“Fruición de juncos mecidos
por el río y por la mar.
Cautiverio de verdores
en estuche de cristal.”
     Chanson de Roland folios del Ms. de Oxford     


          liveros ha subido a una colina. Mira hacia su derecha y ve avanzar las huestes de los infieles por un valle cubierto de hierba. Llama a Roldán, su compañero, y le dice: -Tan crecido rumor oigo llegar por el lado de España. Veo brillar tantas cotas y tantos yelmos centellear. Esas huestes habrán de poner en grave aprieto a nuestros franceses. He visto a los infieles. Jamás hombre alguno contempló tan cuantiosa multitud sobre la tierra. Son cien mil los que están ante nosotros con el escudo al brazo, atado el yelmo y cubiertos con blanca armadura. Relucen sus bruñidas adargas con el hierro enhiesto. ¡Roldán, tocad vuestro olifante! Carlos habrá de oírlo y volverá con el ejército. Podrá socorrernos con todos sus barones-.

          eplica Roldán: -¡No permita Dios que por mi culpa sean menoscabados mis parientes y que Francia la dulce arrostre el desprecio! Más bien habré de dar recios golpes con Durandart, mi buena espada que llevo ceñida al costado. Veréis su hoja cubierta de sangre. Los felones sarracenos se han reunido para desdicha suya. Os lo juro, todos están condenados para la muerte-.

           he aquí que se acerca el arzobispo Turpín. Espolea a su caballo y sube por la pendiente de una colina. Interpela a los franceses y les echa un sermón: -Señores barones, Carlos nos ha dejado aquí. Por nuestro rey debemos morir. ¡Prestad vuestro brazo a la cristiandad! Váis a entablar la lucha. Podéis tener esa seguridad, pues con vuestros ojos habéis visto a los infieles-.

          l conde Roldán se ha pasado a los puertos de España cabalgando a Vallentif, su rápido corcel. Se halla cubierto de su coraza, que realza su figura y blande su lanza. Hacia los cielos endereza la punta. Noble es su apostura; risueño y claro su rostro.

–¡Señores barones!, cabalgad despacio. Estos infieles van en busca de su martirio. Antes de que caiga la noche habremos ganado un botín tan bello como suntuoso. Nunca rey de Francia conquistó otro igual-. Y al tiempo que así hablaba, topáronse los dos ejércitos.

          a batalla se torna prodigiosa y precipitada. Los franceses combaten con vigor y coraje. Cortan puños, costados, espaldas, desgarran las ropas hasta la carne viva y chorrea la sangre en claros hilos sobre la verde hierba. Maravillosa y grande es la batalla. Hieren los francos con sus bruñidas picas. ¡Hubiéseis visto tanto dolor vuelta la faz hacia el cielo o contra la tierra! No pueden resistir tal quebranto los sarracenos.

          oldán dice: -Tocaré el olifante. Llegará a oídos de Carlos, que está pasando los puertos. Retornarán los francos. Dura es nuestra batalla. Tocaré el cuerno y el rey lo escuchará-. Lleva el olifante a sus labios. Lo emboca bien y sopla con todas sus fuerzas. Los montes son altos y potente la voz del cuerno. Hasta treinta leguas se escucha. Carlos lo oye, y como él todos sus guerreros.

          xclama el rey: -¡Han trabado combate los nuestros!- El conde Roldán, con esfuerzo y grandes espasmos, toca lastimosamente su olifante. Por su boca brota la sangre. Le ha estallado la sien. Exclama el rey Carlos: -¡Es el olifante de Roldán! No lo tocaría si no estuviera en trance de batalla.-

          l conde tiene la boca ensangrentada. Se le ha roto la sien. Toca su olifante dolorosamente, con angustia. Carlos lo oye, y con él todos los franceses. Y dice el rey: -Largo aliento tiene este olifante-.

          l rey manda tocar sus olifantes. Los franceses echan pie a tierra y se arman con sus cotas, sus yelmos y sus espadas recamadas de oro. Tienen escudos bien labrados, largas y fuertes picas y gonfalones blancos, rojos y azules. Todos los barones del ejército cabalgan en sus corceles y clavan espuelas durante el paso de los desfiladeros. Avanza el día, resplandece la tarde. Las armaduras centellean bajo el sol. Fulguran las cotas y los yelmos, y los escudos que llevan flores pintadas, y las picas y los dorados gonfalones.

          arlos cabalga invadido de cólera. Altas y tenebrosas son las cumbres, los valles profundos y torrenciales las aguas. Ruegan a Dios que preserve a Roldán hasta que lleguen al campo de batalla todos juntos. Los barones de Francia clavan con fuerza las espuelas. Ni uno hay que no se lamente por no estar junto a Roldán cuando se enfrenta a los sarracenos de España. Tal es su quebranto que no creen que sobreviva.

          ira Roldán hacia los montes y las colinas. Contemplan sus ojos a tantos de los de Francia que yacen muertos, y los llora como cumplido caballero: -¡Señores barones!, así Dios os tenga en su gracia. Que otorgue a todas vuestras almas el paraíso. Jamás vi vasallos mejores que vosotros. ¡Barones franceses!, os veo morir por mí, y no me es dado defenderos ni salvaros-.

          l conde Roldán ha retornado a la batalla. Enarbola a Durandart y lucha como valiente. Reanudan el combate los franceses. Mas los cristianos sufrieron grandes pérdidas. Y dice Roldán: -Recibiremos aquí nuestro martirio. Veo ahora que nos queda poco tiempo de vida. En verdad ahora lo sé. Hoy será el día de nuestra muerte. ¡Ah dulce Francia! Cuan desierta quedarás sin tus mejores vasallos, humillada y vencida. Gran daño sufrirá el emperador-.

          oldán a través del campo se encamina. Por montes y valles va buscando. Halla entonces a Ivon e Ivores, y luego a Angeleros el Gascón. Después encuentra a Garín y a su compañero Gerer, y también a Berenguer y a Otón. -¡Lástima de vosotros, señores! Que Dios el glorioso acoja vuestras almas. Cuanta angustia me presenta la muerte. Nunca más verán mis ojos al poderoso emperador-.

          uando el conde Roldán ve muertos a sus pares y a Oliveros, a quien tanto amaba, se enternece y prorrumpe en llanto. Su semblante pierde el color. Tan grande es su duelo que no pueden sostenerlos sus piernas. Cae por tierra privado de sentido. Al contemplarlo desmayado, un dolor muy profundo invade al arzobispo Turpín. Roldán recobra el conocimiento y se incorpora, mas padece crueles sufrimientos. Mira hacia arriba y hacia abajo.

          obre la hierba verde, más allá de sus compañeros, ve que yace en el suelo el arzobispo. Siente Roldán que se aproxima su muerte. Ruega a Dios por sus pares. Toma el olifante, y con la otra mano se aferra a su espada Durandart. A través de un barbecho se encamina hacia España, recorriendo poco más que el alcance de un tiro de ballesta.

          ube a un altozano. Allí, bajo dos hermosos árboles, hay cuatro gradas de mármol. Cae de espaldas sobre la hierba verde, y se desmaya nuevamente porque está próximo su fin. Altas son las cumbres y grandes los árboles. Allí hay cuatro gradas hechas de mármol que relucen. Sobre la hierba ha caído desmayado. Siente que se le nubla la vista. Se incorpora poniendo en ello todo el esfuerzo. Su rostro ha perdido el color. Tiene ante él una roca oscura. Da contra ella diez golpes, lleno de dolor y encono. Gime el acero, mas no se rompe ni se mella la espada.

          oldán exclama: -¡Ah, Durandart. Lástima de vos! Voy a morir y dejaréis de estar a mi cuidado. He ganado por vos tantas batallas. Por vos he conquistado tantos anchos territorios que ahora domina Carlos, el de la barba blanca. No caeréis jamás en las manos de nadie que ante su semejantes pueda darse a la fuga. Jamás habrá espada que os valga en Francia. Durante largo tiempo pertenecísteis a un buen vasallo. Jamás habrá espada que os vaga en Francia-.

          olpea Roldán las gradas de sardónice. Gime el acero, mas no se astilla ni se mella. Al ver Roldán que no puede quebrarla, comienza a lamentarse: -¡Ah, Durandart, que bella eres, que clara, que brillante! Como luces y centelleas al sol. Por esta espada siento dolor y lástima. Antes morir que dejársela a los infieles. Dios, padre nuestro, no permitáis que Francia sufra el menoscabo-.

          a Roldán en la oscura roca, y la quiebra de un modo que no os podría decir. Rechina la espada, mas no se astilla ni se parte. Rebota hacia los cielos. Cuando advierte el conde que no podrá romperla, le dice: -¡Ah, Durandart, que bella eres y que santa! Tu pomo de oro rebosa de reliquias. Un diente de San Pedro, sangre de San Basilio, cabellos de monseñor San Dionisio y un pedazo del manto de Santa María. No es justicia que caigas en poder de los infieles. Cristianos han de ser los que te sirvan-.

          iente Roldán que la muerte arrebata todo su cuerpo y que de la cabeza desciende hasta el corazón. Corre apresurado a echarse bajo un pino. Sobre la verde hierba se tiende, faz contra tierra. Debajo de él coloca su espada y su olifante. Vuelve la cabeza hacia las huestes de los paganos. Quiere que Carlos y los suyos digan que ha muerto vencedor el noble y gentil conde. Se golpea el pecho y repite el mea culpa. Roldán siente que ha llegado su última hora y que el tiempo se le acaba. Está sobre un abrupto altozano, con el rostro vuelto hacia España. “Por mis pecados, los leves y los graves. Por todos los que cometido desde mi nacimiento hasta este día al que he llegado”, repite.

          uchas cosas le vienen a la memoria. Las tierras que conquistó el valiente de Francia la dulce, los hombres de su linaje, Carlomagno su señor. Sin poderlo remediar, llora y suspira. Mas no quiere echarse a sí mismo en olvido. Golpea su pecho e invoca la gracia de Dios: -¡Oh Padre verdadero que jamás mentiste! Tú que resucitaste a Lázaro de entre los muertos. Tú que salvaste a Daniel de los leones, salva también mi alma de todos los peligros por los pecados que cometí en mi vida-. Tiende a Dios el guante de la mano derecha. San Gabriel lo ha recogido. Su cabeza se ha inclinado sobre su brazo, y se ha encaminado a su fin con las manos juntas. Dios le envía a uno de sus querubines. San Gabriel ha venido y lleva el alma del conde al paraíso.

          oldán ha muerto. Dios ha recibido su alma en los cielos. El emperador llega a Roncesvalles. No hay ruta ni sendero, ni un palmo ni un pie de terreno libre donde no yazca un franco o un infiel. Y exclama Carlos: -¿Dónde estáis, gentil sobrino? ¿Dónde está el arzobispo? ¿Qué fue del conde Oliveros? ¿Dónde están Otón y el conde Berenguer? ¿Dónde están los doce pares que aquí dejé? De que sirve llamarlos si ninguno ha de responder. Buenos motivos tengo para lamentarme. ¿Por qué no habré estado aquí desde el comienzo de la batalla?-

          arlomagno ha llegado a Roncesvalles. Vierte su llanto por los muertos que allí encuentra. -Señores –dice a sus franceses-, id al paso porque es necesario que me adelante, por mi sobrino que anhelo encontrar-. Un poco más lejos de lo que se puede arrojar un palo, separándose de los demás, el emperador sube a un collado. La piedad lo invade y no puede contener las lágrimas. Llega finalmente a la sombra de dos árboles. Sobre tres piedras reconoce los golpes de Roldán. Entre la hierba verde contempla a su sobrino que yace. Baja del caballo y acude rápido.

          ntre sus brazos toma el cuerpo. Con gran dulzura dice sobre él su lamento: -¡Roldán, amigo mío! ¡Que Dios te haga merced! Jamás hombre alguno conoció un caballero que como tú entablara las grandes batallas y lograse la victoria. Mi prestigio comienza a declinar. Que Dios coloque tu alma entre las flores en el paraíso, junto a los que disfrutan de la gloria. Mal señor fue el que España te llevó. No habrá de despuntar un día en que por ti no sufra. Como van a decaer mi fuerza y mis bríos. Ya no habrá nadie para defender mi honor. Me parece no tener ya ni un solo amigo bajo el cielo-.