomagno, una vez destruidos los muros de Pamplona, emprendió la marcha en dirección a los pasos pirenaicos. La ruta elegida sólo podía ser la que encauzan los valles de Esteríbar y Erro. A Roncesvalles llegaron al cabo de tres jornadas, según cálculo de José María Lacarra, pero cabe que emplearan más tiempo. El epitafio de Aggihardus o Ekkehart, senescal del rey, permite concretar que el ataque aconteció el 15 de agosto, pero aun así no da derecho a suponer que la víspera ha de coincidir con el día 14. Si esa clase de razonamiento ni siquiera es válido para desplazamientos de ejércitos de hoy, incapaces de llegar a un punto y abandonarlo unas horas después, cuanto menos para una fuerza del siglo VIII, compuesta de varios miles de hombres, entre 5.000 y 10.000, según deducciones de Menéndez Pidal. Lo más natural es admitir que si los francos llegaron divididos a los campos de Roncesvalles, donde la vanguardia del rey habría de esperar a la retaguardia que se había quedado en Pamplona, supuestamente responsable del derribo de las murallas, una vez unificado el ejército éste pudo permanecer acampado por espacio de una o dos semanas antes de dar el salto pirenaico, lo que podría explicar entonces que las partidas de vascones venidos de los valles más apartados, pudiesen agruparse y elegir con antelación los lugares más estratégicos desde los que asestar el golpe.

La canción de gesta, sin embargo, desarrolla las escenas con rapidez. Carlomagnollega al Pirineo y detiene la marcha en el collado de Ibañeta. Es el momento que elige Roldán para hincar sobre el cerro su enseña o gonfalón, que la leyenda acabaría convirtiendo en cruz carolingia. Nadie ha podido explicar el porqué el autor optó por resaltar esa escena. Amanece el día 15. El rey, a la vista de la hondonada de Valcarlos, exclama: “Veed los puertos y los angostos pasajes”, a lo que Roldán le responde: “Atravesad los puertos con plena confianza”. La vanguardia se pone en movimiento mientras la retaguardia se reparte entre el collado y la llanada. Cruzará horas más tarde. De pronto surge lo inesperado. Alguien anuncia que por los campos cabalga un ejército sarraceno, que manda Marsilio. Oliveros, el fiel amigo de Roldán, sube a un alto y comprueba por sí mismo el alcance de la amenaza. Roldán acude también a ese otero y decide que hay que ir al encuentro del enemigo. Se enfrentan los ejércitos y llega la estrepitosa derrota franca por inferioridad numérica. Las escenas centrales de la batalla no parece que constituyan lo más destacado del poema épico, como si desde un principio el autor se viera incapaz de infundir emoción y dramatismo a un choque en campo abierto al estilo de Hastings, la batalla en la que lo relevante no fue su desarrollo, sino lo que representó para el futuro de Inglaterra la victoria normanda. La batalla imaginada de Roncesvalles sólo podía acabar en muertes y más muertes por ambas partes, y porque resultaba convencional se remarcó tanto el final cruel de los hombres, muertos entre torturas infames que se describen, un cuadro muy distinto que el reservado en los versos finales para la muerte de Roldán.

El héroe, herido de gravedad en el último combate, hace un ímprobo esfuerzo por abandonar el campo y encaramarse de nuevo al collado de Ibañeta, y desde el cerro que lo corona, tocar el olifante que llame al rey. Ese escenario lo sitúa el cantar en el Monte Rencesvals, que la “Nota Emilianense” denomina Rozaballes y el acta fundacional del primer hospital de peregrinos de Ibañeta (1127), “Montis qui dicitur Ronsasvals”. También se refieren de igual modo las crónicas de Aimeric Picaud y del Pseudo Turpín en el “Codex Calixtinus”. Ibañeta es un collado de paso, que desde la perspectiva topográfica medieval –tan diferente a la actual- era considerado un monte. Los “pies de puertos”, “cimas de montañas”, “vértices” y “yugos” de entonces no coinciden con los conceptos modernos, de ahí los frecuentes errores de interpretación en que caen eruditos y estudiosos. Les sigue pasando a las guías xacobeas. Cuando en la “Crónica Turpini” se dice que Roldán “llega hasta el pie del puerto de Cisere”, muchos han entendido una referencia al solar que ocupó luego el enclave de Roncesvalles, y lo cierto es que hay que entender en justicia el ladomeridional de Ibañeta. El Roncesvalles que fue considerado un monte no era más que una transposición toponímica del Roncesvalles que se hizo extensible a la llanada hasta la villa de Burguete, calificada despectivamente por los peregrinos como “valle de espinos” a la vista de los campos invadidos de espinales y enebrales, la clase de arbustos embastecidos propios de las tierras yermas y desoladas.

“Lleva el olifante a sus labios.
Lo emboca bien y sopla con todas sus fuerzas.
Los montes son altos y potente la voz del cuerno.
Hasta treinta leguas se escucha.
Llegará a oídos de Carlos, que está pasando los puertos.”

Si el autor de la canción ubicó a Roldán en Ibañeta, el cerro sobresaliente desde el que hizo sonar el olifante que avisó al rey ha de ser el mismo que el que corona el monolito en su honor. Pero Carlomagno se hallaba muy lejos, en algún paraje a la vera del Nive d’Arnéguy, muy cerca de la futura villa francesa de St-Jean-Pied-de-Port. Roldán tuvo que esforzarse tanto que le “reventaron las venas del cuello”, anotó en el s. XVII el peregrino boloñés Domenico Laffi, arrastrado como tantos otros por el legendarismo. El esfuerzo era en vano teniendo que salvar la distancia de 25 kilómetros y el desfiladero de La Reclusa o Luzaide.La “Crónica Turpini”, consciente de los impedimentos geográficos, optó por recurrir a la milagrosa intercesión de los ángeles. Roldán, que se ve morir, se dirige a su gente y les dice: “¡Barones franceses! Os veo morir por mí, y no me es dado defenderos ni salvaros.” La hora se acerca, pero aún tiene fuerza para desenvainar su espada Durandal. Ha de cumplir el gesto medieval de todo caballero: partir el arma antes de que el enemigo se apropie de ella. “No caeréis jamás en las manos de nadie que ante sus semejantes pueda darse a la fuga”, exclama. Observa en derredor y ve a un lado una roca que golpea varias veces, pero se parte y la espada no sufre mella alguna. Turoldus, porque debió de estar en Roncesvalles, tuvo que percatarse de los esquistos, esas rocas paleozoicas del Devónico, negras o casi negras, que se resquebrajan en láminas al menor golpe, incluso entre las manos, que oportunamente pudieron valerle para que el personaje, herido y sin apenas fuerzas, pudiese asestar el golpe contundente con la espada: “Da Roldán en la oscura roca y la quiebra de un modo que no os podría decir. Rechina la espada, mas no se astilla ni se parte. Rebota hacia los cielos.” No consigue nada. Prueba entonces golpeando contra louna escalinata de tres peldaños de mármol y uno de sardónice u ónice. Y también se parten. “Allí hay cuatro gradas hechas de mármol que relucen”. Son los cuatro famosos “perruns” o “perrones” que para Joseph Bédier eran peldaños de algún monumento conmemorativo antiguo, que Turoldus definió “como un emplazamiento cuadrado o rectangular, en el que la mano del hombre había plantado unos árboles y había dispuesto unos mármoles bien tallados.”

“Roland sent que la mort de pénètre.
De la tête elle lui descend ves le coeur.
sous un pin il est allé en courant.
Sur l’herbe verte il s’est couché, face contre terre
sous lui il place son épée et son olifant”.

En el poema épico se menciona un árbol solitario sobre el cerro, que ocupa también lugar relevante en la hora última del héroe. “Corre apresurado a guarecerse bajo un pino, y se tiende de bruces sobre la verde hierba. Debajo de él pone su espada y su olifante”. Algunos estudiosos tildaron la referencia del árbol -un pino- como una ingenuidad o simpleza del autor, y no parece que lo fuera en un paraje como Ibañeta que debió de permanecer desarbolado ya en los albores del siglo XII, en un tiempo en que los primeros pueblos que se formaron por la zona pirenaica requirieron mucha madera. Ningún relato medieval indicó que en él hubiese bosque, por lo que el pino solitario entre hayedos predominantes pudo ser hallazgo del propio Turoldus. Su presencia, en cualquier caso, no es extraña considerando que desde antiguo solía recurrirse a los árboles como mojones que separaban tierras o ámbitos pastoriles, cuanto más en una frontera natural como era Ibañeta, pero para tal fin eran preciso plantar ejemplares distintos de los del entorno, que sobresalieran en medio de un paisaje. “Llega Roldán hasta el pie del puerto de Cisera, y allí bajo un árbol, junto a un peñasco de mármol que se alzaba en un prado de Runciavalle, descendió del caballo”, anotó el Pseudo Turpín.El héroe ya no tiene fuerzas y cae de espaldas sobre la hierba. “Roldán siente que ha llegado su última hora. Está recostado sobre un abrupto altozano con el rostro vuelto hacia España. Roldán ha muerto”.

No hay más escenas con Roldán como protagonista en el cantar. Las que siguen están relacionadas con el regreso de Carlomagno al monte de Roncesvalles a través de los “Porz de Sizer” identificados con el valle de Valcarlos y que la canción describe así: “Altas y tenebrosas son las cumbres, los valles profundos y violentas las aguas. Resuenan los clarines por todas partes y responden juntos al olifante. El emperador cabalga irritado y los franceses pesarosos e iracundos”. Llega el rey a la cima del collado. Busca ansioso a Roldán y lo encuentra en “un cerro donde hay un árbol y cuatro gradas de mármol sobre la hierba verde”. Todos los relatos se esfuerzan por señalar que el héroe había sucumbido finalmente en un lugar elevado por encima del propio collado. La “Crónica Turpini” había anotado que apareció tendido sobre un cerro, mientras que el único fragmento que se conserva del llamado “Cantar de Roncesvalles” –poema épico navarro- precisaba que el rey, una vez en la cima del puerto, hubo de alzar la vista para percatarse de la presencia del cadáver de Roldán. Las apreciaciones proceden sin duda de la imaginación de Turoldus, que porque es previsible que conociese Ibañeta, pudo establecer distintos planos en las horas postreras del protagonista. Pero como negar que pudo referirse también no sólo a un cerro, sino a una de las laderas colindantes, acaso la que arranca hacia la cima del Guirizu, aunque sin descartar alguno de los recoletos prados de la subida a Lepoeder. Domenico Laffi, por ejemplo, se había inclinado porque “se recostó Roldán en la raíz de la montaña donde hay una fuente”. ¿Una fuente? Ningún relato deja de mencionar la presencia de manantiales y arroyos, de los que Roldán en su agonía pidió agua, que no le llevaron por no encontrarla quienes estaban con él. En Ibañeta, en la ladera del Guirizu, sigue manando una fuente que vierte aguas hacia Roncesvalles... ¿Estaba seco el manantial en el mes de agosto? ¿Estaba acaso más alejado?

Estonz (entonces) alçó lo ojos, cató (miró) cabo (hacia) adelante,
vido (vio) a don Roldane acostado a un pilare,
como se acostó a la hora de finare (morir)”.
(Cantar de Roncesvalles)