Cruz del collado de Ibañeta atribuida a Carlomagno.
Es cruz legendaria. Nunca existió. Hubo una en un tiempo,
pero también otras muchas repartidas por el Pirineo axial,
que señalizaban los límites de las diócesis de
Bayona y Pamplona hasta entrado el siglo XVI
.

 

Las toscas cruces de los peregrinos, amanecen escarchadas
en Ibañeta con el viento gélido que sube de Valcarlos.


Los peregrinos españoles que emprenden el Camino de Santiago desde la villa francesa de St-Jean-Pied-de-Port son cada vez más. Saben que el ámbito de Roncesvalles se extiende por ambas vertientes pirenaicas. La travesía de la montaña entre Francia y España se impone ineludiblemente por la vieja vía romana de las cumbres o por los bosques de Valcarlos. Unos culminan la ascensión del Pirineo en el puerto de Lepoeder, desde donde tienen la opción de descender a Roncesvalles por el hayedo del monte Donsimon o proseguir la bajada hasta el collado de Ibañeta, que a su vez unos acometen por el lomo axial del Astobiscar y los más por la estrecha carretera que fue trazada en buena parte sobre el camino romano. Son, sin embargo, muchos más los que acceden por Valcarlos, la ruta más histórica y jacobea, que concitó las impresiones más exaltadas de los peregrinos medievales cuando alcanzaban al fin la deseada cumbre, el collado de Ibañeta, célula del Roncesvalles universal, escenario de solemnidades, emplazamiento de monumentos conmemorativos, mojones delimitadores y fábricas religiosas, reales unas veces, legendarias otras.

Ibañeta es paraje reducido que se abarca al primer golpe de vista. En él sobresale el cerro que corona el monolito granítico de Roldán (1967) y antaño, un arco de piedra en homenaje a la canción de gesta (1934), cuyos sillares aún pueden verse semienterrados. Por el cerro pasa la línea que separa los municipios de Roncesvalles y Valcarlos, pero la trascendencia de esa divisoria es insignificante con su proyección ancestral, cuando deslindaba la península ibérica y el continente europeo, Hispania y la Galia, las provincias romanas Tarraconense y Novempopulana o Aquitania Tertia, las antiguas diócesis de Bayona y Pamplona, la alta y la baja Navarra... Un cerro así en lugar tan destacado debió de ser motivo para que se encaramase a él Roldán la víspera del desastre con el fin de clavar su enseña, tocar el olifante que avisaba al rey y partir finalmente una roca a golpes de espada. Pero no fue por divisorias de uno y otro signo ni por todos los actos solemnes que quieran mencionarse por lo que se convirtió el cerro en la elevada cima que ensalzaron los cronistas carolingios del siglo IX y los peregrinos que subían por Valcarlos. No era ésa la cima que se divisaba desde la hondonada, sino la silueta arqueada del collado entre los montes Astobiscar y Guirizu.

Ninguna de aquellas sensaciones pudo experimentar Aymeric Picaud, que accedió a Navarra por la ruta romana de los altos puertos, y nadie que viniera en esa dirección era capaz de verter alabanzas al divisar el collado de Ibañeta. Esa es la razón de por qué las noticias que llegaban a sus oídos acerca de la excelsitud del entorno de Roncesvalles, jamás supo que estaban relacionadas con Ibañeta, de ahí el confusionismo que mostró, que subsanó en parte con el recurso a la fantasía, a la arbitrariedad y al legendarismo propio del siglo XII. Aquella actitud arrastró a eruditos e historiadores, empecinados primero en encontrar el elevado monte desde el que se divisaba el océano y tres reinos y luego, la Crux Caroli con la que lo coronaron. “ El monte misterioso sobre el que se alzaba la Cruz de Carlos ”, habían anotado los canónigos bayonenses Dubarat y Daranatz. Picaud, que ni siquiera mencionó una cruz carolingia, habló de un lugar llamado Crux Caroli en el que los peregrinos clavaban sus modestas cruces, cual si realmente determinase que ése era el único topónimo de Ibañeta, pero ignoraba que con anterioridad a su viaje a Santiago ya existían otros locales. Desde 1071, “Ybenieta”; desde 1110, Auriç o Auria; desde 1127 “Montis Ronsasvals” y desde 1174, Sumiport.

Monolito de Roldán“Había un lugar llamado la Cruz de Carlos, por donde pasa un sendero abierto por Carlomagno y sus ejércitos cuando se dirigían a España. En él plantó el emperador la enseña de la cruz, y orando a Santiago convirtió el otero en el primer centro de oración al Apóstol” , escribió Picaud. Carlomagno no clavó ninguna cruz; fue Roldán a la salida de España el que clavó su enseña, la cual a juicio de Jimeno Jurío pudo acabar identificándose con la hincadura de una cruz. No hubo, pues, cruz carolingia, como se ha querido ver, primero porque Carlomagno no tenía motivos para alzarla a la vista de las tierras peninsulares, tratándose aquella del 778 de una expedición militar a la Zaragoza que le habían prometido entregar, y mucho menos una cruz relacionada con el Apóstol Santiago, cuyo cuerpo fue descubierto milagrosamente en un monte de Padrón 36 años después, el mismo año del fallecimiento del monarca. No hay que descartar, sin embargo, que la cruz atribuida al entonces rey hubiese sido una realidad años más tarde, en el 812, cuando su hijo el emperador Ludovico Pío pasó por Ibañeta camino de Pamplona. Pudo determinar construir alguna ermita o monumento conmemorativo, no en honor del Apóstol, al que nada debía, sino en memoria de los ejércitos muertos en la emboscada. En cualquier caso, nada constataron cronistas y biógrafos reales. Existió realmente una cruz en el collado, pero no podía ser de asignación carolingia, sino de límites meridionales de la diócesis de Bayona, una más de las varias repartidas por los puntos más estratégicos de la línea axial del Pirineo, entre los siglos XI al XVI, que la resonancia del entorno le dio relevancia mayor sobre las demás. El medievalista navarro de Estella José María Lacarra (1907-1984) lo había señalado en su día con claro criterio realista: “La Crux Caroli sirvió por mucho tiempo para señalar los límites del País de Cisa y de las diócesis de Bayona y Pamplona” . Lo que vio Lacarra no lo vieron antes eruditos de la talla de Joseph Bédier, Ramón Menéndez Pidal y otros, ocupados en localizarla en los puntos más dispares que enmarcan la travesía romana, sin percatarse de que aquellas localizaciones correspondían no a una, sino a varias cruces que actuaban como mojones diocesanos repartidos por los collados más significativos del eje pirenaico, Velate, Lindux, Trona, Ibañeta, Lepoeder, Bentartea, Orisson... Los franceses denominan a este tipo de cruces “croix bornales”, es decir, cruces que en realidad son bosnes, bornes, mojones o mugarris. Algunas, las más cercanas a las poblaciones o ermitas, eran de piedra tallada, cuando se podía disponer de algún cantero y de dinero para pagarlo. La mayoría solían fabricarse de hierro por ser menos costosas y más fácil su transporte a los lugares más apartados de la montaña, lo que explica que aún hoy día existan topónimos como “gurutzgorris”, es decir, “cruces rojas”, así denominadas por los pastores por el evidente tono rojizo que dejaba en ellas la herrumbre.

La antigua diócesis de Bayona merece atención por su singular jurisdicción e influencia, notoria en las comarcas guipuzcoanas de la cuenca del Urumea y en mayor medida en las encuadradas en la Navarra noroccidental. La línea de demarcación final la imponía el eje pirenaico, el genuino, cuando aún su trazado final se establecía con precisión entre el Puerto de Velate y el monte Guratz, último de la cordillera, que se sitúa entre los pueblos de Huici y Gorriti. Los montes Pirineos propiamente dichos no son los espolones que separan los valles de Valcarlos y Baigorry o el que desde el Sayoa de Velate desciende hasta Irurita y Ciga de Baztán. Ya nadie es consciente de que la villa navarra de Leiza, por ejemplo, es población eminentemente ultrapirenaica, como lo es igualmente el citado valle de Baztán. En el ámbito de la diócesis francesa permanecieron durante siglos los valles navarros del Alto Urumea con Goizueta como capital, y los comprendidos en la extensa Basaburua Menor –entonces Valle de Lerín-, con las tierras que iban del río Ezcurra al Baztán, además de las Cinco Villas de la Montaña y los hoy municipios de Urdax y Zugarramurdi, amén de los montes Alduides y Valcarlos, y porque precisamente el histórico valle-desfiladero concluía en el collado de Ibañeta, este paraje tuvo que tener su cruz demarcadora. La siguiente se situaría en el paso de Lepoeder, tal vez sobre el cerro Burriaguera, y las demás aparecerían a la vera de la vía romana, al este de la cual todo eran montes ignotos sobrevivientes del saltus vascón romano, hasta las inmediaciones del valle de Roncal donde empezaba la jurisdicción de la diócesis oscense. La raya diocesana bayonense salía de Navarra por el Puerto de Bentartea, y entre picos y collados descendía hasta las cercanías de la población fronteriza de Arnéguy. Ahí tomaba dirección E. hacia la villa de St-Michel, desde donde proseguía hasta alcanzar su límite más apartado en el monte Behorlegui, en donde se volvía hacia el norte para llegar finalmente a la margen izquierda del río Adour que desemboca por Bayona.

Poste de direcciones de Lepoeder

La documentación más antigua acerca de los límites diocesanos es del siglo XI, y en ella se constatan los territorios españoles que comprendía: “ Bastantiensium vallis (Valle de Baztán) usque in medio portu Belait (Puerto de Velate), vallis que dicitur Lerin (Valle de Basaburúa Menor), terra quae dicitur Ernania et Sanctum Sebastianum de Pusico, usque ad Sanctam Mariam de Arosth et usque ad Sanctam Trianam ” . De ese tiempo debió de ser la leyenda de la cruz carolingia, que ya figuraba en la bula de 1106 de Pascual II, que establecía que las tierras francesas del Pays de Cize concluían en la Cruz de Carlos del collado de Ibañeta. “ Vallis que Cirsia dicitur usque Caroli crucem …” Era ésta la mención más antigua que se conoce de una cruz de esas características en Ibañeta. Las razones últimas de aquella intromisión territorial en tierras navarras y guipuzcoanas, no están claras. Hay una leyenda, la de San León, obispo de Bayona, según la cual fue quien había cristianizado a las gentes de las comarcas navarras norteñas. El ilustre etnógrafo Julio Caro Baroja (1914-1995) mantuvo que la presencia en la Basaburúa Menor del olentzero y de los zampazares en los pueblos de Ituren y Zubieta, por ser muestras folclóricas de honda raigambre francesa, deben su presencia navarra a la diócesis de Bayona, cuya influencia perduró hasta el año 1566, en que el rey Felipe II de España determina que aquellos territorios pasasen a pertenecer a la diócesis de Pamplona, es decir, los cuatro arciprestazgos bayonenses de Fuenterrabía con Irún, Lezo, Rentería, Oyarzun y Pasajes; el de las Cinco Villas y el valle de Santesteban de Lerín más el de Baztán.

La supuesta Cruz de Carlos en Ibañeta no parece que tuviese la importancia que se le quiso dar desde hace cuatro siglos. Ya en fecha tan temprana como 1127, cuando el obispo de Pamplona Sancho Larrosa, a instancias del rey de Aragón y Navarra, Alfonso I el Batallador, funda el primer hospital de peregrinos en el collado de Ibañeta, en el acta fundacional, redactada con evidentes tintes legendaristas, no refería nada de una cruz carolingia, lo que no quiere decir que no existiese. La omisión pudo deberse a no haberle concedido importancia, tratándose en verdad de lo que siempre fue, una cruz de límites diocesanos. Más sorprendente que no haber mencionado una cruz carolingia fue que dejase constancia de una edificación atribuida a Carlomagno, la “Capella Caroli Magni”, que Aymeric Picaud había convertido en “Hospital de Roldán” y poco tiempo después, en 1174, una bula del papa Alejandro III. La cruz de límites había pasado a carolingia y luego a edificación carolingia y rolandiana, acabando en el solar carolingio en el que los peregrinos hincaban sus cruces.

No se sabe exactamente las causas de por qué una cruz diocesana alcanzó aquella resonancia. El erudito navarro de Artajona, José María Jimeno Jurío (1927-2002) era partidario de que el origen podía estar en los versos de la Chanson de Roland que describían la llegada de Carlomagno al Pirineo, la víspera del gran descalabro militar, y la extraña decisión de Roldán de dirigirse a un cerro y clavar su enseña sobre él. “El conde Roldán ata el estandarte a su lanza. Desde una altura la eleva hacia el cielo. A esta señal, los francos establecen su compamento por las inmediaciones.” (Li quens Rollant ad l'enseigne fermee/En sum un tertre cuntre le ciel levee). Según Jimeno Jurío, “ los relatos rolandianos presentan a Roldán fijando su enseña “en sum un tertre” , pero no es la de Carlomagno. Este detalle convierte la cima del cerro en el monte de Roldán. Dentro de un contexto cultural en el que predominaba lo jacobeo, las cruzadas antisarracenas y la figura de Carlomagno relacionada con uno y con otras, la insignia rolandiana dio paso a la Cruz de Carlos. Esto explica que el relato “Il Morgante Maggiore” de Luigi Pulci (1432-1484), presente al héroe Roldán clavando su espada en forma de cruz y pronunciando sus últimas palabras abrazado a ella.”

Cruz de AstobizcarCabe admitir también como verosímil una reminiscencia de la cruz carolingia en Ibañeta la escena final de la canción de gesta, que describe a un Roldán ya moribundo intentando partir la espada contra una roca, grada o peldaño. El héroe pudo no intentar partir la espada contra una piedra cualquiera, un frágil esquisto de los muchos que abundan por el Pirineo, sino contra algún bosne, borne o mugarri, es decir, alguna suerte de mojón que ya existía en el collado. ¿Acaso el que indicaba los límites de los mundos en el siglo VIII, el cristiano y musulmán, como había sugerido el romanista francés Joseph Bédier (1864-1938) en sus comentarios a la Chanson de Roland? Aymeric Picaud, que no mencionó nada acerca de una cruz, prestó más atención a “un lugar llamado la Cruz de Carlos” en el que los peregrinos hincaban cruces al paso. Desde entonces y hasta el siglo XVII nada se volvió a decir de cruces. Fue en 1637 cuando el erudito francés Arnaldo de Oihenart (1592-1667), autor de “Notitia utriusque Vasconie”, determina con rotundidad que “estaba la Cruz de Carlos donde ahora está la capilla de San Salvador de Ibañeta, en la cumbre del Pirineo ” , dando a entender que “el lugar llamado la Cruz de Carlos” correspondía en realidad a un reducido solar sobre el que se había edificado una capilla, ermita, monasteriolo u hospital de peregrinos. El obispo de Béarn, Pierre de Marca (1594-1662) era del mismo parecer, como lo eran también los canónigos de Bayona, Victor Pierre Dubarat (1894-1912) y Jean Baptiste Daranatz (1869-1937), tajantes en cuanto a que “ la Cruz de Carlomagno estaba en Ibañeta y en ninguna otra parte. En el siglo XII en Ibañeta no había más que la Cruz de Carlos y un millar de pequeñas cruces colocadas por los peregrinos que iban a Santiago. No había nada más en Ibañeta antes de construirse la capilla de San Salvador.” Esta opinión fue objeto de alguna matización por parte de José María Lacarra: “Esa interpretación de la Guía (Liber Peregrinationis) es razonada con acierto, aunque difusamente ”.

A esta primera corriente erudita, fiel a la presencia de la Crux Caroli en Ibañeta, siguió otra más radical entre el siglo XIX y el XX, partidaria de su localización en la alta travesía romana. Jean de Jaurgain , historiador francés (1842-1920), autor de “La Vasconie”, publicada en Pau en dos volúmenes entre 1890 y 1902, se mostró firme en que la cruz carolingia estaba en las inmediaciones de la villa de Arnéguy, a la salida del valle de Valcarlos. La confundía con la diocesana que existió en aquellos parajes, que llegó a identificar con el Capeyron Roge, un hospital de peregrinos perdido en algún lugar de las inmediaciones de la villa de Valcarlos, famoso por hospedarse en él el viajero Nompar, señor de Caumont, en 1417. “ La Cruz de Carlos estaba plantada en la cima de un monte delante de Valcarlos, del lado de Arnéguy, la cual aparecía designada en los mapas de los Pirineos del siglo XVIII bajo el nombre vasco de Curutchegorry (cruz roja)” , -concluyó Jaurgain.

Louis Colas (1869-1929), erudito e historiador francés, fue el más crédulo y extravagante, empecinado en que la cruz tenía que estar en el pico más alto de la travesía, como sugería Picaud. Para Jimeno Jurío , Louis Colas era “ uno de los más intrépidos paladines del camino alto, que afirmaba que la vía romana había sido restaurada por Carlomagno, levantando la cruz en el punto más alto del trayecto.” La imaginación del francés lo llevó a la cima del Orzanzurieta en 1910, siguiendo la ingenua indicación de un canónigo de Roncesvalles, donde lo único que encontró fue la cimentación de una columna trigonométrica. El pamplonés Arturo Campión (1854-1937), prolífico y polémico historiador y ensayista, que estuvo en la cima de ese alto monte roncesvaliano, desmintió el hallazgo: “ Yo, el año mil ochocientos ochenta y tantos, antes de que la columna se arruinase, estuve sentado durante largo tiempo en los escalones de piedra, contemplando el admirable panorama que desde allí se descubre .” Piarres Narbaitz Caillava (1910-1984), conocido también con el pseudónimo “Pierre Arradoy”, fue vicario general de Bayona en 1952 y autor entre otras obras de “Orria” sobre Roncesvalles, que publicó en 1978, año del duodécimo centenario de la emboscada. Acérrimo partidario de buscar la cruz por la vía romana, no concedió sin embargo crédito alguno a esa localización: “Louis Colas se equivocaba al situar la cruz en la cima del monte Orzanzurieta, que con sus 1.579 metros era demasiado alto para que pasara por ella el camino de los peregrinos. La cruz pudo haber sido colocada en el montículo de Ibañeta, sino en uno de los puntos superiores de la vía romana. El relato de Picaud no demuestra que la Cruz de Carlos y las cruces de los peregrinos se hallaban en el puerto de Ibañeta. Al contrario, las coloca en la cima de un “monte maravilloso” llamado Puerto de Cisa. ¿Cómo podría ser ese “maravilloso monte” el puerto de Ibañeta, ya que en aquella época no había más que sendas de cabras? ¿No habría sido más natural que el gesto simbólico de Carlomagno se hubiera realizado espontáneamente en uno de los puntos donde apareciera magnífica la vista de España? ¿Por ejemplo en Lepoeder?”

Cruz de ArnéguyLa larga cita tiene su explicación en que sirve para sintetizar el desconocimiento de la geografía de Roncesvalles y la relación entre ésta y los propios relatos medievales. Lepoeder es evidente que engañó a todo el mundo. Pese a ser el collado más elevado de los montes, careció de trascendencia, salvo en los siglos X y XI cuando fue indiscutible primer monxoi de las tierras peninsulares para los escasos peregrinos que hicieron esa ruta, cerrada aún la de Valcarlos. Jimeno Jurío acertó plenamente al constatar lo que ninguno de aquellos eruditos fue capaz de averiguar: “ A través de nuestra labor de archivo y bibliográfica, jamás hemos visto un testimonio que aplique ese nombre a Lepoeder, el lógico sumi portus si hubiera prevalecido en la historia el paso de la ruta por las crestas” . Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), cuya presencia no faltó en Roncesvalles, en su afán porque concordaran los relatos medievales con el entorno topográfico entresacó conclusiones precipitadas merced a un escaso conocimiento del entorno, que lo indujeron a concluir que la cruz se hallaba “en la cumbre del Astobizcar, inmediata al punto más alto al que llega el camino de Lepoeder ”, lo que llevó a puntualizar a Jimeno Jurío : “ Posteriormente la situó en Lepoeder diciendo que el ‘fastigio del puerto... dice la Guía que se llama Crux Caroli . La interpretación del texto no parece correcta. La Guía no dice que el fastigio se llame Crux Caroli, sino que desde el fastigium se contempla un vasto panorama y que ‘in summitate eiusdem monti' hay un lugar que se llama la Cruz de Carlos”.

José María Lacarra, por su parte , aunque más comedido que los demás, parecía contradecirse, en tanto que después de sostener que la cruz sólo era diocesana, determinó que era cruz carolingia y que no podía estar apartada del camino jacobeo: “Como anunciando el recinto sagrado de Roncesvalles, los peregrinos encontraban en lo alto del Pirineo, antes de bajar al valle, la Cruz de Carlos ”. El comentario, en cualquier caso, estaba basado en lo que escribió Arturo Campión : “La Cruz Caroli hubo de estar erigida cerca de Ibañeta, antes de bajar a la actual colegiata.” No cabe eso, que pasase de la cima del puerto al pie del mismo, al solar del actual Roncesvalles. Del collado sólo descendió el primer hospital de peregrinos que inauguró Sancho Larrosa, trasladado a los cinco años de su erección. Nada da derecho tampoco a que Campión relacionase la Crux Caroli con el crucero existente a la salida del recinto de Roncesvalles, en dirección a la villa de Burguete, colocado oportunamente por un prior de la colegiata: “ Es la cruz de los peregrinos, relativamente antigua, del siglo XV. Se me figura que entre ésta y la Cruz Caroli existe alguna correspondencia. Marcaban probablemente la entrada y la salida próximas del lugar tan famoso en la peregrinación a Santiago.”

 

Bibliografía citada .

Jimeno Jurío, J.Mª: ¿Dónde fue la batalla de Roncesvalles ?(1974)

Jaurgain, J. de: La Vasconie (1898-1902)

Bédier, J: Légendes épiques (1914-1921)

Colas, L: Mémoire sur l'emplacement (1911)

Menéndez Pidal, R: La Chanson de Roland y el neotradicionalismo (1959)

Oihenart, A: Notitia utriusque Vasconiae (1637)

Dubarat, V.- Daranatz, J.B: Recherches sur la ville et l'église de Bayonne (1929)

Campión, A: Fantasía y Realidad (1972)

Narbaitz, P: Orria o la batalla de Roncesvalles (1979)

Lacarra, J.Mª: Estudios de historia navarra (1982)