"No sé que misteriosa y emponzoñada atracción ejerce
la historia primitiva de Navarra que ha arrastrado a sus
despeñaderos a historiadores de todos los tiempos".
(Claudio Sánchez Albornoz, s.XX)
 

 
Camino del Pirineo
 

      n Pamplona, en la fría mañana de octubre, alguien se asoma a la antigua torre de la Tesorería del baluarte del Redín. Contempla el paisaje urbano de la Chantrea y del pie de monte de Artica, otrora campos por los que cruzaba el Camino de Santiago que se dirigía al puente de la Magdalena sobre el Arga. Ve pasar a los peregrinos más madrugadores por el portal de Francia, pero no partirá con ellos a Santiago porque otro es su destino, el Roncesvalles de collados, barrancos y montes, el entorno más excelso de Navarra, vía de paso de gentes desde la prehistoria y escenario de rotas carolingias, la del 778 en la que perecieron Roldán y los Pares de Carlomagno y la del 824 en la que cayeron los condes Eblo y Aznar... El recinto al pie del Pirineo adquiere su mayor solemnidad apenas las primeras luces del día permiten distinguir las siluetas de las venerables edificaciones entre la neblina que desciende enredada en las hayas del Donsimon y Guirizu. Llovizna a ratos. El anónimo personaje busca el silencio con el que imaginar más que recordar, sólo interrumpido de cuando en cuando por los graznidos de unos cuervos que revolotean disputándose algo que han encontrado. Algunas ventanas se iluminan. Pastores y agricultores han de empezar su diaria tarea. Oye trajinar en la cocina de La Posada, y hacia allí se dirige. A esas horas, antaño o se partía hacia Santiago o hacia cualquier lugar de Francia. Espera en una mesa frente al fogón. Alguien de pronto atrae su atención. Una joven metida en faena sale de la cocina y va hacia él. La ha visto en otras ocasiones, y siempre le produce la misma sensación, la de aquellas mujeres que plasmó Basiano, el gran pintor navarro, acaso molineras hacendosas que formaban parte de una recia estirpe ya perdida. Le pregunta qué desea, y él, algo azorado en su ensimismamiento, encarga algo de comida para llevarse al monte. La entrada repentina y ruidosa de un grupo de hombres lo devuelve a la realidad. Son leñadores provistos de potentes sierras mecánicas, que llevan varios días ocupados en tareas de apeo de hayas, una escena que siempre entristece contemplar. No se entretiene más; guarda su comida en la mochila, abotona bien su zamarra, toma su inseparable bastón y parte decidido hacia Ibañeta por el estrecho pasadizo que separa la iglesia de Santiago y la capilla-cripta del Sancti Spiritus.

Roncesvalles es pórtico transpirenaico abierto desde la prehistoria. La escasa incidencia de las nieves perpetuas que rondaban montes próximos como el Orzanzurieta determinó que las rutas más antiguas que atravesaban el solar de la futura Francia fuesen buscando los pasos de acceso más fácil a la península ibérica, y el más concurrido al cabo de la historia tenía su embocadura en los valles contiguos de Arneguy y Valcarlos. Aquella disposición natural encauzó hacia Roncesvalles a gentes y a pueblos, que durante un largo periodo de tiempo marchaban en un único sentido norte-sur. Lo hicieron los centroeuropeos que huían del glaciarismo y lo hicieron los pastores trashumantes introductores del megalitismo originario de las regiones orientales del Mediterráneo. Nadie cruzó el Pirineo desde suelo peninsular hasta el siglo III a.d.C. en que lo hacen los ejércitos cartagineses que partieron a la conquista de Roma, los de Aníbal Barca por algún puerto del alto Segre y los de su hermano Asdrúbal, vadeando el Bidasoa o directamente por Roncesvalles, guiados por vascones aliados. Les siguió en el año 24 a.d.C. el emperador Augustus desde tierras burgalesas con destino a algún lugar de Aquitania en el que recuperarse de sus dolencias. Pero se trataba de ejércitos y extranjeros. Fueron los cántabros en el siglo I a.d.C. los primeros nativos peninsulares en cruzar el Pirineo, a la sazón para ayudar a los aquitanos que a punto estaban de ser sometidos por el general Publio Craso. Hasta el siglo VI en que una partida de vascones se lanzan a una veloz campaña de saqueos por tierras norpirenaicas, nadie volvió a traspasar el Pirineo desde suelo peninsular.

Pero la vía de paso natural de Valcarlos conoció una excepción, la que establecieron los militares romanos una vez sofocados los últimos focos de resistencia de la región aquitana. El afán por abrir un paso con el alto Ebro y la Meseta no les impidió descartar la ruta habitual, acaso por la desconfianza que ofrecían los estrechos pasajes, que porque no atisbaron otros a tiempo, pagaron las consecuencias. En su lugar eligieron los montes al Este de Valcarlos, cúmulo de parajes inhóspitos, colmados de belleza y silencio abrumador, en los que no cabían ataques emboscados. No los hubiera habido tampoco para el ejército de retaguardia que mandaba el conde Roldán de haber elegido la travesía que comenzaba en la mansión del "Imus Pyreneus" (Pirineo bajo), entre los pueblos jacobeos de St-Jean-Le-Vieux y St-Michel, desde donde acometían la ascensión de los sucesivos puertos, aprovechando viejos senderos que frecuentaban los pastores aquitanos desde el neolítico y abriendo otros entre Bentartea -hoy confín de Navarra- y Lepoeder, el collado más alto de Roncesvalles, tras el cual venía el descenso al "summus pyreneus" de Ibañeta. La inauguración de la vía, nunca empedrada, de la que se conservan algunos tramos enyerbados parcialmente desdibujados por la erosión de lluvias y vientos al cabo de dos mil años, coincidió con la salida de Hispania de Augusto, escoltado por la Legión V Alauda, que partía hacia el inseguro limes del Rin.

Roncesvalles constituye hoy más que nunca un enclave primordial de las peregrinaciones merced al auge que los Xacobeos han infundido a un Camino de Santiago que languidecía desde el siglo XVII. No sólo siguen aumentando los caminantes que parten hacia Santiago desde el recinto navarro, sino que cada vez son más los que lo hacen desde St-Jean-Pied-de-Port al otro lado del Pirineo. Pero Roncesvalles representa mucho más que un enclave de iglesias, mausoleos reales y hospitales de peregrinos de tradición legendaria; mucho más incluso que un ámbito de magnas evocaciones carolingias y muertes trascendentes en defensa de la cristiandad. Roncesvalles es sobre todo paisaje entreverado de arrobadoras ensoñaciones, cuales las que se derivan del Astrónomo Lemosín en el siglo IX y de Aymeric Picaud en el siglo XII, acerca de cierto monte cuya "altura es tanta que parece que toca el cielo". Cuántos, desde escritores románticos a eruditos, buscaron en vano ese monte por las alturas de Bentartea, Astobiscar y Úrculu, sin percatarse de que aquélla no era una estimación topográfica, sino la consecuencia de la permanente legendarización urdida por los peregrinos en torno al collado Ibañeta -otrora, "Mons Rencesvals"-, que encarnaba el fin de las penurias e incertidumbres ante la vacuidad de un destino que se vislumbraba lejano y oscuro hasta ese instante.

El cuerpo del Apóstol se descubrió en Padrón en el 814, año de la muerte del emperador Carlomagno, y aunque la noticia corrió con celeridad por pueblos y cortes europeas, los peregrinos no se lanzaron al camino hasta mediados del siglo X. Gotescalco, obispo aquitano que pasó hacia el 950, está considerado el primer peregrino. Él y todos los que siguieron sus pasos hasta finales del XI superaban el Pirineo invariablemente por el "Port de Cize", así denominado tiempo después por Aimeric Picaud, fiel la gente por entonces a los trazados que habían dejado los romanos, únicos con que contaban para desplazarse desde lugares tan lejanos hasta Galicia. La subida de los puertos roncesvalianos, arduo cometido desde cualquier perspectiva, suponía una caminata de unos 25 kilómetros hasta Lepoeder, equivalentes a una jornada de sol a sol, faltos de agua, expuestos a ataques de alimañas y a extravíos que podían acabar en mortales. Ni reyes ni obispos ni monasterios fueron jamás partidarios de fomentar esa ruta, por lo que los hospitales y capillas proyectados en el siglo XII se erigieron a lo largo del itinerario de Valcarlos, culminando aquel rosario de instituciones en el más ansiado de todos, el de San Salvador de Ibañeta (1127), no en vano se hallaba en la cumbre del Pirineo.

 
 
El lugar
de la emboscada
 

      a emboscada que tendieron audazmente los vascones a la retaguardia carolingia aconteció en el alto Valcarlos, entre Ibañeta y el desfiladero de la Reclusa, la ruta por la que había entrado el rey Carlomagno y por la que se disponía a salir, único escenario posible para aniquilar a una fuerza de aquella magnitud. Los atacantes fueron vascones provenientes de valles recónditos de ambas vertientes, no muy alejados de aquellos escenarios. La rapidez con que discurrían los acontecimientos desde que los francos derriban las murallas de Pamplona, no permitía mayores dilaciones, por lo que no es factible que hubiesen podido concentrarse más de 300 hombres, suficientes en cualquier caso en un medio físico absolutamente favorable. Arremetieron desde la cara norte del monte Guirizu lanzando azconas, piedras proyectadas con cestas y dejando rodar grandes rocas como las que aún cabe ver en el hayedo de la empinada ladera, algunas en las más extrañas posiciones. Las crónicas del siglo IX constataron que fue la cola de la retaguardia la primera en sufrir el ataque y que el pánico se extendió enseguida al resto de la columna, que acabó precipitándose al hondo barranco que bordea el camino milenario que baja de Ibañeta al caserío Guardiano. Los francos ni podían pasar a las tierras bajas de Arneguy -puerta de Francia-, por impedírselo el desfiladero que cortaban los vascones, ni encaramarse al collado axial desde el que buscar el campo de lucha en el llano de Roncesvalles, que les hubiera dado la victoria. El aniquilamiento casi total tuvo que llegar pronto. Una vez concluida la jornada vino la huida precipitada de los emboscados, temerosos de lo que pudiera hacer el rey, que debieron de llevar a efecto internándose por el camino de Palomeras que de Ibañeta conduce al también collado axial de Lindux, lo que les habría permitido alcanzar los intrincados montes de Quinto Real.

Se ha repetido muchas veces que la causa de la celada fue la venganza por haber derribado Carlomagno las endebles murallas de Pamplona a su regreso de la frustrada campaña de Zaragoza, pero historiadores de peso como José María Lacarra lo pusieron en duda. Las razones nunca se sabrán, porque los vascones callaron para siempre y porque los grandes relatos del siglo XII que se centraron en el Roncesvalles carolingio y jacobeo alteraron la realidad con otros escenarios y atacantes, enalteciendo el heroísmo de los francos que habían dado sus vidas enfrentándose al Islam que invadía la península ibérica. Roldán, a los ojos de monjes y juglares, apareció como el gran sacrificado, y con ese ánimo, Taillefer, el poeta-guerrero cuasi legendario, enardeció a las tropas normandas que iban a entrar en combate en la batalla de Hastings en 1066, la trascendental batalla que cambió el curso de la historia de Inglaterra. La evidencia de que la tragedia sólo pudo acontecer en Valcarlos -reforzada por la tradición navarra- no impidió que algunos eruditos franceses y españoles de la primera mitad del siglo XX se mostrasen partidarios de que el asalto había sido en el camino que se enmarca entre Ibañeta y el puerto de Lepoeder, por lo que no tuvieron inconveniente en apostar a los vascones en el Astobizcar, la montaña más bella de Roncesvalles, a la espera de que los francos cruzasen el arqueado tramo bajo la cima y desencadenar el ataque que acabaría en despeñamiento al barranco Otezulo, cabecera del vallecito de Arrañosin. El lugar es muy peligroso, qué duda cabe, pero precisamente era la estrechez del camino lo que impedía acabar con tantos hombres a la vez. Mil a lo sumo, pero nunca una columna de varios miles, porque mientras la cabeza doblaba el puerto, la cola ni siquiera se habría movido de los campamentos de Burguete y Espinal.

 

    Capítulo I