La copia más antigua del Liber Sancti Iacobi
se conoce por Codex Calixtinus , así llamado por
atribuirse falsamente al Papa
Calixto II (1119-1124).

Consta de 225 folios divididos en cinco opúsculos,
que se guardan en el archivo Catedralicio de Santiago
de Compostela. En dos de ellos figura el Roncesvalles
más fantástico y legendario desde la lejana
perspectiva del siglo XII.

 


Liber Peregrinationis Aymeric Picaud

          l libro quinto del “Codex Calixtinus”, el “Liber Peregrinationis”, comprende 21 folios que van del 163 al 184, lo que se consideró un relato corto. Desde 1610 pasó a ocupar el cuarto lugar al desgajarse la “Historia Turpini”, figurando con las denominaciones “Liber IIII us” y “Codex quart us”. Fue escrito por un clérigo de la región de Poitou del que nada se sabe, que decía llamarse Aymeric Picaud (Aimericus Picaudus), peregrino jacobeo en dos ocasiones, entre 1127 y 1140. Al margen de las anécdotas, extravagancias e ingenuidades que plasmó aquel hombre, son más los méritos y aciertos por haber puesto orden y concierto en las peregrinaciones jacobeas que se vislumbraban en el siglo XII. Las trece jornadas que trazó hasta Santiago, pensadas más para marchas a caballo que a pie, contribuyeron a que las gentes que ansiaban postrarse a los pies del Apóstol en Galicia, se esforzasen por superar la incertidumbre que se cernía sobre viaje tan largo como insólito y peligroso. Aquel clérigo, además de hacer constar las primeras palabras en vascuence que se conocían, ensalzó montes, pueblos y comarcas y denigró cuanto quiso a gentes y costumbres. Su empeño por fomentar las peregrinaciones lo llevaron a recomendar la visita de tumbas y reliquias de santos y mártires, que oportunamente jalonaban la ruta a Santiago. Todas las regiones geográficas por encima del Ebro y Duero aparecen citadas; de las francesas sólo se ocupó de las tierras en que moraban los “bascli” de “bárbara lengua” y los portazgueros que abusaban de los peregrinos.

Corresponden a Roncesvalles las claves centrales de la narración, que aunque confusas e imprecisas las más de las veces, resultan reveladoras para desentrañar el primigenio entorno pirenaico que cruzaba la entonces “Vía Iacobitana”, posteriormente conocida en España por “Camino Francés” por la abrumadora mayoría de caminantes franceses que la frecuentaban. A aquella oscuridad de perspectivas topográficas del clérigo poitevino pudieron contribuir no sólo la ignorancia general que había en torno al Pirineo –que duró toda la Edad Media-, sino las adiciones del autor, producto de averiguaciones y deducciones posteriores, que no siempre resultaron el mejor remedio para despejar lo que él consideraría tal vez que no había explicado suficientemente. Los relatos de viajes siempre son difíciles, porque los escenarios y los lugares se repiten y el narrador encuentra enormes dificultades para hacer ver a los demás la belleza o grandiosidad del paisaje que contempla. Hay conceptos en el relato de Picaud que desde ningún punto de vista nadie admite por estrafalarios o desatinados, pero otros, los más, son perfectamente válidos, aunque requieren un esfuerzo mayor de comprensión para no ser malinterpretados, lo que no se hizo en todos los casos. La causa está en la compleja visión medieval de hechos y situaciones, que a menudo aparecen distorsionados por el legendarismo, una forma de ver las cosas mal asimilada desde la perspectiva actual. Aquel espíritu equiparable a lo mágico le venía bien a un Picaud para alentar los decaídos ánimos de los peregrinos, temerosos ya no sólo por cómo afrontar la larga marcha, sino por lo que representaba el Pirineo y un Roncesvalles que formaba parte de él. Tenía que ser aquélla una forma de sentir análoga a la que generan las impresiones numinosas paleocerebrales ante determinados ámbitos que ejercieron profunda influencia en nuestros antepasados. El Pirineo es espacio numinoso por excelencia que sigue manifestando los efectos de cuando era mundo infranqueable para los pueblos prerromanos de una y otra vertiente. Cruzarlo suponía, en aquel lejano tiempo, un misterioso desafío, que de hecho puede ser el mismo que mostraron las tropas de voluntarios navarros reclutados cuando la Guerra de la Convención, en 1793, negándose a obedecer la orden del general Ventura Caro de combatir en la batalla del Château-Pignon –por donde había pasado Picaud-, porque suponía tener que rebasar el eje pirenaico y adentrarse en la Baja Navarra.

A aquel legendario Pirineo perdido, un personaje como Picaud unió el peso que ejercieron desde el siglo IX las rotas carolingias del 778 y 824. Tamaños descalabros acontecieron en Roncesvalles desde los montes y en el fondo de los desfiladeros. Los primeros adquirieron alturas inusitadas y los segundos profundidades abismales. No importaba que conforme avanzaba la Edad Media la tendencia fuese dar preponderancia a otras causas, otros atacantes y otros escenarios. La gran tragedia requería el más tenebroso de los paisajes y la magnificación de Roncesvalles, y porque eso fue así, Picaud no pudo evitar ponerlo claramente de manifiesto con la más polémica y confusa de sus apreciaciones: “El camino de Santiago pasa por un monte muy alto denominado Puerto de Cisere. Su altura es tanta que a quien lo sube le parece que puede palpar el cielo con su propia mano” . (Sublimitas namque ejus tanta est quod visa est usque ad celum tangere). Desde su cima se divisa el Mar Británico y Occidental –Mare Brittannicum et Occidentale en el original latino; es decir, -el Cantábrico -, así como los confines de los reinos de Castilla, Aragón y Francia.” [Navarra a la sazón formaba parte de Aragón]. Una afirmación como ésa, tan fantástica como compleja, ni siquiera era suya; la había copiado literalmente del Astrónomo Lemosín, cronista del emperador Ludovico Pío que relató la emboscada de los condes Eblo y Aznar en el 824, también acaecida en el desfiladero de Valcarlos. “ Qui mons cum altitudine celum pene contingat ” se había escrito en el siglo IX. La descripción de Picaud fue tomada al pie de la letra por algunos estudiosos que no se esforzaron en comprender al clérigo poitevino, lo que les hizo pensar que aquel monte tenía que ser el más elevado. Todas las miradas se dirigieron al Astobizcar que se alza majestuoso sobre Ibañeta y Valcarlos, pero Aymeric nunca podía pensar en alturas de aquella magnitud porque no existían a lo largo de su viaje a Santiago. Sus montes eran parajes pirenaicos idealizados por las circunstancias en que se desarrollaron los hechos de la rota carolingia, que tendía a identificar con las mayores alturas. Aquella idealización desmesurada lo llevó a ensalzar sin proponérselo el collado de Ibañeta, el lugar que se conocía entonces por “Monte de Roncesvalles”–Runciavalle en el original latino-, sublimizado desde antiguo por constituir la frontera que separaba Hispania de la Galia, el límite más nítido entre la península ibérica y el continente, el comienzo del finisterre para los celtas errantes y la tierra en la que predicó el Apóstol para los nuevos peregrinos, summun de razones que habrían de culminar, desde la perspectiva de los relatos medievales, en el más que probable escenario de la agonía y muerte de Roldán.

Liber PeregrinationisAymeric Picaud partió a caballo hacia Santiago desde algún lugar de Poitou, en el norte de Francia. Lo acompañaba una mujer, Gilberta Flandrensis, y probablemente algunas personas más. La ruta elegida no pudo ser otra que la Turonensis, que lo lleva a la encrucijada del entorno de Ostabat (Hostavalle), ya muy cerca del Pirineo, de donde pasa a la villa de St-Jean-Le-Vieux (San Juan el Viejo), a unos 20 kms., en cuyas inmediaciones la vía romana que unía Burdeos con Astorga hacía un alto en la mansión militar del “Imus Pyreneus” (Pirineo Bajo). De ese punto alcanza la aldea de Saint Michel Pede Montis en la misma raíz del Pirineo, por donde cruza el río Nive de Beherobie, que vigilaban día y noche los portazgueros que cobraban derecho de paso a España, cuyos abusos denuncia: “Los recaudadores del portazgo son tan malvados que merecen la más absoluta condena, porque armados con garrotes salen al paso de los peregrinos, arrancándoles por la fuerza injustos tributos. ” Emprendía en ese punto la ascensión de la montaña pirenaica, siguiendo el trazado de la vía romana de Roncesvalles, que culminaba en Lepoeder, el puerto no axial más elevado tras el cual viene el descenso al collado de Ibañeta, unos 400 metros más bajo. Lo sorprendente de Picaud es que no hiciese referencia alguna a la ruta, cual si no hubiese pisado aquellos parajes bellos y solitarios, que siguen impresionando a los caminantes de los xacobeos. No menciona en ningún momento el orónimo Pirineos y sí en cambio montes de Sicere, que era el nombre con el que se conocía la comarca más meridional de la vieja Aquitania, así denominada por sus manzanedos y la extracción de sidra. Aquel topónimo arraigó como “Sizer” en la “Chanson de Roland” y como “Sicera” en la “Nota Emilianense”, grafías que dieron lugar a otras menos conocidas, como Cirsia, Cirsa, Cisia..., hasta llegar al definitivo Cize de donde surgió “Pays de Cize”, topónimo arrumbado tiempo ha, que sólo perdura en algún compuesto rural y en un sindicato ganadero-pastoril del sur francés. “Al pie mismo del Puerto de Cisere, en la vertiente de Gascuña, en la villa de Saint-Michel, empiezan las jornadas a Santiago de Galicia (Dietis Ytineris). Hay trece, la primera, que es una jornada pequeña, va de Saint-Michel hasta la villa de Viscarret”.

St-Michel está sólo a 9 kms. de la capital de Basse-Navarre, St-Jean-Pied-de-Port, población que surgió y prosperó al amparo de las peregrinaciones jacobeas, cuando éstas habían desechado el acceso romano por el definitivo que se adentraba por los valles de Arneguy y Valcarlos hasta culminar el ascenso pirenaico en San Salvador de Ibañeta. La nueva ruta iba a gozar muy pronto de la protección de reyes y monasterios, razón primordial de que resulte incomprensible que un personaje como Aymeric Picaud pasase a tierras navarras por la alta vía romana y que fijase su primera jornada de viaje entre St-Michel y Viscarret, con el Pirineo por medio y saltándose la actual villa de Burguete. Nadie duda que ese fue el camino que tomó el poitevino y su séquito, pero habría que preguntarse si fue así en última instancia. Pudo cruzar en efecto el Nive por St-Michel, como parece demostrar el encuentro con los portazgueros, pero en vez de acometer el ascenso romano del monte cabe la posibilidad de que prosiguiese la marcha por la margen izquierda del río y enfilase finalmente el acceso de Valcarlos con los demás peregrinos, con lo cual algunas de sus descripciones más oscuras adquirirían claridad al instante, entre otras razones porque desde la perspectiva de la hondonada valcarlina la alta silueta de Ibañeta se ve realmente como lo que es, un elevado monte que los peregrinos tenían que alcanzar antes de que se echase la noche.

Picaud partió una buena mañana de St-Michel hacia Roncesvalles. Nada mencionó de la travesía, salvo que en algún punto había un monte muy alto desde el que se divisaban el Cantábrico y tres reinos, pero percepciones tan irreales cobran otro aspecto si se ciñen al paraje que realmente él quería ensalzar, Ibañeta. Así parece determinarlo cuando escribe: “El camino de Santiago pasa por un monte muy alto denominado Puerto de Cisere, bien por ser la puerta de España o porque por ese monte se transportan las mercancías de un país al otro. Tiene ocho millas de subida y otras ocho de bajada”. La “Crónica Turpini” también constata idéntica medición, suerte de lugar común, que nadie ha podido determinar entre que puntos se tomaron las referencias. La confirmación de que aquel monte era magnificación literaria encuentra nueva respuesta cuando desde él contempla lo que desde ningún otro lugar podría contemplar: “Junto a este monte, en dirección norte, está el valle llamado Valcarlos, en el que acampó el mismo Carlomagno con sus ejércitos cuando sus guerreros murieron en Roncesvalles” . Ese mismo paraje sigue siendo ensalzado, aunque desde perspectiva muy distinta. La del riesgo que entraña para los peregrinos, a los que advierte seriamente: “Antes de que el cristianismo se extendiese por todo el territorio español, los impíos de los navarros y de los vascos tenían por costumbre con los peregrinos que se dirigían a Santiago, no sólo asaltarlos, sino montarlos como asnos y matarlos.” Los asaltos proliferaron durante toda la Edad Media en muchos lugares: puentes, encrucijadas y bosques, pero es muy dudoso que se diesen en un lugar como Ibañeta, situado en medio de tierras despobladas hasta muy entrado el siglo XIII. Mucho más significativo es lo que señala acerca de las cruces que hincaba la gente en ese lugar cimero al que tanto espacio dedica. “Los peregrinos tienen por costumbre hincarse allí de rodillas y orar vueltos hacia la patria de Santiago, dejando cada uno clavada una cruz, estandarte del Señor. Hasta mil se pueden encontrar allí. De ahí que se tenga a éste por el primer lugar de oración a Santiago en el camino.” Aquel gesto, que hoy han recuperado los xacobeos desde 1993, pudo deberse en efecto a lo que expresa, pero es más probable que tenga que ver con el homenaje permanente de los peregrinos franceses a los soldados muertos en las emboscadas de los siglos VIII y IX, a los que se recordaba con la costumbre cristiana de depositar cruces o ramos de flores. Esta al menos fue la inteligente deducción del erudito navarro Jimeno Jurío.

En la cima de este monte hay un lugar llamado la Cruz de Carlos, porque en él, en tiempos pasados, Carlomagno se abrió camino con hachas, piquetas, azadas y otras herramientas cuando al frente de sus ejércitos se dirigía a España, y a continuación alzó figuradamente en alto la cruz del Señor, y doblando las rodillas en dirección a Galicia, elevó sus preces a Dios y a Santiago.” Que el rey se abriese paso con gran esfuerzo, al margen de ser cita extraída también del Astrónomo Lemosín, parece confirmar que el ejército carolingio había accedido a Ibañeta por un Valcarlos casi inaccesible que lo obligó a realizar arduos trabajos en el desenmarañamiento de los caminos. Todo cuanto desvelaba aquel personaje era objeto de controversia; lo fue, y mucho, que localizase en el collado un “lugar llamado la Cruz de Carlos” en el que hincó una cruz el rey en su venida a tierras peninsulares. La cruz acabó convirtiéndose en “Crux Caroli” al margen de la tradición, que nunca la tuvo en cuenta. Pero la cruz es legendaria; tiene que serlo, y pese a ello hubo eruditos de renombre que se empecinaron en ubicarla en Ibañeta y también en otros parajes, como el puerto de Lepoeder, la cima del Orzanzurieta y los montes intrapirenaicos de la parte francesa, sin percatarse de que la cruz no era una, sino muchas, tantas como hizo falta para señalizar los límites meridionales y orientales de la diócesis de Bayona, que hasta el siglo XVI seguía el trazado axial pirenaico desde el confín guipuzcoano.

Todavía en San Salvador de Ibañeta y a punto de emprender el camino de Pamplona, el poitevino deja constancia de otra de sus anotaciones más confusas y polémicas: la existencia en las inmediaciones del Hospital de Roldán, que otras fuentes atribuyeron al propio Carlomagno. No parece factible que el futuro emperador erigiese nada en conmemoración de los muertos en la emboscada, pero no hay que descartar que lo hiciese años después su hijo Ludovico, que mandaba en la región de Aquitania, cuya muga meridional hubo especial empeño de que quedase clara en el collado de Roncesvalles. Que Picaud se topase con alguna edificación es perfectamente posible; seguramente un rudimentario monasteriolo perteneciente a la abadía de Leyre, ya documentado en el siglo XI, que venía prestando alguna suerte de asistencia a los primeros peregrinos que accedían a Navarra por la vía romana, antes incluso de que se hubiese abierto el acceso jacobeo por Valcarlos. “Pasada la cima del monte se encuentra el hospital de Roldán y luego la villa de Roncesvalles” . Esa confusa constatación de planos altitudinales es sólo aparente, y no haberlo tenido en cuenta contribuyó a nuevos errores de perspectiva. La fábrica que vio Picaud estaba en el collado, casi con seguridad en el arranque de la vertiente meridional, único modo de protegerla de las fuertes ventiscas de Valcarlos, que luego se demostró que tampoco fue la solución. Aún perduran restos de cimentaciones en ese punto, aunque nada tengan que ver con vestigios medievales. Quien no ve así la referencia de Picaud, sitúa aquella fábrica erróneamente al cabo del barranco que desciende de Ibañeta, pero es lo cierto que antes de 1132 nada había sido levantado en el solar del futuro enclave universal que presidirá la colegiata de Santa María.

A la misma ubicación vuelve a referirse en otro pasaje del relato para alcanzar otra de sus cotas legendaristas: la mención de la roca que partió el héroe de las canciones de gesta. “En la bajada está el hospital y la iglesia en la que se encuentra el peñasco que el poderosísimo héroe Roldán, con su espada partió por medio de arriba debajo de tres golpes... El olifante de marfil rajado está en la iglesia de San Severino de Burdeos, y sobre el peñasco de Roncesvalles se levanta una iglesia.” Nadie nunca debió de haber visto esa roca. Los que dicen haberla visto, como el ilustre peregrino italiano Doménico Laffi en el siglo XVII, o se dejaron llevar por la imaginación o en efecto algún astuto prior de la colegiata determinó exhibir oportunamente algún peñasco esquistoso de los muchos que abundan, dándolo por genuino, el tipo de material que se parte con cualquier golpe contundente, dada su fragilidad.

Roncesvalles está a punto de cerrarse en el itinerario de Aymeric Picaud. El hombre y sus acompañantes se alejan del puerto por la llanada en dirección a la Villa de Roncesvalles, Burguete, que considera que son los escenarios elegidos para la batalla entre moros y carolingios: “ Viene luego Roncesvalles, donde tuvo lugar el gran combate en el que perecieron el rey Marsilio, Roldán y Oliveros con otros cuarenta mil combatientes cristianos y sarracenos. ” Ya sólo le queda dejar el llano y remontar el suave puerto de Mezquíriz, donde anotará finalmente: “ Pasado este valle viene la tierra de los navarros, rica en pan, vino, leche y ganados.”

 

Historia Turpini

          riginariamente, el libro cuarto del Codex Calixtinus se titulaba “Historia de Carlomagno y Roldán” (Historia Karoli Magni et Rotholandi”, pero se conoce desde antiguo por “Crónica Turpini” y “Crónica del Pseudo Turpín” por atribuirse al arzobispo Turpín, personaje que eligieron sus autores, copistas o compiladores entre los siglos XI y XII para prestigiar un relato que de otro modo no habría podido introducirse en monasterios, sedes episcopales y cortes reales. Fue ese un recurso muy propio de los siglos medievales, en que nadie firmaba nada y todo eran interesadas atribuciones. Los autores no contaban; contaban los propósitos, alentar las cruzadas a Tierra Santa, la exaltación de un emperador como Carlomagno o el propio Camino de Santiago. En la “Chanson de Roland” uno de los personajes destacados es el obispo Turpín. Nada puede demostrar que hubo un Turpín obispo combatiendo en Roncesvalles en el 778. Existió realmente en Francia un personaje con el nombre Turpín o Tilpín, monje de la abadía de St-Denis que en el 748 fue llamado para ocupar la sede episcopal de Reims y que falleció en septiembre del 800, meses antes de la coronación de Carlomagno en Roma. Lo poco que se conoce de su vida son algunas alusiones del arzobispo Hincmar de Reims, que ocupó la sede episcopal desde el 845, y de Flodoard (894-966), historiador y cronista remense, por quien se tiene noticia de que Turpín sucedió a Milo o Milon, obispo entre los años 743 al 748 por expreso deseo de Charles Martel, padre de quien habría de ser Carlomagno, que se aseguraba de ese modo el control de la Iglesia y sus extensas posesiones. Según Flodoard, el indigno Milo tenía fama de guerrero, lo que le llevó en alguna ocasión a combatir con los vascones aquitanos, de ahí que algún erudito sostuviese que, por alguna razón que se desconoce, la personalidad combativa de aquel obispo fue la que se entrometió en la vida de Turpín, personaje seguramente ajeno a las acciones guerreras que se le atribuyen.

“Turpín, por la gracia de Dios Arzobispo de Reims y constante compañero del emperador Carlomagno en España” , así empieza la “Crónica Turpini”, un relato muy distinto al “Liber Peregrinationis” de Aimeric Picaud, cuyo objetivo era ensalzar el nuevo espíritu que surgía en las cortes europeas del siglo XI, las Cruzadas. Pero no era propósito de la crónica animar a las campañas guerreras en Tierra Santa, sino la extravagante cruzada de Carlomagno contra los musulmanes en la península ibérica, que acudía además a liberar la tumba del Apóstol tras pedírselo en un milagroso sueño el propio Santiago. No hubo tal petición por anacrónica la relación que se quiso establecer entre Carlomagno y el Apóstol Santiago. El mismo año en que murió el emperador de occidente (814), el obispo Teodomiro de Iria Flavia (Padrón) anunciaba el hallazgo milagroso de los restos apostólicos enterrados en un monte. Al margen de los motivos que le otorgó el relato, es histórica la entrada de Carlomagno por los pasos de Roncesvalles en la primavera del 778 y la marcha por Pamplona y el Ebro hasta Zaragoza, la ciudad que le había prometido el gobernador muladí y que no pudo tomar al final. Es histórico también que de Zaragoza regresó a sus dominios europeos por el mismo camino, no sin antes destruir las endebles murallas pamplonesas. Era el mes de agosto. En Roncesvalles debieron de acampar algún tiempo antes de cruzar los puertos; tal vez algunos días, los suficientes para que los vascones fuesen concentrándose para la emboscada. Está confirmado que en la mañana del día 15 el rey abandona el collado de Ibañeta; horas después habría de hacerlo la retaguardia al mando de Roldán. No hubo otra realidad histórica, y lo que figura en la “Crónica Turpini” y en la “Chanson de Roland” son las grandes deformaciones que surgieron desde alguna sede episcopal o influyente monasterio francés, como admitió repetidas veces Ramón Menéndez Pidal.

La copia del cronicón que figura en el Codex Calixtinus es del siglo XII, pero tratándose de lo más probable, una compilación, hay que remontarse al relato o relatos originales del siglo anterior. Una de las primeras redacciones más elaboradas debió de salir de algún instruido monje de la abadía francesa de St-André-Le-Bas de Vienne, a unos 30 kms. de la ciudad de Lyon, quien a su vez tuvo que recabar datos de otro, probablemente de Robert le Moine, monje que había alcanzado cierta notoriedad como cronista del Papa Urbano II en el concilio de Clermont en 1095. Aquel papa, que se ocupó de fomentar el espíritu de las Cruzadas, hablaba ya entonces a través del Monje de “la grandeur du roi Charlemagne et de son fils Louis” . Algún erudito supuso que los cinco primeros capítulos del cronicón pudieron ser redactados en la misma ciudad de Santiago de Compostela hacia mediados del siglo XI, y el resto entre 1109 y 1119 en la citada abadía de St-André-Le-Bas, inspirados en la tradición épica francesa que dio lugar a la redacción de las canciones de gesta. Navarra aparece en el Pseudo Turpín, al igual que en Aymeric Picaud, con especial atención a la derrota, agonía y muerte del conde Roldán en el entorno roncesvaliano. El relato se inicia con los preparativos militares en las Landas aquitanas, el lugar elegido para la concentración de los ejércitos de pares y condes, que habrán de someterse a lar órdenes del propio Carlomagno. “Se reúnen todos los ejércitos en las Landas de Burdeos. Cubrían toda aquella tierra en dos jornadas a la redonda. Su estruendo se oía a doce millas de distancia. Arnaldo de Belanda atravesó el primero los Puertos Ciséreos, y llegó a Pamplona. Le siguió el conde Estulto con su ejército… Por último llegó Carlomagno con todos los otros ejércitos ”.

Historia Turpini

El desplazamiento de ejércitos comenzó en tierras aquitanas y no concluirá hasta reunirse todos en la Cuenca de Pamplona al cabo de ocho días según la crónica, lo cual es perfectamente verosímil tratándose de expedición tan numerosa, teniendo además que superar tres puertos de montaña e ir abriéndose paso por caminos casi borrados por la vegetación y la acción pertinaz de las aguas de escorrentía; históricos accesos a la península ibérica, pero intransitados desde las últimas invasiones de bárbaros y godos. La vieja vía romana de Roncesvalles, nunca empedrada, malamente podía hallarla Carlomagno en buen estado. “Cubrían toda la tierra desde el río Runa hasta el monte que por el camino de Santiago dista de la ciudad tres leguas”, es la referencia a la estancia en tierras de Pamplona . Runa era el hidrónimo con que se conocía el Arga a su paso por la capital navarra, y el monte innominado hay acuerdo en que se trataba de la sierra del Perdón o Reniega... No hay más referencias a las jornadas de la entrada peninsular de los carolingios. Es el accidentado regreso lo que centra en adelante la atención de la “Historia Turpini”. Abundan las indicaciones de índole militar, pero con escasas concretaciones topográficas, que evidencian una escasa documentación de Roncesvalles en comparación con los mismos escenarios descritos en el “Liber Peregrinationis”. La primera escena ha de desarrollarse en el collado de Ibañeta con la solemne partida de Carlomagno, al que acompañan 20.000 hombres. Durante unas horas habrán de permanecer en Roncesvalles, Roldán y los Pares con sus respectivas fuerzas. La decisión sigue siendo incomprensible desde cualquier punto de vista. “Carlomagno, dando crédito a las palabras de Ganelón, determinó atravesar el Puerto Ciséreo y volver a la Galia. Entonces mandó a sus preferidos, a su sobrino Roldán, conde de Le Mans y de Blaye, y a Oliveros, conde de Gennes, que con los más nobles caballeros y veinte mil cristianos formasen la retaguardia en Roncesvalles, mientras el mismo Carlomagno atravesaba con los otros ejércitos los puertos.” Transcurrido el tiempo acordado, la retaguardia se dispone a entrar en el desfiladero de Valcarlos, y sobreviene el ataque emboscado que la crónica cifra en varios miles de musulmanes. “ Cincuenta mil sarracenos salieron al amanecer de bosques y collados, donde habían estado escondidos dos días y dos noches.”

Ese primer asalto lo concibe como estrepitosa derrota sarracena. “Una fuerza de veinte mil comenzó a atacar de pronto a los nuestros por la espalda. Los nuestros se volvieron contra ellos, combatiéndolos desde la madrugada hasta la noche. Todos cayeron. Ni tan solo uno de los veinte mil escapó.” Pero la victoria fue flor de unas horas tras la intervención emboscada del segundo ejército musulmán. “Inmediatamente, los otros treinta mil atacaron a los nuestros, que fatigados y rendidos por tan gran batalla, los mataron a todos desde el primero al último. Ni uno tan solo se salvó.” El escenario bélico que construye, que ni siquiera coincide con el ya irreal del poema épico, que sólo admite una gran batalla alejada de los puertos y en plena llanada, resulta aún más inverosímil por el hecho de sostener que la primera de las acometidas “duró de la madrugada hasta la noche ”, con lo cual hay que colegir que la segunda y definitiva tuvo que librarse en la oscuridad de la noche hasta las primeras luces del amanecer, lo cual es inaudito en una batalla. En este punto, los combates pasan a segundo término para ocuparse de las últimas horas de Roldán, conde de Blaye, al que reserva gestos heroicos en flagrante contradicción con los puntos de vista iniciales de la batalla, que parecen evidenciar un desajustado engarce de los compiladores ante las diferentes versiones que pudieron manejar de los hechos, o malinventar.

Si en un principio los sarracenos se lanzaron al asalto desde las cumbres y bosques –que tampoco es histórico-, ahora aparecen en la crónica cabalgando por la llanada de Burguete en dirección a los puertos. Alguien se percata y traslada la mala noticia a Roldán, que ve el peligro que se cierne, ya sin la presencia del rey. Alarmado, se encarama a algún paraje por encima del collado y comprueba por sí mismo el alcance de la amenaza. “Roldán subió a un monte y vio que eran muchos los sarracenos” . Si aquel hombre se hallaba a la sazón en Ibañeta, donde no hacía tanto que se había despedido del monarca, por la razón de que ese collado carece de visión hacia el sur, hacia Navarra, al interponerse la mole del Guirizu, no tenía otra opción que ir en busca de un paraje más elevado, que sólo pudo encontrar en el camino romano de subida a Lepoeder, desde donde efectivamente se divisa tanto Valcarlos como la explanada de bosques que recorre el río Urrobi. Una vez que comprueba la magnitud del enemigo, “regresó por el camino de Roncesvalles, por donde iban los que deseaban atravesar el puerto” . La anotación es clara alusión a la ruta que siguió Picaud. Ya de vuelva a la cima del puerto es cuando decide “tocar su trompa de marfil, a cuyo toque se le reunieron unos cien cristianos con los que regresó a través del bosque hacia los sarracenos. ” La “chanson” refiere que el héroe tocó el olifante una vez, pero sólo para llamar desesperadamente al rey, ya muy alejado. Con la exigua fuerza que logra reunir Roldán a los sones del cuerno, monta a caballo y se lanza por el barranco entre hayas en busca del cuerpo a cuerpo. Es herido gravemente, pero ello no le impide volver a Ibañeta, donde cae del caballo muy cerca del raso que lo corona, que en el relato lo constata con la acotación “ al pie del puerto Ciséreo ”, que veladamente es lo mismo que “ en el descenso del monte ” de Aymeric Picaud.

Rolando, fatigado por tan gran batalla, lamentando la muerte de los cristianos y de tantos héroes, angustiado por las grandes heridas y golpes recibidos, solo, a través del bosque, llegó al pie del puerto Ciséreo. Allí, bajo un árbol y junto a un peñasco de mármol que se alzaba en un ameno prado sobre Roncesvalles, descendió del caballo”. Si Roncesvalles era entonces un lugar encumbrado y no un recinto de iglesias y hospitales jacobeos, “ el ameno prado ” tenía que ser algún paraje ligeramente más elevado, probablemente el cerro de Ibañeta que hoy preside el monolito granítico en memoria del héroe, ubicado en la misma división de vertientes de aguas. Las escenas críticas que vienen a continuación son invariables desde cualquier perspectiva. Primero intenta partir la espada contra una roca o contra los peldaños o gradas de algún monumento conmemorativo de origen desconocido. “Todavía tenía consigo su espada Durandarte, que por temor a que cayese en manos sarracenas, dio tres golpes con ella a un peñón de mármol con la intención de destruirla, y en dos trozos, de arriba a abajo se partió la roca, mientras que la espada quedó intacta” . Vuelve a hacer sonar el olifante en un intento desesperado por reagrupar a la gente que se hubiese dispersado por los bosques, y viendo que nadie acudía es cuando decide avisar al rey. “Comenzó a atronar el espacio con los fuertes sonidos de su trompa, por si se le reunían algunos de los cristianos, que por temor a los sarracenos se escondieron en los bosques, o por si regresaban a su lado los que ya habían pasado los puertos” . El dato es significativo porque pone de manifiesto lo que era obvio, la existencia de supervivientes, caballeros y soldados que lograron huir y salvarse de la matanza, y el único modo de hacerlo sólo cabía por el único espacio expedito en aquellas circunstancias, la alta vía romana, una vez que los emboscados habían huido, sin tiempo de comprobar si había perecido todo el mundo, temiendo la pronta represalia de Carlomagno, como constataron en el siglo IX los cronistas carolingios.

El rey estaba muy lejos y nada podía saber de la matanza. Después de cruzar el desfiladero de La Reclusa y proseguir el lento descenso hasta alcanzar el llano del valle de Arnéguy, debió de levantar el campamento en un paraje conocido desde antiguo por Mocossalia, a una distancia hoy de algo más de 20 kilómetros, demasiada para que pudiese oír el olifante de Roldán desde el puerto. La crónica hubo de recurrir entonces a la intercesión milagrosa. “Tocó su trompa de marfil con tal ardor y tanta fuerza, que se cuenta que la trompa se rajó por la mitad con la violencia de su soplido y se le rompieron las venas y los nervios del cuello. Su sonido llegó, conducido por los ángeles, hasta los oídos de Carlomagno, que con su ejército se había detenido en Valcarlos, lugar que distaba de Rolando ocho millas hacia Gascuña” . Pero la realidad se impone de nuevo. La noticia del descalabro de su retaguardia llegó a sus oídos porque alguien que logró huir se la transmitió personalmente; alguien que tomó el camino de Lepoeder, el caballero Balduino, del que cuenta la crónica: “Balduino, temiendo caer en manos de los sarracenos, montó en su caballo y, abandonándolo (a Roldán), marchó tras el ejército de Carlomagno. Al marcharse Balduino llegó enseguida Tedrico, y comenzó a llorarle mucho, diciéndole que fortaleciese su alma con la fe en la confesión. ” Fue también Balduino quien hubo de asistir a Roldán en los últimos momentos, cuando éste, ya moribundo, le pide un poco de agua. “Y como yaciese Roldán sobre la hierba de un prado y desease de modo indecible del agua de un arroyuelo donde aplacar su sed, al llegar Balduino le indicó que le trajese. Y éste, como la buscase por todas partes y no la encontrase, viéndole próximo a la muerte, le bendijo. ” La escena es esclarecedora por revelar que no se pudo desarrollar en el llano, en el solar de Roncesvalles, donde abunda el agua de fuentes y arroyos, sino en un lugar como Ibañeta que siempre debió de carecer de ella, máxime en aquel estío del 778.

La jornada llegaba a su fin. Los atacantes se habían dispersado a sus valles, los supervivientes consiguieron cruzar el Pirineo y los heridos más graves agonizaban entre los muertos. Amanece el 16 de agosto y la vanguardia emprende el regreso a los puertos con el ánimo de llegar a tiempo a la lucha. La acción la describe el Pseudo Turpín con acertado dramatismo: “ Volviendo todos con enorme griterío, fue Carlomagno el primero en descubrir a Roldán exánime, echado boca arriba, con los brazos en cruz sobre el pecho. Enseguida, en el mismo sitio en que yacía Roldán muerto, fijó aquella noche Carlomagno sus reales con su ejército. Ungió el cuerpo exánime con bálsamo, mirra y áloe, y todos celebraron honrosamente grandes exequias con cánticos, lloros y rezos, a su alrededor, encendidas luces y fuegos por los bosques durante toda aquella noche. Al amanecer del día siguiente se dirigieron armados a lugar en que se había dado la batalla y en que yacían muertos los combatientes de Roncesvalles, y cada uno encontró a sus respectivos amigos, a unos completamente exánimes, a otros todavía vivos, pero heridos de muerte.”