“¡Ah, Durandal, que bella eres y que santa! Tu pomo de oro rebosa
de reliquias. Un diente de San Pedro, sangre de San Basilio, cabellos de
San Dionisio y un pedazo del manto de Santa María. No es justicia que caigas en
poder de los infieles. Cristianos han de ser los que te sirvan.”
(Versos de la Chanson de Roland)

spada viene del latín spatham y del griego spathe. Las espadas romanas y griegas eran cortas, de unos 60 cms. Empezaron siendo de bronce y de hierro, pero se deformaban y partían. El recurso al acero las hizo mucho más flexibles y menos pesadas, condición primordial cuando los combates duraban todo un día y el cansancio aumentaba el riesgo de caer heridos mortalmente. Se luchaba apeados de los caballos, buscando el cuerpo a cuerpo para decapitar o partir en dos al contrincante con un golpe certero sobre la cabeza o los hombros, cual si las espadas fuesen hachas. La rapidez y la contundencia eran requisitos esenciales para superar la resistencia que ofrecían mallas metálicas y armaduras, que poco podían hacer de todos modos para detener golpes tan tremendos. Ése era el tipo de lucha que primó durante toda la Edad Media desde el tiempo de Carlomagno en el siglo VIII, cuando las espadas habían pasado a tener 90 cms. y estaban dotadas de una hoja de dos filos simétricos de unos 3 cms, que las hacía muy peligrosas a diestro y siniestro. Hacia el siglo XIII se alargaron aún más, llegando a superar los 120 cms. y los 5 kg. de peso, lo que permitía un mayor distanciamiento entre contendientes y una mejor defensa desde tierra contra las cargas de caballería. Tales innovaciones requirieron alargar y ensanchar las empuñaduras y colocar pomos más abultados a fin de asegurar la sujeción y la pérdida del arma, lo que permitió entonces la modalidad de lucha a dos manos, pesada y lenta.

 
 

           Las novelas históricas y el cine, por obvias razones de acción, pusieron las espadas en manos de ejércitos enteros, pero la realidad histórica revela que esas armas estaban reservadas a los caballeros, a los nobles, que luchaban por los más altos ideales desde la perspectiva enardecedora de copistas y juglares, que ocultaban a menudo propósitos bélicos muy distintos. Las batallas no las ganaban los caballeros, pero todos los honores y recompensas iban para ellos. Las batallas las ganaban burgueses y plebeyos, la infantería provista de arcos y flechas, lanzas y hondas. Fue la lanza realmente la verdadera arma de ataque, la que en el primer encontronazo diezmaba a buena parte de enemigos, que a su vez antes los arqueros habían diezmado considerablemente durante buena parte de la jornada, por lo que es de suponer que muy pocos podían quedar en pie para el cuerpo a cuerpo final. No fueron tampoco pocas las veces en que las circunstancias determinaban el resultado de una batalla, como la ventura del factor sorpresa, los alcorces, las emboscadas, la buena disposición topográfica o las propias condiciones meteorológicas, incluso el grado de enardecimiento de los combatientes, como aconteció al comienzo de la decisiva batalla de Hastings, siglo XI, que determinó el futuro de Inglaterra, cuando el juglar-guerrero Taillefer enardecía a las tropas normadas cantando los hechos acaecidos con Roldán en Roncesvalles.

 

           Algunas espadas medievales alcanzaron fama legendaria, tanta o más que sus dueños. Juglares y monjes las llevaron al paroxismo, convirtiéndolas en artilugios mágicos e incluso en veneradas cruces que despedían fulgores con la luz del sol. Durandal, Joyeuse, Excalibur, Tizona o Colada son algunos de sus nombres, pero fue Durandal, Durandart o Durindana la primera cuya fama recorrió cortes y campos de batalla e impresionó vivamente a los peregrinos jacobeos del siglo XII por las reliquias que guardaba en el pomo: un trozo de tela de la Virgen María, un diente de San Pedro, unos cabellos de San Denis y una gota de sangre de San Basilio. Durandal perteneció al conde Roldán, que murió realmente en Roncesvalles el 15 de agosto del 778. Aquel personaje era Prefecto de la Marca de Bretaña -Hroadlandus, Britannici limitis praefectus-, una de las varias que se trazaron para vigilar los extensos dominios de Carlomagno, al modo del limes romano frente a los bárbaros en el Rin. La Canción de Roldán, la más famosa y universal de las canciones de gesta, que inmortalizó en el siglo XII un oscuro monje de nombre Turoldus, constató con solemnidad en uno de los miles de versos: "Morz est Li Queens Rollant" -Muerto está el conde Roldán-. La aciaga jornada del 778 comenzó con la partida apresurada del rey Carlomagno por el levantamiento del pueblo sajón al norte de sus dominios. Atrás había quedado la frustrada entrega mora de Zaragoza y la inexplicable destrucción de las murallas de Pamplona. La decisión del monarca de dejar en Roncesvalles a Roldán y a los Pares de Francia -Li XII. per"- con una parte del ejército, mientras descendía el puerto de Valcarlos hacia el llano de Aquitania, sigue siendo una incógnita histórica y un tremendo error militar. El paso unido de aquel ejército, el más poderoso del continente, jamás habría provocado el ataque emboscado de los 300 ó 400 vascones concentrados en los montes de Roncesvalles en aquellas fechas. Habría sido imposible derrotarlos a todos por mucha que fuese la ventaja de las posiciones en alto y lo angosto de los pasajes.

 

           El rey pasó felizmente, y horas después se dispuso a hacerlo la retaguardia al mando de Roldán. Cuando los emboscados se cercioraron de que hombres, caballos y carretas se habían introducido bien adentro de las angosturas del alto Valcarlos, atacaron lanzando toda suerte de objetos, principalmente azconas, una especie de dardos, y piedras proyectadas con fuerza merced a las típicas cestas, utilizadas ya por los pueblos de la montaña desde muy antiguo. Tuvo que haber también desprendimiento de rocas por las laderas del Guirizu, como las que aún afloran entre la maleza, que sembrarían el pánico en la columna. Las crónicas del siglo IX mencionan que el desastre se inició en la cola en la que iban los pesados carros, que acabaron despeñándose al barranco inferior bajo el collado de Ibañeta. Los francos irían pereciendo sin siquiera poder ver a sus atacantes emboscados, imposibilitados de enfrentarse en un cuerpo a cuerpo que les habría proporcionado la victoria segura. No hubo matanza total. No pudo haberla o no habría habido nunca "Chanson de Roland" y posiblemente tampoco peregrinaciones a Santiago. Un número indeterminado de francos pudo salvarse, bien alcanzando de nuevo el collado axial de Ibañeta, que les habría permitido remontar la vía romana por el paso de Lepoeder hacia el interior del Pirineo, o bien pasando el desfiladero entre mil penalidades, reuniéndose finalmente con el rey Carlomagno, que acampaba en el valle de Arneguy, a escasa distancia del solar de la futura villa de St-Jean-Pied-de-Port, capital de la provincia de Basse Navarre. Entre los que pudieron alcanzar el sumopuerto de Ibañeta tenía que estar el propio Roldán, en donde sitúa la llamada "Nota Emilianense" -cifrada entre 1065 y 1075-, la muerte de Rodlane, único paso transitable desde la prehistoria entre el continente y la península, que empezó conociéndose como "Monte qui dicitur Ronsasvals".

 

Pas de Roland (Labourd)
Pas de Roland (Labourd)
El héroe conduce al ejército franco hacia el Pirineo,
pero lo impide una gran roca, que horada con Durandal.

 

En ese lugar cimero que ensalzaron todos los relatos medievales se hallaba Roldán, que consciente de la gravedad de sus heridas y de la magnitud de la tragedia que se cernía sobre su gente, cogió su olifante, se lo llevó a la boca y lo hizo sonar con todas sus fuerzas. Era la única esperanza que le quedaba, avisar al rey que ya había pasado los puertos. Pero tamaño esfuerzo provocó que le reventasen las venas del cuello. Carlomagno oyó la llamada de socorro y al instante comprendió que algo malo sucedía en Roncesvalles. La escena es magnífica y llena de dramatismo en todos cuantos relatos la mencionaron, pero la realidad desmitificadora ha de imponerse por encima de la poesía y del mismo legendarismo. No hay la mínima posibilidad de que un olifante, un cuerno, pudiese oírse más allá de unos cientos de metros abajo del gran barranco de Valcarlos. Jamás podría traspasar las sinuosidades del desfiladero de La Reclusa, y mucho menos seguir su recorrido entre montes hasta alcanzar el lugar en el que acampaba el rey, muy cerca del solar de la futura villa de St-Jean-Pied-de-Port. En el “Codex Calixtinus”, el Pseudo Turpín, tal vez mejor conocedor del paisaje bélico de Roncesvalles y Valcarlos, viendo la imposibilidad de que el sonido del olifante llegase tan lejos, recurrió a la intercesión de los ángeles, que finalmente hicieron que llegase a oídos del monarca. El aviso del descalabro de su retaguardia tuvo que llegarle por propia boca de los supervivientes que fueron capaces de cruzar el desfiladero.

En el collado se había quedado Roldán, que comprendiendo la inminencia de su triste hora, su último empeño fue que Durandal no cayese en manos enemigas. No podía caer. Era lo que tenía que hacer un caballero como él en aquellas circunstancias. Las espadas era preciso destruirlas, y el recurso era siempre golpearlas con algo hasta que se partiesen. La escena quedó reflejada con dramatismo en el cantar de gesta, aunque en verdad el conde Roldán no hacía más que actuar como haría otro caballero en su misma situación. Estos son los solemnes versos del poema épico atribuido al monje normando Turoldus, según el manuscrito que se guarda en la “Bodleian Library” de Oxford.

El héroe intenta partir a Durandal

(Versos de la Chanson de Roland)


CLXXI

          “Roldán siente que se le nubla la vista. Se incorpora, poniendo en ello todo su esfuerzo. Su rostro ha perdido el color. Tiene ante él una roca parda; da contra ella diez golpes, lleno de dolor y encono. Gime el acero, mas no se rompe ni se mella. -¡Ah! -exclama el conde-. ¡Socórreme, Santa María! ¡Ah, Durandarte, mi buena Durandarte, lástima de vos! Voy a morir, y dejaréis de estar a mi cuidado. ¡He ganado por vos tantas batallas campales, por vos he conquistado tantos anchos territorios que ahora domina Carlos, el de la barba blanca! ¡No caeréis jamás en las manos de un hombre que ante su semejante pueda darse a la fuga! Durante largo tiempo pertenecisteis a un buen vasallo; jamás habrá espada que os valga en Francia, la Santa.

CLXXII

          Hiere Roldán las gradas de sardónice. Gime el acero, mas no se astilla ni se mella. Al ver el conde que no puede quebrarla, comienza a lamentarse para sí: -¡Ah, Durandarte, qué bella eres, qué clara y brillante! ¡Cómo luces y centelleas al sol! Hallábase Carlos en los valles de Moriana cuando le ordenó Dios por intermedio de un ángel que te donase a uno de sus condes capitanes: entonces te ciñó a mi lado, el rey grande y gentil. Por ti conquisté el Anjeo y la Bretaña, por ti me apoderé del Poitou y del Maine. Gracias a ti lo hice dueño de la franca Normandía, de Provenza y Aquitania, de Lombardía y de toda la Romana. Por ti vencí en Baviera, conquisté Flandes y Borgoña, y la Apulia toda; y también Constantinopla, de la que recibió pleitesía, y Sajonia, donde es amo y señor. Por ti domeñé Escocia e Inglaterra, su cámara, según él decía. Por ti gané cuantas comarcas posee Carlos, el de la barba blanca. Por esta espada siento dolor y lástima. ¡Antes morir que dejársela a los infieles! ¡Dios, Padre nuestro, no permitáis que Francia sufra tal menoscabo!

CLXXIII

          Hiere Roldán la parda roca, y la quiebra de un modo que no os podría decir. Rechina la espada, mas no se astilla ni se parte, y rebota hacia los cielos. Cuando advierte el conde que no podrá romperla, la plañe, para sí, con gran dulzura: -¡Ah, Durandarte, qué bella eres, y qué santa! Tu pomo de oro rebosa de reliquias: un diente de San Pedro, sangre de San Basilio, cabellos de monseñor San Dionisio y un pedazo del manto de Santa María. No es justicia que caigas en poder de los infieles; cristianos han de ser los que te sirvan. ¡Plegué a Dios que nunca vengas a manos de un cobarde! Tantas anchurosas tierras he conquistado contigo para Carlos, el de la barba florida. Por ellas alcanzó el emperador poderío y riqueza.

CLXXIV

          Siente Roldán que la muerte arrebata todo su cuerpo: de su cabeza desciende hasta el corazón. Corre apresurado a guarecerse bajo un pino, y se tiende de bruces sobre la verde hierba. Debajo de él pone su espada y su olifante. Vuelve la faz hacia las huestes infieles, pues quiere que Carlos y los suyos digan que ha muerto vencedor, el gentil conde. Débil e insistentemente, golpea su pecho, diciendo su acto de contrición. Por sus pecados, tiende hacia Dios su guante.”


Brecha de Roldán (2.802 m.)
Brecha de Roldán (2.802 m.)
El héroe abre otro paso con la espada en el
macizo pirenaico de Gavarnie.
 

          Aymeric Picaud en el "Liber Peregrinationis" dirá que "en Roncesvalles se halla la roca que Roldán, héroe sobrehumano, partió por la mitad". Algunos otros ilustres viajeros de épocas posteriores aseguraron haberla visto expuesta, como el italiano Doménico Laffi en el siglo XVII, y es posible que durante un tiempo los monjes de Roncesvalles que atendían a los peregrinos trasladasen alguna roca de los montes a la capilla del Sancti Spiritus con la intención de atraer al mayor número de peregrinos, especialmente a los que les costaba mucho vencer la incertidumbre de caminata tan larga hasta Santiago, sin desdeñar lo más arduo, el regreso a sus pueblos. Era preciso que corriese la leyenda de que en Roncesvalles podía verse la piedra que partió el héroe. La canción de gesta menciona una “roca parda” y revela que antes de que se partiera la espada, se partió la piedra. El golpe, en cualquier caso, no podía ser nunca contundente tratándose de un moribundo."Roldán siente que le ronda la muerte y que desciende de la cabeza al corazón. Siente que se le acaba el tiempo". El golpe no fue lo que partió la roca; fue la roca la que se partió por su fragilidad natural, tratándose como es lo más probable de uno de los frágiles esquistos devónicos que abundan por los montes de Roncesvalles, las “rocas pardas” o casi negras. Cualquiera puede cogerlas entre sus manos y comprobar como se desmenuzan en láminas a la menor presión.

Nadie puede poner en duda que aquel personaje, el conde Roldán, Prefecto de la Marca de Bretaña, uno de los hombres más queridos por Carlomagno, murió realmente en Roncesvalles junto con otros afamados pares, y aun cuando hay varios lugares de Francia que se disputan su tumba, en ninguno puede estar enterrado, porque Roldán, héroe de las canciones de gesta, continúa insepulto al cabo de algo más doce siglos. Pero porque el deseo de la tradición fue tenerlo cerca ésta eligió para él el osario o carnario reservado para los peregrinos que fallecían en el hospital de Roncesvalles, la cripta de la capilla del Sancti Spiritus, también conocida por "Silo de Carlomagno", por suponerse que su origen pudo ser fosa anónima de los soldados muertos en la emboscada. Los navarros, herederos directos de los vascones que lo mataron, optaron por ensalzar su fuerza, haciendo de él el gigante airado que lanzaba enormes peñascos desde los montes a los valles, el más famoso el menhir que puede verse en medio del vallecito de Ata, en la sierra de Aralar, próximo a la aldea de Madoz. La "errolan arriya" de la que contaba el ilustre etnólogo guipuzcoano José Miguel de Barandiarán que "en una de sus caras tiene seis surcos que son tenidos como impresiones de los dedos de Roldán."

Durandal en Rocamadour
Durandal en Rocamadour
Roldán, momentos antes de morir, lanza su
espada al aire y acaba incrustándose en
el acantilado de Rocamadour.